Literatura,  Narrativa

Raúl Ariza. Un viaje solo para hombres.

«(…) Se percató de ella ya en el andén, cuando la vio pasar cargada de libros y carpetas corriendo por miedo a perder el transporte. De formas jóvenes y embriagadoras, corría provocando un movimiento armónico que atrajo al instante su atención. En ese momento deseó coincidir con ella en el mismo tren y ahora el azar ha hecho que ocupen el mismo vagón y que la tenga enfilada en un ángulo oblicuo. La chica es de un moreno bruñido y sus oscuros cabellos le confieren un toque lejano y exótico. Viste de blanco; con una falda corta por la que asoman unas piernas casi eternas que, ante los impúdicos ojos de Jorge, brillan bendecidas por las últimas luces de la tarde que entran por el ventanal del vagón; y con una camiseta de tirantes muy ceñida que destaca un pecho insinuante, aunque quizá demasiado joven. Por un momento, observándola con disimulo, le ha visto el blanco de sus bragas. Se excita y sonríe enigmático. Luego vuelve a abrir el libro y carraspea, esperando así captar su atención y dárselas entonces de tipo impasible, leído y distante. Siempre ha creído que eso en un tren funciona. Siempre ha creído que queda bien abrir un libro en un tren, aunque no tengas ninguna intención de leerlo.

Hasta que la chica se ha bajado en una de las estaciones en las que el tren se ha detenido, los dos han cruzado alguna que otra mirada, cada vez menos disimuladas. En esa conversación tan silenciosa como estridente, mientras a Jorge solo le movía su instinto, a ella lo hacía el fastidio por sentirse vigilada. Y es que Jorge no ha perdido detalle de cómo se acomodaba los auriculares, de cómo anotaba cosas en un cuaderno de esos en espiral, de cómo hojeaba un libro y de cómo perdía de vez en cuando su vista en el paisaje que se atraviesa durante el trayecto. Después la ha visto levantarse azorada por el escrutinio al que estaba siendo sometida, recoger apresuradamente sus bártulos y su ansiedad, y bajar del tren para cruzar, de nuevo a la carrera, el pequeño andén del que se supone será su pueblo. Jorge sólo ha percibido su propia grosería, su fracaso y su vergüenza, cuando desde la puerta del apeadero la joven le ha enviado una última mirada cargada de lástima. El tren ya arrancaba de nuevo.»

Raúl Ariza, Un viaje solo para hombres, Editorial Versátil, 2017

Víctor Villoria

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Actualmente en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza Pulsa aquí para saber más de mí

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