Ivanhoe

Ivanhoe”. Novela publicada en 1820.

            El abogado y novelista escocés, uno de los autores más populares de su tiempo, el Romanticismo, y de otras épocas posteriores, creó un nuevo género literario conocido como “novela histórica”, buen ejemplo del cual es la obra presente: alejada en su temática de los enfrentamientos entre escoceses e ingleses en los siglos XVII y XVIII tan apreciados por Scott, Ivanhoe presenta una perfecta aventura caballeresca en la Inglaterra medieval, idealizada en la historia y la ficción poética, mediante unos protagonistas prototípicos que reviven acciones de amor, generosidad, lucha, lealtad, siempre como modelo de revaloración de un pasado imaginario.


Inglaterra, año 1194. En las tierras del río Don, cerca de Doncaster y Sheffield florecen rivalidades y odios entre los normandos -prepotentes invasores extranjeros- y los nativos sajones, sometidos por los anteriores, pero aún orgullosos de su linaje (aunque nos recuerda certeramente el narrador que de la fusión de ambos pueblos nacerá la bella lengua inglesa). El rey Ricardo I Plantagenet “Corazón de León”, paradigma de caballero andante y único noble normando respetado por los sajones, se encuentra lejos de su reino, ya que, cuando regresaba de su Cruzada en Palestina, cayó prisionero en un castillo austríaco por instigación de su malvado hermano Juan, príncipe que actualmente gobierna Inglaterra con mano de hierro.

Dos hombres, con sendos collares al cuello, símbolo de servidumbre, se encuentran en un bosque: son el porquero Gurth y el bufón Wamba, propiedad ambos del noble sajón Cedric de Rotherwood. Mientras charlan y se lamentan de la mísera suerte de los sajones, se topan con dos nobles normandos lujosamente ataviados: el prior Aymer, de la Abadía de Jouvaulx -un religioso venal, rico y amante de los placeres- y un caballero templario de tez morena, Briando de Bois-Gilbert, custodiado por una escolta de guerreros árabes. Los ilustres buscan refugio para pasar la noche, camino de encontrarse con el poderoso compatriota Reinaldo Frente de Buey. Tras amenazar a los dos siervos, Wamba les indica con engaño un camino equivocado que les conducirá a casa de Cedric. De camino, en una encrucijada, encuentran a un supuesto mendigo, peregrino –dice- de Tierra Santa, que les indica la buena senda.

Llegamos a la mansión del viejo Cedric el Sajón, una fortaleza de tiempos pasados. Su amo es un “thane”, un “franklin” de antigua estirpe, altivo en su linaje, que odia a los normandos y que ampara en su casa a la preciosa Lady Rowena, descendiente de los reyes sajones. Cedric tiene un hijo, Wilfrido –Ivanhoe-, expulsado de la casa paterna por pretender amorosamente a la joven Rowena. Aquí llegan los dos nobles viajeros que son hospitalariamente atendidos. Al momento queda el templario prendado de la belleza de la joven sajona. Aparecen también, de noche, otros dos hombres solicitando cobijo: el judío Isaac de York –perteneciente a una raza odiada y maldita por todos-, que termina hospedado en la peor estancia del castillo y sometido a la compañía del bufón, y aquel peregrino…

En el salón de armas de Cedric sucede lo previsible, un duro enfrentamiento verbal: mientras Bois Gilbert dice que los templarios son quienes mejor han sostenido los combates en Palestina, el peregrino misterioso sostiene que los mejores fueron los hombres del rey Ricardo, y como prueba de sus atrevidas palabras pone por testigo un relicario que guarda un fragmento de la Vera Cruz. Acabada la disputa, el peregrino ayuda a escapar a Isaac, sabedor de que Bois Gilbert pretende extorsionar al judío e incluso acabar con su vida. Isaac, agradecido, promete al misterioso benefactor -aún no reconocido por nadie- cualquier ayuda económica cuando la necesite. Luego, el mismo peregrino abandona discretamente el castillo, comunicando al porquero su verdadera identidad.

Se celebra en Ashby un torneo, presidido por el pérfido príncipe Juan y su corte de normandos –el mercenario Mauricio de Bracy y el ambicioso consejero Valdemar Fitzurse entre otros- ante un público numeroso y alegre por el vistoso espectáculo. Entre los sajones que asisten se encuentran Cedric y Athelstane de Coningsburgh, descendiente de los últimos reyes autóctonos y, para muchos, legítimo monarca de Inglaterra. Sin embargo, Athelstane es igualmente un hombre lánguido y desencantado, sin iniciativa alguna. También están presentes, junto a los sajones –lo cual supone una humillación para éstos por parte del príncipe Juan- Isaac y su preciosa hija Rebeca.

Se explican las reglas para las justas. Entre los combatientes normandos tornearán Bois Gilbert, Frente de Buey y Malvoisin. Athelstante, por su parte, rechaza el enfrentamiento. De repente aparece un caballero desconocido alzando una divisa española, “Desheredado”, con Gurth como escudero; lucha contra los normandos y vence con lanza a los dos últimos pero su justa con el primero queda su justa en tablas y aplazada. Ante el regocijo inesperado de los sajones y el desconcierto de los normandos, el misterioso caballero vence la prueba y elige a Lady Rowena como “reina de la hermosura y del amor”. Los derrotados ofrecen al vencedor sus monturas y armas, pero éste se las devuelve. El dinero obtenido de los respectivos rescates es enviado por el vencedor a Isaac de York a través del porquero Gurth, pues fue el judío quien prestó dinero para las armas y corcel del caballero. Isaac cobra su inversión con usura, pero su hija Rebeca hará llegar al desconocido más caudal.

De regreso al campamento, unos ladrones detienen a Gurth con el dinero para su amo, pero al conocer que trabaja para el desconocido vencedor le dejan libre, no sin antes demostrar el porquero su habilidad en la lucha con un largo palo contra el molinero que le asalta. Los ladrones están liderados por un misterioso arquero.

Segunda jornada de combates entre los normandos –Athelstane ahora está en su bando, pues pretende, apoyado por Cedric, ganar a Lady Rowena- y los sajones. El bando del “Desheredado” parece llevarse la peor parte hasta que aparece otro misterioso contendiente ataviado de negro –“Negro Haragán” le llamaban hasta el momento, pues no había intervenido en las justas- que logra vencer a los extranjeros. El primer desconocido queda triunfante y herido; cuando recoge su galardón descubre su cara y se desvela al mismísimo Ivanhoe, el hijo de Cedric que formaba parte de las tropas que mandaba en Tierra Santa el rey Ricardo: él era el peregrino, el “Desheredado”. El segundo forastero, el Caballero Negro, aprovecha la confusión y escapa sin ser visto. Los normandos quedan aterrados ante la posibilidad de que el rey ausente regrese.

En el último día de torneo llegan los arqueros. El vencedor es Robert de Locksley, segando por la mitad la flecha de su oponente, y negándose, rebelde, a servir en el ejército del príncipe Juan.

Tras el torneo el anfitrión real ofrece un banquete, pagado con el dinero de Isaac. Poco dura la alegría a los sajones pues son de nuevo avergonzados en público por los normandos, siempre recelosos, preocupados únicamente en sus intereses particulares y dispuestos a preparar un ejército mercenario en York.

El Caballero Negro, solo en un bosque, se detiene ante la ermita habitada por un ermitaño sajón, gordinflón, locuaz en juramentos sajones, que come y bebe en abundancia aunque mienta lo contrario: se trata del ermitaño de Copmanhurst, un reputado espadachín. Caballero y eremita congenian pronto y celebran la noche entre tragos y canciones (“La vuelta del cruzado”, “El carmelita descalzo”).

Finalizadas las secuelas festivas del torneo, los miembros del bando sajón y los judíos parten para sus respectivas casas. Llevando al herido Ivanhoe, caen los sajones prisioneros de unos soldados normandos que les escoltan al castillo de Frente de Buey. Gurth y Wamba logran escapar y cuentan el rapto al arquero Locksley, el cual pronto se topará con el ermitaño y el Caballero Negro.


            En la fortaleza normanda, el templario Bois Gilbert reclama el amor de la judía Rebeca, mientras ella, valiente, afirma preferir arrojarse desde lo alto de las almenas antes que ceder. Isaac acaba en un calabozo sometido a las torturas del codicioso dueño del castillo. Entre tanto Bracy hace lo posible por obtener los favores de Lady Rowena, que también se resiste.

El enfermo Ivanhoe es atendido por Rebeca, enamorada del joven convaleciente aunque sabe perfectamente que la unión de ambos es imposible –por la diferencia de razas, de religiones, de linaje-. No obstante le cuidará con todo el amor y conocimientos que posee, pues se cuenta que ella heredó las artes curativas de la legendaria hebrea Miriam.

En el castillo también vive la vieja y oscura Urfrieda, una sajona que se unió años atrás a Frente de Buey provocando la trágica muerte de su propia familia. Urfrieda quedó al final envilecida, como asesina olvidada y despreciada por el normando. En su deambular por el castillo parece un fantasma, pura conciencia de un terrible remordimiento.

Los normandos reciben de manos de Gurth y Wamba un ultimátum anunciando que los sajones sitiarán y atacarán la fortaleza y liberarán a los prisioneros. Al frente de los atacantes están el Caballero Negro y Locksley “Cortavidas” junto con doscientos hombres bien dispuestos.

Wamba se disfraza de sacerdote, entra en el castillo y cambia su ropaje con el noble Cedric, quien logra escapar con la ayuda de Urfrieda.

Sucede el primer ataque exitoso de los sajones. Ivanhoe conoce cómo fue salvado por los judíos tras el torneo. El joven añora a Lady Rowena al tiempo que la entregada Rebeca le narra al herido los detalles del actual asalto.

Frente de Buey resulta herido en el combate y Urfrieda –también llamada Ulrica- se encara violentamente con el normando y prende fuego al castillo, que se hunde con el noble extranjero en un desenlace infernal. Sólo se mantienen firmes el templario y sus hombres, que escapan llevándose presa a Rebeca. Bracy cae prisionero del Caballero Negro, que descubre al capturado su enigmática identidad. Athlestane también desaparece, combatiendo con valentía.

Bajo la encina de un bosque se reúnen los vencedores con el botín obtenido. Cedric libera al valeroso y fiel Gurth. También alejan a Bracy, vencido y subordinado a la generosidad del Caballero Negro (llamado también “Caballero del Candado”, por el emblema de su escudo) y sus compañeros Locksley y el ermitaño. Entre los apresados normandos se encuentra así mismo Aymer, quien se verá obligado a escribir una carta a Bois Gilbert solicitando la liberación de Rebeca a cambio de un rescate. El príncipe Juan se halla, por tanto, prácticamente solo: Frente de Buey ha muerto, el templario está lejos, Bracy no puede luchar por la palabra dada a los sajones, y aumenta su rivalidad con Valdemar. Además todos son conscientes de que, de una forma o de otra, el rey Ricardo está próximo.

Rebeca se halla retenida en Templestone, fortaleza britana de los templarios, hasta donde ha llegado el Gran Maestre de la Orden, Lucas de Beaumanoir, sobrio y fanático guerrero recién llegado de Tierra Santa, dispuesto a terminar con los errores y desmanes en la soberbia y el lujo de los templarios europeos. Cuando el poderoso Gran Maestre se entera de que Bois Gilbert mantiene a una mujer judía en el recinto, acusa a la inocente joven de haber hechizado al caballero templario y es sometida a un juicio por nigromancia –juicio por encima de las leyes inglesas- con el objeto de dar ejemplo de las viejas normas de San Bernardo, pues la Orden está siendo cuestionada en muchos países.

Se presentan el tribunal, presidido por el Gran Maestre, y la acusación contra Rebeca; la condena se conoce de antemano. La joven judía se defiende con honor y orgullo de raza, recibiendo el apoyo de alguno de los presentes a quien curó con sus artes médicas. Bois Gilbert se siente afligido y confuso entre la obediencia a la Orden y su deseo por Rebeca, y aconseja a la acusada que se acoja al “Juicio de Dios”, arrojando un guante bordado para que alguien puedas defender a la acusada. Isaac está destrozado ante el futuro de su hija. Ivanhoe decide ser su paladín.

(El Caballero Negro deja momentáneamente a los suyos, acompañado de Wamba; una celada, liderada por Valdemar, a punto está de matarles, pero el socorro providencial del arquero Locksley les salva. El Caballero se descubre como Ricardo Corazón de León y Locksley como el ya legendario Robin Hood; incluso el ermitaño resulta ser el conocido Fray Tuck, un renombrado cazador furtivo. Todos juntos van al lugar donde se halla Ivanhoe).

En el castillo de Coningsburgh, ante el féretro de Athlestane -aunque realmente éste no ha muerto sino que hace su reaparición como si volviera del más allá- Cedric el sajón perdona a su hijo.

Comienza el “Juicio de Dios” con Bois Gilbert como litigante, aunque pensó no comparecer para evitar la sentencia segura de Rebeca. Se presenta Wilfrido de Ivanhoe para defender a la joven hebrea y combatir al templario. La lucha es rápida: tras cruzar las primeras lanzas, Bois Gilbert cae muerto –más que por las heridas, por la criminal violencia de sus pasiones-. Los hombres del Gran Maestre se agrupan y se arman dispuestos a la lucha contra el rey Ricardo, que llega con los suyos; pero los templarios logran salir del lugar, orgullosos y leales a su “Beausant” y no a los reyes.

En el final de relato Athlestane renuncia a Lady Rowena, que se casará con Ivanhoe en la catedral de York. Normandos y sajones recobrarán las relaciones bajo la monarquía del rey Ricardo. Lady Rowena y la hermosa hebrea se despiden, pues Isaac se lleva a su hermosa hija a Córdoba, tierras de Almanzor. Ivanhoe continuará entre los caballeros preferidos del monarca.

Textos

@     “Con todo, en tal concurso de aflicciones, pobres y ricos, nobles y villanos, se apasionaban por un torneo, la gran fiesta guerrera de la época, con tanto ardor como el que por una corrida de toros demostraría un pobre petate madrileño, sin un real con que alimentar a su familia. Negocios, deberes, enfermedades, nada impedía a los jóvenes ni a los viejos asistir a aquel espectáculo. De igual suerte la partida de armas, así la llamaban, próxima a verificarse en Ashby, en el condado de Leicester, atrajo la atención general, y desde por la mañana un inmenso gentío de todas condiciones se dirigió apresuradamente al punto designado… El ingreso en la
arena terminaba en la puerta del norte con un segundo pasadizo de treinta pies de anchura, y éste daba acceso a un vasto espacio cercado, reservado a los acometedores. Tenía detrás varias tiendas, las unas conteniendo todo género de bebidas y refrescos, destinadas las otras a los armeros, albéitares, herradores y otros artesanos, cuyos servicios podían hacerse necesarios. En torno de la liza habíanse levantado galerías provisionales, adornadas de tapices con pinturas y cubiertas sus gradas con alfombras y almohadones, para mayor comodidad de las damas y caballeros que debían presenciar el torneo. Entre estas galerías y la liza había un reducido espacio destinado a los francoterratenientes (yeomanry) y a los espectadores de jerarquía algo superior a la de la plebe, y podía compararse con el patio de nuestros teatros… A fin de completar la descripción general, resta ya sólo hablar de un palco, colocado en el centro, hacia Oriente, y enfrente mismo del lugar donde había de empeñarse el combate; más elevado que las galerías, y más espléndidamente decorado, veíase en él una especie de trono bajo un dosel, con las armas reales de Inglaterra. Escuderos, pajes y arqueros, vistiendo brillantes libreas, guardaban aquel puesto de honor, reservado al Príncipe Juan y su cortejo.

 –Capítulo VII-.

@     “- Conrado, querido compañero de mis combates y fatigas -le decía Beaumanoir-, sólo a tu fiel corazón puedo hacer depositario de mis penas. ¡Sí, sólo a ti puedo decirte cuántas veces, desde mi llegada a este reino, he deseado ser reducido a polvo y llamado al seno de los justos! En Inglaterra nada he visto donde posar los ojos con placer, salvo las tumbas de nuestros hermanos, sepultados bajo las macizas bóvedas de nuestra iglesia del Temple, en Londres. Al contemplar las esculpidas imágenes de aquellos intrépidos soldados de Cristo, exclamo desde el fondo de mi alma: “¡Oh valiente Roberto de Ros! ¡Oh digno Guillermo Mareschal! Abrid vuestras celdas de mármol y compartid vuestro reposo con un hermano fatigado, que más quisiera pelear con cien mil paganos que ver la decadencia de su santa Orden”.

– Es la verdad –respondió Conrado-, la pura verdad: el desorden es todavía mayor entre nuestros hermanos de Inglaterra que entre los de Francia.

– Porque son más ricos –dijo el gran maestre-. No me juzgues con sobrada severidad, hermano mío, si hablo de mí mismo con algún orgullo. Tú conoces la vida que he llevado, observando puntualmente la regla, luchando a brazo partido con los demonios visibles e invisibles, y a fuer de buen caballero, como a fuer de buen sacerdote, guerreando en todas partes contra Satanás, ese león rugiente que constantemente busca una presa que devorar; porque el glorioso San Bernardo nos lo ha prescrito en el capítulo XLV de nuestros estatutos: Ut semper leo feriatur. Mas por el santo Temple, por el celo que ha consumido mis huesos, excepto tú y algunos otros que han conservado la antigua austeridad de la Orden, nadie hay aquí, te lo juro, a quien yo pueda honrar sin repugnancia con el sagrado nombre de hermano. ¿Qué dicen nuestros estatutos y cómo se los observa? Prohibición de usar adorno alguno inútil o mundano, ni plumas en el casco, ni frenos o espuelas de oro; ¿y quién se adorna con más ostentación y esmero que los pobres soldados del Temple? Prohibición de cazar al vuelo y a la carrera, con arco o con ballesta, y de tocar trompa; y hoy ¿quién se entrega con más pasión que los templarios a esas locas vanidades? Prohibición de leer, no siendo con permiso de los superiores, o de oír lectura alguna, aparte de la que se verifica durante la comida; mas he ahí que prestan atento oído a vagabundos trovadores, y se fatigan los ojos con ociosos romances. Orden de extirpar la magia y la herejía; y se les acusa de estudiar la cábala diabólica de los judíos y la magia pagana de los sarracenos. Orden de alimentarse frugalmente de raíces, legumbres, avena, carne tres veces a la semana únicamente, porque el hábito de comerla engendra la corrupción del cuerpo…

 
 –Capítulo XXXV-.


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