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Ferlosio contra todos.

Ferlosio contra todos

Pocos escritores como Rafael Sánchez Ferlosio ejemplifican aquella curiosa observación de Anthony Burgess: «No es bueno que un novelista sea demasiado inteligente». Dotado de una inteligencia deslumbrante y de una curiosidad omnívora, Ferlosio fue abandonado la ficción como si fuese una novia de juventud hasta dedicarse casi exclusivamente al ensayo utilizando la misma prosa diamantina, compleja e inoxerable con que había tallado sus tres grandes novelas. A menudo ocurre que, al internarse por la sinuosa y marmórea sintaxis ferlosiana, el lector desprevenido pierde pie y tiene que remontarse hasta el comienzo de la frase, una hostilidad que se resuelve también en placer -la dificultad de escalar una montaña- y que emparenta a Ferlosio con otros grandes escritores -William Faulkner, Julien Gracq, Juan Benet- en los que la opulencia del lenguaje no oculta la realidad sino que resulta el único modo de revelarla.

Fue el propio Benet uno de los primeros en aludir a esa tendencia autodestructiva que acabaría siendo marca de la casa: «Por culpa de El Jarama perdimos al hombre que escribió Alfanhuí». Parece difícil aceptar que detrás de ambas obras esté la mano del mismo demiurgo. La primera, Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951), comienza con el gallo de una veleta («recortado en chapa de hierro») que se baja una noche del tejado y se pone a cazar lagartos a picotazos. Después de adelantarse una década al auge del realismo mágico latinoamericano, cuatro años después, en 1955, gana el premio Nadal con El Jarama, una monumental radiografía del tedio que narra con demencial objetividad y absoluta minucia la excursión de unos jóvenes domingueros a orillas del río madrileño. Con los años, Ferlosio renegaría de su segunda novela, a pesar del virtuosismo de los diálogos y descripciones. En la tercera, El testimonio de Yarfoz (1986), sorprendió de nueva a crítica y público con un retorno a la literatura fantástica bajo la égida cervantina del hallazgo del manuscrito encontrado. Había tardado más de tres decenios en regresar a la narrativa de gran aliento y ya nunca más publicaría otra novela.

En 1974 dio a luz su primer libro de ensayos, Las semanas del jardín, un género que ya no abandonaría y donde daba cuenta de una amplia gama de inquietudes, desde la gramática a la política internacional pasando por cualquier cosa que se les ocurra. Ahí fue donde empezó su terrible fama de aguafiestas, condenando de forma irrebatible eventos culturales tan sonados como la Expo de Sevilla (Las cajas vacías) o los fastos del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, contra los que arremetió en una sonada y brillante conferencia titulada Esas Yndias equivocadas y malditas. Tuvo también tiempo de enzarzarse con eminencias de la talla del paleontólogo Stephen Jay Gould, a raíz de la discordia aritmética sobre la fecha correcta de la inauguración del tercer milenio, en un artículo que es una obra maestra de erudición, mala leche y gracia insuperable. Prácticamente nadie -de Vargas Llosa al Papa Francisco, de Pablo Iglesias a Mariano Rajoy, del deporte a la tauromaquia, del patriotismo barato al independentismo catalán- se libró de sus pullazos. Uno de ellos lo lanzó a toro pasado contra El Jarama, del que dijo que estaba muy bien escrita, muy cuidada el habla popular, pero que no tenía «ni pies ni cabeza». Sospecho que algo tuvo que ver en su abandono de la ficción el divorcio de la novelista Carmen Martín Gaite, con quien estuvo casado de 1953 a 1970 y con la que tuvo dos hijos que murieron a los 7 meses y a los 29 años de edad respectivamente. Nada humano le era ajeno pero por culpa de esa curiosidad quién sabe las novelas que perdimos.

David Torres en Público, 2 de abril de 2019

Texto original en https://bit.ly/33mYBf1

Víctor Villoria

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Actualmente en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza Pulsa aquí para saber más de mí

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