Y más cosas

Valencia. Azorín

Este libro, de 1941, pertenece a la última etapa de Azorín y en él evoca Valencia, el lugar donde estudió. En este fragmento observamos la claridad expresiva de Azorín y, no olviden la fecha en la que está escrito, la total ausencia de la tremenda realidad circundante, recién acabada la Guerra Civil. 

He contemplado muchos amaneceres. He visto romper el día en Madrid, en París, en Burgos, en Vasconia. Ningún alba me ha hecho estremecer como el alba en el naranjal. Las albas me atraen. La noche acaba y el día se anuncia. La noche ha estado acaso preñada de sueños y opresiones, y el día no sabemos lo que puede traer. Y siempre que hablamos del alba, evocamos versos de Baudelaire, en que se pinta la expiración de la noche –momento de cansancio para los noctámbulos, momento en que el facineroso cesa en su tarea- y recordamos paralelamentoe versos del himno sacro en que se expresa lo mismo.

 

Hoc omnis erronum cohors

Viam nocendi deserit.[fusion_builder_container hundred_percent=»yes» overflow=»visible»][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=»1_1″ background_position=»left top» background_color=»» border_size=»» border_color=»» border_style=»solid» spacing=»yes» background_image=»» background_repeat=»no-repeat» padding=»» margin_top=»0px» margin_bottom=»0px» class=»» id=»» animation_type=»» animation_speed=»0.3″ animation_direction=»left» hide_on_mobile=»no» center_content=»no» min_height=»none»][1]

 

El alba tiene más poesía que su heredera la aurora. La aurora son vivos arreboles de carmín, de nácar y de oro, y el alba es una casi imperceptible claridad teñida acaso de un leve verdín de cobre. En el naranjal la casa está cerrada todavía. La casa se levanta entre el tupido follaje charolado. Ni una luz, ni un ruido. Todo duerme aún y todo va a despertar dentro de un instante. La noria, con su castillete de hierro, comienza a dibujar su esqueleto en la escasa claror. La casa está enlucida con brillante yeso blanco. Es moderna, chiquita y sonora. En esta casa, al lado de una ventana, aspirando el aire cargado densamente de azahar, trabajamos nosotros[2]. Y ahora nos hemos levantado temprano para gozar del alba. El naranjal parece monótono y es vario. Nos hallamos muy lejos del bosque espeso y misterioso del Norte, o de las navas castellanas, o de los trigales de Tierra de Campos y de la Mancha, o de los cuadros de flores y árboles fructíferos de la misma Valencia. El naranjal es simétrico. La tierra está limpia, sin una hierbecita. Las acequias distribuidoras de agua tienen los rebordes alisados con primor. Y en esta tierra pulcra y limpia, el naranjo se levanta y esponja orgulloso, aristocrático. Él nos suele dar flor y fruto al mismo tiempo. La flor es blanca, carnosa, de un aroma que embriaga. Y su zumo aplaca nuestros nervios en las crisis dolorosas. El fruto son esferas áureas, en su mejor clase, de piel delgada, lustrosa, y con la carne henchida de abundante jugo, ni dulce, ni agrio, carne suavísima, pletórica de fuerza vital, que llena voluptuosamente nuestra boca.

La mancha blancuzca del alba, se acentúa en su claridad. El día naciente avanza. Surge la casa entre el follaje. Comienzan a vivir los naranjos. Una ligera brisa orea el campo. Se marcha el lucero de la mañana. Y sentimos, ante la nueva jornada, una opresión, un anhelo, una angustia que no podemos definir.

Valencia. Ed. Losada. (Col. Biblioteca Clásica y Contemporánea, nº 223)



[1] En ese momento toda la cohorte de golfos abandona la senda del delito.

[2] Plural de modestia.

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Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Actualmente en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza Pulsa aquí para saber más de mí