Miguel Delibes. Los santos inocentes. Fragmento

Un libro extraordinario con un estilo peculiar que se basa en un narrador externo y omnisciente que hace juicios de valor y logra empatizar con los personajes más oprimidos. El estilo destaca por la oralidad. Fíjense en la puntuación y en los recursos para lograr esa oralidad realista. El tema es de sobra conocido dado que incluso se hizo una película tan buena como el libro.

En la Extremadura profunda de los años sesenta, la humilde familia de Paco, “el Bajo”, sirve en un cortijo sometida a un régimen de explotación casi feudal que parece haberse detenido en el tiempo pero sobre el que soplan ya, tímidamente, algunos aires nuevos. Es época de caza y Paco se ha tronzado el peroné. Las presiones del señorito Iván para que lo acompañe en las batidas a pesar de su estado sirven para retratar la crueldad, los abusos y la ceguera moral de una clase instalada en unos privilegios ancestrales que considera inalienables y que los protagonistas soportan con una dignidad ejemplar.

Los santos inocentes. Fragmento

Paco, has de cegar a todos los palomos, ¿oyes? con los dichosos capirotes entra la luz y los animales no cumplen,

y así un día y otro hasta que una tarde, al cabo de semana y media de salir al campo, según descendía Paco, el Bajo, de una gigantesca encina, le falló la pierna dormida y cayó, despatarrado, como un fardo, dos metros delante del señorito Iván, y el señorito Iván, alarmado, pegó un respingo,

          ¡serás maricón, a poco me aplastas!

pero Paco, se retorcía en el suelo, y el señorito Iván se aproximó a él y le sujetó la cabeza,

          ¿te lastimaste, Paco?

pero Paco, el Bajo, ni podía responder, que el golpe en el pecho le dejó como sin resuello y, tan sólo, se señalaba la pierna derecha con insistencia,

         ¡Ah, bueno, si no es más que eso…!,

decía el señorito Iván,

y trataba de ayudar a Paco, el Bajo, a ponerse de pie, pero Paco, el Bajo, cuando, al fin pudo articular palabra, dijo, recostado en el tronco de la encina,

          la pierna esta no me tiene, señorito Iván está como tonta,

y el señorito Iván,

          ¿que no te tiene? ¡anda!, no me seas aprensivo, Paco, si la dejas enfriar va a ser peor,

mas Paco, el Bajo, intentó dar un paso y cayó,

          no puedo, señorito, está mancada, yo mismo sentí cómo tronzaba el hueso,

y el señorito Iván,

          también es mariconada, coño y ¿quién va a amarrarme el cimbel ahora con la junta de torcaces que hay en las Planas?

y Paco, el Bajo, desde el suelo, sintiéndose íntimamente culpable, sugirió para aplacarle,

         tal vez el Quirce, mi muchacho, él es habilidoso, señorito Iván, un poco morugo pero puede servirle,

y fruncía la cara porque le dolía la pierna y el señorito Iván dio unos pasos con la cabeza gacha, dubitativo pero finalmente, se arrimó al bocacerral, hizo bocina con las manos y voceó hacia el cortijo, una, dos, tres veces, cada vez más recio, más impaciente, más repudrido, y, como no acudiera nadie a las voces, se le soltó la lengua y se puso a jurar y al cabo, se volvió a Paco, el Bajo,

          ¿seguro que no te puedes valer, Paco?

y Paco, el Bajo, recostado en el tronco de la encina,

          mal lo veo, señorito Iván,

Miguel Delibes, Los santos inocentes, 1981

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