La retórica del terrorista

Un texto de Luis Rojas Marcos que, aunque ya tiene muchos años, sigue siendo útil como ejemplo de texto argumentativo. Y más según van yendo las cosas en la actualidad. 

LA RETÓRICA DEL TERRORISTA.

Hace días se extendió durante horas la noticia de una explosión inexplicable en el metro de Wall Street, la conocida calle de la Bolsa de Nueva York. La reacción inmediata de la gente fue pensar que se trataba de un acto terrorista. Al enterarnos más tarde de que la causa del estallido había sido un cortocircuito accidental de cables de alta tensión, todos sentimos un profundo alivio y nos alegramos de que, esta vez, no hubiese sido terrorismo.
Los terroristas, esos hombres y mujeres que utilizan la agresión indiscriminada para amedrentar, coaccionar y castigar al poder establecido, se han convertido en actores regulares de nuestra vida diaria. Les esperamos, casi contamos con ellos. Unas veces, como en la sangrienta destrucción del edificio federal de Oklahoma, proceden de la cantera nacional, son made in USA. Otras, como en la explosión devastadora de las Torres Gemelas neoyorquinas, se presentan hablando lenguas extrañas y predicando doctrinas que nos dejan perplejos. En verdad, los terroristas de casa y los de fuera, los que fabricamos aquí y los extranjeros, son lo mismo. Unos y otros son el producto de una sociedad, según ellos, desatinada, tiránica y arrogante que no les entiende. Todos buscan desestabilizar el equilibrio político de esa sociedad mayoritaria que odian atacando su pilar más frágil: la confianza pública. El antiguo proverbio chino «mata a uno y asusta a diez mil» capta el efecto psicológico que persiguen a través del miedo.
Para la gran mayoría es estos desalmados la forma de evadir el trauma emocional que supone robarle la existencia a personas inocentes e indefensas es seguir matando. Saben que si recapacitaran sobre sus atrocidades no tolerarían el sentimiento de culpa, no podrían vivir con ellos mismos. Cada golpe es un nudo más que les amarra a la vocación de verdugo. Una vocación excitante, arriesgada, absorbente, que imprime carácter y que se sustenta de la gratificación narcisista que produce sentir el dominio total sobre la vida y la muerte ajena. También les alienta el apoyo, el estímulo y la admiración de sus correligionarios. No pocos jóvenes que crecen desahuciados, sin dirección ni esperanza, encuentran por primera vez su identidad y su significado en el seno del clan subversivo. Y una vez que abrazan la ideología del grupo, les resulta imposible cuestionarla y mucho menos renunciar a ella.
Los terroristas que he conocido practican la misma retórica. A pesar de la irracionalidad de sus dogmas y la crueldad de sus métodos, en sus mentes fanáticas se consideran defensores de la verdadera fe. La fe -afirman convencidos- que los sitúa entre los triunfadores, entre los escogidos, entre los buenos. Todos justifican sus crímenes brutales con una meta superior. Y esa meta superior está íntimamente ligada a su misión en la vida, a su autoestima. A través de lemas abstractos y de frases hechas tratan de dar a sus atentados la legitimidad que un análisis racional nunca les daría. Utilizan una dialéctica desprovista de cordura y de empatía para destilar excusas políticas, filosóficas o metafóricas del inmenso mar de sufrimientos que ahoga a tantas víctimas de sus persuasiones violentas.
La retórica de los terroristas que he escuchado va siempre cargada de clichés y de consigas simplistas sobre las virtudes de la libertad y de la justicia. La verdad, sin embargo, es que no existe retórica que altere el hecho ineludible de que el peor enemigo de la libertad y de la justicia es el miedo que ellos propagan. Pues el miedo es un estado de ánimo, altamente contagioso, que oprime, limita, angustia, paraliza y obnubila la mente del ser humano.

Luis Rojas Marcos. 1997

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