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Una estrella para Cervantes

Una estrella para Cervantes

La Sociedad Astrónomica Española ha presentado una propuesta ante la Unión Astronómica Internacional para bautizar a uno de los veinte sistemas planetarios descubiertos en los últimos años con el nombre del autor del Quijote y de algunos de sus personajes principales. Los astrónomos españoles se han fijado en una estrella huérfana en la constelación de Ara, alrededor de la cual orbitan cuatro planetas y han pensado, no sin razón, que sería una excelente ocasión de elevar al firmamento el nombre más alto de nuestra literatura. Han pensado que la estrella debería llevar el nombre de Cervantes y los cuatro planetas los de sus grandes creaciones, Don Quijote, Sancho, Rocinante y Dulcinea.

Es una hermosa propuesta que une las ciencias y las letras, las dos grandes marías olvidadas por los sucesivos desgobiernos de la piel de toro y sus inenarrables ministros (y ministras) de incultura. No será nada fácil porque se trata de una votación a través de internet y es muy posible que la comunidad hispanohablante no llegue a juntar fuerzas para un empeño tan quijotesco. Sin ir más lejos, en el referéndum celebrado para elegir las nuevas Siete Maravillas del Mundo se quedaron fuera prodigios como Angkor Wat en Camboya, la Alhambra granadina, los Guerreros de Terracota o las Torres Petronas de Kuala Lumpur. En un auténtico alarde de mal gusto salió elegido en primer lugar el Cristo Redentor de Brasil, ese ambipur gigante, mientras que ni siquiera aparecía mencionada Venecia, en palabras del poeta Joseph Brodsky, «la mayor obra de arte sobre la Tierra».

Aun así, la propuesta de este Cervantes galáctico cuenta con bastantes posibilidades, ya que hay muchos simpatizantes del escritor fuera del ámbito de nuestro idioma. De hecho, la sombra del Quijote se expandió de inmediato a través de diversas traducciones y cobró un inusitado brío durante el romanticismo, cuando lord Byron dijo: «Es el libro más triste del mundo, y más triste aun porque nos hace reír». Thomas Jefferson aprendió castellano con ayuda del Quijote y un diccionario. La Madame Bovary de Flaubert, una de las novelas capitales del siglo XIX, repetía en clave femenina el conflicto entre sueño y realidad que es la marca de agua cervantina. En sus memorias, Anthony Burgess dice que a lo largo de su vida lo leyó cuatro veces, «la segunda en español», mientras Faulkner reconocía que lo leía cada año, «como otros leen la Biblia». Más quijotesco que nadie, Dostoievski aseguraba que el día en que el Hombre se presentara en el Juicio Final y Dios le recriminara por sus innumerables tropelías y crímenes, al Hombre le bastaría una sola cosa para salvarse: un ejemplar del Quijote.

También ha tenido, no obstante, detractores ilustres. El último de ellos, Martin Amis, lo considera «un libro ilegible»: «Su epopeya sólo es épica por la extensión: carece de ritmo y de ímpetu. Es una antología, una aglomeración, crece por acumulación. Preguntarse «¿Qué pasará después?» no tiene sentido, porque en el mundo del Quijote no hay después: sólo más». Más duro todavía fue Nabokov, quien en su célebre curso universitario sobre la novela, lo considera un libro malvado y cruel y asegura que, «al lado del rey Lear, don Quijote sólo podría ser su bufón». Aun así, al final de su larga relectura reconoce que el viejo hidalgo enloquecido representa todo lo bueno, lo puro y lo noble del espíritu humano. La pregunta no es si el Quijote se merece una estrella anónima sino si la estrella se merece el Quijote y, sobre todo, si nos lo merecemos nosotros.

DAVID TORRES, Público, 13 de agosto de 2015. Artículo original en https://bit.ly/2HSbjdh

Víctor Villoria

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Actualmente en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza Pulsa aquí para saber más de mí

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