Javier Marías. Corazón tan blanco. Fragmento

Fragmento de Corazón tan blanco escrita en 1992 por Javier Marías, uno de los más consolidados narradores de nuestra literatura actual. En este fragmento se ve claramente su estilo: una sintaxis con tendencia a la digresión, unas tramas argumentales simples pero no sencillas, un tiempo narrativo que discurre con lentitud, unos protagonistas que suelen ser culturalmente muy similares al autor. En el caso que nos ocupa la trama argumental es bastante sencilla y gira en torno al suicidio de un familiar.

Corazón tan blanco. Fragmento

Custardoy fijó ahora en mí sus ojos desprovistos de ornamentación, o de protección. Añadió—: En todo caso espero que te vaya mejor que a tu padre, y no quiero ser cenizo, toco madera. Vaya carrera la suya, ni Barbazul, menos mal que no ha seguido, está ya un poco mayor el hombre.

—Tampoco es para tanto —dije yo. Había pensado de inmediato en mi tía Teresa y en mi madre Juana, ambas muertas, Custardoy estaba refiriéndose a ellas, uniéndolas en su muerte con exageración o con mala fe. «Ni Barbazul», había dicho. «Cenizo», había dicho. Ni Barbazul. Nadie se acuerda de Barbazul.

—¿Ah, no? —dijo—. Bueno, la cosa medio se paró con tu madre, si se descuida no existes tú. Pero mira, también a ella la ha sobrevivido, no hay quien pueda con él. Que en paz descanse, ¿eh? —añadió con respeto burlesco. Hablaba de Ranz con estima, tal vez con admiración.

Miré hacia las mujeres, que no nos hacían ningún caso, estaban enfrascadas en su charla (sin duda relación de episodios), de la que de vez en cuando llegaba una frase suelta pronunciada en más alta voz («Pero eso es superfuerte», oí que decía con sincero asombro la que nos daba la espalda, la otra enseñaba sus muslos con desenfado y desde otro ángulo se le podría ver el pico de las bragas, supuse, sus superfuertes muslos morenos me hicieron pensar en Miriam, la mujer de La Habana de unos días atrás. Es decir, recordar su imagen y pensar que en otro momento debía pensar en ella. Sólo unos días atrás, quizá Guillermo, como nosotros, había regresado ya también).

—Eso es un azar, nadie sabe el orden de la muerte, podía haber sido él, como también nos puede enterrar a nosotros. Mi madre vivió bastantes años.

Custardoy hijo encendió por fin un cigarrillo y dejó el mechero sobre la mesa, renunció a la llama y aspiró de la brasa. De vez en cuando se volvía un poco para mirar a las treintañeras sentadas ante la barra y echaba el humo en su dirección, yo esperaba que no se le ocurriera levantarse y dirigirles la palabra, era algo que hacía a menudo y con gran soltura en ocasiones sin que mediara una sola mirada previa, una sola correspondida o cruzada con la mujer a la que de pronto hablaba. Era como si supiera desde el primer momento quien quería ser abordado y con qué propósito, en un local o en una fiesta o incluso en la calle, o quizá era él quien hacía surgir la disposición y el propósito. Me pregunté a quién habría abordado en mi fiesta del Casino, apenas lo vi. Me volvió a mirar a mí de frente con sus ojos desagradables a los que sin embargo estaba tan acostumbrado.

Javier Marías, Corazón tan blanco, 1992

 

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