Literatura,  Y más cosas

Las uvas de la ira.

 

The Grapes of Wrath”. Novela publicada en 1936.
  Ante la ausencia de perspectivas, amenazada su identidad, perseguidos por la codicia de los grandes propietarios y de los bancos, humillados por otros muchos compatriotas que ven peligrar su despreocupación y tranquilidad ante la llegada de miles de desposeídos, los protagonistas -los Joad- simbolizan los valores de la dignidad familiar y de la solidaridad que el escritor californiano Steinbeck, un hombre siempre comprometido y Premio Nóbel de Literatura en 1962, plasmó en buena parte de su producción literaria.
(1) Comienzos de 1930. Ha terminado la época de lluvias sobre los campos grises de Oklahoma. Quedan el sol, el calor y las tormentas de polvo que ciegan el ambiente. En una carretera, junto a una estación de servicio, es recogido un autoestopista. Se trata de Tom Joad, que acaba de salir de la cárcel de MacAlester tras cuatro años de condena cumplidos por el asesinato de un hombre en una pelea (estando el otro borracho y armado, Tom le golpeó con un barra). Le cayeron siete de sentencia pero acaba de obtener la libertad bajo palabra de no cometer otro delito. Tom regresa a su tierra, a la casa de su familia.
[fusion_builder_container hundred_percent=»yes» overflow=»visible»][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=»1_1″ background_position=»left top» background_color=»» border_size=»» border_color=»» border_style=»solid» spacing=»yes» background_image=»» background_repeat=»no-repeat» padding=»» margin_top=»0px» margin_bottom=»0px» class=»» id=»» animation_type=»» animation_speed=»0.3″ animation_direction=»left» hide_on_mobile=»no» center_content=»no» min_height=»none»][(3). Secuencia de la tortuga que cruza la carretera, tenaz y lentamente. Casi es atropellada pero consigue llegar al otro lado. Tom recoge la tortuga y la guarda bajo su chaqueta].
(4) El recién llegado se encuentra con quien le bautizó, el predicador Casy, que vive semirretirado en el desierto. Apenas ejerce ya pues ha ido perdiendo su fe y sus creencias en lo divino, aunque no en la humanidad. Sus palabras, sin embargo, aún dan consuelo a muchos lugareños. Ambos charlan sobre sus respectivas suertes y sobre la miseria que viven las familias de la zona.
[(5). Descripción del sistema por el que los bancos, a través de arrendatarios, se quedan con las tierras de los granjeros; éstos acaban pidiendo préstamos, hipotecan sus tierras, que luego pierden, y son expulsados por los tractores que arrasan las casas y roturan la tierra sin piedad. Los que trabajan con las máquinas, los verdugos, también se encuentran en la pobreza y deben ganarse la vida aun a costa de la ruina de sus vecinos].
Tom y Casy caminan juntos y se encuentran con Muley, un vecino solitario cuya familia se fue tiempo atrás, dispuesto a no abandonar jamás su campo, aunque pierda la vida (sigue así los viejos principios del legendario Presidente Jefferson, que identificaban el hombre con la tierra). Tom comprobará que su propia casa también ha sido destrozada por un tractor y que su familia se ha refugiado en otra granja.
[(7). Sobre los almacenes de coches y de piezas de vehículos junto a las carreteras, dirigidos por vendedores codiciosos y sin escrúpulos].
Tom y el predicador llegan a la casa del tío John, un hombre silencioso y esquivo que perdió a su esposa cuando estaba embarazada -la mujer tenía dolores, pero el marido no hizo nada, pensando que era una simple indigestión. Como consecuencia, su esposa e hijo murieron. El hombre nunca se repondría de su “pecado”-. Junto a él se encuentran los padres de Tom (Padre y Madre), sus hermanos: Noah (un retrasado; Padre atendió el parto y cogió al niño por la cabeza… Arrepentido, siempre tuvo un especial cariño por él), Al (el más joven y todo un ligón; entendido en mecánica, fogoso, admira a Tom por haber estado en la cárcel, por haber matado a un hombre), Rosasharn (Rose Of Sharon, recién casada con Connie; la pareja se siente ilusionada por trasladarse al oeste donde iniciar una nueva vida, tener una casa, ir al cine; él dice que estudiará Electricidad por la noche; ella está ya embarazada), los pequeños Winfield y Ruthie (traviesos, peleones); y, por último, los dos abuelos. Tom recuerda que su abuelo luchó en esa misma tierra contra los indios; su padre contra las serpientes.., y él lo hará contra la injusticia y la miseria. Todos juntos preparan un viaje a California, en un viejo camión Hudson remendado por Al. Tom les acompañará, aunque Madre teme que puedan detenerle por violar la condicional saliendo del Estado. Para el éxodo han tenido que vender cuanto tenían. Por delante les quedan mil millas de viaje en la “Carretera 66”, una aventura utópica hacia la tierra de promisión.
En la 66 encontrarán a gentes de toda condición, emigrantes que cruzan los innumerables caminos que nacen del polvo, decenas de miles en busca del sueño californiano, de los verdes valles prometidos y la esperanza del futuro. Los Joad abandonan el pueblo de sus raíces, Sallisaw, ocupando la cabina del vehículo o sobre la carga. Al cuida con atención y temor cada ruido del camión.
Pronto llegará la sed. En las gasolineras les creen mendigos. Sin embargo, los Joad, en su pobreza, mantienen la dignidad, pues siempre pagan aunque apenas llevan cien dólares para un viaje de diez días. Acampan de noche junto a la carretera, con muchas otras familias.
(13). El abuelo enferma y muere de apoplejía. Casy reza algunas palabras, más por consuelo ajeno que por convicción personal. Le sepultan bajo la tierra -aunque la ley prohíba entierros aislados- acompañado de unas palabras de la Biblia. La abuela, sola, se va derrumbando poco a poco. Rosasharn teme por su embarazo.
[(15). Las hamburgueserías de carretera, alegres ante la presencia de camioneros e incómodas por la avalancha de emigrantes sin dinero].
Los Joad abandonan Oklahoma en compañía de otra familia, los Wilson. Un accidente quema un cojinete del camión; necesitan una biela nueva. Madre comienza a rebelarse —sólo ella se da cuenta de que la familia se puede resquebrajar, y va imponiendo su mando sobre Padre, por su constancia, su fe realista e inquebrantable-. La abuela apenas puede seguir. Mientras unos van en busca de piezas de recambio, otros descansan en un maltrecho campamento. Logran arreglar el Hudson, siguen rumbo al oeste y comienzan a cruzarse con algunos que regresan defraudados de California. Pero los Joad se mantienen, firmes, en su ideal.
[(17). Los diversos grupos de familias en camino organizan en la ruta una nueva sociedad, con sus propias leyes].
Llegan a Nuevo Méjico. Algunos policías vigilan el camino a las puertas del desierto. Ante sus ojos, la frontera del Río Colorado. Noah decide quedarse allí, bajar al río y coger peces. Padre no puede evitarlo. La abuela está en las últimas cuando aparecen unos fanáticos “jehovitas” reclamando el alma de la anciana. Como un símbolo cristiano, cruzan de noche el río y el desierto, sin los Wilson. Por fin, desde lo alto de unas montañas, consiguen contemplar el vergel californiano. En este momento la abuela fallece.
[(19). Recuerdo de lo que fue California y lo que es ahora: grandes propietarios, necesidad de mano de obra barata, odio a los emigrantes —despectivamente llamados los “Okies”-. Los miserables campamentos instalados por el Gobierno —los “Hooverville”-].
Tras el entierro de la anciana, los hombres de la familia comienzan a buscar trabajo, atraídos desde su lugar de origen por unos papeles de colores que les prometían empleo y prosperidad. Entre los desamparados se dan muestras de magníficos ejemplos de solidaridad humana ante la amargura que comparten, y el dolor de todos que se va convirtiendo en ira. Lo que encuentran es poca comida y ningún trabajo. Apenas les pagan cincuenta centavos por hora, y los contratadores bajarán hasta veinticinco. Los policías vigilan a quienes consideran agitadores (“rojos” les llaman), aquellos que no quieren trabajar por semejante salario indigno. Inevitablemente, se produce el primer enfrentamiento: un policía dispara contra la mano de una mujer, Tom la defiende y Casy da la cara por el expresidiario y acaba detenido. Los Joad deciden irse al norte. Al tío John se lo llevan borracho. Connie, mientras, se ha largado, sin decirle nada a su esposa.
[(21). El desprecio y odio hacia los emigrantes; los del oeste reciben con violencia y desprecio a las masas de los Estados centrales. La ira comienza a fermentar].
Llegan al modélico campamento de Weedpatch, un espacio sin policías, organizado en unidades sanitarias y gobernado por un comité dirigido por los mismos acampados. Hay retretes, duchas y agua caliente; orden y tranquilidad. Un “paraíso” en la miseria. Pero tampoco abunda el trabajo, y el que hay está mal pagado. Los sábados hacen un baile — detestado por los “jehovitas”, que lo consideran diabólico-. Madre cuida de su hija embarazada, sola —que, ingenua, aún piensa reencontrarse con su fugado marido-. Un grupo de mujeres saluda a Madre y le explica que en el campamento no se admite la caridad sino la solidaridad. Pueden trabajar en tareas comunitarias: las mujeres, por ejemplo, en los lavaderos. Corre el rumor de que un próximamente habrá jaleo durante un baile, montado por unos provocadores extraños que intentarán causar una pelea, excusa para que entren los policías y cierren el campamento, pues no toleran un “orden paralelo”. Pero el comité pone los medios para que no suceda percance alguno, deteniendo y expulsando, discretamente, a los provocadores.
[(25). La fruta excedente de California es quemada con queroseno ante las miradas de los hambrientos… “En las almas de la gente las uvas de la ira se vuelven pesadas”].
El pequeño Winfield enferma. Rosasharn apenas come. Madre es la única que pone disciplina con sentido y cariño, obsesionada por la unidad familiar. Piensan ir más hacia norte, quizás al rancho Hooper, donde hay melocotones y trabajo, pues algunos recolectores se encuentran en huelga.
Tom se reencuentra con el predicador Casy, excarcelado y reconvertido en un hombre de acción, líder de los descontentos, perseguido por la policía. Pero el predicador acabará muerto por un golpe de pico (“no sabéis lo que estáis haciendo” dirá a sus asesinos) y Tom matará, en defensa propia, a un agresor. Herido, se esconderá entre su gente y los Joad se lo llevarán oculto en el camión. Ahora van rumbo al sur, a recolectar algodón. Para no comprometer a los demás, Tom se retira al campo, junto a una alcantarilla. Todos consiguen algo de trabajo. Pero la pequeña Ruthie, tras una pelea con unos niños, delata que tiene un hermano “que ha matado a dos hombres”. Tom, descubierto, decide seguir los pasos del difunto Casy: “trabajar juntos por nuestra propia causa”. Al, mientras, comienza a relacionarse con una joven, Aggie, y se establece un compromiso matrimonial entre ambas familias.
Llegan nubes de tormenta y comienza a caer una tromba de lluvia que inutiliza cultivos y vehículos. Los Joad protegen como pueden su chabola con un pequeño dique. Justo en ese momento Rosasharn se pone de parto: pero el niño o la niña -nunca se sabrá- nace muerto. El agua sigue subiendo, los arroyos se desbordan mientras los Joad intentan salvar sus escasas pertenencias, buscando un lugar elevado y seco. Madre prepara un nuevo desplazamiento para la ya mermada familia —de hecho Al y Aggie han hecho planes por su cuenta-.
En una tremenda escena final, dentro de un almacén que les sirve de refugio, se encuentra un niño que acompaña a su padre hambriento y desfallecido. Rosasharn se descubre un pecho y alimenta al moribundo.
Textos
@ “El asfalto de la carretera estaba bordeado de una maraña de hierba seca, enredada y quebrada, y las puntas de las hierbas estaban cargadas de barbas de avena preparadas para pegarse al pelo de los perros; con colas de zorra destinadas a enredarse en los menudillos de un caballo y tréboles espinosos listos para fijarse en la lana de las ovejas; vida latente esperando ser esparcida y dispersada, cada semilla equipada con un dispositivo de dispersión, dardos retorcidos y paracaídas para el viento, pequeños arpones y bolas de espinas diminutas, todos esperando a los animales y al viento, a los bajos de un pantalón de hombre o el borde de la falda de una mujer, pasivas todas pero armadas con mecanismos de actividad, quietas pero aptas para el movimiento.
El sol descansaba sobre la hierba calentándola y en la sombra bajo la hierba se agitaban los insectos, las hormigas y hormigas león tendiendo trampas, los saltamontes saltando en el aire y chasqueando las alas amarillas durante un instante, las cochinillas como pequeños armadillos andando con esfuerzo e impaciencia con multitud de pies tiernos. Y sobre la hierba que bordeaba la carretera avanzaba lentamente una tortuga de tierra, sin desviarse por nada, arrastrando la alta bóveda de su concha sobre la hierba. Sus duras patas y sus pezuñas de uñas amarillas trillaban la hierba lentamente, en realidad no andando sino impulsando y arrastrando la concha por la que resbalaban las barbas de cebada al tiempo que los tréboles espinosos caían encima y rodaban hasta el suelo. Llevaba el córneo pico medio abierto y sus ojos, humorísticos y fieros, bajo cejas como uñas, miraban adelante. Avanzó por la hierba dejando un rastro batido detrás y ante ella se levantó la colina que era el terraplén de la carretera. Se detuvo un momento, manteniendo alta la cabeza. Parpadeó y miró de un lado a otro. Por último empezó a escalar el terraplén. Las pezuñas delanteras se adelantaron, pero no apoyaron. Las traseras empujaron la concha que arañó en la hierba y la grava. Cuanto más empinado se hacía el terraplén, más frenéticos eran los esfuerzos de la tortuga… La tortuga reposó un instante. Una hormiga roja se metió corriendo en la concha, en la suave piel dentro de la concha y de repente la cabeza y las patas se recogieron y la cola acorazada se encajó, y la hormiga quedó aplastada entre el cuerpo y las patas. Y una espiga de avena loca quedó atrapada dentro de la concha por una de las patas delanteras. Durante un rato la tortuga permaneció inmóvil y luego el cuello asomó y los viejos ojos humorísticos miraron alrededor amenazadores”.
 -Capítulo III-
            @ “Ahora las personas que estaban en movimiento, que iban en busca de algo, eran emigrantes. Las familias que habían vivido en una pequeña parcela de terreno, que habían vivido y habían muerto en un espacio de cuarenta acres, que habían comido o pasado hambre con lo que producían esos cuarenta acres, tenían ahora todo el oeste para recorrerlo a sus anchas. Y se extendían presurosas, buscando trabajo; las carreteras eran ríos de gentes y las cunetas a los bordes eran también hileras de gente. Tras estas gentes venían otras. Las grandes carreteras bullían de gente en movimiento. Allá en el medio oeste y el suroeste había vivido una población sencilla y campesina a la que no había afectado el cambio de la industria, que no había trabajado la tierra con maquinaria, ni conocido la fuerza y el peligro que las máquinas podían adquirir estando en manos privadas. No habían crecido en las paradojas de la industria. Sus sentidos todavía percibían con claridad lo ridículo de la vida industrial.
Y entonces, de pronto, las máquinas los expulsaron y ellos invadieron las carreteras. El movimiento les hizo cambiar; las carreteras, los campamentos a orillas de los caminos, el temor al hambre, la misma hambre, les transformaron. Cambiaron porque los niños debían pasarse sin cenar y por estar en constante e incesante movimiento. Eran emigrantes. Y la hostilidad les hizo diferentes, los fundió, los unió: la hostilidad que hacía que en los pequeños pueblos la gente se agrupara y tomara las armas como para rechazar a un invasor, brigadas con mangos de picos, dependientes y tenderos con escopetas, protegiendo el mundo contra su propia gente”.
– Capítulo XXI-
Madrid, Cátedra, Letras universales, 2001
Versión cinematográfica de John Ford (1940)
Literatura universal
Juan Manuel Ojembarrena
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