Luis Landero. Juegos de la edad tardía. Fragmento

Con esta novela el autor consiguió el Premio de la Crítica en 1989 y el Premio Nacional de Narrativa en 1990, dos de los más prestigiosos en España.

Al igual que en El Quijote, del que toma continuas referencias, en este libro se establece una mezcla continua entre realidad y ficción sin abandonar la verosimilitud de la obra cervantina.

Landero toma personajes vulgares, varados en una existencia opaca, y los convierte en héroes de aventuras rocambolescas, en los protagonistas de hazañas creadas por la imaginación con consecuencias en escenarios reales. En este fragmento observamos lo anodino de la vida del personaje principal de la obra, Gregorio Olías.

Juegos de la edad tardía. Fragmento.

Angelina asistió a aquellos cambios con mansa diligencia. Aunque nunca fue guapa, a fuerza de ser ella misma y de vivir sin sobresaltos, había adquirido el hábito de un encanto impreciso. En realidad, había prolongado la soltería en el matrimonio, y se había hecho fuerte, casi inexpugnable, en el reducto de su solitaria doncellez. Cuando Gregorio llegaba por las tardes, ella alzaba la vista y lo miraba desde el confín de su ventanita de bordar, a través de un aire fascinado de luz que ilustraba silencios ya definitivos. Apenas hablaban, competían en sobreentendidos, se miraban a hurtadillas y un suspiro valía por largas confidencias. En la cama, seguían a veces jugando al veoveo, o a enumerar por orden alfabético nombres de flores y animales.

Desde el primer día de matrimonio, había comprendido Gregorio que sus relaciones serían la prolongación de un noviazgo tímido, donde ni siquiera haría falta renovar el silencio pactado en el primer encuentro después que hubieran confesado sus nombres, gustos e inclinaciones. Habían hecho un viaje a la costa el primer año. Durante el trayecto en tren, enlazaron las manos e iban exclamando: «¡un río!, ¡una vaca!, ¡un castillo!, ¡un pueblo!». Recogieron conchas en la playa, visitaron iglesias, bajaron la cabeza avergonzados ante gentes que hablaban otras lenguas, escribieron una tarjeta postal donde contaban que llevaban recogidas más de mil conchas, navegaron en una motora cogidos a un hierro, y por la tarde paseaban por un parque y hablaban de los muchos usos que darían a las conchas y de cómo serían felices porque no había ningún motivo que les impidiera no serlo. Gregorio quería tener dos hijos: «Uno se llamará Gregorio, como yo, y le contaré cuentos de miedo y le enseñaré a mirar las nubes, y los domingos lo llevaré a la casa de fieras». «No sé», decía Angelina. «¿No te gustan los niños?». «Los niños crecen y luego se van», decía ella. «Así es la vida, pero mientras lo pasaremos bien todos juntos». «No sé, será lo que Dios quiera».

El viaje de vuelta lo hicieron compartiendo el mismo silencio. Un viajante de paños les contó sus andanzas, hablando de sí mismo como de un billete premiado de lotería. No volvieron a hablar de las conchas, ni de los hijos ni de la felicidad. Se entregaron a los días prometidos: pasaban los meses, y cada mes traía su estampa de almanaque, con recetas, chascarrillos y paisajes de nieves o de espigas; pasaban las estaciones, y el viento traía una hoja o una mariposa. Pasaban los años, y todas las cosas que presidían la dicha continuaban en su exacto lugar.

Luis Landero. Juegos de la edad tardía, 1989

 

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