Literatura,  Y más cosas

Los viajes de Gulliver

Jonathan Swift
 
Los viajes de Gulliver
 
Travels into several Remote Nations of the World. In four parts. By Lemuel Gulliver”
Novela publicada en 1726
 
Que los viajes imposibles, entre experiencias y parajes inigualables, que Lemuel Gulliver realiza durante dieciséis años y nos cuenta con preciso afán de verosimilitud hayan pasado a la historia de la literatura como un libro de aventuras y fantasía para un público infantil y juvenil, resulta mucho más que paradójico. Sobre todo si tenemos en cuenta que su autor, un dublinés pesimista, fue sacerdote anglicano y acabó sus días en una demencia absoluta. Magnífico observador y crítico de la sociedad británica de su tiempo, misántropo donde los hubiera, mantuvo con sus propias palabras que la novela, publicada de forma anónima, tenía como objetivos esenciales “informar e instruir al género humano” al tiempo que “irritar al mundo”. Con tales intenciones y sirviéndose de la parodia de los exagerados libros de viajes entonces en boga, describe una sátira despiadada contra la vanidad y la hipocresía de los políticos, las facciones partidistas y, por extensión, contra toda la sociedad de su entorno, logrando una profunda e imaginativa reflexión sobre la naturaleza humana.
En su primera parte, el protagonista y narrador se presenta nacido en la ciudad inglesa de Nottingham. Tras realizar sus primeros estudios en Cambridge se traslada más tarde a Leyden para doctorase en Medicina. De vuelta a Inglaterra embarca como cirujano naval y realiza su primera travesía en 1699 con rumbo a los mares del sur. Pero su aventura terminará, como las demás en la novela, en zozobra y catástrofe, siendo el único superviviente de la tripulación y arribando milagrosamente a una orilla desconocida en la que pronto se encuentra prisionero de unos diminutos hombrecillos que le lanzan flechas como agujas. Atrapado por estas gentes diestras en las artes de la ingeniería, atentos y educados al tiempo, es conducido ante el emperador de la tierra de Liliput. Gulliver, un titán entre enanos, será conocido como “el hombre montaña” y, tras aprender el idioma de los moradores, comenzará a comprender y describir sus extrañas costumbres: sus castigos a defraudadores y delatores, sus recompensas a quienes se portan como buenos ciudadanos, su atención a la moralidad antes que a la capacidad de las personas, preocupándose más de las virtudes que del nacimiento. Admira también su fe en la providencia y la discriminación “positiva” que ejercen en la educación de los niños, a quienes muy pronto separan de sus padres. No obstante los liliputienses también están limitados por algunas cuestiones un tanto ridículas, como sus modos para elegir a los cargos de la corte, cuyo único y absurdo mérito ha de ser el equilibrismo pasando por encima o por debajo de un sable. Igualmente apunta y critica la estúpida discordia civil entre los grupos de los “tacones altos” y los “tacones bajos” y, muy especialmente, la contienda que mantienen los liliputienses con sus eternos enemigos de la Isla de Blefusca, la potencia rival con la que aún debaten bizantinamente por qué lado ha de cascarse un huevo. El humano Gulliver, gigante en ese mundo de rencillas y disputas inútiles entre bandos y partidos, aún encontrará oportunidad para ejercer de “coloso de Rodas” bajo cuyas piernas desfila el ejército liliputiense, de sucio apagafuegos del palacio real e incluso ayudará a atrapar la flota enemiga. Sin embargo, una conjura palaciega le obligará a abandonar el exótico territorio, llevándose como muestra del increíble viaje unas diminutas monedas, vacas y ovejas.
 
En el segundo viaje de la novela será una tempestad, pasado el Cabo de Buena Esperanza, la culpable de su nuevo naufragio, llegando a una isla en la que viven unos hombres y unos animales gigantescos. Ahora es simplemente un “grildrig”, un hombrecillo indefenso al viento de peligros descomunales. Afortunadamente tendrá la protección de una niña que le tratará y cuidará como a su propia muñeca, viéndose también víctima de la exhibición como una atracción de feria, hasta acabar en manos de la soberana de la corte, esposa de un monarca digno y sabio que se dedica a las Matemáticas. No obstante, el ahora diminuto Lemuel conocerá también enemigos, que los hay en todas partes, pasando de la rivalidad del burlón enano de la reina a ser presa de un mono que se lo lleva como si fuera su cría.
Entre las costumbres de los gigantes de la tierra de Brobdingnag se destacan la benevolencia de los gobernantes -a quienes aterra la fabricación de armas-, la costumbre de dirigir el reino con “sentido común y razón, justicia, clemencia y pronta resolución de causas” y la redacción de muchas leyes que siempre son parcas en palabras –curiosamente, nunca exceden el número de letras de su abecedario-.
Antes de abandonar el lugar, llevado por las garras de un águila, recoge algunos recuerdos para corroborar ante los demás hombres su aventura: un peine hecho con pelos, aguijones de avispa, una gran muela o una sortija que le sirve de collar.
 
En el tercer viaje nuestro médico es apresado por los piratas y abandonado bajo una inmensa “isla volante” que semeja una ciudad diseñada sobre una base de diamantes que sostienen una civilización. Gulliver es izado hasta allí y observa extrañado que los habitantes se encuentran siempre ensimismados y sumidos en reflexiones individuales, especialmente sobre la Música y la Astronomía; hombres que tienen que ser despertadas por el doloroso y ruidoso golpe de un “despabilador” y que sienten grandes terrores por todo el universo –que el sol se acerque demasiado, que se extinga…-. La isla se llama Lapuda y semeja una nave gobernada por un inmenso imán. La capital del reino, Lagado, se encuentra, sin embargo, en tierra firme.
Gulliver abandona la nave-isla y baja a la capital, donde no encuentra sino más confusiones y extravagancias protagonizadas por la Gran Academia de Proyectistas ocupada por estudiosos que se ocupan de tareas disparatadas: “cultivadores del saber especulativo” como los que trabajan en una máquina que mezcla palabras para obtener libros de leyes, política o filosofía; otros que ingieren teoremas y demostraciones con tinta de colorante cefálico para que su cerebro rinda más; también están aquellos que se denominan “planificadores políticos” y cuyo objetivo es evitar los partidos cortando medio cerebro de los gobernantes, trasplantarlo a los opositores y viceversa; o los que plantean poner un impuesto al vicio y la necedad; y otros dedicados a descubrir complots políticos estudiando excrementos humanos; incluso quienes pretenden terminar con el idioma reduciéndolo a simples nombres y que los hombres lleven listas con las cosas de las que van a hablar.
 
Lemuel viaja luego al puerto de Maldonada y a la isla de Glubb, donde se encuentra un grupo de hechiceros y magos capaces de devolver la vida durante veinticuatro horas a los muertos. Así, desfilan ante Lemuel personajes ilustres –Alejandro Magno, Aníbal, Julio César, Homero, Aristóteles… acompañados algunos por comentaristas que ni les conocen- que responden con sinceridad a cuestiones de su pasado tiempo, desmintiendo errores y manipulaciones de la historiografía, hablando sobre la traición, la violencia, la deslealtad y la rapiña como los auténticos motores de la humanidad junto con el perjurio, la opresión, el soborno, el fraude y la injusticia. Igualmente aparecen ante sus ojos antiguos héroes británicos cuya suerte y herencia ha sido dilapidada deshonrosamente por sus linajudos sucesores.
 
Llega por fin Gulliver a Luggnagg, un nuevo país cuyo monarca tiene la costumbre de recibir a sus visitantes obligándoles a arrastrase por el suelo y lamer el polvo. Aquí recibe noticias de los “struldbruggs” o “inmortales”: seres humanos que nacen con una peculiar marca circular en la ceja izquierda, y que nunca mueren. Lemuel imagina las grandes ventajas de semejante condición (sabiduría, experiencia) pero no puede imaginar la suerte real de estos pobres seres, pues en verdad los inmortales no conservan la juventud sino que envejecen física y mentalmente a partir de los treinta años, entrando en completa decrepitud a los ochenta, llenos de enfermedades y de olvidos, tratados como desposeídos y muertos; miserables gentes que no comparten generación alguna ni se identifican con nada; unos parias para quienes el mejor regalo es un recuerdo y que viven de la hospitalidad del resto de mortales.
 
Durante su cuarta y última travesía Gulliver sufre un nuevo revés del destino, esta vez un amotinamiento a bordo, y es abandonado más allá de Madagascar en una isla habitada por unos seres peludos con apariencia simiesca o semihumana. Nuestro protagonista es providencialmente salvado gracias a la aparición de un soberbio equino que hace huir a los monstruos: se trata de un animal de apariencia racional, uno de los caballos inteligentes o “Houyhnhnms”, cuya traducción al idioma de Gulliver sería “la perfección de la naturaleza”. En el mundo de estos caballos no existen los conceptos de mentira o falsedad, crimen o robo sino el sentido común, la paz, el debate y la razón. Los matrimonios se determinan por la pureza de razas y cumplen una educación espartana para los más pequeños. Ocupan un espacio de seres perfectos que se opone radicalmente a las bestias llamadas “yahoos”, controladas en rebaños para rebajar su peligrosidad. Frente a esta civilización excepcional apunta con tristeza Gulliver sus opiniones acerca de la condición humana, recordando las convicciones de su propia gente, unos yahoos al fin y al cabo, sumergidas en los errores, los vicios sociales y profesionales, las injusticias políticas, la holgazanería de la nobleza y el sufrimiento de los más humildes.
 
No son pocas las peripecias que sufre aún Gulliver hasta volver de nuevo y para siempre a su casa inglesa. Quizás lo peor es que su retorno al mundo de los humanos le provoca un repulsivo rechazo. Se aleja, amargado, de la civilización y decide rodearse de caballos a los que habla y cuida como si fueran su familia.
 
Textos
 
Por el momento poco he de decir sobre su civilización, que ha florecido en todas las ramas a lo largo de muchos siglos: la escritura es muy particular; no escriben de izquierda a derecha como los europeos, ni de derecha a izquierda como los árabes, ni de arriba abajo como los chinos, ni de abajo arriba, como los cascagios, sino oblicuamente, de una esquina de la hoja a la opuesta, como las damas inglesas.
A los muertos los entierran cabeza abajo, pues tienen la creencia de que pasadas once mil lunas han de resucitar y, para entonces, la Tierra, que ellos tienen por plana, se volverá al revés y así ellos, al resucitar, se encontrarán ya dispuestos y en pie. Los sabios del país reconocen lo absurdo de tal creencia, pero la práctica continúa cumpliendo la voluntad del vulgo.
Algunas viejas leyes y costumbres de este imperio son muy peregrinas y si no fueran tan patentemente contrarias a las de mi querida patria me sentiría tentado a decir algo en su defensa. Sería sólo de desear que se cumplieran también. La primera que voy a mencionar se refiere a los delatores. Todo delito contra el Estado se castiga aquí con la máxima severidad, pero si la persona acusada puede probar claramente su inocencia en el juicio, el acusador sufre inmediatamente una muerte ignominiosa, y a costa de su fortuna y tierras se compensa al inocente por la pérdida de tiempo, el peligro sufrido, las penalidades de la cárcel y los gastos incurridos en propia defensa. Si los dichos bienes no bastaran, la propia Corona se encarga de suplirlos con largueza. El Emperador, además, le otorga alguna muestra pública de su favor y se proclama la inocencia del reo por toda la ciudad.
 
-Primera parte, capítulo VI-
 
Otro proyecto aspiraba a prescindir enteramente de todas las palabras, y se propugnaba tal idea como algo muy ventajoso por razones de salud y de brevedad. Pues es evidente que cada palabra que pronunciamos constituye una merma de nuestros pulmones por corrosión y contribuye, por tanto, a acortar nuestras vidas. Para remediar esta situación se proponía que, puesto que las palabras sólo son nombres para designar cosas, sería más conveniente que todos los hombres llevaran consigo aquellas cosas que fueran necesarias para expresar el asunto concreto de que querían hablar. Y este proyecto se habría, sin duda, realizado, para mayor alivio y salud del hombre, si las mujeres, aliadas con plebeyos e ignorantes, no hubieran amenazado con la rebelión a menos que se les dejara hablar con la lengua, como hicieron sus antepasados; tan empedernidas e implacables enemigas de la ciencia son las gentes vulgares. Sin embargo, son muchos, entre los más prudentes y sesudos, los partidarios de expresarse mediante cosas, idea tarada de un solo inconveniente, a saber, que si el asunto que ha de tratar una persona es muy complejo o toca varios puntos, tiene que llevar encima, proporcionalmente, un fardo mayor de objetos, a menos que disponga de uno o dos criados fornidos para ayudarle. Tuve ocasión de contemplar a menudo a estos sabios abrumados por el peso de los fardos, como los buhoneros ente nosotros, que al encontrarse en la calle se aligeraban de su carga, abrían los fardos y conversaban una hora entre sí, y luego volvían a cargar la impedimenta, ayudándose mutuamente a ello, y se despedían.
 
-Tercera parte, capítulo V-
 
Si se libran de accidentes, sólo se mueren de viejos y son enterrados en los lugares más escondidos. Parientes y amigos no muestran pesar ni alegría por la pérdida, pero tampoco el moribundo siente la menor pena por dejar este mundo, igual que si regresara a casa después de visitar a uno de sus vecinos. Recuerdo que una vez mi amo había quedado con un amigo y su familia en que vendrían a verle a casa por un asunto de importancia; el día fijado se presentó la vecina y sus dos hijos con muchos retraso y sólo tuvo dos disculpas: una por su marido al que, según dijo, aquella misma mañana le había llegado la hora del ihnuwnh. Esta palabra es de gran vigor expresivo en su lengua y difícilmente traducible. Significa “retirarse a la primera madre”. La disculpa segunda, por no haber venido antes, era que, por morir el marido al final de la mañana había tenido que ocuparse un buen rato en consultar a la servidumbre sobre el sitio mas apropiado para enterrar el cadáver. Pude observar que la esposa se conducía en nuestra casa tan animadamente como los demás. Murió tres meses después.
Suelen vivir hasta los setenta y cinco años y rara vez alcanzan los ochenta. Unas semanas antes de la muerte sienten un decaimiento gradual, pero sin dolores. Durante este período reciben frecuentes visitas de sus amigos, ya que no pueden salir de casa con la misma soltura y satisfacción que antes. Sin embargo diez días antes de morir –momento que rara vez falla en sus cálculos- devuelven las visitas que les han hecho los que viven más cerca de la vecindad y lo hacen tendidos en una cómoda narria tirada por yahoos; cumplen el rito de despedirse de sus amigos como si fueran a algún lugar remoto del país donde pensaran pasar el resto de sus días.
 
-Cuarta parte, capítulo IX-
 
 
 
 
Literatura universal
Víctor Villoria

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Actualmente en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza Pulsa aquí para saber más de mí

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