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Lectura 46. Recuerdos de Max

Cerca de la ciudad donde Laura vivía, allá en España, todos los años se recordaba la figura del Max Aub, un escritor nacido francés, de padre alemán, nacionalizado español, residente en Valencia, exiliado a Méjico, donde murió, y universal por los cuatro costados. En el instituto se hacían concursos de cuentos en su honor. Ahora que Laura estaba en Méjico la figura de este escritor se le evocaba más cercana, y no dudó en leer alguno de sus relatos, si es que encontraba algo en el barco. Lo encontró, y leyó el siguiente cuento:

 LA BULA 

Gregorio fue a Roma, comisionado por el gobierno, para asistir al Congreso Mundial contra la onconoquerosis.

Dejaba muchos amigos en la capital y tuvo gusto en traerles algo de la Ciudad Eterna.Dióle vueltas a su corta imaginación y decidió tratarlos por igual. Bien pensado como era, de buena familia, decidió comprar dos docenas de bendiciones in articulo mortis, con todo y firma de Su Santidad, confirmando que bastaba una mirada compungida al papel iluminado, en el momento supremo, para salvar el alma.

Las bulas eran bonitas y nada baratas, con el Santo Padre fotografiado a colores, y, debajo de la efigie, caligrafiados en hermosa romana, los nombres y apellidos de sus favorecidos.           

Volvió nuestro hombre, hizo enmarcar sus regalos y los entregó personalmente. Diéronle todos las gracias, muy emocionados, que no en vano se hablaba allí del instante de la muerte; sobre todo las esposas de sus amigos se mostraron agradecidas.

Julio Enríquez –un abogado, de Saltillo, hombre de buen ver, a pesar de cierta verruga muy sobresaliente en el canal de la aleta derecha de la nariz con su cachete- la colgó en la recámara conyugal, frente a los pies de la cama. Allí la estuvo viendo tres meses. Era persona de firmes convicciones, buen católico; su inteligencia, no muy fina, estaba al servicio de un carácter firme y difícilmente desviable de un camino una vez determinado a seguirlo. La repetida vista de la bula fue formando, noche a noche, una tranquila seguridad, un promontorio, en el que se asentó inconmovible.

Angélica, su esposa, padecía de flato sin que ningún médico pudiera ponerle remedio: pedorreaba sin remedio y con olor. El licenciado la mató, escapó a Guatemala, donde nadie supo quién era, a pesar de la bula, que se llevó.

Casóse allí otra vez, a medida de sus deseos, con Esperanza. Salióle ligera; no se aguantó y, sorprendida in fraganti, despachó inmisericorde al otro mundo esposa y directo causante de su desgracia.

Le absolvieron y pasó al Salvador, donde llegó a Ministro. Allí queda –como buen recuerdo suyo- la Nueva Universidad Central, que coayudó muy eficazmente a fundar. Un cuartelazo de malas muertes le llevó a Honduras como refugiado político. Por un quítame allá esas pajas y una copas de más acabó con el subjefe de la policía –hombre de bigote pequeño, corto de estatura y no mucho mayor de entendimiento, amigo del Presidente-. Salió malherido del encuentro pero pudo llegar a Nicaragua. Recobró, tras no pocas fatigas, su bula y, ya curado de espantos, dedicóse a la buena vida, como pistolero de un ministro a quien su hazaña anterior, que no había quedado en las sombras, recomendó particularmente. Asesinó sin mayores remordimientos a tres seres humanos; eso sí, con intervalos de un año y meses, y murió tranquilamente en su cama, frente a la bula bien colgada, en otro marco dorado, más lujoso que los anteriores.

Como no podía menos de ser, el Santo Padre cumplió con su palabra: en el último momento el arrepentimiento de Julio fue completo y Nuestro Señor, no pudiendo desautorizar a su Representante, le sentó a su vera.

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Víctor Villoria

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Actualmente en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza Pulsa aquí para saber más de mí

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