William Shakespeare. El Rey Lear

William Shakespeare

El rey Lear

“King Lear”. Drama en cinco actos. 1605-1606.

El genial dramaturgo inglés escribió este drama histórico en prosa y verso tomando su trama principal  de la “Historia Regum Britanniae” del cronista  Geoffrey de Monmouth del siglo XII: un padre y rey, Lear, que deja el reino por voluntad propia, desencadenando su catástrofe; a su lado, un argumento secundario –el de Gloucester- identificado con el principal. La locura y la ceguera, el orden de la naturaleza frente a lo irracional. La ambición desmedida, el amor filial en sus extremos. Y un desenlace ambiguo donde la justicia se reparte por ambos bandos. Una tragedia desesperanzada en el sentido clásico.

Acto primero:

El conde Kent y el conde Gloucester hablan sobre la inminente escisión del reino, ya que el rey Lear pretende dividirlo en tres partes, asignando una para cada una de sus hijas: Regan, Gonerill y Cordelia. Las dos primeras están casadas, respectivamente, con Cornwall y Albany, y proclaman con larga, falsa y pomposa retórica, el “amor” que sienten por su padre. Sin embargo, la más pequeña, Cordelia (“la más rica siendo pobre”), afirma amarle realmente, sin palabras, pero con el corazón  de una hija sincera. Como Cordelia no expone públicamente su amor, el padre la deshereda y la casa con France –rey de Francia-, el único que acoge a la despreciada la cual, desde entonces, vivirá en un reino lejano.
Lear parte su reino entre las dos primeras y se deshace del poder. Tan sólo conservará una resto de su séquito de caballeros. El fiel Kent cuestiona la voluntad del rey pero la acata como buen vasallo. No obstante el obsequio imprevisto, las dos herederas pretenden anular por completo el poder paterno.

En segundo plano aparece el bastardo Edmundo, hijo natural del noble Gloucester, que pretende, a su vez, hacerse con el patrimonio paterno y eliminar, al mismo tiempo, al hijo legítimo del título, Edgar. Para lograr su perfidia enseña a Gloucester una falsa carta que habla de cierta conspiración de Edgar. El conde, anciano crédulo y airado, desprecia a su hijo legítimo y entrega las tierras y el título al bastardo (“Obtenga tierras yo por el ingenio, que no por el nacimiento”).

Kent es expulsado de la corte, pero no se acobarda: se disfraza y se entrega secreta y lealmente al cuidado del rey, que no le reconoce. Aparece entonces el bufón real, cargado de chistes, canciones populares, inteligencia y sentido común casi proféticos, anunciando a Lear: “si tú no sabes adaptarte a los vientos que soplan, muy pronto te resfriarás”; “extinguida tu vela, nos cubrirá la tiniebla”. Lear le contesta: “ellas quieren azotarme por decir la verdad, tú quieres azotarme por mentir; y a veces se me azota por callarme”. El rey, en sus diálogos con el bufón, empieza a desvariar. Sus propias hijas, además, no quieren alojarle en sus propias casas a no ser que se deshaga de su ya mermada escolta. Entonces, el rey las desprecia y las maldice (“ingratitud, demonio con corazón de mármol”). Albany defiende al monarca pero apoya igualmente a su esposa. Remata el bufón al rey: “no deberías haber envejecido antes de ser sabio”.

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Acto segundo:

Edmund acusa al pobre Edgar –huido, despreciado- de querer eliminar a su padre. Sólo Kent parece seguir y obedecer al rey, pero su apoyo le hace terminar en la tortura de los cepos.
Edgar, por su parte, decide esconder su aspecto, “menospreciando al hombre, acercarlo a las bestias”, dándose una imagen inmunda y repulsiva, vestido de harapos y haciéndose llamar “Tom Pobre”.

El rey, entre tanto, airado por la deshonra de sus hijas (“infectad su belleza…”, “oh dioses,… dadme la noble ira y no dejéis que el arma femenina, el agua goteante, mancille mis mejillas de hombre”), sigue escuchando al bufón (“te harás rico en dolores a causa de tus hijas”). Gloucester intenta apaciguar al monarca, sin éxito.

Kent es liberado. A Lear sólo le quedan palabras de odio contra sus vástagos traidores. Reconoce que la fortuna y el destino le son adversos hasta el punto de proclamar: “no permitáis a la naturaleza más de lo que la naturaleza necesita y la vida del hombre será tan insignificante como lo es la de las bestias”. Lear se queda sin séquito y sin refugio. Se acerca una tormenta.

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Acto tercero:

Kent busca a través de un caballero la confianza y colaboración de la discreta y alejada Cordelia.

En plena tormenta se desata la ira y locura de Lear (“rompe los moldes de la naturaleza, derrama la simiente que engendra al hombre ingrato…”, “a pesar de todo os llamaré lacayos –a los elementos: lluvia, viento, trueno, fuego- puesto que habéis unido a mis degeneradas hijas un batallón creado en lo más alto contra una cabeza tan vieja y blanca como ésta”). El bufón le responde: “la gracia y quien la enfunda, es decir, un cuerdo y un loco”. El rey, en una cabaña, desvaría. Kent se desvive por cuidarle. El bufón profetiza.

Gloucester, por su parte, está dispuesto a ayudar al rey, pero Edmund se opone.

Edgar y Lear se encuentran, lejos los dos de su particular y verdadera posición social, solos y traicionados por su propia sangre. Al propio Lear le gustaría desnudarse del todo y quedarse como su compañero andrajoso, a quien toma por un “filósofo”, y se retrata como un hombre “que come ranas, sapos, renacuajos, lagartos…”, hablando, desquiciado, sobre demonios. Llega Gloucester para atender al rey en la cabaña; no reconoce a su propio hijo. En plena locura Lear simula juzgar a sus hijas.

Edmund da un paso más en su perfidia, acusando a su padre de llamar a las tropas extranjeras de France. El viejo conde se defiende excusando que ha hecho lo posible por alejar al rey de las tretas de sus hijas, que pretendían matarle enviándole a Dover. Sin embargo, Regan y Gonerill confiesan a Gloucester que el delator ha sido el bastardo; Gloucester, a quien unos sirvientes de las herederas dejan ciego, comprende, demasiado tarde ya, la injusticia que ha cometido con Edgar.

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Acto cuarto:

“Mejor es estar así, despreciado y saberlo, que no adulado en el desprecio” dice Edgar, que se reencuentra con su padre, ya ciego, y le guía y cuida como un lazarillo. Gloucester, por su parte, reflexiona: “es el mal de estos tiempos, los locos guían a los ciegos”. El conde pide a Tom que le lleve hasta un acantilado, donde desea suicidarse.

Edmund y Gonerill hacen causa conjunta. Albany reniega de su esposa (“una naturaleza que desprecia su origen no posee en sí mismo límites seguros”, “una misma deformidad no nos parece tan horrible en el demonio como en la mujer”). Cuenta entonces un mensajero que Cornwall ha muerto a manos de uno de los sirvientes que cegó a Gloucester.
Las tropas de France se acercan amenazantes, enfrentándose a las de Regan.

Kent sabe que la vergüenza y locura de Lear le impiden reencontrarse con su hija Cordelia, ansiosa por reunirse y curar a su padre.

Edgar llega con su padre a una colina, no a los acantilados, frustrándole el suicidio –le hace creer que realmente se ha arrojado, sin que nada le suceda-. En este mismo lugar surge Lear pronunciando palabras indescifrables a las que Edgar contesta: “oh, mezcla de caridad y sinsentido, razón en la locura”. Cree reconocer a Gloucester. Llega un caballero de Cordelia que rescata al rey.

Edgar mata a Oswald, mayordomo de Gonerill, que llevaba una carta en la que la desnaturalizada hija se ofrecía a Edmund, una vez que éste se hubiera hecho definitivamente con el título de Gloucester.
Cordelia, al fin con su padre, y Kent cuidan del rey. Cuando este recupera razonablemente la conciencia, toma la presencia de su hija por un fantasma.
Se acerca el combate entre las tropas de Regan y Gonerill contra las de France para recuperar el trono y el reino.

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Acto quinto:

Las malvadas herederas rivalizan por la atención, el interés y el amor de Edmund, que se deja lisonjear. Albany, aún esposo, se enfrenta a los tres.
Las tropas de Cordelia pierden la batalla, y ésta cae prisionera con su padre. Edmund ordena la muerte de ambos. De repente aparece Regan, inexplicablemente enferma. Albany acusa de traición a Edmund pero necesita una voz más firme que lo asegure públicamente. Surge providencialmente Edgar para retar a su pérfido hermanastro, descubriendo su verdadera identidad bajo los harapos; tras contar su desgraciada aventura, revela que el viejo Gloucester ha muerto.
Se anuncia también que Regan ha fallecido, al parecer víctima del envenenamiento producido por su propia hermana Gonerill, quien, al poco, aparece apuñalada (¿asesinato, suicidio por causa de Edmund?).
Para completar el infortunio, entra Lear con Cordelia en brazos, ejecutada… Y se anuncia la muerte de Edmund. Incluso Lear lamenta que a su propio bufón le hayan ahorcado. Destrozado por la muerte de Cordelia, Lear fallece. Dice Kent: “él odiaría a quien quisiera sobre la dura rueda de este mundo prolongar su tortura”, y luego anticipa que pronto partirá él mismo con su fallecido rey. Sólo queda Edgar para soportar tanta desgracia y para rehacer el reino.

 Kent.- Señor, ¿estáis ahí? Quienes aman la noche no aman noches como ésta. Los airados cielos aterran a los nómadas de la oscuridad y a sus cavernas los reducen. Desde que soy hombre, tal cortina de fuego y estallido de truenos, tales gemidos de rugiente viento y lluvia, no recuerdo hacer oído. La naturaleza humana no puede soportar ni la aflicción ni el miedo.

Lear.- Que los grandes dioses que sostienen este horrible tumulto sobre vuestras cabezas, encuentren a sus enemigos. Tiembla, miserable, tú que tienes en ti crímenes ignorados, sin el castigo de justicia. Ocúltate, tú, sangrienta mano, tú, perjuro, y tú, simulador de la virtud, incestuoso. Mezquino, rómpete en pedazos, tú, que, bajo apariencia oculta y conveniente, has intrigado contra la vida humana. Culpas secretas, vuestros escondites romped, e implorad gracia a estos ministros de venganza. Soy un hombre más ofendido que ofensor.

Kent.- ¡Cómo! ¡Vos sin cubrir! Noble señor, cerca de aquí existe una cabaña; algún cobijo os podrá dar contra la tempestad. Reposad ahí, yo regresaré a esa casa tan dura, más dura que la piedra con que se erigió, donde hace un instante, al preguntar por vos, se me negó la entrada… y forzaré su avara cortesía.

Lear.- Mi cabeza comienza a desvariar. Vamos, muchacho, ¿Cómo estás? ¿Tienes frío? Yo también tengo frío. Amigo, ¿dónde está esa cabaña? Es extraño el arte de la necesidad que hace precioso lo que es vil. Venga, a tu cabaña, pobre granuja loco, parte de mi corazón todavía se entristece por ti.

Bufón.- El que tenga muy poco, poquito entendimiento diga, ¡hey! Con la lluvia, diga ¡0h! Con el viento y Fortuna le alegre muy poquito, y más no, que la lluvia es diaria: diga ¡hey!, diga ¡oh!

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     Acto III, escena segunda

 Gloucester.- ¡Oh! Dejad que bese vuestra mano.

Lear.- Dejad primero que la limpie; apesta a muerto.

Gloucester.- ¡Oh! ¿Arruinada obra de la Naturaleza! Así este gran mundo se hundirá en la nada. ¿Me conocéis, acaso?

Lear.- Recuerdo bien tus ojos. ¿Bizqueas al mirarme? No, ciego Cupido, hagas lo que hagas, no volveré a amar. Lee este desafío. Fíjate sólo en el estilo.

Gloucester.- Aunque fueran soles todas las letras, yo no podría verlas.

Edgar.- No lo creería si me lo contaran, pero es verdad y se me rompe el corazón.

Lear.- ¡Leed!

Gloucester.- ¿Cómo? ¿Con el pozo de mis ojos?

Lear.- ¡Oh! ¿Conque ése es vuestro tono? ¿Sin ojos en la cara, ni dinero en la bosa? Vuestros ojos se encuentran en un oscuro pozo y vuestra bolsa expuesta a la luz; aun así véis cómo va el mundo.

Gloucester.- Lo veo a tientas.

Lear.- ¡Cómo! ¿Estáis loco? Un hombre puede ver sin ojos cómo va el mundo. Mirad con vuestros oídos: ved cómo aquel juez insulta al ladrón humilde. Poned el oído: cambiadlos de sitio y ¡ale-hop! ¿Quién es el juez, quién el ladrón? ¿Habéis visto al perro de un labriego que le ladre a un mendigo?

Gloucester.- ¡Claro, señor!

Lear.- ¿Y a la criatura huir del perro? Ahí pudiste ver el gran emblema de la autoridad: a un perro en su cargo se le obedece siempre. ¡Tú, guardia villano, detén tu mano ensangrentada!… El usurero cuelga al que es ratero. A través de las telas harapientas se ven los grandes vicios; las togas y ropajes de piel todo lo ocultan. El pecado con oro se recubre, y la fuerte lanza de la justicia se rompe inofensiva. Vestidlo con harapos y el dardo de un pigmeo lo atravesará. Nadie es culpable, nadie, os digo, nadie; yo los absuelvo. ¿Hacedme caso, amigo, pues yo tengo el poder de sellarle los labios al que acusa. Procúrate unos ojos de cristal, y como un intrigante rastrero finge ver las cosas que no ves… Y bien, muy bien, muy bien.¡Quitadme las botas! Más fuerte, más, así.

Edgar.- ¡Oh, mezcla de claridad y sinsentido, razón de la locura.

Lear.- Si queréis llorar por mi fortuna, tomad mis ojos. Os conozco muy bien. Gloucester es vuestro nombre. Debéis tener paciencia. Aquí vinimos sollozando; sabéis que cuando olemos el aire por primera vez gemimos y lloramos. Quisiera platicaros: escuchad.

Gloucester.- ¡Ah, maldito! ¡Maldito sea aquel día!

Lear.- Al nacer lamentamos haber venido a este gran escenario de locos. ¡Este es un buen sombrero! Qué fina estratagema sería herrar con fieltro toda una escuadra de caballos. Yo lo intentaré, y cuando llegue sigilosamente hasta mis hijos, entonces, ¡mata, mata, mata, mata!

Acto IV, escena sexta

Madrid, Cátedra, Letras universales, 1992

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