Juan Marsé. Últimas tardes con Teresa. Fragmento

En esta novela de Juan Marsé aparece uno de los tipos más peculiares de la novelística de finales del XX: Manolo, el Pijoaparte, un charnego (inmigrante del resto de España en Cataluña) que pretende casarse con Teresa, una rica burguesa de izquierdas que tiene idealizada la clase trabajadora. Se ha considerado esta novela, situada en Barcelona, como una versión irónica de Romeo y Julieta. Atención porque el personaje que aparece al final tiene un extraño parecido con el autor 😉

Últimas tardes con Teresa. Fragmento

En la sala de baile hacía un calor infernal y triunfaba un espléndido olor a sobaco. Teresa refrenaba generosos impulsos comunicativos. ¡Oh bailes de domingo, el mundo es vuestro! ¡Islas incultas y superpobladas, cielos violentos, ternura avasallada, jardines sin aroma donde sin embargo florece el amor, vuestro es el mañana! Cogida al brazo de Manolo al estilo nupcial o sentada con él al fondo de un palco, relajado el cuerpo pero con la cabeza en la misma actitud vigilante y despierta que en la butaca de un cine (respirando un aire poblado de fantasmas) y luciendo su hermosa garganta desnuda, ella no perdía detalle del espectáculo y hacía comentarios elogiosos sobre las parejas que rodaban apretadas en la pista, infatigablemente, como en un hormiguero. Manolo reconoció algunos célebres elementos del barrio, los tenía muy vistos: eran los mismos que los jueves iban al Salón Price a bailar con las chachas, y también a Las Cañas, al Metro, al Apolo, y a los cines Iberia, Máximo, Rovira, Texas y Selecto, pequeños murcianos sudorosos con camisas rayadas de cuello duro y sofocantes trajes de americana cruzada, tiernos bailarines que nunca encontraban pareja, que daban vueltas y más vueltas en torno a la pista con las caras levantadas hacia los palcos y devorando con los ojos a las muchachas sentadas en las sillas como esfinges, y cuyo silencio despectivo o tajantes negativas ante los requerimientos de ellos: (“¿bailas, nena?”. “No”. “¿Por qué no?” “Porque no”. “Pues jódete, tuberculosa”. “Enano, sinvergüenza”) eran por supuesto, según Teresa manifestó a Manolo, injustas e infinitamente más crueles que los insultos que recibían. Tal vez por ello, y teniendo en cuenta que hoy Manolo no parecía compartir demasiado sus ganas de diversión (esto la sorprendió: sólo dos veces había conseguido que él la llevara a la pista para bailar, y aún de mala gana) Teresa no quiso negarle un baile al joven que inesperadamente se pegó a ellos, empeñado en hacerle recordar a Manolo cierta noche de juerga que habían corrido juntos mucho tiempo atrás. Teresa quiso que Manolo se lo presentara y le preguntó por su barrio y por su trabajo. El chico resultó ser de Torre Baró, un remoto suburbio, y dijo ser especialista en electrónica. “¿Quiere usted bailar?”, preguntó muy gentil. Teresa aún no se había decidido (vio que Manolo sonreía irónicamente, desinteresado) pero iba a ocurrir algo que la empujaría a aceptar alegremente: estaban los tres de pie en un ángulo de la sala, todo el mundo esperaba que la orquesta atacara el próximo baile (acababa de cantar Domin Marc y estaba anunciada la actuación del “Trío Moreneta Boys”) cuando, de pronto, se produjo un pequeño revuelo que serpenteó en medio de la pista; se oyeron algunos chillidos femeninos, las parejas se agitaron y muchas cabezas se volvieron en dirección a ellos. Al parecer, andaba por allí un bromista que pellizcaba a las chicas. Teresa se rió, como si aquello fuese la cosa más natural del mundo. “¡Qué divertido, me parece muy bien!”, dijo. Estaba frente al amigo de Manolo, cuya perfumada cabeza le llegaba a la barbilla; era un muchacho, sin embargo, que daba una extraña impresión de esbeltez, muy tieso, fino de cuerpo y envuelto en un furioso olor a agua de colonia, con una estrecha americana a cuadros, ojillos pesarosos de japonés y un tupé untado de brillantina. Teresa le miraba con simpatía pero seguía indecisa, y fue entonces cuando notó en las nalgas un pellizco de maestro, muy lento, pulcro y aprovechado. No dijo nada, pero se volvió disimulando, roja como un tomate, y tuvo tiempo de ver una silueta encorvada, los hombros escépticos y encogidos de un tipo bajito que se escabullía riendo entre las parejas. Al mismo tiempo, oyó a su lado la voz de una muchacha que le decía a su amigo: “Le conozco, se llama Marsé, es uno bajito, moreno, de pelo rizado, y siempre anda metiendo mano.

Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa, 1966

Opina

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Optimization WordPress Plugins & Solutions by W3 EDGE