Interactivos

Lectura 25. Ricos y pobres

A media tarde, sentada frente al sol de poniente y bien abrigada, se veía a Laura con el libro de Delibes en las manos enguantadas, siguiendo las aventuras del Nini, el niño ratero…:

“Desde que tuvo uso de razón, el Nini siempre oyó decir que la señora Clo, la del Estanco, era la tercera rica del pueblo. Delante estaban don Antero, el Poderoso, y doña Resu, el Undécimo Mandamiento. Don Antero, el Poderoso, poseía las tres cuartas partes del término; doña Resu y doña Clo sumaban, entre las dos, las tres cuartas partes de la cuarta parte restante y la última cuarta parte se la distribuían, mitad por mitad, el Pruden y los treinta vecinos del lugar.

Esto no impedía a don Antero, el Poderoso, manifestar frívolamente en su tertulia de la ciudad que “por lo que hacía a su pueblo, la tierra andaba muy repartida”. Y tal vez porque lo creía así, don Antero, el Poderoso, no se andaba con remilgos a la hora de defender lo suyo y el año anterior le puso pleito al Juanito, el Alcalde, por no trancar el palomar en la época de sementera. Bien mirado, no pasaba año sin que don Antero, el Poderoso, armara en el pueblo dos o tres trifulcas, y no por mala fe, al decir del señor Rosalino, el Encargado, sino porque los inviernos en la ciudad eran largos y aburridos y en algo había de entretenerse el amo. De todos modos, por Nuestra Señora de las Viñas, la fiesta del pueblo, don Antero alquilaba una vaca de desecho para que los mozos la corriesen y apaleasen a su capricho, y de este modo se desfogasen en los odios y rencores acumulados en sus pechos en los doce meses precedentes.

Tres años atrás, con motivo de esta circunstancia, el Nini estuvo a punto de complicar las cosas. Y a buen seguro, algo gordo hubiera ocurrido sin la intervención de don Antero, el Poderoso, que aspiraba a hacer del niño un peón ejemplar. El caso es que el Nini, compadecido por los desgarrados mugidos de la vaca en la alta noche, se llegó a las traseras de don Antero el Poderoso, y le dio suelta. En definitiva de bien poco sirvió su gesto, ya que cuando el animal tornó al redil, tras una accidentada captura en el descampado, llevaba un cuerno tronzado, el testuz sangrante y el lomo literalmente cubierto de mataduras…”

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Víctor Villoria

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Actualmente en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza Pulsa aquí para saber más de mí

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