Literatura,  Narrativa

El objetivismo y el monólogo interior

El objetivismo y el monólogo interior.

Estas dos técnicas literarias tienen su desarrollo en los años cincuenta y sesenta respectivamente. En ambos casos han sido importadas a nuestra literatura desde otras literaturas pero encuentran acomodo en algunas novelas muy representativas de los años cincuenta y sesenta. He buscado fragmentos de El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, Cinco horas con Mario de Miguel Delibes y Tiempo de silencio de Luis Martín Santos.

Objetivismo.

Toda la crítica coincide en afirmar que El Jarama es la mejor obra del llamado realismo social. Su autor, Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) utiliza la técnica objetivista del llamado behaviorismo o conductismo casi a la perfección en esta obra. Así, a través de un diálogo magnetofónico, los personajes se nos presentan, no por medio de su psicología, sino mediante su conducta. El narrador es un mero observador de lo que ve. No obstante, el autor nos muestra su punto de vista mediante una honda prosa poética de alto valor lingüístico y expresivo.

La anécdota de la novela es muy simple: un grupo de jóvenes madrileños va a pasar un día de excursión a las orillas del río Jarama, cerca de San Fernando de Henares. La acción se desarrolla principalmente en dos lugares: en la orilla del río, donde están los jóvenes, y en la taberna de Mauricio, donde acuden las gentes del pueblo y algunos madrileños para charlar, jugar al dominó o bailar. Estos dos grupos se nos van lenta y minuciosamente mostrando a través de sus conversaciones. La monotonía del día se rompe momentáneamente con la muerte de una de las excursionistas, Lucita, que se ahoga en el río.

La sencillez de la historia oculta, no obstante, una difícil elaboración y una gran profundidad temática, testimonial y simbólica. La novela ha conseguido reflejar cinematográficamente el aburrimiento y la rutina que invaden gran parte de la sociedad de la época: estos seres están muertos, vacíos, como gran parte de la sociedad.

Ejemplos de Objetivismo

Primer fragmento.

El sol arriba se embebía en las copas de los árboles, trasluciendo el follaje multiverde. Guiñaba de ultrametálicos destellos en las rendijas de las hojas y hería diagonalmente el ámbito del soto, en saetas de polvo encendido, que tocaban el suelo y entrelucían en la sombra, como escamas de luz. Moteaba de redondos lunares, monedas de oro, las espaldas de Alicia y de Mely, la camisa de Miguel, y andaba rebrillando por el centro del corro en los vidrios, los cubiertos de alpaca, el aluminio de las tarteras, la cacerola roja, la jarra de sangría, todo allí encima de blancas, cuadrazules servilletas, extendidas sobre el polvo.

—¡El Santos, cómo le da! ¡Vaya un saque que tiene el sujeto! Qué forma de meter.

—Hay que hacer por la vida, chico. Pues tú tampoco te portas malamente.

—Ni la mitad que tú. Tú es que no paras, te empleas a fondo.

—Se disfruta de verlo comer —dijo Carmen.

—¿Ah, sí? Mira ésta, ¿te has dado cuenta el detalle? Y que disfruta viéndolo comer. Eso se llama una novia, ¿ves tú?

—Ya lo creo. Luego éste igual no la sabe apreciar. Eso seguro.

—Pues no se encuentra todos los días una muchacha así. Desde luego es un choyo. Tiene más suerte de la que se merece.

—Pues se merece eso y mucho más, ya está —protestó Carmen—. Tampoco me lo hagáis ahora de menos, por ensalzarme a mí. Pobrecito mío.

—¡Huyuyuy!, ¡cómo está la cosa! —se reía Sebastián—. ¿No te lo digo?

Todos miraban riendo hacia Santos y Carmen. Dijo Santos:

—¡Bueno, hombre!, ¿qué os pasa ahora? ¿Me la vais a quitar? —Echaba el brazo por los hombros de Carmen y la apretaba contra su costado, afectando codicia, mientras con la otra mano cogía un tenedor y amenazaba, sonriendo:

—¡El que se arrime…!

—Sí, sí, mucho teatro ahora —dijo Sebas—; luego la das cada plantón, que le desgasta los vivos a las esquinas, la pobre muchacha, esperando.

—¡Si será infundios! Eso es incierto.

—Pues que lo diga ella misma, a ver si no.

—¡Te tiro…! —amagaba Santos levantando en la mano una lata de sardinas.

—¡Menos!

—Chss, chss, a ver eso un segundo… —cortó Miguel—. Esa latita.

—¿Ésta?

—Sí, ésa; ¡verás tú…!

—Ahí te va.

Santos lanzó la lata y Miguel la blocó en el aire:

—¡Pero no me mates! —exclamó—. Lo que me suponía. ¡Sardinas! ¡Tiene sardinas el tío y se calla como un zorro! ¡No te creas que no tiene delito! —miraba cabeceando hacia los lados.

—¡Sardinas tiene! —dijo Fernando—. ¡Qué tío ladrón! ¿Para qué las guardabas? ¿Para postre?

—Hombre, yo qué sabía. Yo las dejaba con vistas a la merienda.

—¡Amos, calla! Que traías una lata de sardinas y te has hecho el loco. Con lo bárbaras que están de aperitivo. Y además en aceite, que vienen. ¡Eso tiene penalty, chico, callarse en un caso así! ¡Penalty!

—Pues yo no las perdono —dijo Fernando—. Nunca es tarde para meterle el abrelatas. Échame esa navaja, Sebas. Tiene abrelatas, ¿no?

—¿La navaja de Sebas? ¡Qué preguntas! Ése trae más instrumental que el maletín de un cirujano.

—Verás qué pronto abrimos esto —dijo Fernando cogiendo la navaja.

—A mí no me manches, ¿eh? —le advertía Mely—. Ojito con salpicarme de aceite.

Se retiraba. Miguel miraba a Fernando que hacía torpes esfuerzos por clavar el abrelatas.

—Dame a mí. Yo lo hago, verás.

—No, déjame —se escudaba con el hombro—. Es que será lo que sea, pero no vale dos gordas el navajómetro éste.

—Vete ya por ahí —protestó Sebastián—. Los inútiles siempre le echáis la culpa a la herramienta.

—Pues a hacerlo vosotros, entonces.

Miguel se lo quitaba de las manos:

—Trae, hijo, trae.

El monologo interior.

El monólogo interior permite al lector conocer los pensamientos más íntimos de un personaje sin necesidad de que intervenga un narrador.

El monólogo interior es una técnica narrativa en la que uno o varios personajes se expresan sin que tenga que intervenir la figura del narrador. Es decir, el autor relata en primera persona los pensamientos del personaje, permitiendo al lector acceder a ellos en el momento en el que se producen.

El monólogo interior nace a finales del siglo XIX como técnica narrativa a la que un autor recurre para acercar al lector a la mente del personaje. Su estructura nada tiene que ver con la narrativa convencional, sino que plasma una secuencia de pensamientos.

Atendiendo a cuestiones como el formato, el destinatario o el contenido podemos diferenciar tres variantes:

El monólogo interior propiamente dicho.

  • Habitualmente está escrito en un único párrafo, sin puntos y aparte porque romperían esa continuidad en el fluir de ideas, sentimientos, recuerdos…
  • No hay esquema ni responde a ninguna estructura prefijada; el personaje puede ir saltando de una cuestión a otra sin justificación alguna.
  • Tampoco hay un destinatario, el personaje no se dirige a nadie; está pensando, es como si hablase consigo mismo.

El flujo de consciencia.

  • El autor opta por llevar al extremo ese monólogo interior.
  • No tiene por qué respetar la gramática ni la ortografía.
  • El texto aparece de forma desordenada, con abuso de reiteraciones, puede incluso que sin signos de puntuación.
  • No hay un desarrollo lineal, los pensamientos surgen de manera espontánea.

El soliloquio.

  • Fácilmente identificable porque en este caso sí que hay un destinatario.
  • El personaje habla en voz alta.
  • Está solo pero dirige sus pensamientos hacia un tú no explícito, por lo que el discurso resulta coherente.
  • Responde a una estructura lógica y está bien articulado.

Estas tres variantes pueden convivir dentro de la misma obra. Lo normal es que el autor recurra al monólogo interior en un momento determinado, con una intencionalidad clara, pero el resto de la narración puede estar escrita en primera persona.

Ejemplos de monólogo interior

A finales del siglo XIX, Édouard Dujardin publica Les lauriers sont coupés, obra con la que para muchos nace la técnica del monólogo interior, la cual se convertiría en una de las bases de la literatura modernista. Autores como Joyce, Kafka, Faulkner, Proust o Woolf la hicieron suya en aquel momento, pero también encontramos claros ejemplos en la literatura más contemporánea, como Delibes o Martín-Santos.

Cinco horas con Mario, Miguel Delibes

Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, representa la obra cumbre del monólogo en la literatura española. En toda la novela el protagonista absoluto es el lenguaje, a través de Carmen, la viuda de Mario.

Todo transcurre en la noche en la que esta lo vela en soledad. Aunque aparentemente para ella se trate de un diálogo con el marido muerto, no hay respuesta alguna, por lo que el monólogo se convierte en una confesión de pensamientos, un enfrentamiento a la vida pasada y, en ocasiones, hasta una justificación de su manera de ser. Carmen está sola así que no frena sus palabras. En este caso, el tiempo de la narración coincide con el real.  Aquí sí hay una separación en capítulos y cada uno comienza con una cita de la Biblia que da pie al discurso de la mujer.

Primer fragmento

“Nunca lo entenderás, pero a una mujer, no sé cómo decirte, le humilla que todas sus amigas vayan en coche y ella a patita, que, te digo mi verdad, pero cada vez que Esther o Valentina o el mismo Crescente, el ultramarinero, me hablaban de su excursión del domingo me enfermaba, palabra. Aunque me esté mal decirlo, tú has tenido la suerte de dar con una mujer de su casa, una mujer que de dos saca cuatro y te has dejado querer, Mario, que  así qué cómodo, que te crees que con un broche de dos reales o un detallito por mi santo ya está cumplido, y ni hablar, borrico, que me he hartado de decirte que no vivías en el mundo pero tú, que si quieres. Y eso, ¿sabes lo que es, Mario?  Egoísmo puro, para que te enteres, que ya sé que un catedrático de Instituto no es un millonario, ojalá, pero hay otras cosas, creo yo, que hoy en día nadie se conforma con un empleo”. 

Miguel Delibes, Cinco horas con Mario.

 

Segundo fragmento

¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! Tus ojos son palomas, y perdóname que insista, Mario, que a lo mejor me pongo inclusive pesada, pero no es una bagatela eso, que para mí, la declaración de amor, fundamental, imprescindible, fíjate, por más que tú vengas con que son tonterías. Pues no lo son, no son tonterías, ya ves tú, que, te pones a ver, y el noviazgo es el paso más importante en la vida de un hombre y de una mujer, que no es hablar por hablar, y, lógicamente, ese paso debe de ser solemne, e, inclusive, si me apuras, ajustado a unas palabras rituales, acuérdate de lo que decía la pobre mamá, que en paz descanse. Por eso, por mucho que él la defienda, y por voces que dé, no me seduce la fórmula de Armando de salir cuatro tardes juntos y retenerle un buen rato la mano para considerarse comprometidos. Eso será un compromiso tácito si quieres, pero si me preguntaran a mí, no me mordería la lengua, te lo aseguro, que yo me mantendría en mis trece, Esther y Armando se han casado prácticamente sin ser novios antes, de golpe y porrazo, tal como suena, cosa que, bien mirado, ni moral me parece. Es lo mismo que si un hombre pretendiera ser marido de una mujer por ponerle la mano encima, equilicual, que el matrimonio será un Sacramento y todo lo que tú quieras, pero el noviazgo, cariño, es la puerta de ese Sacramento, que no es una nadería, y hay también que formalizarlo, que ya sé que fórmulas hay muchísimas, montones, qué me vas a decir a mí, desde el “te quiero” al “me gustaría que fueses la madre de mis hijos” con todo lo cursi que sea, figúrate, de sorche y de criada, pero, a pesar de todo es una fórmula, y, como tal, me vale.

Miguel Delibes, Cinco horas con Mario

Tiempo de silencio, Luís Martín Santos

Luis Martín Santos se acercó a los autores anglosajones del momento adoptando algunas de sus técnicas en Tiempo de silencio. Nos cuenta la historia de Pedro, un investigador que por la penuria económica se ve obligado a tratar con un clan chabolista y termina envuelto en la muerte de una joven en un aborto ilegal, muerte de la que él será acusado. Aquí tenéis fragmentos del monólogo interior que recoge sus pensamientos en la cárcel adonde le llevan tras su detención. Fijaos como el protagonista se desdobla en un tú (el llamado «tú reflejo») en algunos momentos, y se habla a sí mismo en 2ª persona

Primer fragmento

“¡Esa mujer! Parece como si hubiera sido, por un momento, estoy obsesionado. Claro está que ella está igual que la otra también. Por qué será, cómo será que yo ahora no sepa distinguir entre la una y la otra muertas, puestas una encima de la otra en el mismo agujero: también a ésta autopsia. ¿Qué querrán saber? Tanta autopsia; para qué, si no ven nada. No saben para qué las abren: un mito, una superstición, una recolección de cadáveres, creen que tienen una virtud dentro, animistas, están buscando un secreto y en cambio no dejan que busquemos los que podíamos encontrar algo, pero qué va, para qué, tiene razón, no estoy dotado. La impresión que me hizo. Siempre pensando en las mujeres. Si yo me hubiera dedicado sólo a las ratas. ¿Pero qué iba a hacer yo? ¿Qué tenía que hacer yo?”.

Luis Martín Santos, Tiempo de silencio

El monólogo interior permite al lector entrar en la mente del personaje, conociendo todo lo que pasa por su cabeza en ese momento. El narrador desaparece y deja paso a una secuencia de pensamientos. El presente coincide con el tiempo real, pero el personaje puede mezclar ideas del presente con recuerdos del pasado.

Segundo fragmento

¿Por qué fui?

No pensar. No hay por qué pensar en lo que ya está hecho. Es inútil intentar recorrer otra vez los errores que uno ha cometido. Todos los hombres cometen errores. Todos los hombres se equivocan. Todos los hombres buscan su perdición por un camino complicado o sencillo. Dibujar la sirena con la mancha de la pared. La pared parece una sirena. Tiene la cabellera caída por la espalda. Con un hierrito del cordón del zapato que se le ha caído a alguien al que no quitaron los cordones, se puede rascar la pared e ir dando forma al dibujo sugerido por la mancha. Siempre he sido mal dibujante. Tiene una cola corta de pescado pequeño. No es una sirena corriente. Desde aquí, tumbado, la sirena puede mirarme. Estás bien, estás bien. No te puede pasar nada porque tú no has hecho nada. No te puede pasar nada. Se tienen que dar cuenta de que tú no has hecho nada. Está claro que tú no has hecho nada.

¿Por qué tuviste que beber tanto aquella noche?¿Por qué tuviste que hacerlo borracho, completamente borracho? Está prohibido conducir borracho y tú… tú… No pienses. Estás aquí bien. Todo da igual; aquí estás tranquilo, tranquilo, tranquilizándote poco a poco. Es una aventura. Tu experiencia se amplía. Ahora sabes más que antes. Sabrás mucho más de todo que antes, sabrás lo que han sentido otros, lo que es estar ahí abajo donde tú sabías que había otros y nunca te lo podías imaginar. Tú enriqueces tu experiencia. Llegas a conocer mejor lo que eres, de lo que eres capaz. Si realmente eres un miedoso, si te aterrorizas. Si te pueden. Lo que es el miedo. Lo que es el hombre sigue siendo desde detrás del miedo, desde debajo del miedo, al otro lado de la frontera del miedo. Que eres capaz de vivir tranquilo todavía, de estar aquí serenamente. Si estás aquí serenamente no es un fracaso. Triunfas del miedo. (…). Decir: quiero, sí, quiero sí, quiero, quiero, quiero estar aquí porque quiero lo que ocurre, quiero lo que es, quiero de verdad, quiero, sinceramente quiero, está bien así. «¿Qué es lo que pide todo placer? Pide profunda, profunda eternidad.»

Tú no la mataste. Estaba muerta. No estaba muerta. Tú la mataste. ¿Por qué dices tú? – Yo.

Tú no la mataste. Estaba muerta. Yo la maté. ¿Por qué? ¿Por qué? Tú no la mataste. Estaba muerta. Yo no la maté. Ya estaba muerta. Yo no la maté. Ya estaba muerta. Yo no fui. No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en nada. Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me quedo así quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada. Estoy tranquilo, el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada. Es cuestión de aprender a no pensar en nada, de fijar la mirada en la pared, de hacer que tú quieras hacer porque tu libertad sigue existiendo también ahora. Eres un ser libre para dibujar cualquier dibujo o bien para hacer una raya cada día que vaya pasando como han hecho otros, y cada siete días una raya más larga, porque eres libre de hacer las rayas todo lo largas que quieras y nadie te lo puede impedir.

Luis Martín Santos, Tiempo de silencio. 

Tercer fragmento

Y aquí, su monólogo al tener que abandonar la ciudad y apartarse del mundo y sus aspiraciones en un pequeño pueblo, tras ser su novia asesinada por un chabolista despechado:

 “Si no encuentro taxi no llego. ¿Quién sería el Príncipe Pío? Príncipe, príncipe, principio del fin, principio del mal. Ya estoy en el principio, ya acabó, he acabado y me voy. Voy a principiar otra cosa. No puedo acabar lo que había principiado. ¡Taxi! ¿Qué más da? El que me vea así. Bueno, a mí qué. Matías, qué Matías ni qué. Cómo voy a encontrar taxi. No hay verdaderos amigos. Adiós amigos. ¡Taxi! Por fin. A Príncipe Pío. Por ahí empecé también. Llegué por Príncipe Pío, me voy por Príncipe Pío. Llegué solo, me voy solo. Llegué sin dinero, me voy sin… ¡Qué bonito día, qué cielo más hermoso! No hace frío todavía. ¡Esa mujer! Parece como si hubiera sido, por un momento, estoy obsesionado. Claro está que ella está igual que la otra también. Por qué será, cómo será que yo ahora no sepa distinguir entre la una y la otra muertas, puestas una encima de otra en el mismo agujeró: también a ésta autopsia. ¿Qué querrán saber? Tanta autopsia; para qué, si no ven nada. No saben para qué las abren: un mito, una superstición, una recolección de cadáveres, creen que tiene una virtud dentro, animistas, están buscando un secreto y en cambio no dejan que busquemos los que podíamos encontrar algo, pero qué va, para qué, ya me dijo que yo no estaba dotado y a lo mejor no, tiene razón, no estoy dotado. La impresión que me hizo. Siempre pensando en las mujeres. Por las mujeres. Si yo me hubiera dedicado sólo a las ratas. ¿Pero qué iba a hacer yo? ¿Qué tenía que hacer yo? Si la cosa está dispuesta así. No hay nada que modificar. Ya se sabe lo que hay que aprender, hay que aprender a recetar sulfas. Pleuritis, pericarditis, pancreatitis, prurito de ano. Vamos a ver qué tal se vive allí. Se puede cazar. Cazar es sano. Se toma la escopeta de dos cañones como el tío Miguel, el hombre de la bufanda y pum, pum, muerta. Hay muchas liebres porque los cultivos son pocos. Es una gran riqueza de caza, el monte salvaje. Cazar, cazar todos los días de fiesta y por la tarde en verano, cuando ya ha caído el sol, entre los rastrojos y la jara a por liebres. Las perdices en el rastrojo, gordas como mujeres, después de la siega; en el rastrojo van cayendo, perseguidas[…]”

 Luis Martín Santos, Tiempo de silencio.  

Bibliografía utilizada.

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Durante dos años he trabajado en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza y actualmente me encuentro en la Sección Internacional Española del CSI Europole de Grenoble. Pulsa aquí para saber más de mí