Literatura

El siglo XVIII. Introducción.

EL SIGLO XVIII

EL SIGLO DE LAS IDEAS

El siglo XVIII español, alejado de la brillantez formal, de la explosión imaginativa y lingüística del barroco, aparece ante los ojos de los lectores modernos –y aun a buena parte de los del siglo XIX- como carente de interés y significado, y se habla frecuentemente de las obras ilustradas como de una literatura fría y distante. Nada más lejos de la realidad.

Los hombres y mujeres del dieciocho son los primeros que merecen llamarse, con todo derecho, nuestros contemporáneos: alejados poco a poco del fanatismo religioso y de la cerrazón europea que significó el barroco, sus inquietudes se mueven lentamente hacia los ideales de la Ilustración según avanza el siglo. Así, veremos publicar obras ensayísticas que tienen como objeto analizar cuidadosamente los aspectos más dispares de la cultura española, aunque siempre en el campo de lo útil para el bien común: la agricultura, la educación, el aprovechamiento de los recursos naturales, los caminos, el transporte, el orden público y, cómo no, la literatura y el arte, que paradójicamente ven ensanchados sus horizontes a través del reglamentado mundo de las poéticas y las normas académicas.

El Siglo de las Luces será testigo de muchos y desconcertantes sucesos ante los que los literatos –entiéndase intelectuales- suelen responder con la defensa del conocimiento, la razón y los criterios científicos para analizar el mundo que les tocó vivir. Así, inauguran géneros que sirven de crítica y comentario a estos sucesos –como la prensa-, se preocupan de comunicar sus conocimientos con otros colegas, y para ello desarrollan vastamente el género epistolar, discuten y enuncian teorías en sus ensayos, recopilan saberes, palabras y conceptos en enciclopedias y diccionarios, se preocupan de cuidar, pulir y reglamentar la lengua, su gramática y la ortografía a través de la recién creada Real Academia Española de la Lengua y, en fin, aprovechan la gran afición popular al teatro, ya proveniente del siglo pasado, para intentar reinventar géneros como la comedia que se adaptará para educar y enseñar al numeroso público que llenaba los teatros.

También fruto de esta decisión de saber universal aparece la literatura de viajes, y del siglo XVIII datan las primeras impresiones que de nuestro país obtienen los jóvenes nobles extranjeros que cumplían con el viaje europeo que incluía su formación como futura clase dirigente de sus países respectivos. También se hacen literatura los viajes de conocimiento, expedición y recuento de monumentos que se llevan a cabo dentro de la propia España, y que contarán con el apoyo decidido de la Corona.

Este conjunto de publicaciones verán la luz en las mejores imprentas y editoriales que había conocido el país. Impresores como Sancha o como Ibarra se preocuparán de llevar a cabo ediciones exquisitas de clásicos, que seguirán siendo de referencia durante todo el siglo siguiente. Aparecen Bibliotecas de uso público –como la excelente Biblioteca Real-, y las mejores casas nobiliarias presumen de llenar sus paredes con las novedades bibliográficas llegadas de Francia o de reciente aparición en España. Al tiempo, se organizan tertulias y veladas en palacios y casonas –excepcionalmente en fondas o librerías- que tienen como protagonistas la literatura, la música, la historia, la ciencia o la lengua, focos de donde arrancarán las Sociedades de Amigos del país y las distintas Academias, ambos proyectos característicamente dieciochescos y que serán patrocinados frecuentemente por el Rey.

Todo esto supone un nuevo público, al que ya no se trata de agradar o entusiasmar –como en la época de Lope o de Calderón-, sino al que se pretende, ante todo, educar, formar y concienciar. Se trata de erradicar, para estos autores ilustrados, las supersticiones religiosas, las creencias erróneas arraigadas, transformar a hombres y mujeres, antes ignorantes, en ciudadanos conscientes de su utilidad social y protagonistas del futuro progreso del país.

No es menor el esfuerzo por racionalizar la fe religiosa, protagonista absoluta de la, entonces, historia reciente del país. En ningún caso se puede decir que, en el caso de España, llegaran nuestros ilustrados a las posiciones extremistas de los revolucionarios franceses, pero sí es indudable que se multiplican los esfuerzos por conjugar religión y ciencia o para desligar la religión de la superchería popular, esfuerzos que no siempre fueron comprendidos ni aplaudidos por las clases populares, pero que prendieron sin duda entre las sucesivas clases intelectuales y cultas del país que recogen el testigo a lo largo del siglo.

En ningún otro momento de nuestra cultura o nuestra historia literaria –con la posible salvedad de la II República- se ha intentado tanto y por tan distintos escritores enseñar y educar a las clases populares, mejorar sus condiciones de vida o formarles para ser ciudadanos responsables, felices y cultos aunque, obviamente, sin dejar de ser súbditos. En ese empeño se acumularon triunfos y fracasos, y la crónica literaria del Siglo de las Luces es también la de las ideas por las que lucharon sus autores.

UN SIGLO DE CAMBIOS

El siglo XVIII español arranca con un cambio de dinastía: los Austrias, reinantes en España desde comienzos del siglo XVI con Carlos I, dejan paso a los Borbones, de origen francés. El cambio no fue gratuito: una guerra civil que dejará –como siempre sucede en los conflictos internos- resentimientos y amarguras, éxitos y celebraciones, arrasa el país más allá de la primera década del 1700. La guerra fue apadrinada por Francia y por Inglaterra, que presentaban así sus pretendientes al trono: Felipe de Anjou por parte francesa y Carlos de Habsburgo por parte inglesa y austríaca. Finalmente, y al producirse la inminente coronación de Carlos como emperador del imperio austríaco, Felipe ascenderá al trono español con el título de Felipe V. La paz de Utrecht, que dejó los intereses españoles en clara desventaja, acabó con la Guerra de Secesión española. Se certificaba así la decadencia española, profunda durante el XVII, innegable ya durante el siglo XVIII, en el que la política de la Corona española dependerá en enorme medida de los intereses y objetivos de Francia e Inglaterra, las dos grandes potencias europeas de la centuria.

El reinado de Felipe V fue largo (hasta 1746), y en él se cimentaron las bases del reformismo ilustrado: un centralismo fuerte –que acabó con los Fueros de Aragón y Valencia-, una menor dependencia de la nobleza, una remodelación del sistema de gobierno –antes mediante Consejos, ahora con Secretarías- y, en general, un moderado reformismo que nunca puso en duda sus atribuciones absolutistas. Se inicia así, con estas medidas, el camino hacia el despotismo ilustrado, la fórmula de gobierno característica de los Borbones durante el siglo XVIII.

El reinado del siguiente Borbón, Fernando VI (1746-1759), destacó por una excepcional situación de neutralidad ante los conflictos europeos, que se aprovechó para una importante recuperación y modernización del país. Bajo su reinado nacen y se educan la mayor parte de los intelectuales españoles ilustrados.

Carlos III (1759-1788) viene a ser considerado, con justicia, el prototipo de monarca ilustrado, y su actuación emprendedora se dejaría notar en el que se ha considerado uno de los reinados más provechosos de la historia española y, sin duda, el más trascendental del siglo XVIII. Rodeado de un auténtico equipo ilustrado para sus labores de gobierno, durante su reinado se acometieron los más importantes proyectos reformistas. La Casa Real apadrinó las Academias y Sociedades del País, se llevaron a cabo numerosos proyectos de obras de interés general y viajes de estudio científicos, se pusieron los cimientos para la dignificación de la educación pública no religiosa y, en fin, se aprobaron, acometieron o finalizaron obras públicas y edificios de indudable trascendencia (Paseo y Museo del Prado, Jardín Botánico, Casa de Correos en la Puerta del Sol y de la Aduana en Madrid, Puerta de Alcalá, etc.).

Carlos IV (1789-1808) cierra el siglo XVIII con un reinado accidentado y temeroso de las consecuencias de la Revolución Francesa (1789). De carácter débil y fuertemente influenciable, acabó prácticamente declinando sus obligaciones de gobierno en su primer ministro, Manuel Godoy, quien mantuvo una postura cercana a Francia, consolidada la Revolución, en los enfrentamientos con Inglaterra a causa del comercio colonial y las disputas territoriales europeas. La invasión napoleónica de España en 1808, y el profundo descontento de su ambicioso hijo –el futuro Fernando VII-, acabaron por precipitar el final de su reinado y abrir uno de los capítulos más vergonzosos de la historia de la realeza en las Capitulaciones de Bayona frente a Napoleón.

LA ILUSTRACIÓN: UNA NUEVA MENTALIDAD

Ningún cambio de ideología o de cultura se produce bruscamente, ni está marcado por fechas simbólicas o cambios de siglo. Con todo, es innegable que un nuevo movimiento cultural se produce en toda Europa a lo largo del siglo XVIII, que no por casualidad es conocido como el Siglo de las Luces. Y es que desde principios de siglo se extiende un movimiento cultural por toda Europa –con Francia a la cabeza- en el que los aspectos barrocos de la cultura –los aspectos religiosos, los dogmas teológicos, la cultura de masas, etc.- dejan paso a una visión crítica de la historia y del hombre, de su situación en el Universo o a la importancia de la ciencia para descubrir los secretos de la Naturaleza. La razón protagonizará todos los pasos dados durante el siglo para investigar lo que nos rodea o para reflexionar sobre cuestiones políticas, para dirigir el progreso del hombre o, incluso, para rezar.

Las características generales de este movimiento, conocido como la Ilustración serán las siguientes:

  • El racionalismo domina la cultura y la ciencia: sólo el uso sistemático de la razón permitirá el avance de las ciencias y la sociedad.
  • El ser humano será protagonista de su futuro. Su vida ya no estará sólo en manos de Dios, sino también de su esfuerzo y valía.
  • El objetivo de la política será la felicidad y el progreso de los pueblos.
  • La educación es la clave de la cultura y de la felicidad.
  • La utilidad es la finalidad de las ciencias, las letras y el arte.

La aplicación de estos principios, con características distintas según países europeos, significó en España una nueva literatura y una concepción de la literatura distinta de los intelectuales y escritores:

  • El objetivo de las obras literarias es el didáctico, de ahí la desaparición durante el siglo de las novelas y las obras de ficción. El género en prosa preferido es el ensayo, que aparece en forma de artículo periodístico, informes, memoriales, etc. La literatura de ideas domina toda la producción.
  • La razón y la utilidad dirigen toda la actividad cultural. La poesía también responderá a esta llamada, y desaparece lo sentimental e íntimo para dejar paso a lo útil. La belleza se enmarca en la elegancia de la forma y lo decoroso de los contenidos.
  • El teatro es contemplado como la gran oportunidad para educar al pueblo llano. Se proponen reformas importantes tanto en el contenido como en la estructura de las obras teatrales. La propuesta no tendrá éxito hasta muy avanzado el siglo.
  • La actividad literaria y artística se desarrolla alrededor de las tertulias y las instituciones ilustradas (Reales Academias de la Lengua, de la Historia, de Bellas Artes de San Fernando, etc.).

Hacia finales de siglo se aprecia una clara tendencia hacia lo individual y sentimental que presagia el Romanticismo, tanto en prosa como en poesía.

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Durante dos años he trabajado en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza y actualmente me encuentro en la Sección Internacional Española del CSI Europole de Grenoble. Pulsa aquí para saber más de mí