Literatura,  Y más cosas

Oliver Twist

 

Oliver Twist”. Novela publicada entre 1837 y 1839

Vienen luego Fagin y su banda, siendo el judío flaco, de pelo rojizo y barbita quien dispone de los hombres, de las tareas y de las acciones criminales. Su casa, poco más que un tugurio, es el punto de reunión de niños secuestrados y engañados, sin familia y sin más posibilidades que la calle y el delito, de quienes se sirve hasta que los pequeños pueden comprometerle o implicarle en las fechorías que protagoniza. La suerte y la justicia conseguirán que finalmente dé con sus huesos en la cárcel y acabe ahorcado.

A su lado encontramos los nombres de Dawkins, Charly Bates y el peor de todos, Sikes. Y también el de una joven prostituta llamada Nancy, compañera de Sikes, y la única que se dará cuenta de la inocencia de Oliver, la única que sacará la cara por el pequeño hasta el punto de denunciar a la banda y acabar asesinada por su criminal amante.

Por último, contamos con el personaje más enigmático de la novela, el señor Monks: quien aparece como un simple nombre sin figura, resulta ser luego un aliado de Fagin y, finalmente, el causante y culpable de las desdichas y tragedias sufridas a lo largo de su vida por el pequeño Oliver. Monks es “el motivo familiar” de la infamia que se comete con el pequeño, el celoso guardián de un secreto que implicaría el ascenso de Oliver y su propia ruina.

Textos

@ Entre otros edificios públicos de la ciudad de Mudfog, destaca una de esas construcciones típicas de la mayoría de las ciudades, sean grandes o pequeñas: un hospicio; y fue en este hospicio donde nació, en una fecha que no considero necesario reproducir aquí –puesto que no tiene mayor importancia para el lector, por lo menos en este momento del relato-, el ser mortal cuyo nombre encabeza este capítulo. Bastante tiempo después de que el cirujano de la parroquia le introdujera en este mundo de dolor y sufrimiento, seguía siendo bastante dudoso que el niño viviera lo suficiente para llegar a tener nombre, en cuyo caso es más que probable que estas memorias jamás hubieran visto la luz o que, si lo hubieran hecho, al constar sólo de un par de páginas, hubiesen poseído el mérito incalculable de ser la biografía más breve y precisa de la literatura de cualquier época o país. Aunque no tengo la intención de afirmar que nacer en un hospicio sea lo más afortunado y envidiable que pueda sucederle a un ser humano, sí que quiero señalar que en este caso particular fue lo mejor que le pudo suceder a Oliver Twist. Lo cierto es que no fue nada fácil inducir a Oliver a que cargara con la responsabilidad de respirar –práctica molesta, pero que la costumbre ha convertido en necesaria para llevar una vida normal-, y estuvo un buen rato jadeando sobre un pequeño colchón de borra, tratando de mantener el equilibrio mientras se mecía entre este mundo y el otro, con la balanza claramente inclinada hacia el segundo. Pues bien, si durante ese breve espacio de tiempo Oliver hubiera estado rodeado de abuelas preocupadas, tías nerviosas, nodrizas experimentadas y médicos de gran sabiduría, no cabe duda de que hubiera muerto inevitablemente en cuestión de segundos. Sin embargo, al no haber nadie más que una vieja indigente, bastante enturbiada por el consumo desmesurado de cerveza, y un cirujano de la parroquia, a quien contrataban para tales menesteres, Oliver y la Naturaleza dirimieron la cuestión en un mano o mano singular. El resultado fue que, tras un par de forcejeos, Oliver cogió aire, estornudó y se dispuso a anunciar a los internos del hospicio que acababa de imponérsele a la parroquia una nueva carga, soltando un grito muy fuerte, todo lo que razonablemente podía esperarse de un varón recién nacido que no llevaba más de tres minutos y pico dotado de un apéndice tan útil como la voz.

Apenas hubo dado Oliver esta primera muestra de que sus pulmones funcionaban correcta y libremente, el revoltijo formado por colcha de retales que cubría el catre de hierro se agitó, el rostro pálido de una joven se levantó con dificultad de la almohada y una voz débil pronunció de forma entrecortada las siguientes palabras:

– Quiero ver al niño antes de morir.

 
Capitulo 1

@ Era día de mercado. El suelo estaba cubierto de fango y suciedad que llegaba casi a la altura de los tobillos; un vapor denso se desprendía permanentemente de los cuerpos apestosos del ganado y, tras mezclarse con la niebla, que parecía posarse sobre las chimeneas, se quedaba flotando allí arriba. Todos los corrales del centro de la espaciosa zona, así como todos los provisionales que podían formarse en los huecos libres, estaban llenos de ovejas; y, atados a postes en el centro de la cuneta, había largas filas de animales y bueyes en grupos de tres o cuatro. Campesinos, carniceros, ganaderos, vendedores ambulantes, muchachos, ladrones, holgazanes y vagabundos de la más baja condición estaban mezclados en una densa masa: el silbido de los ganaderos, el ladrido de los perros, el bramido y movimiento de las bestias, el balido de las ovejas, el gruñido y chillido de los cerdos; los gritos de los vendedores ambulantes, el vocerío, las palabrotas y las riñas por doquier, el tintineo de las campanas y el clamor de las voces provenientes de todas las tabernas; la muchedumbre, los empujones, los vehículos, los golpes, los alaridos y los gritos; el tremendo y disonante alboroto que resonaba desde cualquier rincón del mercado; y las figuras sucias, escuálidas, sin afeitar y sin lavar que constantemente iban de aquí para allí, irrumpiendo en la muchedumbre y surgiendo luego de ésta, conformaban una escena asombrosa y desconcertante que confundía sobremanera los sentidos.

Sikes, arrastrando a Oliver, se abrió paso a codazos entre lo más abigarrado de la multitud y prestó muy poca atención a la gran cantidad de señales y sonidos que tanto asombraban al muchacho. Saludó dos o tres veces a algún amigo que pasaba y, rechazando las invitaciones para echar un trago matutino, continuó con determinación hasta que estuvieron completamente fuera del desorden y siguieron su camino por Hosier Lane hacia Holborn.

 
Capítulo XXI

@El día pasó, el día… el día no existía. Tan pronto como había llegado se había ido, y la noche regresó de nuevo, la noche, tan larga y a la vez tan breve… Larga por su espantoso silencio y breve en sus horas fugaces. Ahora lo mismo despotricaba y blasfemaba a voz en grito que aullaba y se arrancaba el pelo. Hombres respetables de su mismo credo se había presentado allí para rezar junto a él, pero los había despachado con juramentos. Ellos insistieron en sus intenciones caritativas pero él los echó a golpes.

Noche del sábado: ya sólo le quedaba una noche de vida. Y mientras lo pensaba, se hizo el día: domingo.

Hasta la noche de este último día terrible no fue consciente en toda su fulminante extensión del estado de impotencia y desesperación que se acercaba sobre su alma perdida. No es que en algún momento mantuviera alguna esperanza de clemencia, pero tampoco había sido capaz de pensar ni remotamente que fuera a morir tan pronto. Había hablado poco con los hombres que se relevaban durante las horas de vigilancia, y ellos, por su parte, procuraron no llamar la atención. Había estado sentado y despierto pero soñando. Ahora se sobresaltaba a cada minuto y, jadeante y con la piel ardiendo, corría de aquí para allá en un paroxismo tal de miedo y cólera que hasta ellos, que estaban acostumbrados a este tipo de comportamientos, se alejaron de él aterrorizados. Su conducta fue tan espantosamente horrible a causa de las torturas a que lo sometía su conciencia malvada que ningún hombre hubiera soportado estar sentado allí, vigilándolo solo, de modo que lo vigilaron los dos hombres juntos.

Se acurrucó sobre su lecho de piedra y pensó en el pasado. El día en que lo capturaron le hirieron con algunos proyectiles disparados de entre la multitud, por lo que llevaba la cabeza vendada con un trapo de hilo. El pelo rojo se le caía sobre el rostro lívido, llevaba la barba rasgada y apelmazada, los ojos le brillaban con un destello espantoso, la piel sucia se le agrietaba a causa del ardor que le provocaba la fiebre. Las ocho, las nueve, las diez… Si no era una broma para asustarle y verdaderamente las horas se pisaban los talones unas a otras, ¿dónde estaría cuando volviesen a sonar? Las once. Otra vez sonaba la hora antes de que la voz de la anterior hubiera dejado de vibrar. A las ocho él sería la única plañidera en su propio cortejo fúnebre. A las once…

Capítulo L

Literatura universal
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Víctor Villoria

Profesor en la Consejería de Educación de Canarias. Actualmente en la Sección Internacional Española de Centro Internacional de Valbonne-Niza Pulsa aquí para saber más de mí

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