Texto escrito

Para leer a Scorza

Para leer a Scorza

Decía Manuel Scorza, un gran escritor casi olvidado, que los indígenas de la zona de Rancas dividían el año en cuatro estaciones: primavera, verano, otoño, invierno y masacre. No le faltaba razón, porque la masacre nunca deja de llover sangre en algún punto de Latinoamérica, en un momento u otro, por una razón o por otra. Sea en Colombia, Honduras, México, El Salvador, Chile o Nicaragua; en los setenta, en los noventa o ahora mismo; por el narcotráfico, por la revolución, por el hambre, por la contrarrevolución, por los innumerables golpes de estado propiciados por la larga mano de la CIA. Desde que James Monroe (o John Quincy Adams, da igual, ambos fueron presidentes de los EE UU allá por las primeras décadas del siglo XIX) proclamara la doctrina de «América para los americanos», quedó establecido que el continente entero quedaba a disposición de los colonos blancos descendientes del Mayflower, empezando por las matanzas de cheyennes, apaches, pomos, yanas, cayuse, wintu, yuki, shoshones, kiowas, yavapai, sioux, que forman el genocidio menos publicitado de la historia reciente.

Leí hace muchos años la pentalogía La guerra silenciosa (las cinco grandes novelas que Scorza dedicó a las sublevaciones indígenas en la zona de Cerro de Pasco y a la brutal represión del ejército peruano) y abandoné la idea de hacer una tesis doctoral sobre el tema, quizá porque la única respuesta efectiva a esa barbaridad era coger un fusil y tirarse al monte en los Andes. O llorar hasta arrancarse los ojos. A pesar de contar con una de las prosas más bellas de la literatura hispanoamericana del pasado siglo, a Scorza casi no se le lee en comparación, por ejemplo, con el genio peruano oficial, Mario Vargas Llosa, y no se le lee, entre otras cosas, porque sus novelas, aparte de espléndidos artefactos narrativos, son arte comprometido de primera línea.

«Este libro -escribe Scorza en la Noticia que abre Redoble por Rancas– es la crónica exasperantemente real de una lucha solitaria: la que en los Andes Centrales libraron, entre 1950 y 1962, los hombres de algunas aldeas sólo visibles en las cartas militares de los destacamentos que las arrasaron. Los protagonistas, los crímenes, la traición y la grandeza, casi tienen aquí sus nombres verdaderos». Basta leer los primeros capítulos de esa novela impresionante -comparable, lo juro, a Pedro Páramo o Cien años de soledad– para comprender no sólo la fallida dictadura del general Velasco Alvarado y la catástrofe que encarnaría Sendero Luminoso, sino la desdicha irremediable de tantos países latinoamericanos, inmersos desde entonces en un naufragio de sangre.

Murió muy joven, con 45 años, en el terrible accidente de aviación que la mañana del 27 de noviembre de 1983 segó la vida de 181 personas en Mejorada del Campo, decapitando a una nutrida embajada de escritores latinoamericanos entre los que también se encontraban Ángel Rama, Marta Traba y Jorge Ibargüengoitia. No es fácil hoy día hacerse con cualquiera de sus libros, porque Scorza pertenece a esa rara estirpe de rapsodas que dan voz a los pueblos sin voz, a los muertos sin lápida, a los hombres y mujeres tachados de la historia oficial por la indecencia de sus dirigentes y la codicia infinita de las compañías estadounidenses. Hay otra razón cenital para no leer a Manuel Scorza y es su insobornable cara de indio. «Más que un novelista» dijo una vez de sí mismo, «el autor es un testigo». Escribía movido por aquel utópico sueño que García Márquez consignó en el final de su discurso de aceptación del premio Nobel: «Para que las familias condenadas a cien años de soledad tengan una segunda oportunidad sobre la tierra».

DAVID TORRES, Público, 20 de agosto de 2018, Texto original en https://bit.ly/33o3LHF 

Víctor Villoria

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Actualmente en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza Pulsa aquí para saber más de mí

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