La narración. El cuento y la novela

El cuento y la novela son los dos subgéneros narrativos más conocidos. En esta entrada damos unas características básicas que permitan su identificación. 

1– EL CUENTO

El cuento es un subgénero narrativo. Son narraciones breves sobre acontecimientos ficticios.

Entre sus características destacamos:

  • Tienen pocos personajes y estos están caracterizados con unos pocos rasgos.
  • El tiempo y el espacio en el que se desarrollan los hechos no se precisa con exactitud.
  • No suelen tener muchos acontecimientos.
  • A veces encierran una enseñanza o moraleja.

 

Los cuentos pueden ser, atendiendo a su origen

  • Cuentos populares: se transmiten oralmente a lo largo de los siglos. No se sabe quién es su autor. Algunas veces, alguien recoge por escrito esta tradición para que no se pierda. Es el caso de los hermanos Grimm o de Perrault.
  • Cuentos de autor: son narraciones breves que se recogen por escrito desde su invención por parte de un autor conocido.

 

2– LA NOVELA

La novela es un subgénero narrativo extenso.

Entre sus características destacamos:

  • Tienen muchos personajes y estos están bien caracterizados.
  • El tiempo y el espacio en el que se desarrollan los hechos sí se precisa con exactitud
  • Suelen tener acontecimientos principales y tramas secundarias.

 

Las novelas pueden ser, atendiendo a su temática, policiacas, de aventuras, históricas, fantásticas, de ciencia ficción, realistas…

En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vio, dijo a su escudero: la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas .

—Mire vuestra merced —respondió Sancho—, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento .

—Bien parece —respondió Don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba.

Don Quijote. Miguel de Cervantes

 

SABER MÁS

Horacio Quiroga ha escrito un decálogo para todos aquellos que quieran ser buenos cuentistas:

I- Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II- Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III- Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia

IV- Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V- No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI- Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: «Desde el río soplaba el viento frío», no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

 

ACTIVIDADES

1. Haz un esquema de todos los contenidos estudiados en este tema.

2.  ¿A qué subgénero pertenecen estos fragmentos? Adscríbelos, además, a un tipo de cuento o de novela. Justifica tu respuesta.

 

Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.

No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en el Consejo”, de nuestro hombre se decía: “El Emperador está en el vestuario”.

La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.

—¡Deben ser vestidos magníficos! —pensó el Emperador—. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela-. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.

El traje nuevo del Emperador. Hans Christian Andersen

 

El desván era grande y oscuro. Olía a polvo y naftalina. No se oía ningún ruido, salvo el suave tamborileo de la lluvia sobre las planchas de cobre del gigantesco tejado. Fuertes vigas, ennegrecidas por el tiempo, salían a intervalos regulares del entarimado, uniéndose más arriba a otras vigas del armazón del tejado y perdiéndose en algún lado en la oscuridad. Aquí y allá colgaban grandes telas de araña, grandes como hamacas, que se columpiaban suave y fantasmalmente en el aire. De lo alto, donde había un tragaluz, bajaba un resplandor lechoso…

Había toda clase de trastos, tumbados o de pie; estantes llenos de archivadores y de legajos no utilizados hacia tiempo, pupitres manchados de tinta y amontonados, un bastidor del que colgaba una docena de mapas antiguos, varias pizarras con la capa negra desconchada, estufas de hierro oxidadas, aparatos gimnásticos inservibles, balones medicinales pinchados y un montón de colchonetas de gimnasia viejas y manchadas, amén de algunos animales disecados, medio comidos por la polilla, entre ellos una gran lechuza, un águila real y un zorro, toda clase de retortas y probetas rajadas, una máquina electrostática, un esqueleto humano que colgaba de una especie de armario de ropa, y muchas cajas y cajones llenos de viejos cuadernos y libros escolares. Bastián se decidió finalmente a hacer habitable el montón de colchonetas viejas. Cuando uno se echaba encima, se sentía como en un sofá. Las arrastró hasta debajo del tragaluz, donde la claridad era mayor. Cerca había, apiladas, unas mantas militares de color gris, desde luego muy polvorientas y rotas, pero plenamente aprovechables. Bastián las cogió. Se quitó el abrigo mojado y lo colgó junto al esqueleto en el ropero. El esqueleto se columpió un poco, pero  a Bastián no le daba miedo. Quizá porque estaba acostumbrado a ver en su casa cosas parecidas. Se quitó también las botas empapadas. En calcetines, se sentó al estilo árabe sobre las colchonetas, y, como un indio, se echó las mantas grises por los hombros. junto a él tenía su cartera… y el libro de color cobre.

 La historia interminable. Michael Ende

 

3. Continúa estos textos unas líneas más.

4. Investiga. Pregunta a tus familiares, amigos o profesores cuál es su novela preferida. Pregúnta por su argumento y adscríbela a un tipo de los que has estudiado o dale nombre a la nueva categoría.

Comments

  1. Yaris garcia y Valentina espinosa dice

    Nos gustó todo. Es muy interesante. Gracias por su atención

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