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Lectura 20. Satélites artificiales

Durante las horas que transcurrían en el barco había tiempo de sobra para todo y, en los ratos de descanso, nuestros amigos leían, manejaban el ordenador o charlaban. Sebas, con sus ciencias, seguía buscando en Internet páginas sobre algas y demás vegetales marinos, pero no descuidaba su afición a la literatura; Laura continuaba con el Nini, el niño ratero; Nico se dedicaba, sobre todo, a la historia, y Fede, amigo de lo fantástico y futurista, había encontrado la enciclopedia Siglo XXI en la que había unos capítulos dedicados a la historia de la astronáutica. Pero los relatos que más le fascinaban eran los clásicos de aventuras de Julio Verne. Estaba leyendo este capítulo:

“Año crucial para la astronáutica fue 1958. Norteamérica, dispuesta a recuperar el tiempo perdido, se lanzó a una actividad casi frenética. En el curso de este año puso en órbita siete satélites, mientras que los rusos sólo pusieron uno. Las diferencias de enfoque de la política espacial se concretaron en una cuestión: sobre qué era preferible, si los satélites de gran tamaño o los más reducidos. Mientras que la URSS afirmaba sus preferencias por los satélites grandes, capaces de realizar investigaciones de gran amplitud, norteamericanos e ingleses se mostraban partidarios de pequeños artefactos, capaces de realizar minuciosos exámenes de sectores espaciales.

Sólo al final del año, los norteamericanos se decidieron a lanzar un satélite de considerables dimensiones: el “Score”.Este año señala también un intento importante: el norteamericano de llegar a la Luna. Los “Pioneer” I y II fueron lanzados con destino a nuestro satélite, pero ambos fracasaron.

Agotada la serie “Sputnik”, los soviéticos iniciaron la de los “Lunik” (conviene aclarar que es esta una palabra rusa que no existe: fueron los periodistas norteamericanos quienes la inventaron). Para saludar el año nuevo fue lanzado el primero de la serie el 12 de enero de 1959, cuando la Tierra pasaba por el perigeo de su órbita alrededor del Sol. El nombre del artefacto era “Mechta”, que en ruso quiere decir “Ensueño”. Con tan poético nombre, tenía un peso de 381 kilos, y su novedad consistió en ser el primer planeta artificial que se convirtió en satélite del Sol, en cuya órbita sigue todavía.

Durante todo este año los norteamericanos prosiguieron su política de seguir enviando laboratorios al espacio. El satélite más pesado que lanzaron fue el “Discoverer VII”, colocado en órbita a finales de año. Los satélites de esta misma serie y los de las series “Explorer” y “Pioneer” tomaron las primeras fotos “en directo” de la Luna…”

Fede alzó la vista del libro. “Demasiados nombres”, pensó: “Si encuentro una novela de Julio Verne o de misterio creo que la devoraré. Aunque sea de terror”.

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