Los Miserables, Víctor Hugo

Víctor Hugo

 

 

Los miserables

 

Les Misérables”. Novela publicada en 1862

 

 


                                                                                                            

 

“Esta obra tiene como protagonista principal el infinito; después, como secundario, el hombre”

 

 

“Es, de principio a fin, la marcha del mal sobre el bien, de lo injusto a lo justo, de lo falso a lo cierto… Punto de partida: la materia; punto de llegada: el alma. La hidra al principio y el alma al final”

 

 

            El genial y “oceánico” creador del Romanticismo francés estuvo durante dos décadas planeando lo que habría de ser su obra cumbre y, con el tiempo, uno de los máximos exponentes de las letras universales. Pretendía una “epopeya en prosa”, una obra “total”, tan completa y gigantesca que remedara la obra del mismísimo Creador, conseguir incluso un “libro religioso” que planteara los problemas sociales (la reinserción del delincuente en una sociedad cerrada, la conciencia atormentada, el combate de la filantropía y la misericordia contra las injusticias, las críticas al sistema judicial y penitenciario, la oposición a la pena de muerte, la fatalidad por encima de la libertad) a nivel universal.

 

            Víctor Hugo, un romántico que en “Los miserables” pasa a metafísico, logró una inmensa novela que reflejaba sus propios ideales y resumía buena parte de los géneros de su siglo: lo gótico junto con la aventura, el folletín junto a lo histórico, una novela muy alejada y diferente del sentir “realista” del momento de su publicación, que recibió en su tiempo grandes elogios y críticas ásperas.

 

 

            Para semejante creación se sirvió de los clásicos elementos novelescos elevados a categoría:

 

 

* Un narrador omnisciente, poderosísimo, torrente de argumentos y de palabras, que describe, narra y opina; exuberante, con un ansia de totalidad cuya consecuencia es la voluminosidad de la obra.

 

* Un asunto sencillo y grandioso a la vez: la redención del hombre mediante el sacrificio extremo, un móvil de valor universal explotado hasta su más imposibles detalles.

 

* Unos personajes arquetípicos, de corte romántico al servicio del “móvil” temático:

 

                            Jean Valjean: el hilo conductor de la obra, un profeta que llega a mártir sacrificado entre enormes esfuerzos en beneficio de la humanidad; un hombre de fuerza e in
teligencia sobrehumanas que da sentido a la vida y realidad de los demás; pero también una víctima de la sociedad –que representa el mal-, redimido por las palabras y el ejemplo de un hombre de religión que le enseña y da ejemplo del bien.

 

                            Javert: el fanático de la ley, representante del orden de las instituciones y la sociedad, la fuerza y la razón. Un hombre valiente que, sin embargo, se destruye con las primeras dudas de su conciencia.

 

                            Monseñor Bienvenido: inmenso, todo sentimiento y amor, representa el cristianismo primigenio que invocaba Víctor Hugo, el ejemplo humano e individual de la oración y la caridad frente a la Iglesia como institución.

 

                            Fantina: la victima propiciatoria, degradada hasta la muerte.

 

                            Su hija Cosette: construida con los trazos superficiales de la tristeza que pasa de la miseria al amor y la felicidad.

 

                            Enjolras: el utópico “profeta del fin de la Historia”, augur del futuro de la humanidad.

 

                            Thenardier, el egoísmo.

                            Gavroche, “el ángel de la cara sucia”.

 

                            Junto a estos individuos (que salen y desaparecen, cambian de nombre y de aspecto, se someten a encuentros y desencuentros inexplicables, a casualidades que hacen imposibles sus deseos), hay también otros personajes de carácter colectivo como los estudiantes revolucionarios, los bandidos parisinos, etc.

 

 

* Unos lugares excepcionales, cubiertos de luces y de sombras: pequeñas y apartadas ciudades de provincias, el laberinto de las calles de París, “El pequeño Pipus” y el convento, la siniestra casa Gorbeau, las barricadas, las cloacas.

 

* Un tiempo convulso que se desarrolla desde los recuerdos de la Revolución de 1789, los extremos de 1793 y el final de 1815 en Waterloo. Luego, la Restauración de  la monarquía y las insurrecciones parisinas de 1830 y de 1832.

 

* Todo ello mediante una prosa dura y contundente, desmesurada, llena de expresiones brillantísimas, metáforas apasionadas, descripciones de la más pura épica, y abundantes y extensas digresiones que ambientan la narración y reflejan las opiniones del autor (la inmensidad de la última batalla de Napoleón, el mundo de las religi
osas en el convento de las Bernardas, el “París en su átomo” de los pilluelos, las cloacas del “Leviatán”).

 

 

Primera parte. Fantina

 

 

Desarrolla tres escenas entre los años 1815 y 1818.

 

En la primera de ellas, situada en 1815, destacan dos figuras: monseñor Bienvenido y Jean Valjean. Carlos Francisco Bienvenido Myriel, obispo de la localidad de D, es un anciano,  un santo en vida por su merecido ejemplo de oración, su caridad y comprensión  ajena. Vive desprovisto de todo lujo –apenas conserva en su casa unos cubiertos de plata que guarda para las ocasiones en que recibe a los pobres-, acompañado y cuidado por su hermana, la señora Baptistina, y una veterana sirvienta, la señora Magloire. Monseñor, idolatrado por todos, se preocupa también de los condenados y los miserables, atendiendo incluso a peligrosos bandoleros y a un “convencional” moribundo, un revolucionario de los de 1793, que vive como un apestado.

Jean Valjean, por su parte, llega a D. como un caminante mísero que intenta ser acogido en las tabernas del lugar pero de todas es expulsado. Sólo obtiene cobijo en la casa del buen obispo (el recién llegado se afirma descreído de Dios, de la iglesia y parece aborrecer a los religiosos), quien le acoge aunque desconozca su identidad, condición y destino. En realidad, Valjean es un expresidiario de Tolón que ha pasado los últimos diecinueve años en la cárcel. Antes de la terrible condena era podador y cuidaba de su hermana y sus sobrinos, hasta que se vio en la necesidad. ¿Su delito?: robar un pedazo de pan. ¿Su castigo?: cinco años de prisión que aumentaron por repetidos intentos de fuga. La cárcel endureció su corazón, ya sin lágrimas. Salió perjurando de todo y de todos hasta que, ahora, por primera vez tras casi cuatro lustros, alguien le da cama y comida… Pero cuando se va por la mañana, sin agradecimiento alguno, retoma su condición delictiva y se lleva unos candelabros de oro de la casa; y por el camino roba a un pequeño, Gervasillo, una moneda. Esta segunda acción se produce un repentino cambio en su corazón, dándose cuenta de la lección de bondad del obispo, que él acaba de entender: si quiere transformar su vida y tener un mejor futuro, ha de convertirse, ser un buen hombre y hacer el bien a los demás.

 

 

En el segundo escenario, año de 1817, nos asomamos al nuevo París del rey Luis XVIII. Un grupo de jóvenes, chicos y chicas, se divierten de fiesta en fiesta, encabezados por el noble, juerguista y bohemio Tholomyes, también un sinvergüenza que abandona a su prometida Fantina, embarazada. La joven una preciosa rubia, sola, dará a luz a una niña a la que llamará Cosette (su nombre real es Eufrasia), pero no podrá hacerse cargo de ella y la dejará en la localidad de Montfermeil bajo el cuidado de un matrimonio de posaderos, los Thenardier, regentes de la taberna “El mesón del sargento de Waterloo”, padres a su vez de dos pequeñas (Azelma y Eponina). Acogen a Cosette a cambio de una cantidad mensual que Fantina deberá enviar para su manutención.

 

 

El último escenario nos lleva a la ciudad de M. en 1818. Vive aquí un hombre que en los últimos años se ha enriquecido y ha enriquecido al lugar gracias a las industrias de abalorios negros; un misterioso emprendedor conocido como “el tío Magdalena”, hombre bueno con todos que no es otro sino Jean Valjean bajo una nueva identidad con la que forjarse un nuevo porvenir. En M. vivirá hasta convertirse en alcalde, sometido, sin embargo, al peligro constante de la vigilancia de un policía, funcionario implacable llamado Javert, que sospecha de sus orígenes pues cree reconocer en él a un viejo preso de Tolón (más aún cuando el alcalde demuestra tener una fuerza descomunal salvando la vida a un vecino, Fauchelevent, atrapado bajo un carro; el alcalde compensará generosamente al herido con un trabajo como jardinero en París).

 

El azar origina que también se encuentre en M. Fantina, trabajando en una fábrica para ganar el sustento que enviar a los Thenardier (cada día más codiciosos, exigen sumas desproporcionadas por el mantenimiento de Cosette, a la que realmente no cuidan sino maltratan), hasta que su condición inmoral de madre soltera es descubierta por la capataz de la fábrica y Fantina es despedida. ¿Qué puede hacer ahora, sola, sin empleo?: decide, humillada por las circunstancias funestas, vender su precioso pelo, incluso sus dientes hasta convertirse en una mujer pública; cualquier cosa con tal de sacar lo necesario que le exigen los Thenardier. Pero un día su mala suerte acaba en ruina: tras enfrentarse con un hombre en la calle, Javert la detiene y la encarcela. El alcalde, enterado de lo ocurrido, acude a liberarla (creía Fantina que el responsable de su despido era el próspero empresario). Magdalena y Javert se enfrentan por la autoridad y jurisdicción de la decisión; triunfa el alcalde y el policía pone su cargo a disposición de la autoridad civil, jurándose vengar la afrenta recibida y descubrir la verdadera identidad del alcalde.

Magdalena se hace cargo de Fantina: le da casa y comida, atiende los pagos que se deben enviar a los Thenardier y promete a Fantina que algún día logrará reunirla con la pequeña.

 

Todo cambia el día en que en una ciudad cercana las autoridades detienen a un tal Champmathieu, acusado de ser Jean Valjean. El alcalde Magdalena se debate entre abandonar a su suerte al acusado o presentarse y descubrir su verdadera identidad. Triunfan la valentía y el ejemplo y el alcalde marcha a Arrás para ver el juicio contra el inocente detenido. El acusado es incapaz de comprender el error, sustentado en declaraciones de otros expresidiarios de Tolón. Mientras el alcalde contempla el juicio,  en silencio, las palabras que escucha en la sala descubren su pasado y le encanecen repentinamente el pelo. Y Magdalena da la cara y se reconoce como el auténtico Jean Valjean ante el estupor de los presentes, que conocen bien la fama del buen alcalde. Javert también se halla presente, y su semblante es indescriptible cuando oye la autoinculpación que confirma sus más íntimas sospechas.

Tras el escándalo, Valjean escapa y regresa a M. para ver fallecer a Fantina (la pobre, escuchaba el ruido de los niños en la calle; tal vez el alcalde había podido traer a su hija…). Inmediatamente es detenido por su perro de presa, Javert.

 

Segunda parte. Cosette

 

 

El poderoso narrador de la novela, desde 1861, remonta sus recuerdos hasta el 18 de junio de 1815 en el paraje de Waterloo, más concretamente en el sitio de Hougomont, ofreciendo unas páginas de la más grandiosa épica sobre la batalla que supuso la ruina de Napoleón Bonaparte, vencido por el destino. Este largo episodio se cierra con la descripción de un campo de batalla desolado, lleno de muertos y heridos; sobre él camina un hombre que se dedica a robar entre los cadáveres, y que no es otro sino Thenardier, el que se dice “sargento” y sólo fue un ladrón tras la batalla, aunque salvó la vida de un oficial herido, el coronel Pontmercy.

 

Tras la recreación histórica, volvemos a la penosa figura de Jean Valjean en 1823 (tiempos de la represión francesa de las tropas del duque de Angulema contra los liberales españoles), preso y marcado con un nuevo número carcelario. Tras salvar la vida de un marinero en una arboladura, cae al mar y le dan por muerto; incluso publican su defunción. Valjean corre a Montfermeil para cumplir la promesa que hizo a la difunta Fantina y recuperar a Cosette, huérfana, de las manos de los Thenardier. Aparece en el mesón como un buen hombre que ayuda a la niña a cargar un cubo de agua, le regala una preciosa muñeca y paga al miserable mesonero una cantidad de dinero por llevarse a la pequeña (Valjean-Magdalena había guardado buena parte de su fortuna en las arcas de un banquero y luego la escondíó en un bosque cercano).

 

En 1824 Valjean y Cosette se dirigen a París, donde comienzan una oscura, secreta, feliz y esperanzadora vida en la casa del señor Gorbeau. La niña, que nada sabe de su madre, considera a su benefactor como un padre y Valjean la quiere como a la hija que nunca tuvo. Pero la suerte les vuelve a ser esquiva y la desgracia reaparece bajo la figura del implacable Javert, que persigue como un lobo hambriento el rastro del antiguo preso. Hombre y niña escapan entre el laberinto de calles parisinas hasta alcanzar la zona del Picpus, donde se encuentra aquel Fauchelevent a quien Valjean-Magdalena ayudó en el pasado. Quien fue socorrido prestará ayuda a los fugitivos. Javert quedará perdido y humillado, pero no vencido.

 

¿Qué relata el narrador sobre el barrio parisino del Pequeño Picpus? Muy especialmente el convento de las Bernardas de la Adoración Perpetua, una estricta orden religiosa que sigue las durísimas normas del español Martín Vargas. Sus monjas viven una severísima vida conventual (vida reflexionada por el narrador, que admira el poder de la oración y del servicio, contrastando lo arcaico de la institución y lo necesario de la existencia de las orantes) en un espacio con tres partes bien definidas: el propio convento de las religiosas, otro espacio para monjas de otras órdenes exclaustradas por culpa de los excesos de la Revolución y un tercer lugar ocupado por un colegio de niñas residentes.

Fauchelevent ayudará a su antiguo alcalde benefactor logrando que entre en el convento mediante un medio de lo más tétrico: Valjean tendrá que ser “enterrado” en  un ataúd bajo la identidad de una anciana monja recién fallecida en loor de santidad; luego se extraerá el cuerpo de la tumba y Fauchelevent le presentará a la abadesa mintiendo que es su hermano, además de un experto jardinero. Mientras, Cosette ingresará con las internas del colegio y, por primera vez en su corta y triste vida, mostrará una sonrisa.

 

Tercera parte. Mario i>

 

 

Tras una digresión titulada “París estudiado en su átomo”, en torno a la grandiosidad de la capital y al carácter de uno de los protagonistas de la inmensa urbe, “el pilluelo” callejero, el narrador nos conduce al domicilio del señor Guillenormand, un anciano y fanático realista y legitimista, ávido de nobles amistades y “blancos” salones, que odia la Revolución y a Bonaparte (ya nadie pronuncia el nombre ni el título del Emperador corso). Vive con una hija y con un nieto, a su vez hijo de aquel coronel Pontmercy “salvado” por Thenardier tras Waterloo (es el coronel un hombre cosido a cicatrices que combatió como soldado imperial en media Europa y obtuvo al final el título de barón. Tras el hundimiento del imperio, fue confinado en la ciudad de Varnon, al igual que muchos otros bonapartistas excluidos en toda Francia; su destierro le impidió estar con su hijo; de hecho su suegro le consideraba un “bandido”, un apestado. Mario nunca supo nada de él, aunque el coronel iba de cuando en cuando a París para ver de lejos, a escondidas, a su siempre recordado hijo).

Pero la fortuna sigue girando su fatídica rueda. Mario empieza a recibir noticias difusas sobre su padre: sabrá de su pasado y se convertirá radicalmente a la fe que compartió el coronel por Napoleón, firmando sus tarjetas como “barón de Pontmercy” y aborreciendo el oscurantismo de su abuelo. Acudirá incluso a ver la tumba de su padre (el pobre coronel murió instantes antes del reencuentro con su hijo). Consecuencia: abuelo y nieto se enfrentan violentamente y Mario se va de casa con lo puesto, hasta el Barrio Latino.

 

 

Aquí se encuentran “Los amigos del ABC”, un grupo de jóvenes idealistas y revolucionarios en los albores de 1830: Enjolras, Combeferre, Prouvaire, Bossuet y otros, militantes hijos de la Revolución  (la fecha de 1789 es siempre sagrada para el narrador, momento de una nueva luz para el mundo, de un nuevo comienzo de la humanidad) y también hijos de la grandeza bonapartista que ahora se oculta y se silencia. Se declaran defensores del hombre, de los humildes, de las modernas ideas liberales, socialistas, etc. tan contrarias a las de los retornados aristócratas. Mario les conocerá en el Café Mussain, “sede de la sacra libertad”, aunque no podrá congeniar completamente con ellos por el excesivo fervor bonapartista que el joven Pontmercy proyecta con vehemencia.

Mario vive solo, despreciando el dinero que le envía su abuelo –que aún adora a su nieto-. Comienza a estudiar Derecho y pasa de la indigencia juvenil a convertirse en un hombre . Aprende alemán y trabaja de traductor, malviviendo pero sintiéndose libre.

 

 

Llegamos al año 1831 y nos encontramos al joven que pasea por el Luxemburgo y contempla día tras día a una extraña pareja: él un hombre adulto y de fenomenal aspecto, con el pelo blanco; ella, una joven de unos quince años, algo feucha y desgarbada, que bien podría ser su hija. Al cabo de seis meses, llegada la primavera, reencontrará a la joven, inmensamente bella. Se trata, cómo no, de Jean Valjean y de Cosette, de la que Mario se queda completamente prendado y a la que intenta acercarse vestido con sus mejores galas para intercambiar una mirada. Esta se produce pero a continuación la pareja desaparece, dejándose en el banco que frecuentaban en el parque un pañuelo con una “U” bordada (lo que hace imaginar al enamorado que la joven se llama Úrsula). Mario sigue sus huellas, y encuentra su casa pero la pareja ha desaparecido (quizás le consideraban un policía, un espía).

 

1832. El narrador nos lleva a “Las minas”, los suburbios, callejuelas y antros parisinos donde se reúnen los delincuentes, las compañías de criminales bajo el nombre de “Patrón  Minette”, gentes de la peor calaña, producto de la ignorancia y de la ausencia de educación. Mario sigue viviendo en la pobreza, alojado en el 50-52 de la casa de Gorbeau, la misma que acogió a su amada desaparecida. El piso superior está habitado por un tal señor Jondrette, su esposa y sus dos hijas, que no son otros sino los Thenardier, arruinados en Montfermeil y emigrados a  París. Jondrette, que esconde su nombre verdadero, se dedica a enviar cartas a gente adinerada pidiendo limosna. Con frecuencia acude a su casa un “filántropo” de cabellos blancos al que encontró en la iglesia de Santiago y al que considera un hombre rico; no le reconoce, sin embargo, como el hombre que se llevó  de su mesón a Cosette. El miserable Thenardier-Jondrette sólo quiere dinero y prepara un robo ayudado por la banda del “Patrón Minette”: atraen al “señor blanco” a su casa, y le amenazan con armas. Mario, que había reconocido al filántropo como el padre de su amada, avisa a la policía de la zona, dirigida por el omnipresente Javert, del peligro que coacciona al hombre de cabellos blancos. Y cuando regresa a su casa y, escondido, vuelve a verle detenido por Jondrette, el corazón del joven casi se deshace, pues el miserable ladrón vecino se descubre como Thenardier. ¡Thenardier!, el hombre que salvó a su padre en Waterloo, aquel a quien el coronel fallecido guardó eterno agradecimiento que su hijos habría de recompensar. ¿Qué hará Mario?: ¿proteger al padre de su amada –un hombre recio que dice ahora llamarse Urbano Fabre, y que aguanta épicamente la tortura a la que le someten los criminales- o al salvador de su padre?. Finalmente Mario hace un disparo, señal convenida con Javert para detener a los delincuentes. Pero el hombre de cabellos blancos escapa.

 

Cuarta parte. El idilio de la calle Plumet y la epopeya de la calle de san Dionisio

 

 

Entre 1830 y 1832 se producen en Francia acontecimientos históricos de enorme relevancia: una revolución depone del trono a Carlos X, la Restauración es revocada y el derecho se impone. Pero es una revolución hecha a medias, pues sube al poder Luis Felipe de Orleáns, un hombre que se halla entre la aristocracia y el pueblo, “un noble burgués” apreciado por la mayoría, una buena persona  que desde el trono ha de afrontar a los liberales, socialistas, realistas, y muchos otros que se dedican a la permanente conspiración, jóvenes idealistas y exaltados.

Las calles parisinas comienzan a rebosar de grupos armados que ansían levantarse; la fiebre revolucionaria crea las barricadas, sobre todo en el popular Arrabal  de San Antonio, lugar elegido por Enjolras y los suyos para prepararse.

 

Mario, por su parte, sigue enamorado de la joven a la que llama “la alondra”. Y se entera a través de Eponina, hija de Thenardier, con un carácter muy diferente al de su padre, que el hombre de cabellos blancos y la joven han trasladado su vivienda a una casa ajardinada de la calle Plumet (Valjean, siempre acosado por Javert, salió del Picpus, adquirió una nueva identidad y entró en la Guardia Nacional; se hizo con los servicios de una criada, Santos, que cuidara a Cosette, siempre temeroso de cuantos peligros pudieran rodearla). Inmediatamente corre hacia allí Mario y contempla a su divinizada “alondra”, una mujer que acaba de descubrir el poder de su belleza: lo que en el Luxemburgo fueron miradas, ahora concluyen en una abierta declaración de amor sellada con un beso

 

Surge un nuevo y muy original personaje: Gavroche, pilluelo parisino que también resulta ser hijo del miserable Thenardier (las casualidades… los mesoneros tenían la despreciable costumbre de deshacerse de sus hijos varones abandonándoles en los hospicios o la calle). El pequeño es alegre y vital, amigo de gentes de toda calaña, un pícaro experto en todas las artes y tretas para la supervivencia. Vive en el interior de una enorme estatua de madera que representa un elefante, monumento de tiempos de Napoleón en la Bastilla, rodeado de ratas pero en la más completa libertad. Encuentra en la calle a otros dos niños abandonados (lo que son las cosas, también hijos de Thenardier, aunque ninguno de ellos conoce su parentesco mutuo; de su miserable padre se cuenta que tras recalar en la cárcel obtuvo ayuda para fugarse y reunirse de nuevo con delincuentes próximos a la legendaria “Corte de los milagros”, sede oculta y misteriosa del subsuelo parisino donde se junta lo más pobre y peligroso de la ciudad. Excusa suficiente para que el narrador abra una nueva y amplia digresión sobre la lengua de la delincuencia, “el caló”, riquísimo idioma secreto de la chusma, críptica arma en manos de lo más despreciable de la sociedad).

 

Mario y Cosette, mientras tanto, siguen su relación amorosa. Valjean teme que nada pueda salir bien, y planea poner tierra de por medio e ir hasta Inglaterra. Pero tal separación acabaría, sin duda, con la alegría de los enamorados. El joven Pontmercy decide entonces regresar a la casa de su abuelo Gillenormand para solicitar su permiso de matrimonio; sin embargo, en el reencuentro del anciano –que recuerda y reza diariamente por su “díscolo” nieto- y del joven no hay diálogo alguno ni resultado prometedor. Mario, desolado otra vez, se va, dispuesto a morir.

 

En junio de 1832 se produce el detonante callejero que faltaba para la rebelión popular: la muerte del idolatrado General Lamarque. El 5 de junio, tras el entierro del militar, parte del pueblo se levanta en armas, apenas unos pocos idealistas que construyen barricadas sin el poyo de la mayoría de la población (no son lo mismo ni tendrán la misma gloria las revoluciones, como la de 1789, que las insurrecciones, como la actual). El Arrabal de San Antonio y la Sampetriére son protagonistas de los hechos, junto con Enjolras y sus amigos exaltados, que se reúnen en “la taberna de Corinto”. Los amotinados, seguidos del pequeño y valiente Gavroche, van elevando la altura de la barricada, amontonando cuanto encuentran, reclutando a unos pocos y recogiendo armas. Tras el muro inexpugnable, la tensa espera. En el interior de la barricada aparece un hombre sospechoso, quizás un enemigo infiltrado: se trata, ni más ni menos, que de Javert, al que retienen por la fuerza, maniatan y sentencian a muerte por espía.

Enjolras, líder de los amotinados, es ya por entonces un héroe casi divinizado, que castiga los excesos e indisciplinas de su suyos y exhorta a todos a la resistencia. Hasta él acude Mario, desesperado por la posible ausencia de Cosette, debatiéndose entre la cobardía y la muerte, dispuesto a inmolarse en la barricada de los insurrectos.

Poco tiempo pasa hasta que suena el primer cañonazo de los soldados realistas. Un anciano muere enarbolando la bandera roja de la barricada. Mario defiende el lugar amenazando a los asaltantes con volar todo por los aires –un acto heroico que le vale la consideración de sus compañeros de armas-. A punto de ser herido el joven Pontmercy, una mano desconocida tapa una boca de fusil y le salva la vida: se trata de Eponina, la pobre y buena hija de Thenardier, que da la vida por el hombre al que ha amado en silencio desde que le conoció en la casa Gorbeau, y que sólo pide un beso en el momento de expirar.

Sabiendo que el riesgo de muert
e es más que cercano, Mario manda a Gavroche a la nueva casa de Cosette, en la calle del Hombre-Armado, con una carta de despedida; carta que recibe, abre y lee Jean Valjean, comprendiendo de inmediato que su protegida está enamorada, y que el amante está a punto de entregar su vida. Valjean se pone su traje de Guardia Nacional y sale de noche a las calles…

 

Quinta parte. Jean Valjean

 

 

Las barricadas de San Antonio y del Temple se han convertido en monstruos gigantescos, como Escila y Caribdis, al mismo tiempo un montón de basura y el Sinaí, aunque son sólo un leve reflejo de las que aparecerán en 1848. Adoquines, muebles, ilusión, desesperación y muerte. Valjean llega a la barricada en la que se encuentra Mario, dispuesto a proteger la vida del enamorado de Cosette. A su alrededor, cañonazos cada vez más certeros, palabras proféticas de Enjolras sobre el progreso, el futuro y la utopía de la convivencia humana; y un hombre que sigue preso entre los amotinados, Javert.

Valjean, que ha llegado a la barricada de Mario, dispara con precisión inaudita sin malgastar munición, pero los exaltados defensores van cayendo uno a uno. El mismo Gavroche abandona la barricada para recoger las armas de los enemigos caídos: sale cantando, como es habitual en el pequeño, y recibe un balazo que termina con su preciosa vida.

Cuando apenas quedan cuarenta defensores, Valjean se acerca a Javert. Lo tiene en su mano, podría terminar con su eterna pesadilla en un momento. Sin embargo prevalece su generoso corazón y le deja en libertad… Mario queda herido, inconsciente y sangrando. Valjean le salva la vida y se lo lleva como una cruz a cuestas por “el intestino de Leviatán”, las cloacas parisinas (extensamente descritas por el narrador), llenas de peligros , un inframundo de kilómetros de lodo y vergüenza. Valjean salva al joven Pontmercy pero tiene la mala suerte de toparse con Thenardier, perseguido a su vez por Javert. Cuando Jean Valjean y Javert se reencuentran, el policía duda por primera y última vez en su vida: ¿debe castigar a quien siempre persiguió o perdonar al mismo que le salvó?. Decide lo segundo: sube a Valjean y al herido Mario a su propio carruaje y les conduce a la casa del señor de Gillenormand. Una vez que deja allí libre a su eterna presa, tras comprender que ha perdido el sentido de su vida y su profesión, Javert se suicida arrojándose al Sena.

 

Mario quedará convaleciente en el domicilio de su abuelo, el anciano realista que se desvive por la recuperación de su nieto revolucionario y enamorado. Cuando el joven Pontmercy se recupera física y anímicamente, recibe también el regalo del regreso de su amada Cosette y el beneplácito para el matrimonio del hombre de cabellos blancos, que se hace llamar aún señor Fauchelevent (Valjean, aunque Mario no reconoce en él a su salvador). Para sellar el enlace, Valjean entregará a la pareja seiscientos mil francos, los mismos que escondió cuando era “el tío Magdalena”.

 

En febrero de 1833 se dispone la boda. El cortejo nupcial cruza las calles entre gentes disfrazadas de martes de Carvanal. Uno de los enmascarados es Thenardier, que reconoce a la novia y decide sacar partido de la información que posee sobre ella, planeando, como siempre, algún ardid perverso. Durante el enlace de Mario y Cosette, Valjean se ausenta, volviendo a retomar su personal martirio de conciencia pues sabe que aún debe decirle a su querida Cosette la verdad de su origen y condición. Por ello, regresa discretamente a su casa en la calle del Hombre-Armado para no implicar a nadie en sus miserias y penurias. Descubre poco después a Mario su identidad de expresidiario y que él no es el padre de Cosette. Mario acepta las explicaciones pero mantiene una duda: ¿quién le salvó de la barricada?.

Cosette se duele de lo que cree que un injustificable distanciamiento de su protector (a quien se empieza a compara con la figura de Cristo: dichoso de la felicidad ajena, dichoso por haber cumplido la promesa que se hizo de hacer el bien).

 

Y surge la última tentación: Thenardier reclamando dinero a cambio de comunicar algunos “secretos” sobre Cosette y su misterioso protector. Mario, que sabe ya toda la verdad, le da una cantidad al viejo mesonero –en cumplimiento de la deuda que le dejó su padre el coronel- para que se vaya a América con su esposa y su hija Azelma, donde se dedicarán a algún otro negocio infame –tal vez la trata de esclavos-. Pero de algunas palabras de éste comprende la verdad de lo sucedido en las barricadas: fue Valjean quien le sacó de allí, arriesgando su propia vida.

 

El benéfico Valjean se va dejando morir, sin que el pasado le inquiete: Javert ya no está, el matrimonio de Mario y Cosette es feliz, él mismo se siente amado. Dice por fin a su protegida el nombre de su madre, Fantina. Y muere, acompañado de los candelabros que se llevó de casa del obispo y junto al cofre que guarda el viejo y pequeño traje negro de Cosette. Será enterrado en el cementerio del Père Lachaise bajo una lápida anónima sobre la que alguien pondrá unos versos que con el tiempo se irán deshaciendo: “murió al perder la prenda de su alma…

 

            Después de tan gran historia, ¿cómo no compartir la impresión del esc
ritor peruano Mario Vargas Llosa cuando reflexiona que un lector sensible, inteligente, también impresionado, ha de desear un mundo mejor cuando vuelve la última página de la novela?. También esta es “la tentación de lo imposible”.

 

 

@ Ya en otra ocasión hemos sondeado algún tanto las profundidades de aquella conciencia: volvamos a sondearlas de nuevo. No lo haremos sin emoción, porque no hay nada más terrible que semejante estudio. La vista del espíritu no puede encontrar en ninguna parte más resplandores y más tinieblas que en el hombre; no puede fijarse en nada que sea más espantoso, más complicado, más misterioso, más infinito. Hay un espectáculo más grande que el del mar, y es el del cielo; hay un espectáculo más grande que el del cielo, y es lo interior del alma.

 

            Escribir el poema de la conciencia humana, aunque sea a propósito de un solo hombre, a propósito del hombre más insignificante, sería unir, fundir todas las epopeyas en una sola grandiosa y completa. La conciencia es el caos de las quimeras, de las ambiciones, de las tentativas, el horno de los delirios, el antro de las ideas vergonzosas, el pandemónium de los sofismas, el campo de batalla de las pasiones. Si a ciertas horas penetráramos a través de la faz lívida de un ser humano que reflexiona; si mirásemos detrás de aquella faz, en aquella alma, en aquella oscuridad, descubriríamos bajo el silencio exterior, combates de gigantes como el de Homero, peleas de dragones y de hidras, y nubes de fantasmas como en Milton; espirales visionarias como en Dante. No hay nada más sombrío que este infinito que lleva el hombre dentro de sí, y al cual refiere con desesperación su voluntad y las acciones de su vida.

            Dante encontró un día una puerta siniestra que le hizo dudar; nosotros estamos ahora también en el umbral de una puerta ante la cual dudamos. Pero entremos…

 

 

– Parte primera, libro séptimo, III-

 

 

            @ El ejército se replegó precipitadamente de todas partes a la vez… El grito “¡traición!” fue seguido del grito: “¡Sálvese quien pueda!” Un ejército que se desbanda es como un deshielo general. Todo se rinde, cede, estalla, flota, rueda, cae, choca, empuja, se precipita. Dispersión inaudita. Ney pide un caballo prestado, monta en él, y sin sombrero, sin corbata, sin espada, se lanza por la calzada de Bruselas, deteniendo a la vez a los ingleses y a los franceses. Trata de detener al ejército, lo llama, lo insulta, quiere hacerle volver caras, pero en vano; las oleadas de los fugitivos pasan adelante…

 

            Napoleón corre al galope en pos de los fugitivos, los arenga, los estrecha, amenaza y suplica. Todas las bocas que gritaban por la mañana viva el emperador permanecen abiertas, pero apenas le conocen. La caballería prusiana recién venida, se lanza, vuela, acuchilla, raja, hiende, mata, extermina. Los tiros de la artillería ruedan impetuosamente; los cañones caen a tierra; los soldados del tren desenganchan los arcones y toman sus caballos para escaparse; furgones derribados boca arriba entorpecen el camino y sirven de ocasión para cometer asesinatos. Los fugitivos se destrozan, se oprimen, andan por encima de los muertos y de los vivos. Una muchedumbre vertiginosa llena los caminos, los senderos, los puentes, las llanuras, las colinas, los valles, los bosques, atestados por esa evasión de cuarenta mil hombres. Gritos, desesperación, sacos, y fusiles arrojados en los campos de centeno; el paso abierto a sablazos; no se conoce ni a los camaradas, ni a los oficiales, ni a los generales; por doquiera un espanto inexplicable… los leones convertidos en cabritos; tal fue esta fuga…

 

 

– Parte segunda, libro primero, XIII-

 

 

 

            @ París tiene un hijo, y la selva un pájaro. El pájaro se llama gorrión; el hijo se llama el pilluelo.

 

            Asociad estas dos ideas que contienen, la una todo el foco de luz, la otra toda la aurora; haced que se choquen estas dos chispas. París y la infancia, y resulta un pequeño ser: Homuncio, como diría Plauto.

 

Este pequeño ser es muy alegre. No come todos los días, y va a los espectáculos si le parece bien, todas las noches. No tiene camisa sobre sus carnes, ni zapatos en los pies, ni techo sobre la cabeza; como los pájaros que no tienen nada de esto. Tiene de siete a trece años, vive en bandadas, baquetea el empedrado, habita al aire libre, lleva un viejo pantalón de su padre que le pasa más allá de los talones, un viejo sombrero de cualquier otro padre, que se le mete hasta las orejas, un solo tirante de orillo amarillo; corre, espía, pregunta, pierde el tiempo, desgasta pipas, jura como un condenado, frecuenta la taberna, conoce a los ladrones, tutea a las mujeres públicas, habla el caló, canta canciones obscenas y no tiene mal corazón. Esto consiste en que tiene en el alma una perla, la inocencia; y las perlas no se disuelven en el fango. Mientras el hombre es niño, Dios quiere que sea inocente.

 

Si se preguntase a esta gran ciudad: “¿Quién es ése?” Respondería: “Es mi hijo”.

 

 

El pilluelo de París es el hijo enano de una giganta.

 

No exageramos; este querubín del arroyo tiene alguna vez camisa, pero no tiene aun entonces más que una; tiene alguna vez zapatos, pero no suelen tener suela; tiene alguna vez una casa, y la ama, porque en ella encuentra a su madre; pero prefiere la calle; porque en ella encuentra la libertad…

 

 

-Parte tercera, libro primero, I y II-

 

 

            @ ¿De qué se compone un motín? De todo y de nada. De una electricidad que se desarrolla poco a poco, de una llama que se forma súbitamente, de una fuerza vaga, de un soplo que pasa. Ese soplo encuentra cabezas que hablan, cerebros que piensan, almas que padecen, pasiones que arden, miserias que se lamentan y las arrastra.

 

 

¿Adónde?.

 

Al acaso. Al través del Estado, al través de las leyes, al través de la prosperidad y de la insolencia de los demás. La convicción irritada, el entusiasmo frustrado, la indignación conmovida, el instinto de guerra comprimido, el valor de la juventud exaltado, la cuguedad generosa, la curiosidad, el placer de la variación, la sed de lo inesperado, el sentimiento que hace experimentar placer al leer el cartel de un nuevo espectáculo, y al oir en el teatro el silbato del
maquinista; los odios vagos, los rencores, las contrariedades, la vanidad que cree que ha fracasado el destino; el malestar, los pensamientos profundos, las ambiciones rodeadas de abismos; todo el que espera de un derrumbamiento un salida; y en fin, en lo más bajo la turba, ese lodo que se convierte en fuego, tales son los elementos del motín.

 

            Lo más grande y lo más ínfimo; los seres que vagan fuera de todo, esperando una ocasión, gitanos, gente sin profesión, vagabundos de las encrucijadas, los que duermen por la noche en un desierto de casas, sin más techo que las frías nubes del cielo, los que piden cada día su pan al acaso y no al trabajo, los desconocidos de la miseria y de la nada; los brazos desnudos, los pies descalzos, pertenecen al motín… El motín es una especie de tromba de la atmósfera social que se forma de repente en ciertas condiciones de temperatura, y que en sus remolinos sube, corre, truena, arranca, corta, demuele, desarraiga, arrastrando consigo los ánimos grandes y los pequeños, el hombre fuerte y el débil, el tronco del árbol y la arista de paja.

 

 

– Parte cuarta, libro décimo, I-

 

 

            @ Enjolras estaba de pie en la escalera de adoquines, con un codo apoyado en el cañón de su carabina. Meditaba, y de vez en cuando se estremecía, como si sintiese pasar un hálito misterioso… En los parajes que visita la muerte suelen notarse estos efectos de los antiguos trípodes. De sus pupilas, que reflejaban la mirada interior, salían como especie de llamas comprimidas. De repente levantó la cabeza; sus cabellos rubios cayeron hacia atrás como los del ángel sobre el carro sombrío de estrellas, y semejantes a la melena de un león, erizada en forma de aureola resplandeciente. Enjolras habló así:

 

– Ciudadanos: ¿os representáis el porvenir? Las calles de las ciudades inundadas de luz, ramas verdes en los umbrales, las naciones hermanas, los hombres justos, los ancianos bendiciendo a los niños, lo pasado amando lo presente, los pensadores en completa libertad, los creyentes iguales entre sí; por religión el cielo, por sacerdote a Dios; la conciencia humana convertida en altar, extinguido el odio; la fraternidad del taller y de la escuela; por penalidad y por recompensa, la notoriedad; el trabajo, el derecho, la paz para todos; no más sangre vertida, no más guerras, ¡las madres dichosas! El primer paso es sojuzgar la materia; el segundo, realizar el ideal. Reflexionad en lo que ha hecho ya el progreso. En otro tiempo las primeras razas humanas veían con terror pasar ante sus ojos la hidra que soplaba sobre las aguas, el dragón que vomitaba fuego, el grifo, monstruo del aire, que volaba con las alas de un águila y las garras de un tigre; espantosas fieras colocadas por cima del hombre. Sin embargo, el hombre ha tendido sus redes, las redes sagradas de la inteligencia y ha acabado por coger en ellas a los monstruos. Hemos domado la hidra, y le hemos dado el nombre de vapor; estamos a punto de domar el grifo, pues ya ha caído en nuestras manos, y hemos cambiado su nombre en el de globo. El día en que esta obra de Prometeo se concluya, unciendo al hombre definitivamente al carro de su voluntad la triple quimera antigua, la hidra, el dragón y el grifo, ese día será dueño del águila, del fuego, del aire, y vendrá a ser para el resto de la creación animada lo que para él eran en otro tiempo los dioses mitológicos. ¡Valor y adelante! ¿Adónde vamos, ciudadanos? A la ciencia convertida en gobierno; a la fuerza de las cosas erigida en única fuerza pública; a la ley natural con su sanción y su penalidad en sí misma, y promulgada por la evidencia; a una alborada de verdad que corresponda al nacer del día. Caminamos a la unión de los pueblos; caminamos a la unidad del hombre. No más ficciones; no más parásitos. Lo real gobernado por lo verdadero; tal es el fin.

 

 

– Parte quinta, libro primero, V-

 

 

 

Suma de Letras, Punto de lectura, 2004

 

Barcelona, Planeta, 2000 (edición de Alain Verjat)

 

 

le=»MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-ALIGN: right» align=»right»>Mario Vargas Llosa, La tentación de lo imposible, Madrid, Alfaguara, 2004

 

 

Juan Manuel Ojembarrena

 

jojem@irabia.org

 

 

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