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Graham Green y Dios. Un matrimonio difícil

Graham Greene y Dios: un matrimonio difícil

Contaba García Márquez que Graham Greene era el hombre menos hablador que jamás había conocido, que la única manera de soltarle la lengua era mediante una borrachera, actividad en la que pocos eran capaces de seguirle el ritmo. Fue en una de esas borracheras, cuando los dos iban ya muy cocidos, que García Márquez se atrevió a preguntarle por qué creía que no le habían concedido todavía el Premio Nobel de Literatura. Greene contestó sin vacilar que no se lo habían dado porque no lo consideraban un escritor serio. Años después, en su visita protocolaria a Estocolmo para recoger la estatuilla, García Márquez preguntó a los académicos suecos por qué no habían ganado el Nobel ni Borges ni Rulfo ni Greene. «Se inventaron alguna disculpa pero yo comprobé que en realidad no lo consideraban un escritor serio. Les dije, sin embargo, que al dármelo a mí, indirectamente se lo daban a él. Yo no hubiera podido escribir nada si no hubiera leído a Graham Greene«.

Lo de la seriedad es un prejuicio de largo recorrido en la Academia Sueca, un sambenito que quizá también explique la inclusión en la nómina de premiados de algunos insignes pelmazos hoy completamente olvidados así como las ausencias flagrantes de algunos grandes maestros de la novela de aventuras, del género negro y la ciencia-ficción. Greene utilizó demasiadas veces la plantilla de la literatura policíaca y la novela de espías como para que el comité del Nobel lo considerase un candidato con probabilidades. Tenía, además, otro inconveniente, quizá aun más grave: era uno de los novelistas más apasionantes, palpitantes y menos aburridos del pasado siglo. «Soy demasiado popular para ganarlo» confesó una vez. «No escribo cosas complicadas«. Confundir el tedio con la profundidad es una pedantería recurrente en las academias y en los jurados literarios. En cuanto a la falta de seriedad, basta hacer un somero repaso por la temática de sus libros para comprobar que probablemente no ha existido un autor más serio y comprometido con su época que Graham Greene.

En El cónsul honorario noveló la tiranía de Stroessner en Paraguay. En Nuestro hombre en La Habana hizo una acuarela rápida e inolvidable de Cuba bajo la bota de Batista. En El americano impasible vaticinó con años de adelanto la catástrofe de la intervención estadounidense en Vietnam. En Los comediantes, un libro que le valió un ataque directo de la prensa del gobierno, reflejó el espanto de la dictadura de Duvalier en Haití. En El factor humano -de la que el mismo García Márquez decía que se acercaba al ideal de la novela perfecta- se adentró en la Sudáfrica del apartheid. Todas ellas son novelas donde Greene desvelaba su antipatía esencial hacia la política exterior de Estados Unidos, un país en el que tenía prohibida la entrada y donde una vez aterrizó en una base militar con pasaporte panameño a una cumbre hispanoamericana, invitado personal de su amigo, el general Omar Torrijos.

Lo de la seriedad tampoco se entiende cuando el lector cae en la cuenta de que uno de los temas esenciales de Greene es la duda teológica, que muchos de sus personajes -el sacerdote borracho de El poder y la gloria, el mayor Scobie de El revés de la trama, el arquitecto Querry en la leprosería congoleña de Un caso acabado– sufren los tormentos de la fe, la agonía entre creer y no creer que fue una de las constantes de su vida. Por eso rechazó siempre la etiqueta de escritor católico, a pesar de su tardía conversión a los 23 años, fruto de su matrimonio con Vivien Daryell-Browning. «Nuestra pasión» escribió una vez «es rozar el borde vertiginoso de las cosas». De ahí también que en su juventud se sintiera atraído por el Partido Comunista y que nunca materializara ese compromiso más allá de la adhesión inquebrantable a unos ideales. «Yo no sería un buen recluta, pues mi lealtad cambiaría de raíz si estimara que el partido ha cometido un error».

En ninguna otra novela se percibe más descarnadamente esa dualidad esencial de Greene que en El fin de la aventura (reeditada este mismo año en Libros del Asteroide con el título de El final del affaire), un impresionante fresco de la pasión amorosa donde Greene pone en pie uno de los personajes femeninos más complejos y prodigiosos de la literatura, Sarah Miles, dividida entre el amor a Dios y el amor a Maurice Bendrix, el mezquino y rencoroso narrador de esta historia asombrosa. El gran Anthony Burgess dijo con bastante mala leche que, como todos los conversos, Greene andaba flojo en teología y que más de una vez había caído en la herejía jansenista, pero en pocas novelas, contemporáneas o no, puede encontrarse un conflicto moral y religioso de la talla de El fin de la aventura, en uno de cuyos capítulos centrales se atrevió a levantar nada menos que un milagro.

Greene, a quien alguien llamó una vez «el espía de Dios», definía al novelista como un agente doble, que condenaba y a la vez salvaba a sus personajes. Él mismo ejerció el espionaje en diversos momentos de su vida, en la Segunda Guerra Mundial y durante la revolución cubana. Años después le contó a Fidel Castro -de quien admiraba el coraje pero no el despotismo- que de joven había jugado a la ruleta rusa cuatro veces seguidas en una crisis de neurastenia, del mismo modo que una vez se hizo arrancar una muela sana por puro aburrimiento. Sin embargo, fue el aburrimiento, no el miedo, lo que le impidió seguir jugando, la sensación de angustia que se había disipado después de cuatro intentos. Castro le dijo que si había empleado un revólver con un tambor de seis balas y un solo proyectil, estaba matemáticamente muerto. «Bueno» replicó Greene, «yo no creo en las matemáticas».

DAVID TORRES, Público, 16 de diciembre de 2019. Texto original en https://bit.ly/2ShdWXY

Víctor Villoria

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Actualmente en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza Pulsa aquí para saber más de mí

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