Interactivos

Lectura 24. La nueva amiga de Sebas.

– ¡Tengo una nueva amiga! – exclamó Sebas subiendo por las escaleras que daban a una zona de descanso.

– ¡No me digas que has encontrado un polizón escondido en la bodega! – respondió Fede, siempre tan ocurrente.

– Pero, ¿es cierto que has encontrado una chica en el barco? – continuó su hermana – No me lo creo.

– Veréis – explicó Sebas – Mi nueva amiga se llama Matilda y es la protagonista de un libro que acabo de empezar a leer.

– ¡Acabáramos! – intervino Nico – ¡Como que ya la conozco! Ese libro lo leí hace algún tiempo y, aunque me dijeron que aún no era adecuado para mi edad, me encantó.

– ¿Puedes decirnos algo de ese libro? – preguntó Laura. Y Sebas, que estaba entusiasmado con su nueva lectura, empezó a leer estos párrafos de la obra de Roald Dahl:

“A veces se topa uno con padres que se comportan del modo opuesto. Padres que no demuestran el menor interés por sus hijos y que, naturalmente, son mucho peores que los que sienten un cariño delirante. El señor y la señora Wormwood eran de esos. Tenían un hijo llamado Michael y una hija llamada Matilda, a la que los padres consideraban poco más que como una postilla. Una postilla es algo que uno tiene que soportar hasta que llega el momento de arrancársela y lanzarla lejos. El señor y la señora Wormwood esperaban con ansiedad el momento de quitarse de encima a su hijita y lanzarla lejos, preferentemente al pueblo próximo o, incluso, más lejos aún.

Ya es malo que haya padres que traten a los niños normales como postillas y juanetes, pero es mucho peor cuando el niño en cuestión es extraordinario, y con esto me refiero a cuando es sensible y brillante. Matilda era ambas cosas, pero, sobre todo, brillante. Tenía una mente tan aguda y aprendía con tanta rapidez, que su talento hubiera resultado claro para padres medianamente inteligentes. Pero el señor y la señora Wormwood eran tan lerdos y estaban tan ensimismados en sus egoístas ideas que no eran capaces de apreciar nada fuera de lo común en sus hijos. Para ser sincero, dudo que hubieran notado algo raro si su hija llegaba a casa con una pierna rota.

Michael, el hermano de Matilda, era un niño de lo más normal, pero la hermana, como ya he dicho, llamaba la atención. Cuando tenía un año y medio hablaba perfectamente y su vocabulario era igual al de la mayor parte de adultos. Los padres, en lugar de alabarla, la llamaban parlanchina y le reñían severamente, diciéndole que las niñas pequeñas debían ser vistas pero no oídas.

Al cumplir los tres años, Matilda ya había aprendido a leer sola, valiéndose de los periódicos y revistas que había en casa. A los cuatro leía de corrido y empezó, de forma natural, a desear tener libros. El único libro que había en aquel ilustrado hogar era uno titulado Cocina fácil, que pertenecía a su madre…”

  Índice      Cuestionario >>

Una iniciativa por profesores y para profesores. Una ayuda para la educación y la enseñanza de la lengua y la literatura.