Muerte en el frío



Cuando he perdido toda fe en el milagro,

cuando ya la esperanza dejó caer la última nota

y resuena un silencio sin fin, cóncavo y duro;


cuando el cielo de invierno no es más que la ceniza

de algo que ardió hace muchos, muchos siglos;


cuando me encuentro tan solo, tan solo,

que me busco en mi cuarto

como se busca, a veces, un objeto perdido,

una carta estrujada, en los rincones;


cuando cierrto los ojos pensando inútilmente

que así estaré más lejos

de aquí, de mi, de todo

aquello que me acusa de no ser más que un muerto,


siento que estoy en el infierno frío,

en el invierno eterno

que congela la sangre en las arterias,

que seca las pabras amarillas,

que paraliza el sueño,

que pone una mordaza de hielo a nuestra boca

y dibuja las cosas con una línea dura.


Siento que estoy viviendo aquí mi muerte,

mi sola muerte presente,

mi muerte que no puedo compartir ni llorar,

mi muerte de que no me cosolaré jamás.


Y comprendo de una vez para nunca

el clima del silencio

donde se nutre y perfecciona la muerte.

Y también la eficacia del frío

que preserva y purifica sin consumir como el fuego.


Y en el silencio escucho dentro de mí el trabajo

de un minucioso ejército de obreros que golpean

con diminutos martillos mi linfa y mi carne estremecidas;


siento cómo se besan

y juntas para siempre sus orillas

las islas que flotaban en mi cuerpo;


cómo el agua y la sangre

son otra vez la misma agua marina,

y cómo se hiela primero

y luego se vuelve cristas

y luego duro mármol,

hasta inmovilizarme en el tiempo más angustioso y lento,

con la vida secreta, muda e imperceptible

del mineral, del tronco, de la estatua.

Speak Your Mind

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.