Ramón J. Sender. Novelas históricas

El lugar de un hombre

Nace nuestro escritor el 3 de febrero de 1901 en Chalamera de Cinca, provincia de Huesca. Desde muy joven, encauzados ya los primeros estudios, siente la vocación por el periodismo y empieza a colaborar con la prensa aragonesa, continuando su formación del Bachillerato en Tauste y en Reus.
Una vez finalizados éstos, se escapa a Madrid, donde padecerá todo tipo de privaciones y pasará por los más diversos trabajos. Escribe cuentos, poesía y artículos en “La Tribuna” o “El Imparcial”. Comienza también estudios universitarios de Filosofía y Letras, pero el ambiente académico no acaba de gustarle y abandona la facultad. Es por entonces, en la gran ciudad revuelta por mil ideologías, cuando empieza a sentir sus primeras inquietudes por el anarquismo.
Sin embargo, siendo aún menor de edad, es obligado por su familia a regresar a Huesca. A los veintiún años es movilizado a la guerra de África, donde ascenderá de soldado a alférez entre 1922 y 1924, conociendo de cerca el horror de los combates y manteniendo también su dedicación literaria en colaboraciones para “El telégrafo del Rif”.
De regreso a la península, trabajará en la redacción de “El Sol” hasta el año 1930, y también en otras publicaciones de ideas revolucionarias. El nuevo régimen republicano le decepciona muy pronto y coopera con el incipiente movimiento comunista (viajará a Rusia en 1933), sin tener nunca un compromiso definitivo, pues Sender conservó durante toda su vida un espíritu y un ejercicio intelectual independientes, partidario de la libertad y de la justicia sociales, pero alejado de los programas de los partidos políticos.

El año 1936 no sólo es el comienzo de la guerra civil en España, sino también el origen de la metamorfosis definitiva (dramática, traumática) en la vida del escritor aragonés. Se une a las tropas del régimen republicano luchando como oficial en el frente del Guadarrama hasta llegar a un puesto del Estado Mayor. Pero su condición y fama no escapan, sin embargo, de las iras enemigas: su esposa Amparo será fusilada en Zamora, y su hermano Manuel ejecutado en Huesca. Sólo consigue que sus dos hijos lleguen sanos y salvos a Francia.
En 1938 el Gobierno republicano le encarga defender la causa, ya casi perdida,  en los Estados Unidos y en París. Al año siguiente embarcará a México, donde residirá hasta 1942. Y ya no regresará a España. El paso siguiente, y definitivo, de su periplo y destierro serán los Estados Unidos, donde se casará nuevamente y vivirá durante cuatro décadas, ejerciendo su saber, magisterio y experiencia como profesor de literatura española en diversas universidades (Los Ángeles entre otras), y prosiguiendo su ingente tarea literaria.

Volverá a España en un par de ocasiones difíciles, en 1974 y en 1976. Pero morirá en el exilio de San Diego (California) el 16 de enero de 1982.

 Ramón J. Sender es uno de los escritores más fecundos de las letras hispanas de todos los tiempos, diestro en todos los géneros literarios: el ensayo, el cuento, el teatro, la poesía, el artículo periodístico y, sobre todo, en la novela –realista, histórica, autobiográfica o simbólica-. Creador de una obra desigual por su volumen y variedad, llena de fuerza y de rebeldía; una obra comprometida desde el comienzo, que en sus umbrales fue de corte realista y en su final alegórica y simbólica. Producto de ellos es el trabajo extenso y profundo, casi ilimitado de uno de los mejores narradores que ha dado nuestra lengua, de un hombre solitario y excepcional, alejado de cualquier consideración generalizadora.
Vivió los tiempos de la literatura regeneracionista y de los grandes poetas de “la generación del 27”, de los narradores sociales de preguerra y de las tendencias literarias de la postguerra española, aunque nuca estuvo definitivamente adscrito a ningún movimiento. Él mismo dejó magníficos testimonios de la convulsa España previa al 36 (la guerra africana en Imán, las revueltas campesinas de Casas Viejas en el Viaje a la aldea del crimen, el anarquismo en Siete domingos rojos), sobre los orígenes del conflicto civil (Réquiem por un campesino español) y sobre la contienda misma (Contraataque). Fuera de España continuó su tarea con novelas tan conocidas como El rey y la reina, La tesis de Nancy y la monumental Crónica del alba. Obtuvo además importantes reconocimientos literarios como el Premio Nacional de Literatura en 1935 por Mr. Witt en el Cantón y el Premio Planeta de 1969 (viviendo fuera de España) con En la vida de Ignacio Morel.

Crónicas de la Historia de España

 Una parte pequeña pero importante de su producción literaria se centra en la recreación de grandes momentos y personajes excepcionales de la Historia española. Episodios y gentes que fueron clave de la memoria colectiva y de grandes aventuras colectivas e individuales, que hicieron leyenda por su esfuerzo, su grandiosidad o su violencia, y también por sus efectos para el futuro.
Desde el siglo XIV hasta el XIX, Sender reavivó la increíble y violenta gesta de los Almogávares, el mundo sin límites de los soberbios conquistadores en las Indias, el tétrico final de la dinastía de los Austrias en la corona española y el anticipo revolucionario del Cantón cartagenero durante la I República. Cuatro momentos inmortales llenos de emoción.

 Bizancio (1956)

 Monólogos, cartas y crónicas nos presentan la ciudad de Constantinopla en 1302. Ochocientos almogávares, soldados del Alto Pirineo, catalanes y aragoneses, vestidos de pieles y abarcas, sobrios, disciplinados e implacables; son dirigidos por capitanes ricamente engalanados y sometidos todos a la autoridad de Roger de Flor, un hombre excepcional con un origen y un pasado apasionantes. Han llegado a Bizancio para servir bajo la bandera del rey Andrónico II Paleólogo y defenderle de los constantes y cada vez más arriesgados ataques turcos.
Roger de Flor, siempre acompañado por sus leales Aonés, Arenós y el cronista y poeta Muntaner, es rápidamente elevado al rango de “megaduque” y recibe la ofrenda de la mano de la princesa María, sobrina del monarca e hija, a su vez, del Kan de Bulgaria. El líder almogávar recibe así tributos exagerados para ganarse una lealtad sin medida, lo cual produce la envidia y la disensión de muchos otros que comienzan a ser sus rivales, entre los cuales destaca el príncipe heredero Miguel.
Las tropas hispanas se alojan en el barrio de Blanquerna, cerca del de Pera, que guarda a los genoveses. Constantinopla, por entonces, es una inmensa urbe con decenas de razas y culturas, sede de ocultas peleas dinásticas y rivalidades religiosas –iconódulos frente a iconoclastas-, hogar del lujo más exquisito y el protocolo más elaborado; todo un contraste ante la sobriedad de los almogávares.
La capital el imperio bizantino, heredero de la antigua Roma, es también lugar de molicie y descanso que no pueden ser comprendidos por la aguerrida infantería pirenaica, cuya inacción temporal les lleva a arrasar a los soldados genoveses, dejándoles miles de muertos.

No obstante, nada es
esto comparado con la campaña que iniciarán contra los turcos, a quienes derrotan primero en Artacio al grito, ya legendario, del “desperta, ferro”. Tras un descanso en Cízico, los almogávares luchan luego contra sus propios aliados alanos y bizantinos. Siguen victorias ante los otomanos en Karman y en Culla, les arrasan en Caria. Pasan el invierno en Magnetio, acompañados de las tropas de refuerzo de Rocafort y del noble Berenguer de Entenza. Pero sus triunfos son contemplados en la capital por ojos celosos y vengativos.
Roger de Flor es convocado a la corte del rey, adonde acude acompañado de cientos de compañeros. Todos son agasajados, engañados y asesinados. A partir de entonces los almogávares se convierten en una fuerza sin líder, imparable y vengativa, que arrasa Mármara en 1304 y se defenderá en Gallípoli, aniquilando Tracia y Rodesto; no dejan a salvo ni las momias de los difuntos. Comienzan a llamarse a sí mismos “francos”, libres; les acompañan sus valerosas y luchadoras mujeres que se enfrentarán con uñas y dientes al genovés Spínola. Incluso son tentados por los turcos para hacer causa común contra la traidora Bizancio.

Protagonista grandiosa y trágica de la historia será también María, viuda de Roger de Flor, ambicionada por todos, identificada en cuerpo y alma con su causa.
Finalmente, los aguerridos soldados deciden abandonar el territorio de oriente, retirándose orgullosos, entre burlas y desprecio, las murallas de Tesalónica.

 La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964)

 Perú, 1559. El noble don Pedro de Ursúa –nacido en la navarra localidad de Arizcun-, fundador de varias ciudades de América, prepara una expedición desde Santa Cruz hasta el mítico El Dorado con la autorización del Virrey. Tras obtener el dinero necesario, recluta cuantos hombres puede, algunos de la peor calaña: entre otros, Zalduendo y el “loco” Aguirre (hombre enjuto y violento, manco rebelde).

 Comienzan el viaje bajando el río Amazonas (el Marañón) tras las huellas de Orellana. Ursúa vive solo en una barca con Inés de Atienza, amante real de sangre indígena, envidia de los españoles, indios y negros de la expedición, más de seiscientos hombres. Estamos en julio de 1560, rodeados de bergantines, armas y caballos, y expuestos a “la tarumba del equinoccio”, el calor agobiante que mata voluntades y ambiciones, infernal hasta hacer perder los sentidos y la razón en una naturaleza abrupta y voraz.
Lope de Aguirre no va tampoco solo, le acompañan su hija Elvira y una criada, la Torralba. El avance difícil y lento hace perder la confianza y la seguridad a la mayoría, y pronto comienzan los problemas, las sediciones: muchos son los que quieren volver al Perú; otros son ajusticiados por rebeldía. Para Lope de Aguirre sus leales son ya los “marañones”, soldados que han vivido los sinsabores de la vida y se disponen a la rebelión, los mismos que en 1561 decidirán primero rodear de insidias y calumnias a Ursúa, y luego matarlo. Su amante Inés pasará de mano en mano, como una “novia de la muerte”, mientras Lope de Aguirre justifica el crimen y planea sus consecuencias: intentar llegar hasta Panamá y aliarse con los negros rebeldes para finalmente conquistar el Perú.
En el camino sufrirá tormentas, su ira eliminará a cuantos le incomodan, asesinando “traidores” con la ayuda de sus verdugos negros. En la apoteosis de la rebeldía, incluso renegará públicamente de su patria, España, y de su rey, Felipe II.

Siguen adentrándose en la selva, bajo la bandera de un nuevo rey títere, don Hernando de Guzmán –pronto eliminado-. Entre los árboles y los peligros descubren el poderoso curare, el veneno de los indígenas y el canibalismo de los indios brasiles.
La ambición de Lope, un caudillo del orgullo ante la cobardía y el desencanto de muchos, ya no tiene límites: funda una ciudad a la que llama Elvira, arroja  decenas de cadáveres a las pirañas, diseña una bandera para los suyos (fondo negro tras dos sables rojos); hasta dice encontrarse con las míticas “amazonas”.

 Por fin llegan “los marañones” a la boca del gran río Amazonas, con miles de islas sometidas a una fuerte corriente. Estamos en julio de 1561 en Isla Margarita. Lope detiene y ejecuta a las autoridades civiles y religiosas oficiales, sufriendo como contrapunto las primeras deserciones de quienes no ven futuro alguno a su lado. “El loco Aguirre” es conocido como “el peregrino” que quiere llegar a Lima y a Santa Fe (Bogotá). Escribe una carta al monarca español descubriendo su ira, su odio, su rencor infinito por las injusticias que ha sufrido por servir al monarca. Llegarán, sin embargo, algunas cédulas de perdón para quienes abandonen al líder rebelde. Y Lope se queda solo. En su inmensa locura mata a su propia hija; luego es detenido, arcabuceado, decapitado, hasta que sus trozos desaparezcan en los caminos.

 Carolux Rex (1963)

 En 1680 el embajador inglés en la corte española, T. Brown, escribe un informe a su monarca Charles II acerca de la situación del reino de su homónimo Carlos II, “el hechizado”, mostrando una España incapaz y siniestra, regida por los enfrentamientos (la rebelión en Cataluña) y la ineptitud, sumergida en las supersticiones, al borde del abismo. Un país cuyos súbditos, sufridos, airados, amables, arruinados, mueren en las calles; un país sin moneda, en quiebra permanente, con flotas empeñadas y pobreza en medio del lujo más desmesurado de los nobles. El cuadro que pinta Sender, vivísimo en los detalles, está, no obstante, lleno de ironía y elegante humor.

 El “rex Hispaniarum” (“rey católico”) es presentado como un hombre enamorado, o más bien encaprichado de María Luisa de Orleáns, sobrina preferida del francés Luis XIV (“cristianísimo monarca”), y futura esposa del de Austria. La novia será conducida a la isla fronteriza del Bidasoa en compañía de un gran séquito, dejando “una lágrima por Francia y una sonrisa por España”, hasta llegar, tras la boda, al retiro madrileño, festejado con sobria pompa y toros.
Ya en el alcázar, el rey español se afanará obsesivamente en tener pronto un heredero para la corona. Mientras la joven reina, gobernada y controlada por la vigilancia de la Duquesa de Terranova, se verá pronto reducida al rígido y sombrío protocolo hispano, las tensas relaciones matrimoniales y las rivalidades políticas con intereses enfrentados –la casa de Austria frente a la casa de Borbón-.

 El rey Carlos es un pobre hombre cuyo nacimiento e infancia estuvieron rodeados de funestos presagios; siempre lleva a su lado al menino negro don Guillén, que le recuerda permanentemente la presencia de espíritus. El monarca sufre así mismo, los embates de su hermano bastardo, don Juan, hijo del difunto Felipe IV y “la Calderona”, un hombre listo y sutil que lidera un partido que pretende heredar la corona. Cierran el paisaje, en la lejanía y en la inmediatez, la intrigante reina viuda doña Mariana de Austria, el Cardenal Portocarrero y el embajador francés, Marqués de Villiers.

 Carlos es un hombre su
cio y descuidado, que no gobierna (deja el poder en manos de sus privados, su secretario Eguía y el oscuro fray Ramírez), que sospecha constantemente de una esposa reciente que no le da descendencia, a la que enseña, aterrorizada, un Escorial de muerte y podredumbre. Él mismo está lleno de aprensiones y, creyéndose hechizado, ordena un Edicto de Fe y un Auto para conjurar sus males y entretener al pueblo. Desea, además, que le envíen desde Roma un “magistellus” que conjure definitivamente sus males. De hecho acabará sometido a un exorcismo por la mano de Portocarrero para eliminar “demonios” que manifiestan extrañas preferencias por el bando austríaco. Incluso aparecerá una monja de las Descalzas que afirma guardar en sí misma un diablo mayor con poderes sobre los menores del monarca.
Este es el magnífico retrato de un ser desquiciado, gobernante de una España colapsada cuyo futuro casi inmediato será la larga y sangrienta“guerra de sucesión”.

 Mr. Witt en el Cantón (1935)

 Novela en tres partes que secuencian a su vez en meses, desde marzo hasta diciembre de 1873, los acontecimientos sufridos en la insurrecta Cartagena de la Primera República, “la Federal”.
El relato se cuenta desde dos perspectivas: una de ellas retrata la relación entre Mr. Witt y su esposa Milagritos, mientras que la segunda sigue los sucesos cantonales. Ambas, magistralmente, se van entrecruzando hasta lograr una única voz.

 Mr. Witt es un inglés flemático, vive en una casa del Paseo de la Muralla y trabaja como asesor de la Maestranza cartagenera. Presiden su despacho dos cuadros: uno de su abuelo, que fue casi pirata, y otro de la reina Victoria. Es un hombre aparentemente desapasionado, racional, alejado de extremismos. En contraste, su guapa esposa Milagritos, una española pasional e instintiva, pariente de un poeta revolucionario, Froilán Carvajal, que murió fusilado unos años antes (recuerdo del que conserva celosamente una venda ensangrentada y un fajo de cartas). Forman un matrimonio son hijos, inmersos en una relación rutinaria, sin alicientes, casi de protocolo.
Sin embargo, conforme la ciudad de Cartagena se va sumiendo en problemas políticos, cambian el carácter y comportamiento de ambos: el inglés envejece, se hunde como un hombre oscuro y reservado, contemplando de lejos, desde sus prismáticos y su balcón, los trágicos hechos de las calles, del mar. Su esposa, al contrario, recobra la lozanía y el entusiasmo, actuando como voluntaria entregada a la causa de los rebeldes en cuantos lugares la reclaman. En polos opuestos, la comunicación entre ambos desaparece entre los cañoneos, el sito de la ciudad y los muertos.

 Cartagena se describe desde el barrio de tabernas del Molinete, con sus prostitutas (la experta “Turquesa”), marinos (el maquinista gallego Vila, aún ansioso por abolir los fueros del norte de España, donde sigue coleando el carlismo) y el médico don Eladio Binéfar (hijo de un monárquico “secuestrado por el clero” del que espera heredar pronto), hasta los astilleros de la Maestranza (sede de las manifestaciones lideradas por Hozé contra el General Serrano y el gobierno de Madrid), Santa Lucía (hogar de pescadores, campesinos y trabajadores del vidrio) y Escombreras con sus metalúrgicos (aquí se produce una de las escenas detonantes del conflicto: un cortejo fúnebre cruzas las callejuelas; un hombre carga el cadáver de un niño ahogado, y a sus espaldas surge todo un pueblo indignado que quema almacenes y reclama justicia y mejoras en el trabajo).

 Iniciado el conflicto por el que Cartagena declara su independencia, los barcos de guerra encienden sus calderas. La Infantería de Marina se pasa al bando rebelde, nutrido de gentes de clase media y trabajadores. Los ciudadanos cantan sus “cartageneras” con motivos del momento que viven. Se iza una bandera roja que resulta ser la turca (algún voluntario borrará con sangre la estrella y la media luna blancas). Se suceden como máximos dirigentes del Cantón Antonete Gálvez y Roque Barcia. Los rebeldes saben ya que las tropas de la capital vendrán sobre ellos, y salen a combatir a Hellín y Chinchilla, mientras el Almirante Lobo bombardea su ciudad. El General Martínez Campos vence a las tropas cantonales de tierra y envía un ultimátum a Contreras, uno de los oficiales cartageneros. Los cañonazos ya no suenan sólo desde el mar sino también desde el otro lado de la muralla; barrios y casas acogen hambre enfermedades, muerte y mucha dignidad. Un nuevo héroe, Colau, da esperanza a los sitiados en el mar. Pero finalmente todo se hunde, desde los barcos (“La Numancia”…) hasta el indomable espíritu de los exaltados vecinos.

 Acabado el conflicto, Mr. Witt y Milagritos se van a Madrid. Él, enamorado de una mujer a la que no comprende; ella, ansiosa por tener un hijo, derrama una última lágrima.

 Más literatura:

Imán (1930).
Viaje a la aldea del crimen (1934)
Jubileo en el zócalo (1964).
El bandido adolescente (1965)
Tres novelas teresianas (1967).
Las criaturas saturnianas (1967)

 @

 http://cvc.cervantes.es/actcult/sender/ 

 http://centros4.pntic.mec.es/ies.ramon.j.sender/sender.htm

 http://enciclopedia.us.es/index.php/Ram%F3n_J._Sender

 

Juan Manuel Ojembarrena
jojem@irabia.org

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