Literatura,  Y más cosas

Las siete iglesias Miloš Urban

Las siete iglesias   Miloš Urban 

Ediciones B. 2005, Barcelona
ISBN 84-666-1963-1
(Págs 187-189)

Podríamos clasificar esta novela como novela policíaca, novela gótica… La deuda con la novela gótica inglesa está bien clara, y dada la ausencia de crítica social,  denuncia de corrupción, etc, no podemos considerarla como novela negra. Ambientada en la ciudad de Praga, en la que la especulación urbanística y el beneficio económico salvaje amenazan hermosos monumentos de siglos de antigüedad, narra la historia de un personaje gris que, como si fuera un protagnista de una obra de Kafka, se llama K (Kvetoslav). Ex-policía poco apreciado en el cuerpo, será readmitido merced a sus conocimientos de historia medieval, que serán de gran utilidad para investigar una serie de misteriosos asesinatos que tiene lugar en los aledaños de bellas iglesias medievales de la ciudad de las cien torres. En el fragmento seleccionado, K sube al coche de un personaje que responde al estereotipo de “chulo“ que esconde sus complejos y falta de personalidad tras la ostentación material, en este caso de un coche deportivo. Su comportamiento al volante es propio de este tipo de individuos que tan familiares nos son en nuestro propio país. Entre los temas a comentar tendríamos :

Civismo o ausencia del mismo, conducción temeraria y complejos, ansias de aparentar, funcionalidad, medio ambiente, transporte público, calidad de vida, ruído,  contaminación, intereses económicos que determinan que exista uno u otro modelo de tranporte público…

En lo referente a los aspectos interculturales es importante destacar la eficacia y universalidad del transporte público en la Rep Checa en detrimento de las industrias del automóvil y petroleras, mientras en España el transporte público es mucho menos eficaz y más caro, y el vehículo propio puede resultar a la vez un lujo generalizado (la libertad de elegir cuándo y a dónde ir), una maldición (gasolina, seguro, mantenimiento, accidentes, atascos, falta de aparcamiento), y una necesidad (sin coche en muchas ciudades y pueblos es casi imposible encontrar trabajo e incluso hacer una vida medianamente normal).

 

Llegó con un cuarto de hora de antelación y tocó la bocina hasta que me asomé por la ventana. Permaneció en el coche, saludándome con la mano: ya podíamos irnos. La señora Frýdová, que se había asomado en (sic) la ventana del cuarto contiguo, manifestó que jamás se sentaría en el automóvil de un tipo que llamaba la atención de ese modo. Fue una buena observación.

            Me sentí incómodo en el asiento del acompañante del coche deportivo de Asir. Procuraba disimular el susto, pero me daba cuenta de lo tenso que iba durante el trayecto y de lo fuerte que me agarraba a la asidera (sic). Quedé estupefacto ante la seguridad con que dominaba el embrague, el freno y el acelerador, tres palancas metálicas, en el lado izquierdo, incorporadas al volante. Le pregunté si no hacía falta pasar exámenes especiales. Respondió que sí, pero que le traía sin cuidado.

            Cuando, dando una vuelta, bajamos la suave pendiente hacia el puente de Holešovice, callé, imaginándome los diferentes tipos de muerte que sin duda nos esperaban si a esa velocidad enloquecida chocábamos con otro vehículo o rozábamos una valla de seguridad. Pero ideas como esa siempre me asaltaban cuando iba en coche, seguramente porque nunca había intentado sacarme el carné de conducir. Las visiones de cuerpos chamuscados atrapados entre un montón de chatarra, el fantasma de un niño sangrante al que no veía y al que atropellaba, hacía tiempo que me habían robado el valor para asumirla responsabilidad por la seguridad al volante de cualquier arma de cuatro ruedas.

            Tan pronto como entramos en el puente, nos encontramos en medio de un atasco. Respiré hondo y, finalmente, solté la asidera (sic), a la que me sujetaba con tanta fuerza quese me habían puesto blancos los nudillos. Záhir encendió un cigarrillo y entreabrió la ventanilla. Parecía molesto, daba caladas hambrientas, y con sus dedos cortos y nudosos tamborileaba impaciente sobre el volante. Interiormente me alegré: le estaba bien empleado, por ponerme en peligro.

(…)

Íbamos a paso de tortuga, la gente se movía en las aceras más deprisa que nosotros. Los más rápidos eran los ciclistas y los recaderos en sus pequeñas motocicletas que revoloteaban a nuestro alrededor cada vez más a menudo. Alrededor de l arteria principal se espesó un nubarrón de smog, y como había presión baja se mantenía ras de suelo y se enganchaba pérfidamente entre los peatones,que vivían convencidos de lo listos que eran por haber dejado el coche en casa. A las nueve y media llegamos al cruce de Sokolská y Žitná y Záhir aparcó en la calle Hálkova.

Víctor Villoria

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Actualmente en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza Pulsa aquí para saber más de mí

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