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¡QUÉ CIUDAD MÁS RARA!

Día 11.

08.00 Todavía sin noticias de Gurb. Intento de nuevo establecer contacto sensorial. […]
08.30 Abandono la nave y convertido en echo un vistazo a la región desde el aire.
09.30 Doy por concluida la operación y regreso a la nave. Si las ciudades son e irracionales en su concepción, del campo que las rodea es mejor no hablar. Ahí nada es regular ni llano, sino al contrario, como hecho para obstaculizar su uso. El trazado de la costa, a vista de pájaro, se diría la obra de un demente.
14.30 Todavía sin noticias de Gurb. A imitación de las personas que me rodean, decido comer. Como todos los establecimientos están cerrados, menos unos que se denominan restaurantes, deduzco que es ahí donde se sirven comidas. Olisqueo las basuras que rodean la entrada de varios restaurantes hasta dar con una que despierta mi apetito.
14.45 Entro en el restaurante y un caballero vestido de negro me pregunta con si tengo hecha reserva. Le respondo que no, pero que me estoy haciendo un chalet con veintidós . Soy conducido a una mesa engalanada con un ramo de flores, que para no parecer descortés. Me dan la carta (sin codificar), la leo y pido jamón, melón con jamón y melón. Me preguntan qué voy a beber. Para no llamar la atención, pido el líquido más común entre los seres humanos: orines.
16.15 Me tomo un café. La casa me obsequia con una copa de licor de pera. A continuación me traen la cuenta, que asciende a pesetas seis mil ochocientas treinta y cuatro. No tengo un duro.
16.40 Pretextando haber olvidado algo en el coche, salgo a la calle, entro en un estanco y adquiero boletos y cupones de los múltiples sistemas de lotería que allí se expenden.
16.45 Manipulando las cifras por medio de fórmulas elementales, obtengo la suma de pesetas ciento veintidós millones. Regreso al restaurante, abono la cuenta y dejo cien millones de propina.
16.55 Reanudo la búsqueda de Gurb por el único método que conozco: patearme las calles.
20.00 De tanto caminar, los zapatos echan humo. De uno de ellos se ha desprendido el tacón, lo que imprime a mi paso un tan ridículo como fatigoso. Los arrojo de mí, entro en una tienda y con el dinero que me ha sobrado del restaurante me compro un nuevo par de zapatos menos cómodos que los anteriores, pero hechos de un material muy resistente. Provisto de esos nuevos zapatos, denominados , inicio el recorrido del barrio de Pedralbes.

Eduardo Mendoza: Sin noticias de Gurb, Seix Barral.