Y más cosas

Zalacaín. Cap II. 2ª parte. Baroja

En este fragmento, que forma parte del capítulo II de la Segunda parte, Martín nos da su opinión sobre su idea de la vida y del comercio. Obsérvese la naturalidad de los diálogos, típica del estilo barojiano.

Los vascos, siguiendo las tendencias de su raza, marchaban a defender lo viejo contra lo nuevo. Así habían peleado en la antigüedad contra el romano, contra el godo, contra el árabe, contra el castellano, siempre a favor de la costumbre vieja y en contra de la idea nueva.  Estos aldeanos y viejos hidalgos de Vasconia y de Navarra, esta semiaristocracia campesina de las dos vertientes del Pirineo, creía en aquel Borbón[fusion_builder_container hundred_percent=»yes» overflow=»visible»][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=»1_1″ background_position=»left top» background_color=»» border_size=»» border_color=»» border_style=»solid» spacing=»yes» background_image=»» background_repeat=»no-repeat» padding=»» margin_top=»0px» margin_bottom=»0px» class=»» id=»» animation_type=»» animation_speed=»0.3″ animation_direction=»left» hide_on_mobile=»no» center_content=»no» min_height=»none»][1] vulgar, extranjero y extranjerizado, y estaban dispuestos a morir para satisfacer las ambiciones de un aventurero tan grotesco.

        Los legitimistas[2] franceses se lo figuraban como un nuevo Enrique IV; y como de allí, del Bearn, salieron en otro tiempo los Borbones para reinar en España y en Francia, soñaban con que Carlos VII triunfaría en España, acabaría con la maldita República Francesa, daría fueros a Navarra, que sería el centro del mundo y, además, restablecería el poder político del Papa en Roma.

        Zalacaín se sentía muy español y dijo que los franceses eran unos cochinos, porque debían hacer la guerra en su tierra, si querían.

        Capistun, como buen republicano, afirmó que la guerra en todas partes era una barbaridad.

        -Paz, paz es lo que se necesita-añadió el gascón-; paz para poder trabajar y vivir.

        -¡Ah, la paz!-replicó Martín contradiciéndole-; es mejor la guerra.

        -No, no-repuso Capistun-. La guerra es la barbarie nada más.

        Discutieron el asunto; el gascón, como más ilustrado, aducía mejores argumentos, pero Bautista y Martín replicaban:

        -Sí, todo eso es verdad, pero también es hermosa la guerra.

        Y los dos vascos especificaron lo que ellos consideraban como hermosura. Ambos guardaban en el fondo de su alma un sueño cándido y heroico, infantil y brutal. Se veían los dos por los montes de Navarra y de Guipúzcoa al frente de una partida, viviendo siempre en acecho, en una continua elasticidad de la voluntad, atacando, huyendo, escondiéndose entre las matas, haciendo marchas forzadas, incendiando el caserío enemigo…[…]

        -¡Barbarie! ¡Barbarie!-replicaba a todo esto el gascón.

        -¡Que barbarie!-exclamó Martín-. ¿Se ha de estar siempre hecho un esclavo, sembrando patatas o cuidando cerdos? Prefiero la guerra.

        -¿Y por qué prefieres la guerra? Para robar.

        -No hables, Capistun, que eres comerciante.

        -¿Y qué?

        -Que tú y yo robamos con el libro de cuentas. Entre robar en el camino, o robar con el libro de cuentas, prefiero a los que roban en el camino.

        -Si el comercio fuera un robo, no habría sociedad-repuso el gascón.

        -¿Y qué?-dijo Martín.

        -Que acabarían las ciudades.

        -Para mí las ciudades están hechas por miserables y sirven para que las saqueen los hombres fuertes -dijo Martín con violencia.

        -Eso es ser enemigo de la Humanidad.

        Martín se encogió de hombros.

 Zalacaín, el aventurero. Ed. Espasa Calpe. (Col. Austral, nº 346

 

 

 


[1] Se refiere a Carlos VII, pretendiente al trono de España y que da nombre al carlismo.

[2] Monárquicos carlistas

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Víctor Villoria

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Actualmente en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza Pulsa aquí para saber más de mí

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