Zorrilla. Don Juan. Acto I. Escena III

 

José Zorrilla. Don Juan Tenorio.

ESCENA III

 

Doña Inés, Brígida

BRÍGIDA: Voy a cerrar esta puerta.

 

DOÑA INÉS: Hay orden de que esté abierta.

 

BRÍGIDA: Eso es muy bueno y muy santo

 

para las otras novicias

 

que han de consagrarse a Dios,

 

no, doña Inés, para vos.

 

DOÑA INÉS: Brigida, ¿no ves que vicias

 

las reglas del monasterio

 

que no permiten…?

 

BRÍGIDA: ¡Bah!, ¡bah!

 

Más seguro así se está,

 

y así se habla sin misterio

 

ni estorbos. ¿Habéis mirado

 

el libro que os he traído?

 

DOÑA INÉS: ¡Ay!, se me había olvidado.

 

BRÍGIDA: ¡Pues me hace gracia el olvido!

 

DOÑA INÉS: ¡Como la madre abadesa

 

se entró aquí inmediatamente!

 

BRÍGIDA: ¡Vieja más impertinente!

 

DOÑA INÉS: ¿Pues tanto el libro interesa?

 

BRÍGIDA: ¡Vaya si interesa! Mucho.

 

¡Pues quedó con poco afán

 

el infeliz!

 

DOÑA INÉS: ¿Quién?

 

BRÍGIDA: Don Juan.

 

DOÑA INÉS: ¿Válgame el cielo! ¡Qué escucho!

 

Es don Juan quien me le envía.

 

BRÍGIDA: Por supuesto.

 

DOÑA INÉS: ¡Oh! Yo no debo

 

tomarle.

 

BRÍGIDA: ¡Pobre mancebo!

 

Desairarle así, sería

 

matarle.

 

DOÑA INÉS: ¿Qué estás diciendo?

 

BRÍGIDA: Si ese horario no tomáis,

tal pesadumbre le dais

 

que va a enfermar: lo estoy viendo

 

DOÑA INÉS: ¡Ah! No, no; de esa manera

 

le tomaré.

 

BRÍGIDA: Bien haréis.

 

DOÑA INÉS: ¡Y qué bonito es!

 

BRÍGIDA: Ya veis;

 

quien quiere agradar se esmera.

 

DOÑA INÉS: Con sus manecillas de oro.

 

¡Y cuidado que está prieto!

 

A ver, a ver si completo

 

contiene el rezo del coro.

 

(Le abre, y cae una carta de entre sus hojas.)

 

Mas ¿qué cayó?

 

BRÍGIDA: Un papelito.

 

DOÑA INÉS: ¡Una carta!

 

BRÍGIDA: Claro está;

 

en esa carta os vendrá

 

ofreciendo el regalito.

 

DOÑA INÉS: ¡Qué! ¿Será suyo el papel?

 

BRÍGIDA: ¡Vaya, que sois inocente!

 

Pues que os feria, es consiguiente

 

que la carta será de él.

 

DOÑA INÉS: ¡Ay, Jesús!

 

BRÍGIDA: ¿Qué es lo que os da?

 

DOÑA INÉS: Nada, Brigida, no es nada.

 

BRÍGIDA: No, no; si estáis inmutada.

 

(Ya presa en la red está.)

 

¿Se os pasa?

 

DOÑA INÉS: Sí.

 

BRÍGIDA: Eso habrá sido

 

cualquier mareíllo vano.

 

DOÑA INÉS: ¡Ay! Se me abrasa la mano

 

con que el papel he cogido.

 

BRÍGIDA: Doña Inés, ¡válgame Dios!,

 

jamás os he visto así:

 

estáis trémula.

 

DOÑA INÉS: ¡Ay de mí!

 

BRÍGIDA: ¿Qué es lo que pasa por vos?

 

DOÑA INÉS: No sé… El campo de mi mente

 

=»2″>siento que cruzan perdidas

 

mil sombras desconocidas

 

que me inquietan vagamente

 

y ha tiempo al alma me dan

 

con su agitación tortura.

 

BRÍGIDA: ¿Tiene alguna por ventura

 

el semblante de don Juan?

 

DOÑA INÉS: No sé: desde que le vi,

 

Brígida mía, y su nombre

 

me dijiste, tengo a ese hombre

 

siempre delante de mí.

 

Por doquiera me distraigo

 

con su agradable recuerdo,

 

y si un instante le pierdo,

 

en su recuerdo recaigo.

 

No sé qué fascinación

 

en mis sentidos ejerce,

 

que siempre hacia él se me tuerce

 

la mente y el corazón:

 

y aquí y en el oratorio

 

y en todas partes advierto

 

que el pensamiento divierto

 

con la imagen de Tenorio.

 

BRÍGIDA: ¡Válgame Dios! Doña Inés,

 

según lo vais explicando,

 

tentaciones me van dando

 

de creer que eso amor es.

 

DOÑA INÉS: ¡Amor has dicho!

 

BRÍGIDA: Sí, amor.

 

DOÑA INÉS: No, de ninguna manera.

 

BRÍGIDA: Pues por amor lo entendiera

 

el menos entendedor;

 

mas vamos la carta a ver.

 

BRÍGIDA: Pues por amor lo entendiera

 

el menos entendedor;

 

mas vamos la carta a ver.

 

¿En qué os paráis? ¿Un suspiro?

 

DOÑA INÉS: ¡Ay! Que cuanto más la miro,

 

menos me atrevo a leer.

 

(Lee.)

 

«Doña Inés del alma mía.»

 

¡Virgen Santa
, qué principio!

 

BRÍGIDA: Vendrá en verso, y será un ripio

 

que traerá la poesía.

 

Vamos, seguid adelante.

 

DOÑA INÉS: (Lee.)

 

«Luz de donde el sol la toma,

 

hermosísima paloma

 

privada de libertad,

 

si os dignáis por estas letras

 

pasar vuestros lindos ojos,

 

no los tornéis con enojos

 

sin concluir, acabad.»

 

BRÍGIDA: ¡Qué humildad! ¡Y qué finura!

 

¿Dónde hay mayor rendimiento?

 

DOÑA INÉS: Brigida, no sé qué siento.

 

BRÍGIDA: Seguid, seguid la lectura.

 

DOÑA INÉS: (Lee)

 

«Nuestros padres de consuno

 

nuestras bodas acordaron,

 

porque los cielos juntaron

 

los destinos de los dos.

 

Y halagado desde entonces

 

con tan risueña esperanza,

 

mi alma, doña Inés, no alcanza

 

otro porvenir que vos.

 

De amor con ella en mi pecho

 

brotó una chispa ligera,

 

que han convertido en hoguera

 

tiempo y afición tenaz:

 

y esta llama que en mí mismo

 

se alimenta inextinguible,

 

cada día más terrible

 

va creciendo y más voraz..,

 

BRÍGIDA: Es claro; esperar le hicieron

 

en vuestro amor algún día,

 

y hondas raíces tenía

 

cuando a arrancársele fueron.

 

Seguid.

 

DOÑA INÉS: (Lee.) «En vano a apagarla

 

concurren tiempo y ausencia,

 

que doblando su violencia

 

no hoguera
ya, volcán es.

 

Y yo, que en medio del cráter

 

desamparado batallo,

 

suspendido en él me hallo

 

entre mi tumba y mi Inés.»

 

BRÍGIDA: ¿Lo veis, Inés? Si ese horario

 

le despreciáis, al instante

 

le preparan el sudario.

 

DOÑA INÉS: Yo desfallezco.

 

BRÍGIDA: Adelante.

 

DOÑA INÉS: (Lee.)

 

«Inés, alma de mi alma,

 

perpetuo imán de mi vida,

 

perla sin concha escondida

 

entre las algas del mar;

 

garza que nunca del nido

 

tender osastes el vuelo,

 

el diáfano azul del cielo

 

para aprender a cruzar;

 

si es que a través de esos muros

 

el mundo apenada miras,

 

y por el mundo suspiras

 

de libertad con afán,

 

acuérdate que al pie mismo

 

de esos muros que te guardan,

 

para salvarte te aguardan

 

los brazos de tu don Juan.»

 

(Representa.)

 

¿Qué es lo que me pasa, ¡cielo!,

 

que me estoy viendo morir?

 

BRÍGIDA: ¡Ya tragó todo el anzuelo.

 

Vamos, que está al concluir.

 

DOÑA INÉS: (Lee.)

 

«Acuérdate de quien llora

 

al pie de tu celosía,

 

y allí le sorprende el día

 

y le halla la noche allí;

 

acuérdate de quien vive

 

sólo por ti, ¡vida mía!,

 

y que a tus pies volaría

 

si me llamaras a ti.»

 

BRÍGIDA: ¿Lo veis? Vendría.

 

DOÑA INÉS: ¡Vendría!

 

BRÍGIDA: A postrarse a vuestros pies.

 

DOÑA INÉS: ¿Puede?

 

BRÍGIDA: ¡Oh, sí!

 

DOÑA INÉS: ¡Virgen María!

 

BRÍGIDA: Pero acabad, doña Inés.

 

DOÑA INÉS: (Lee.)

 

«Adiós, ¡oh luz de mis ojos!

 

Adiós, Inés de mi alma:

 

medita, por Dios, en calma

 

las palabras que aquí van;

 

y si odias esa clausura,

 

que ser tu sepulcro debe;

 

manda, que a todo se atreve

 

por tu hermosura don Juan.»

 

(Representa doña Inés.)

 

¡Ay! ¿Qué filtro envenenado

 

me dan en este papel,

 

que el corazón desgarrado

 

me estoy sintiendo con él?

 

¿Qué sentimientos dormidos

 

son los que revela en mí?

 

¿Qué impulsos jamás sentidos?

 

¿Qué luz, que hasta hoy nunca vi?

 

¿Qué es lo que engendra en mi alma

 

tan nuevo y profundo afán?

 

¿Quién roba la dulce calma

 

de mi corazón?

 

BRÍGIDA: Don Juan.

 

DOÑA INÉS: ¿Don Juan dices…? Conque ese hombre

 

me ha de seguir por doquier?

 

¿Sólo he de escuchar su nombre?

 

¿ Sólo su sombra he de ver?

 

¡Ah! Bien dice: juntó el cielo

 

los destinos de los dos,

 

y en mi alma engendró este anhelo

 

fatal.

 

BRÍGIDA: ¡Silencio, por Dios!

 

(Se oyen dar las ánimas.)

 

DOÑA INÉS: ¿Qué?

 

BRÍGIDA: ¡Silencio!

 

DOÑA INÉS: Me estremeces.

 

BRÍGIDA: ¿Oís, doña Inés, tocar?

 

DOÑA INÉS: Sí, lo mismo que otras veces

 

las ánimas oigo dar.

 

BRÍGIDA: ¡Pues no habléis de él.

 

Cielo santo!

 

DOÑA INÉS: ¿De quién?

 

BRÍGIDA: ¿De quién ha de ser?

 

De ese don Juan que amáis tanto,

 

porque puede aparecer.

 

DOÑA INÉS: ¡Me amedrentas! ¿Puede ese hombre

 

llegar hasta aquí?

 

BRÍGIDA: Quizá.

 

Porque el eco de su nombre

 

tal vez llega adonde está.

 

DOÑA INÉS: ¡Cielos! ¿Y podrá…?

 

BRÍGIDA: ¿Quién sabe?

 

DOÑA INÉS: ¿Es un espíritu, pues?

 

BRÍGIDA: No, mas si tiene una llave…

 

DOÑA INÉS: ¡Dios!

 

BRÍGIDA: Silencio, doña Inés:

 

¿No oís pasos?

 

DOÑA INÉS: ¡Ay! Ahora

 

nada oigo.

 

BRÍGIDA: Las nueve dan.

 

Suben… se acercan… Señora…

 

Ya está aquí.

 

DOÑA INÉS: ¿Quién?

 

BRÍGIDA: Él.

 

DOÑA INÉS: ¡Don Juan!

 

 

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