Siempre la claridad viene del cielo. Claudio Rodríguez

Claudio Rodríguez es un poeta poco conocido a pesar de que con este libro, Don de la ebriedad, consiguió el premio Adonais cuando tenía 19 años. Este que incluimos es el poema que da inicio al libro y en él se anticipan los que van a ser motivos centrales de su trayectoria poética. En palabras de uno de sus máximos estudiosos, Luis García Jambrina, “estamos ante un mundo primigenio traspasado por una luz anterior a toda creación. Se trata, por tanto, de ese instante privilegiado en el que parece que las cosas acontecen por primera vez y la belleza del mundo se revela...”

I

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo – esto es un don -, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

Don de la ebriedad, 1953

 

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