Literatura,  Y más cosas

Guillermo Tell.

 
Una obra sobre la misión de la libertad, sobre la lucha contra la tiranía y la opresión, sobre los ideales de la humanidad como base para la educación estética del hombre. Y aun siendo la última del poeta alemán, uno de los principales representantes del Sturm und Drang que anuncia el Romanticismo, amigo y colaborador de Goethe, no es la única que trata este tema tan importante pues aparece también en otras piezas teatrales como Los bandidos, Fiesco o Don Carlos. Sin embargo, lo que en principio iba camino de convertirse en una obra épica terminó siendo un texto dramático en cinco actos, con un elenco amplísimo y realizado con enorme libertad artística, fundamentado a su vez en una abundante documentación histórica y triunfando, por último, como una obra muy popular, expresión paradigmática del propósito de Schiller de conseguir que el teatro fuera “arte, capaz de modelar al hombre perfecto”.
El drama nos cuenta la sublevación de los cantones suizos –Uri, Schwyz y Unterwalden- contra el terror impuesto por Hermann Gessler, Gobernador del Emperador Alberto I de Habsburgo, entre 1307 y 1308; un déspota que ha realizado todo tipo de perfidias y vejaciones sobre la población y que pretende someter con mano dura cualquier intento rebelde en su contra, imponiendo su poder y obligando, como ejemplo y símbolo vejatorio, a saludar bajo un sombrero clavado en lo alto de un mástil. Frente a esta tiranía basada en la prisión y la muerte, se opone la unidad de todo un pueblo conjurando ideales, hombres y armas, sellando un pacto que se basa en los derechos de libertad que siempre han sustentando y compartido con sus propias fuerzas, principios y derechos heredados.
Al frente del pueblo se sitúa un hombre excepcional: Guillermo Tell, un cazador valiente, inquieto, solitario e independiente, paciente, silencioso, confiado en sus propias fuerzas y en la ayuda de Dios; valedor de su esposa Hedwig, de sus hijos Walter y Wilhelm, y salvador de fugitivos que son perseguidos por Gessler. Su vida tranquila cambiará radicalmente en el acto III cuando Tell decide no reverenciar al sombrero del Gobernador, es acusado de desobediencia y traición y obligado por Gessler a disparar una flecha de su ballesta de caza, a ochenta pasos de distancia, contra una manzana colocada sobre la cabeza de su propio hijo Walter si no quieren ser asesinados ambos. Tell ruega y apela a la indecencia del castigo, aunque su propio hijo mantiene la dignidad rechazando que le aten el cuerpo o le venden los ojos. Tell dispara y acierta; de haber fallado había reservado una segunda flecha para terminar con la vida del Gobernador. Pero su humillación aún no ha terminado. Gessler castiga al cazador enviándole a la prisión de una de las fortificaciones imperiales, pero Tell logra escapar cuando es llevado en barca por un lago entre los cantones y se jura matar al enemigo con aquella segunda flecha. Inmediatamente, todos los cantones preparan una pronta insurrección contra el Gobernador, motín que será invocado como una lucha colectiva, por encima de la venganza, por encima de rencillas entre grupos o territorios, protagonizada por gentes de alto linaje y también de humilde condición, incluso por algunos de los más allegados al Gobernador, como Rudenz, su sobrino enamorado de Berta von Bruneck, una rica propietaria y patriota suiza, un joven que mantiene un difícil duelo entre su deber político y su amor. Se trata, en definitiva, de un pueblo unido a cuyo frente se colocará Guillermo Tell que conseguirá acabar con Gessler.
Tras el combate, los suizos esperan el castigo imperial. Pero este nunca llegará pues providencialmente –el destino- el mismísimo Emperador es asesinado por su sobrino Juan I de Suabia, quedando aparcadas las reclamaciones anexionistas de los Habsburgo y recuperando los Cantones su vieja y ansiada libertad.
Textos
Gessler(Tras un momento de silencio). Tú eres un maestro de la ballesta, Tell. Dicen que no hay cazador que pueda competir contigo. ¿Es verdad?
Walter Tell. Ya lo creo que es verdad, señor… Mi padre atraviesa una manzana, que cuelgue del árbol a cien pasos.
Gessler. ¿Es ése tu hijo, Tell?
Tell. Sí, caro señor.
Gessler. ¿Tienes más hijos?
Tell. Tengo dos chicos, señor.
Gessler. ¿Y cuál es el hijo al que más quieres?
Tell. Señor, a mis dos hijos les quiero igual.
Gessler. ¡Bien, Tell!. Como tú atraviesas una manzana, que cuelgue del árbol, a cien pasos, tendrás que acreditar tu arte delante de mí… Toma la ballesta… En tu misma mano la llevas… Y prepárate a atravesar una manzana sobre la cabeza de tu hijo… Pero mira, te aconsejo que apuntes bien y que aciertes a dar en la manzana del primer disparo, pues si lo fallas has perdido tu cabeza. (Todos hacen gestos de espanto).
Tell. Señor… ¿qué cosa tan inaudita exigís de mí?… ¿Yo sobre la cabeza de mi hijo?….No, que no, caro señor, no es eso lo que queréis decir… Impídalo el Dios misericordioso… ¡Eso no podéis exigírselo en serio a un padre!.
Gessler. Tirarás a la manzana colocada sobre la cabeza del chico… Lo exijo y lo quiero.
Tell. ¿Yo voy a apuntar con mi ballesta a la querida cabeza de mi propio hijo?… ¡Antes me muero!
           
Gessler. Dispara o morirás con tu hijo.
Tell. ¿Voy a ser yo el asesino de mi hijo? Señor, vos no tenéis hijos… no sabéis cómo se siente un corazón de padre.
Gessler. ¡Ah, Tell, muy sensato te has vuelto de pronto! Me habían dicho que eres un soñador y que te apartas de la manera de ser de los demás hombres. Amas lo extravagante… Por eso he escogido algo especialmente arriesgado para ti. Otro lo pensaría bien… Tú cierras los ojos y lo arrostras con corazón.
Berta. ¡No os burléis, oh señor, de esta pobre gente! Ved cómo están todos, pálidos y temblorosos…Y es que no están muy acostumbrados a oír bromas de vuestra boca.
Gessler. ¿Quién os ha dicho que es una broma lo que hago?. (Alarga la mano a una rama que cuelga por encima de él). Aquí está la manzana. Haced sitio… Que tome la distancia acostumbrada… Ochenta pasos le doy… Ni más ni menos… Él se gloriaba de acertar a su enemigo a cien pasos… ¡Ahora, cazador, acierta y no falles el blanco!
Rudolf el Harrás. Dios, esto se pone serio… Cae a sus pies, chico, éste es el momento, e implórale al gobernador que te perdone la vida.
Berta. (Al Gobernador). ¡Basta ya, señor! Es inhumano jugar así con la angustia de un padre. ¡Aunque ese pobre hombre haya merecido la pena capital con su ligera culpa, por Dios! Ahora es como si se hubiera sentido morir diez veces. Dejadle marchar indemne a casa, os ha conocido; él y los hijos de sus hijos se acordarán de esta hora
Gessler. ¡Abrid paso… pronto! ¿Por qué vacilas? Has merecido la muerte, puedo matarte, y mira, piadoso pongo en tus propias manos tu destino. No puede quejarse de una sentencia dura aquel a quien hacen maestro de su destino. ¡Tú te glorías de tu mirada segura! ¡Ea! ¿Cazador, aquí es donde tienes que mostrar tu arte, digno es el objetivo y grande el premio! Acertar el blanco en el disco, eso también puede hacerlo otro. Para mí el maestro es quien está seguro de su arte en todas partes, a quien el corazón no le desvía la mano ni el ojo.
Walter Fürst. (Se arrodilla a sus pies). ¡Señor Gobernador, reconocemos vuestra soberanía, pero haced que la gracia preceda al derecho, tomad la mitad de mi hacienda, tomadla entera, pero no consintáis que un padre tenga que contemplar tan cruel espectáculo!
Walter Tell. ¡Abuelo, no te arrodilles delante de ese hombre falso! Decid dónde tengo que colocarme, no tengo miedo, mi padre acierta a un pájaro volando, no va a fallar dando en el corazón del hijo.
Acto tercero, escena III
 Aportado por Juan Manuel Ojembarrena.
Literatura universal

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