Soledad

(Tierra de Rusia)

I

Atravieso la selva.
¿Alguien ha penetrado este silencio,
esta medrosa cerrazón de ramas,
abismo horizontal, celado y quieto?
Suelo de turba, barro que es escoria,
negro y frío fangal que guarda el fuego,
tierra anterior al hombre, tierra y bosque
viudos del caos y vírgenes del tiempo.
Un otoño sombrío
desgarra ya su luz, pudre su vuelo,
y, entre el verde inmutable de los pinos,
va despojando el robledal abierto.
Pero más hondamente la espesura
encarniza la noche en el misterio
que adivina pupilas incendiadas
y reptiles informes en su seno.
Se angustia toda el alma,
se abruma el corazón y duda el sueño
mientras la inmensa mole del planeta
sin acabar, eleva su desierto.
Sólo las dulces hojas,
que acaso trae hacia la senda el viento,
confirman con su triste mansedumbre
la verdad suspirada de mi aliento.
II

De tierra solamente,
de tierra sin color viven mis ojos,
de tierra sin esfuerzo ni agonía,
postrada y muerta ya, cielo de polvo.
Andar, andar, andar. ¿Estoy viviendo?
¿No es de la eternidad el seco rostro,
este infinito mundo abandonado,
este olvido infinito que recorro?
El viento es invisible
sin brote que pulsar, el día sólo
transcurre con su luz virgen de sombras.
Más allá del reposo,
¿quién sentirá el silencio sin un trino
y quién la soledad si en ella es todo?
Monotonía y fin de la materia,
ruina que no es memoria ni despojo.
Sueño mi muerte en ti, más que mi muerte.
Reliquia de la nada en mar de plomo.
Ni una montaña lejos,
ni la excepción señera de los olmos
o el trigal remansado que en Castilla
guían la sed hacia el nivel del gozo.
Por la estepa acabada
el espíritu vaga nebuloso
hasta hundirse en la nada del presente.
Sólo mi pulso vive, sólo, sólo.
III

Octubre viene al tiempo
-lejanas vides y soñados árboles-
y ya está mi camino sin caminos,
sin faz de polvo la llanura grave.
Sobre el campo abolido
reposa el cielo descendido y frágil.
Blanco día es la tierra, blanco sueño,
blanco silencio y soledad radiante.
¿Resurrección? No, gloria;
gloria sin alma, juventud sin carne,
vasta alegría sobre el vasto cuerpo
de la mansa unidad, en el paisaje.
Contra la sombra helada
y la blanca energía de los aires,
sombra de luz del vendaval de nieve,
el yerto sol combate.
Languidece, fundida
en la impasible inmensidad, la tarde;
la noche es imposible
y la aurora incesante.
¿Vamos en las entrañas de la luna?
¡Oh, volcán de los aires,
todo rumor sin fuego, todo espuma
y tiniebla de plata alucinante!
El tiempo es ya presencia,
si el viento corre con abiertas aves,
evidencia es la calma,
hermosa eternidad, si el alma pace.
El frío gana el corazón. ¿Existo?
¡Oh, miedo de cristal! Y sigue el viaje
por una horizontal de luz absorta,
nieve y nieve sin fin, nieve adelante…

Poesía en armas, 1939

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