Interactivos

Lectura 49. Mágico Mississippi

Y llegaron a Nueva Orleáns, la gran ciudad sureña de Estados Unidos, con sus plantaciones de algodón y su mágico río Mississippi. Nico sabía de él por películas como Las Aventuras de Tom Sawyer, el gran libro de Mark Twain, y las historias de su amigo Huck. Fue al ordenador y, tras una intensa búsqueda en Internet, preparó este texto para enseñárselo a sus amigos:

Mark Twain

Las aventuras de Huckleberry Finn

Un día Tom envió a uno de los muchachos a recorrer el pueblo con una antorcha encendida (ésta era la señal convenida para que todos acudiéramos con urgencia a la cueva) y luego era para decirnos que sus espías le habían proporcionado la información secreta de que al día siguiente una cuadrilla de mercaderes españoles y árabes ricos iban a acampar en Cave Hollow, con una caravana de doscientos elefantes y seiscientos camellos, y más de mil «cabargaduras» rebosantes de diamantes, y que además sólo venían escoltados por una guardia de unos cuatrocientos soldados. Por lo tanto, podríamos prepararles lo que él llamaba una emboscada, les mataríamos a todos, quedándonos con las riquezas. Nos recomendó que puliéramos bien las espadas y los rifles y estuviéramos listos para el asalto. Nunca consintió en atacar a una sola carreta de verduras sin habernos hecho antes limpiar bien las espadas y fusiles, aunque no eran más que trozos de hojalata y palos de escoba, y ya podía uno frotar hasta hartarse, que no por ello dejaban de ser lo que eran ni ganaban en absoluto. Yo no creí ni por un momento que fuéramos a vencer contra una multitud semejante de españoles y árabes, pero me hacía ilusión lo de ver camellos y elefantes, así que el sábado estaba yo como un clavo en mi puesto en la emboscada. Cuando recibimos la señal salimos corriendo cuesta abajo por el bosque. Pero al llegar no encontrarnos ni españoles, ni árabes, ni camellos, ni elefantes. No se trataba más que de una excursión de niños de primer grado de la escuela dominical. Embestimos sobre ellos, y les hicimos huir ladera abajo, y como único botín sólo conseguimos unas cuantas rosquillas y mermelada, aunque Ben Rogers logró además apoderarse de una muñeca de trapo y Joe Harper de un libro de himnos y un folleto. Pero para colmo nos dio alcance la maestra y nos obligó a soltar todo lo que habíamos cogido.

Y así acabó todo. Yo no había visto ni el menor asomo de diamante, y así se lo dije a Tom Sawyer, que me repuso que los había a montones, así como árabes, elefantes y todas las demás cosas.

—Si es verdad —le dije—, ¿cómo es que no se ven?

Me replicó que si yo no fuera tan ignorante y hubiera leído un libro titulado Don Quijote sabría la respuesta sin necesidad de hacer preguntas tan tontas. Me explicó que todo se había transformado por arte de encantamiento. Y me aseguró que allí había cientos de soldados, de tesoros, y de elefantes, pero que nuestros enemigos, a los que él llamaba magos, lo habían convertido en una excursión de niños de la escuela dominical, sólo por despecho.

—Bueno —le dije yo entonces—, pues lo que deberíamos hacer es perseguir a los magos esos. 

Tom Sawyer me dijo que no era más que un zoquete.

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Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Durante dos años he trabajado en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza y actualmente me encuentro en la Sección Internacional Española del CSI Europole de Grenoble. Pulsa aquí para saber más de mí