Tartufo, de Moliêre

 

Tartuffe ou L’imposteur”. Comedia en cinco actos. 1667.
“Todos los personajes de que me he burlado han soportado mi burla. Los hipócritas, no”
            El actor y autor parisino Jean Baptiste Poquelin, Molière, tenía bien casi completa la comedia del Tartufo en 1664 pero no pudo llevarla a las tablas hasta casi tres años después; y su vez el esperado estreno fue pronto cancelado por los críticos y valedores de la moral pública, afectados muchos por la crítica mordaz que encerraban los diálogos contra gentes conocidas, hasta su reestreno completo en 1669. ¿Qué tenía, qué tiene de especial Tartufo para semejantes prohibiciones y condenas?.
            Moliere era conocido entre sus contemporáneos como “le contemplateur”, modelo de un hombre sencillo, inteligente, experimentado y capaz de ver como ningún otro el lado más profundo de la vida cotidiana de la Francia de Luis XIV: los problemas domésticos, los ridículos y absurdos intereses sociales y económicos de la aristocracia y de la alta burguesía de la época, los defectos y los vicios originados por las debilidades humanas, exagerados y ridiculizados por el dramaturgo para conseguir la ejemplaridad y la universalidad. Con todos estos asuntos y con enorme valentía, logró dar rienda suelta al humor y la sonrisa mediante un género, la comedia, al que elevó a más alta categoría gracias a la agilidad de sus tramas y enredos, los magníficos retratos humanos de gentes aparentemente normales que se han convertido en completos modelos literarios: personajes sacados de la vida, de la calle, con cuyas apariciones en escena no pretendía filosofar sino mostrar la realidad, anclada en la moderación y la mesura, a través del arte teatral.
La trama de la comedia comienza cuando Orgón, un rico burgués acomodado, acoge en su propia casa a un hombre miserable, el Tartufo (quien, curiosamente, no aparece en escena hasta el acto III): un ser hipócrita que quiere pasar por hombre virtuoso, ejemplo de pietismo cínico cuyas artimañas y malas artes de falsa religiosidad han conseguido engañar psicológica y económicamente por completo a su nuevo amo, que incluso le llama “hermano”.
En el hogar todos los que rodean a Orgón se muestran reacios a la presencia entrometida e interesada del recién llegado (una de “esas gentes, cuya alma, al interés sumisa, de la devoción hacen oficio y mercancía, pretendiendo comprar mérito y dignidades con hipócritas guiños”); todos, excepto Madame Pernelle, madre de del señor de la casa, que defiende al Tartufo desde el comienzo hasta casi el final, rectificando sólo cuando conoce la verdadera personalidad del hipócrita.
Alrededor del Tartufo se desarrolla un enredo doble, definido por la codicia del amor y del dinero. La hija de Orgón, Mariana, que estaba comprometida inicialmente con el insulso de Valerio, no podrá casarse pues su padre rompe la primera alianza y decide ceder su mano al Tartufo. Éste, sin embargo, muestra su interés por Elmira, la esposa de Orgón, a la que osa declararse. La sorprendida y temerosa mujer promete “ceder” siempre y cuando su hija Mariana -que prefiere enclaustrarse en un convento antes que casarse con Tartufo- quede libre del compromiso con el hipócrita. El único que parece reaccionar ante semejantes hechos es Damis, el hijo de Orgón, que ha escuchado la desvergonzada declaración del Tartufo a su madre y corre a descubrir a su padre las artimañas del impostor. Orgón, incapaz de comprender lo que realmente sucede, completamente engañado por su inseparable “nuevo hermano”, castiga a su hijo echándole de su casa.
Ante la progresiva ruina familiar, Elmira pide a su esposo que se esconda bajo una mesa y pueda ver y escuchar la actuación de Tartufo, quien ahora busca realmente pruebas de amor de la esposa. Cuando el hipócrita se dispone a abrazar a la que considera su “prometida” (que tose insistentemente con falsedad para que su marido oculto no pierda la atención de lo que se conversa) sale Orgón de su escondite (ingenuo, había pensado que la tos era motivada por un enfriamiento) y se encara con su “hermano”. Tartufo, sorprendido y cínico, finge “arrepentirse” e incluso tiene la caradura de argumentar que no debe confiarse en las falsas apariencias (“Hermano, confiáis en mi aspecto exterior y me creéis mejor que lo que veis de mí… Todo el oro del mundo no aviva mi codicia, ni deslumbra mi vista con su brillo engañoso”). Orgón deja de creerle y le echa de la casa.
Sin embargo, la amenaza del falsario, ahora expulsado, sigue sobre a familia como una espada de Damocles, por dos poderosas razones: la primera, que Tartufo es el destinatario final del testamento de Orgón; y la segunda, que el miserable guarda un cofrecillo que contiene papeles comprometedores. Ambos motivos le sirven al hipócrita para querer adueñarse de cuanto posee Orgón, desalojando a la familia si es necesario. Para conseguirlo requerirá los servicios de un alguacil, el señor Leal, que ejecute sus razones.
Afortunadamente, cuando la Justicia entra en acción, no detiene a Orgón sino a Tartufo, vigilado y perseguido desde hace tiempo por el Príncipe, monarca que vela y actúa siempre en beneficio de su pueblo (“Vivimos bajo un príncipe enemigo del fraude, cuyos ojos penetran en nuestros corazones, y al que engañar no puede un impostor la astucia. De gran discernimiento su alma dotada, sobre las cosas lanza una mirada justa”), conocedor además de los diversos delitos cometidos desde hace tiempo por el impostor. Una vez detenido Tartufo, el cuñado de Orgón, Cleanto, intercede sin fortuna a favor del arrestado, apelando a la consideración de “hermano” que había tenido en la casa.
Finalmente, el delincuente será conducido a la cárcel y la familia de Orgón volverá a la feliz y siempre compleja “normalidad”.
 CLEANTO
De vos se ríe, hermano, ante vuestras narices
Y, sin querer con esto provocar vuestro enojo,
Os diré, francamente, que lo hace con justicia.
¿Dónde se vio jamás semejante capricho?
¿Es posible que un hombre posea tal embrujo
Que os haga olvidar todo y pensar sólo en él?
Que después de aliviarle aquí de su miseria
Lleguéis hasta el extremo…
ORGÓN
                                                           Deteneos, cuñado
No conocéis a aquel de quien estáis hablando.
CLEANTO
Muy bien; no le conozco ya que así lo decía.
Pero para saber de qué hombre se trata…
ORGÓN
De conocerle, hermano, tanto os alegraríais
Que no terminaríais de admirarle jamás.
Es un hombre… que… ¡ah!… un hombre, un hombre
En fin, quien sigue sus lecciones goza una paz profunda
Y mira a todo el mundo como si fuese estiércol.
Sí, me vuelvo distinto cuando hablo con él.
A no sentir afecto hacia nada me enseña.
A mi alma desliga amores y amistades,
Y vería morir hijos, madre, mujer,
Sin que ello me afligiese ni tanto así, creedme.
CLEANTO
¡Bellos y humanitarios sentimientos, hermano!
ORGÓN
Si hubierais presenciado cómo le conocí
Lo mismo que le quiero vos le hubieseis querido.
Cada día venía a la iglesia, piadoso,
Y muy cerca de mí se hincaba de rodillas.
La atención atraía de toda la asamblea
El fervor con que al Cielo elevaba sus preces
Entre grandes suspiros y largos arrebatos,
Besando humildemente el suelo a cada instante.
Y cuando yo salía corría hasta la puerta
Para ofrecerme el agua bendita de su mano.
Al saber por su criado, que en todo le imitaba,
Tanto su gran penuria como su condición,
Le hice algunos dones, pero con gran modestia
Quería devolverme una parte de ellos.
“Es mucho –de decía-, aún la mitad es mucho
de lo que los mortales tienen por más sagrado”.
 – Acto I, escena sexta-
CLEANTO
¿No es deber de un cristiano perdonar las ofensas
y pagar en el pecho las ansias de venganza?
¿Y debéis consentir, por aquel altercado,
que del hogar paterno sea expulsado un hijo?
Os lo vuelvo a decir y os hablo con franqueza.
Todos sin excepción de ello se escandalizan,
Y si queréis creerme debéis hacer las paces
Y no llevar las cosas a tan terrible extremo.
Sacrificad a Dios vuestra cólera toda
Y congraciad al hijo con el padre de nuevo.
TARTUFO
¡Ay! Es lo que quisiera de todo corazón.
Ningún rencor, señor, abrigo contra él;
Todo se lo perdono, no le reprocho nada
Y con toda mi alma ayudarle quisiera.
Pero no lo consiente el interés del Cielo,
Y si él vuelve a esta casa me marcharé de ella.
Tras su comportamiento, que nunca tuvo igual,
El trato entre los dos escandalizaría.
¿Quién sabe lo que de ello pensaría la gente?
Todos lo atribuirían a cálculo estudiado
Y acaso se diría que, al sentirme culpable,
Finjo ante quien me acuda caritativo celo;
Que tengo miedo de él y le trato con mimo
Para así, bajo cuerda, obligarle al silencio.
CLEANTO
Nos dais aquí, señor, unas excusas falsas.
Vuestras razones son demasiado especiosas.
¿Por qué os preocupáis vos del interés del Cielo?
Si Él quiere castigarle, ¿acaso os necesita?
Dejadle a Él el cuidado de sus propias venganzas;
Pensad que nos ordena perdonar las ofensas
Y caso omiso haced de los juicios humanos
Cuando seguís del Cielo las órdenes supremas.
¿El mezquino temor de lo que el mundo piense
de que una buena acción hagáis os privará?
– Acto IV, escena primera-
Madrid, Alianza editorial, 1986
Autor del documento: Juan Ojembarrena.

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