Violencia y educación sostenible

Este texto, a pesar de que ya tiene unos años, sigue siendo válido si pretendemos la reflexión en el aula y trabajar la valoración crítica.

Violencia y educación sostenible

Parece indudable que las conductas agresivas y, en general, la violencia, ganan terreno en las relaciones sociales. Así parecen mostrarlo los reiterados casos de sangrienta violencia en las escuelas de Estados Unidos, en donde se ha llegado a pedir armas para el profesorado, o los que han obligado a tomar recientemente medidas preventivas en Francia.

Por fortuna nuestra situación no es comparable, pero tampoco estamos en la balsa de aceite que pretenden las autoridades educativas; además hay que contar con que se calla mucho de lo que está pasando en algunas aulas. La violencia, de frecuencia y grado variables, ejercida sobre los alumnos por sus compañeros, generalmente mayores, se calla por puro miedo. La que el alumnado ejerce sobre el profesorado, creciente y que va desde el insulto hasta la agresión física, suele también taparse porque es sufrida como un fracaso profesional o como una mancha para el centro. Por último, en algunos centros la situación llega a ser tan insoportable y descontrolada que ya ha originado alguna agresión menor de docentes que se sienten acosados. No es justificable, pero sí comprensible. Pero sería improcedente tachar este aumento de la violencia en algunas escuelas de violencia escolar, confundiendo el todo con la parte.

Una red escolar pública de calidad debiera ser hoy una clara prioridad política dotada de recursos suficientes. Todos los políticos así lo dicen, ahora que hay elecciones. Pero una escuela en la que la inseguridad y la violencia obligan a poner detectores de armas, vigilantes o patrullas de policía, es un proyecto a la defensiva en el que lo educativo simplemente ha fracasado. Se puede aumentar la seguridad sin duda, pero es inaplazable construir, a largo plazo, lo que podría llamarse una escuela sostenible.

Se critica hoy a una economía que sacrifica la calidad de vida al dictado del mercado y que basa sus logros en unos indicadores cuantitativos que se toman a sí mismos como referencia. Pues bien, deberíamos ser capaces de elaborar nuevos indicadores cualitativos para una escuela sostenible. Hacer visibles y evaluables esas cosas básicas que un buen maestro sabe imprescindibles, aunque sean invisibles al ojo ajeno; esa organización que hace atractiva la convivencia en un centro escolar, la fina percepción del ritmo personal de los aprendizajes sin despojarlos del gusto ni del esfuerzo… En suma, indicadores de que la escuela es una colectividad inteligente, abierta y comprometida donde es posible conocerse y sentirse a uno mismo útil y vivo, aprendiendo la belleza que hay en los demás, y los misterios del mundo. Hay muchas inteligencias posibles, además de la que formalmente sometemos a examen.

Una escuela sostenible no puede aceptar ni un solo fracaso escolar, porque su objetivo no está sólo en la transmisión de unos contenidos sino, y quizá sobre todo, en la exacta y exigente comprensión de la sustancia peculiar e irrepetible de cada persona. ¿Eliminaría eso la violencia? No. La violencia está agazapada en cada uno, como una presión regulable o incontrolable. Se crece gracias al conflicto, sin él no habría inteligencia. Pero si el conflicto sobrepasa al aprendiz, y en ocasiones también al docente, se convierte en una amenaza insufrible que acabará manifestándose en dos modalidades de agresión: la huida o el ataque. Dos reacciones animales que sólo la cultura, la forma más civilizada de represión, puede modular y equilibrar. La violencia resulta de la incompetencia emocional y del analfabetismo moral. Pues bien, hay que creer firmemente que la escuela pública sigue siendo el mejor escenario, sino el único que nos queda, para madurar como persona y para instruirse como ciudadano.

Pero por su naturaleza misma la educación necesita referirse a alguna autoridad moral, aceptada como tal, desde la que imponer su normativa y su disciplina. La educación es tradición y cambio a un tiempo. Hoy los padres han perdido en parte su dedicación artesanal de nutridores afectivos y de abastecedores de seguridad. Por su parte, los maestros han visto menguar su autoridad social, su papel exclusivo de mediadores del conocimiento y de modelo personal. Les están ganando la partida las industrias simbólicas que configuran masivamente las identidades a través de precoces y potentes culturas juveniles.

La estética del grupo de iguales rellena el vacío de una enclenque ética social, y suple a la lejana o ausente comunidad de adultos. Salvo en las largas horas escolares, hoy niños, jóvenes y adultos deambulan por itinerarios vitales paralelos. Y conocer al otro es condición obligada para conocerse a sí mismo.

Por último, han cambiado también los procesos de socialización de individualización. Es decir, hoy cada individuo es un consumidor de múltiples recursos formativos, y además debe construirse una identidad propia. Sólo lo logrará si es capaz de dos cosas.

Una, decidir cómo vivir su vida, para lo que necesita de una alta capacidad de dominio emocional y de autorreflexión intelectual. Dos, proyectar a largo plazo el curso de esa opción biográfica, y de hacerse responsable de ella.

Reflexión y responsabilidad. La conducta violenta es signo del fracaso en ambas destrezas, que son a la vez intelectuales y emocionales. ¿Dónde aprenderlas? En esa escuela sostenible capaz de sustraerse al clima general de banalización vital, de imbecilidad moral y de violencia machista. Una escuela sostenible: ésa sería la mejor labor de prevención.

EL PERIÓDICO DE ARAGÓN de 22 de febrero de 2000

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