Interactivos

Lectura 55. Un libro diferente

Laura revolvió en la bolsa donde el señor Tomás tenía los libros que había comprado. Le llamó la atención uno con una cubierta muy bonita, con un dibujo fantástico. “La historia interminable. Michael Ende”, leyó. Sabía que se había hecho una película con este título, pero no la había visto. El tipo de letras góticas y el propio título le hizo aún más sugestiva su lectura.

El señor Tomás, al verla tan interesada le dijo: – Lo he comprado para que lo leas. Es un libro precioso que creo te gustará. Laura comenzó su lectura esa misma tarde. A ratos leía en voz alta y su hermano escuchaba atento:

 “…El desván era grande y oscuro. Olía a polvo y naftalina. No se oía ningún ruido, salvo el suave tamborileo de la lluvia sobre las planchas de cobre del gigantesco tejado. Fuertes vigas, ennegrecidas por el tiempo, salían a intervalos regulares del entarimado, uniéndose más arriba a otras vigas del armazón del tejado y perdiéndose en algún lado de la oscuridad. Aquí y allá colgaban telas de araña, grandes como hamacas, que se columpiaban suave y fantasmalmente en el aire. De lo alto, donde había un tragaluz, bajaba un resplandor lechoso.

La única cosa viva en aquel entorno, en donde el tiempo parecía detenerse, era un ratoncito que saltaba sobre el entarimado, dejando en el polvo huellas diminutas. Allí donde la colita se arrastraba, quedaba entre las impresiones de sus patas una raya muy delgada. Se pronto se enderezó y escuchó. Y luego – ¡hush! – desapareció en un agujero de las tablas.

Se oyó el ruido de una llave en la gran cerradura. La puerta del desván se abrió despacio y rechinando y, por un instante, una larga franja de luz atravesó el cuarto. Bastián se metió dentro y cerró empujando la puerta, que rechinó otra vez. Metió una gran llave en la cerradura y la hizo girar. Luego echó además el cerrojo y dio un suspiro de alivio. Ahora sí que no podrían encontrarlo. Nadie lo buscaría allí. Sólo muy raras veces venía alguien – ¡de eso estaba seguro! – e, incluso, si la casualidad quería que precisamente hoy o mañana alguien tuviera algo que hacer allí, quien fuera se encontraría con la puerta cerrada. Y la llave no estaría. En el caso de que, a pesar de todo, abrieran la puerta, Bastián tendría tiempo suficiente para esconderse entre los cachivaches…” 

La tarde si iba poniendo malva y algunas luces ya se habían encendido. Poco a poco Fede se que quedó dormido. Laura no se dio cuenta, aunque ya no leía en voz alta, y sus ojos centelleaban ensimismados en los trazos rojos y verdes de la impresión bicolor de la novela. Ella misma – como después le ocurriría a Bastián – se introdujo en la historia de “La historia interminable”:

“… Había toda clase de trastos, tumbados o de pie; estantes llenos de archivadores y de legajos no utilizados hacía tiempo, pupitres manchados de tinta y amontonados, un bastidor del que colgaba una docena de mapas antiguos, varias pizarras con la capa negra desconchada, estufas de hierro oxidadas, aparatos gimnásticos inservibles, balones medicinales pinchados y un montón de colchonetas de gimnasia viejas y manchadas, amén de algunos animales disecados, medio comidos por la polilla, entre ellos una gran lechuza, un águila real y un zorro, toda clase de retortas y probetas rajadas, una máquina electrostática, un esqueleto humano que colgaba de una especie de armario de ropa y muchas cajas y cajones llenos de viejos cuadernos y libros escolares…”

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Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Durante dos años he trabajado en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza y actualmente me encuentro en la Sección Internacional Española del CSI Europole de Grenoble. Pulsa aquí para saber más de mí