Guerra y Paz, de Leon Tolstoi

Lev Tolstoi

Guerra y paz

“Voina i mir”. Novela publicada en 1866 y 1873

Monumental novela épica sobre la Historia y sobre la condición humana, dividida en siete partes, cuya ficción recrea y desarrolla los acontecimientos sucedidos en Europa, en Rusia especialmente, entre 1805 y 1813.

Los lugares de la narración transcurren, alternando capítulos, en dos partes: por un lado la Europa que progresiva e implacablemente va conquistando Napoleón Bonaparte, desde Ulm hasta Moscú. Por otra, los paisajes propiamente rusos: desde San Petersburgo, capital de los Zares (refugio de aristócratas, príncipes y condes que viven en el lujo y en la intrascendencia, alejados física y psicológicamente de la realidad social de su tierra y de la guerra; notables francófilos, herederos de Catalina la Grande, que se reúnen en salones de sociedad, de tertulia y baile) hasta Moscú (más activa, industriosa y comprometida, sede de debates políticos entre patriotas exaltados, pactistas y conformistas afrancesados), pasando por las villas de los ricos terratenientes del campo en Otradnoe y Lysie Gory, propiedad de amos tiránicos o idealistas que rigen el destino de cientos de campesinos, “almas” humilladas.

Los personajes también se distribuyen en dos grupos: de un lado Napoleón, sus mariscales, oficiales y soldados; de otro, los rusos, representados por tres apellidos: Bezújov y las familias Rostov y Bolkonski, cuyas vidas se van entrelazando poco a poco, desde una aparente tranquilidad hasta la guerra “patriótica” contra el Emperador de los franceses, un combate que completa el carácter de epopeya de la novela. Como un gran clásico: los ejemplos individuales trascienden hasta una visión más amplia, logrando modelos humanos universales.

Junto con la narración histórica y el retrato social, la obra reúne buen número de exposiciones reflexivas sobre la guerra, sobre la realidad de un inmenso país que debe ser reformado, sobre la intimidad humana, desentrañadas por Tolstoi con enorme detalle y sensibilidad.

Los temas de fondo: la guerra, la Historia, las relaciones humanas, la amistad, el amor, los compromisos e intereses, las desilusiones, la abnegación, los sentimientos solidarios, patrióticos, religiosos. El mundo de los nobles de las urbes y las villas frente al de los siempre callados y obedientes siervos. Todo un país levantado en armas por la defensa de su sagrado territorio y por la dignidad de su “padrecito” el Zar. El recuerdo y el cierre de un régimen, de unas costumbres que desaparecen –las heredadas del siglo XVIII- ante un pujante mundo nuevo.

La Historia, Napoleón y la guerra

El marco histórico de la novela se inicia en 1805 con la pérdida de Ulm, el sitio de Viena y las derrotas de Mack. Los oficiales del ejército ruso, aún prusianos y austríacos, se ven obligados a retirarse hasta Olmütz por culpa del empuje francés. Sólo resiste, heroicamente, el Príncipe Bragation frente al Mariscal Murat en la localidad de Schengraben.

El paso siguiente será “la batalla de los tres emperadores”, la legendaria Austerlitz, que supone una aplastante victoria gala y la desaparición del ejército austríaco. Los rusos se retiran hacia el este, dirigidos por Kutúzov. Napoleón, brillantísimo, ataca en todos los frentes.

En 1806 se sucede la Paz de Tilsit y el primer encuentro de Napoleón y el Zar Alejandro I en Erfurt, el pacto entre “el padrecito” y “el pequeño cabo”, a partir de entonces serán, si no aliados, al menos no enemigos. Tras la batalla de Friedland se reencontrarán en 1809.

Pero llega el fatídico año de 1812. Kutúzov –ya viejo, cojo, tuerto, alejado de las armas- es reintegrado al ejército imperial ruso con la categoría de Príncipe. La tensión entre Rusia y Francia es insostenible. Napoleón llega hasta el río Niemen, una frontera natural que separa ambos bandos, y lo cruza como Julio César lo hizo en el Rubicón, e invade la “sagrada tierra rusa”. El Zar Alejandro responde con unas palabras que levantarán en armas a todo su pueblo: “no habrá reconciliación hasta que en la patria rusa no quede ni un solo enemigo armado”. El embajador Balashov hace lo posible por contener al Emperador francés, pero éste, dueño de un sino imparable, con la imagen presente de Alejandro Magno, sueña con conquistar la Escitia mítica.

Al tiempo que la Gran Armée se dirige hacia el interior del inmenso territorio, Kutúzov comprende que la victoria de sus tropas la darán el tiempo y la paciencia, no las estrategias teóricas del eminente Pful; y que no hay más genio bélico que el orden, el sentido común y evitar el miedo de la masa en retirada.

El Zar reúne a los notables y poderosos de su imperio solicitándoles hombres y abastecimientos. Mientras, Napoleón ocupa Smolensk –que arderá por la táctica rusa de “tierra quemada”-, luego Vilno –antigua sede zarista- y se lanza a Borodinó. Tras plantar cara al ejército francés -que vence pírricamente perdiendo miles de hombres- Kutúzov sigue retirando a sus soldados hacia el infinito este.

Cuando el Zar se encentra refugiado en la lejana San Petersburgo, Napoleón entra finalmente en Moscú, donde no permanece más de un mes. Sus tropas toman las iglesias como caballerizas y las mansiones como sedes de los oficiales invasores. El pueblo moscovita responde heroica y clandestinamente a la “blasfemia” extranjera con una resistencia activa que se centra en la quema de edificios y actos de sabotaje… Comprende entonces el Emperador francés que lo que hasta el momento ha sido una gran victoria acabará irremisiblemente en derrota absoluta. No se internará más ni perseguirá al ejército ruso; al contrario comenzará una retirada que se convertirá una hecatombe para sus tropas, en medio del durísimo invierno. Es entonces cuando los hombres de Kutúzov atacan con paciencia y métodos de guerrillas a los que se retiran, desgastándoles poco a poco, ralentizando su huída; el frío y los cosacos consiguen el desastre del invasor. Todo acaba en 1813 cuando los aliados llegan hasta París.

Las familias:

Pierre Bezújov:

Aparece por primera vez en los salones petersburgueses de la noble Ana Pavlovna como un joven libertino, educado en París, defensor de las ideas de la Revolución francesa y de los principios y métodos de Bonaparte.

Fallecido su “padre natural”, hereda una inmensa fortuna y se hace un nombre entre los aristócratas, casándose con la mujer más bella del momento, Helene, hija del Príncipe Vasili, pero su matrimonio nunca funcionará.

Entra luego en la Masonería, al ver la necesidad de profundas reformas sociales y al cuestionar su inteligencia muchos asuntos de la mayor trascendencia humana. Este cambio le obliga a dejar la ciudad para dirigirse a sus posesiones del campo, donde intentará poner en práctica medidas avanzadas propias de su nueva doctrina: manumitir esclavos, liberar tierras, construir escuelas y hospitales, en un ansia permanente de progreso que compartirá con el Príncipe Andrei Bolkonski.

Una vez separado de su esposa, empieza a escribir un diario que trata de sus relaciones con la Logia masónica. Se enamorará después de Natasha Rostov, aunque esta se encuentre ya comprometida. Cuando Helene muere, Pierre permanecerá en Moscú, afrontando la invasión francesa que llega hasta las puertas de la ciudad. Se hará pasar por mayordomo, pero sus elegantes maneras y sus botas altas de noble le delatan. Es detenido y obligado a contemplar los fusilamientos de muchos compatriotas suyos, defensores moscovitas. En el último momento un oficial francés le reconoce y Pierre logra escapar de las garras del cruel General Davout. Rescatado por los suyos, se casará finalmente con Natasha.

Los Rostov:

Se trata de una familia tradicional y laboriosa cuya vida transcurre entre la sosegada vida de su hogar y las penurias e inquietudes de la guerra, a caballo entr
e Moscú y sus tierras de Otradnoe donde acuden para paliar gastos excesivos.

Está formada por los padres, el Conde y su esposa, y cuatro hijos: Natasha (la más romántica e idealista, que tiene enamoramientos inmediatos y aspiraciones sentimentales fugaces, desde los que tenía siendo niña hasta los más aventurados en su juventud), Petia (uno de los pequeños, que el final de la novela participará en el ejército), Vera, la mayor, casada y Nikolai (teniente de Húsares de Caballería, que será herido en el combate de Schengraben. En los tiempos de paz tiene deudas de juego que casi arruinan a su padre. Amigo del Príncipe Alexei, tras unos años de permiso, volverá a las armas contra la invasión napoleónica, participando en la larga campaña hasta llegar a París. Se casa finalmente con María Bolkonski.

Los Bolkonski:

En las tierras de Lysie Gory se encuentra la residencia del General retirado Nikolai Bolkonski y sus dos hijos.

Nikolai es un hombre duro con los más próximos y con sus siervos, veterano de mil batallas y experto interesado en la campaña de Napoleón. Tiene con su hija María una relación compleja, radical, brutal en ocasiones, desdeñosa. Su vida dura, como un símbolo de la tragedia, hasta el momento mismo en que los soldados franceses pisan el “sagrado” suelo de Rusia.

María Bolkonski es una mujer sin hermosura física pero con una altura moral soberbia. Adora a su padre, de quien no recibe más que reproches y padecimientos. Comprometida por intereses paternos a algunos hombres, ofrece su vida entera a la devoción religiosa y al cuidado del General. Comenzada la “guerra patriótica” sufre la destrucción de su casa, huye en busca de refugio y, finalmente, se casa con el valiente Nikolai Rostov.

El Príncipe Andrei, heredero del linaje paterno, es un militar que forma parte del Estado Mayor de Kutúzov, y combate valientemente en Schengraben. Casado, su esposa muere tras el parto. Lucha también en Austerlitz (nefasto día de neblina, proyectiles y muertos) donde recoge con heroísmo una bandera caída. Tras un breve permiso abandona el ejército y transforma su ímpetu bélico en un afán benefactor por los demás, entrando en la Masonería, como Pierre. Mantiene relaciones de amistad y milicia con Nikolai Rostov y se compromete durante un año con su hermana Natasha. Se reincorpora al ejército ruso de Kutúzov en Turquía y regresa al combate en su tierra rusa, siendo herido gravemente en Moscú. Tras restablecerse, vuelve a la lucha y llega hasta París.

Desde el mediodía del 19 en las altas esferas del ejército comenzó un intenso, ajetreado y animado movimiento que continuó hasta la mañana del día siguiente el 20 de noviembre, en el que tuvo lugar la tan memorable batalla da Austerlitz. Al principio el movimiento (animadas conversaciones, carreras, el envío de ayudantes de campo), se limitó al cuartel general de los emperadores, después, hacia la tarde, este movimiento se trasladó al cuartel general de Kutúzov y desde allí se distribuyó por todas las partes y todos los rincones del ejército y en las tinieblas de la noche de noviembre se elevó de los campamentos el zumbido de las conversaciones, se escucharon órdenes y en la oscuridad empezó a agitarse, comunicando y transmitiendo el movimiento, como un gigantesco lienzo de diez verstas compuesto de ochenta mil soldados. Y esas masas del ejército se movían y actuaban durante el memorable día 20 a causa de un impulso dado a las cuatro de la tarde de la víspera por el movimiento concentrado del cuartel general de los emperadores. Este movimiento, que había dado el impulso para todo lo subsiguiente, era similar al primer desplazamiento de la rueda central de un gran reloj de torre. Una rueda se movió lentamente, otra la siguió y una tercera, y más y más rápido se pusieron a moverse más y más ruedas, pesos, piñones y ejes, las campanas y las campanillas, el carillón comenzó a sonar y surgieron las figuritas. Las horas pasan, el reloj da la hora y lenta, regularmente, avanzan las agujas mostrando el resultado del movimiento. Sucede igual que en los relojes, igual que en ese incontenible movimiento fatídico y con la misma independencia de la primera causa del desplazamiento de la rueda central, cuando ya se ha dado el primer impulso. De igual modo, la rueda que se encuentra al lado permanece indiferente, silenciosa, e inmóvil hasta el momento en el que se le transmite el movimiento y lo sigue a su vez dócilmente, tan pronto como le llega, silbando en los ejes y encajando los dientes, los bloques suenan rodando con rapidez vertiginosa y la rueda que está al lado, igualmente tranquila e inmóvil, como si estuviera preparada para pasar cien años en esa misma inmovilidad, le llega el momento, se acciona un palanca y obedeciendo al movimiento, rechina, se pone a dar vueltas y se une a la operación… Así el resultado de todos los complejos movimientos humanos de esos 160.000 rusos y franceses, todos los anhelos, deseos, arrepentimientos, humillaciones, satisfacciones, sufrimientos, temores y pasiones de estas personas fue la pérdida de la batalla de Austerlitz, llamada la batalla de los tres emperadores, lo que equivale a un lento avance de la aguja de la historia universal en la esfera de la historia de la humanidad.

Tercera parte, capítulo VI

Los historiadores que describen acontecimientos históricos dicen que esos acontecimientos suceden por el deseo de una persona: César, Napoleón, Bismarck, etc. Aunque decir que en Rusia murieron cien mil personas matándose los unos a los otros porque así lo quisieron una o dos personas, es tan absurdo como decir que una montaña minada de un millón de puds se cae porque el último trabajador la golpea con la pala. Napoleón no llevó Europa a Rusia, pero los ciudadanos de Europa lo llevaron consigo forzándoles a gobernarles. Para convencerse de esto solo hace falta pensar que se le atribuye a ese hombre el poder de obligar a cien mil personas a matarse los unos a los otros y morir.

Es cierto que existe una ley humana zoológica similar a la ley zoológica de las abejas que las obliga a matarse las una a las otras y a los machos a matarse los unos a los otros e incluso la historia confirma la existencia de esa ley; pero que un solo hombre ordene a millones que se maten los unos a los otros no tiene sentido porque es incomprensible e imposible. ¿Por qué no decimos que Atila guió sus huestes, sino que entendemos que las naciones fueron del este al oeste? Pero en la historia moderna ya no queremos entender eso. Nos sigue pareciendo que los prusianos vencieron a los austríacos porque Bismarck fue muy fino y astuto, cuando toda la astucia de Bismarck solamente se camuflaba bajo un acontecimiento histórico que había de suceder irremisiblemente.

Ese engaño nuestro procede de dos causas: la primera de la capacidad psicológica de falsificar por adelantado las causas intelectuales para algo que sucede inevitablemente, lo mismo que tomamos por una visión del futuro algo sucedido en el instante de despertarse y la segunda ley de la coincidencia de innumerable causas en cada acontecimiento casual, la misma ley por la que cada mosca puede considerarse con justicia como el centro y sus necesidades como la finalidad de todo el universo… Un argumento irrebatible contra ellos es el de que ahora yo puedo alzar o no la mano. Puedo seguir escribiendo y detenerme, Eso es indudable. ¿Pero acaso puedo yo saber en el mar lo que digo, puedo saber en la guerra lo que hago, puedo en un conflicto con cualquier otra persona, en una acción donde el sujeto de mi acción no soy en absoluto yo mismo, acaso puedo saber lo que hago? No, no puedo. Allí actúo por las leyes humanas instintivas y espontáneas. Y cuanto más poder se tiene, cuanto mayores son los vínculos con otras personas, menor libertad. No se actúa por uno mismo, como lo hacen los maestros, artistas o pensadores que son libres, sino como el coronel, el zar, el ministro, el esposo o el padre que no son libres, se está s
ujeto a las leyes instintivas y sometiéndose a ellas con ayuda de la imaginación inconscientemente fingen su libertad y de una innumerable cantidad de causas convergentes de cada fenómeno accidental eligen aquellas que les parece que justifican su libertad. En esto consiste todo el malentendido. El emperador Napoleón, a pesar de que a él le pareciera ahora más que nunca, que dependía de él derramar o no derramar la sangre de su pueblo, nunca más que entonces había seguido esas desconocidas leyes que le obligaban (suponiendo que él actuara por su propia voluntad) a hacer aquello que había de suceder. No podía detenerse, no podía actuar de otro modo. Una innumerable cantidad de causas históricas le empujaban hacia aquello que debía suceder y él era su rostro visible, él, como un caballo enganchado a la rueda de un molino pensaba que avanzaba por sus propios intereses, moviendo el mecanismo ajustado a la rueda del caballo. Los ejércitos, reunidos y agrupados en un centro, habían sido reunidos por causas accidentales y espontáneas. Esa fuerza necesitaba actuar. El primer pretexto que se presentaba de forma natural era Rusia…

En los acontecimientos históricos las grandes personalidades son las etiquetas que dan denominación al acontecimiento, pero son los que, al igual que las etiquetas, tienen una menor relación con el acontecimiento.

Sexta parte, capítulo III

Los tambores empezaron a redoblar e hicieron caminar a los rusos de frente.

Pierre los examinó a todos. Para él, para un ruso, todos tenían un significado: ahora, por los rostros y los cuerpos, reconoció de quiénes se trataba. Había dos personas de los que desde la infancia suscitaban el terror de Pierre: eran dos presidiarios rasurados; uno alto y delgado, y otro moreno, velludo, musculoso y de nariz chata. El tercero era un obrero industrial, delgado y pálido, de unos dieciocho años, vestido con una bata. El cuarto era un mujik muy apuesto, con barba cerrada de color castaño claro y ojos negros. Y el quinto, bien un funcionario, bien un siervo; tendría unos cuarenta y cinco años, el pelo cano y un cuerpo grueso y bien cebado.

Pierre escuchó que los franceses deliberaban cómo fusilarles; no podía ser de dos en dos, y se lamentaron de que fueran impares. A pesar de ello, comprobó que les resultaba muy desagradable cumplir la orden, preocupándose solamente de cómo terminar el asunto deprisa. Al final decidieron que de dos en dos. Agarraron a dos galeotes y les condujeron a un poste. Un funcionario francés con bufanda se aproximó al poste y dio lectura a la sentencia en francés y en ruso. Los galeotes miraron a su alrededor en silencio con los ojos enardecidos, como mira una fiera abatida ante el cazador que se le acerca. Uno no hacía más que santiguarse, otro se rascaba la espalda y puso sus fuertes y ásperas manos delante, ante su vientre. Finalmente el funcionario se apartó, se comenzó a vendarles los ojos y aparecieron los fusileros: doce soldados. Pierre se giró para no verlo. Pero los disparos le parecieron tan horriblemente ruidosos que le hicieron volverse. Había humo y los franceses hacían algo en el foso con la cara pálida y las manos temblorosas. Después, del mismo modo, acercaron a otros dos, quienes miraron a todos por igual en vano, callados y pidiendo protección, evidentemente sin comprender ni creer lo que iba a ocurrir. No podían creerlo. Ellos, sólo ellos, sabían qué había significado su vida, y por eso no comprendían y no creían que pudieran quitársela. Pierre decidió otra vez no mirar, pero de nuevo, como si de una horrible explosión se tratase, los disparos le obligaron a hacerlo. Vio lo mismo: humo, sangre, caras pálidas, asustadas y manos temblorosas. Pierre se volvió respirando con dificultad, y su agitación se agravó aún más al detectar sin excepción en las caras de los usos y soldados y oficiales franceses de su alrededor un temor, un horror y una lucha más fuertes que las de su propio rostro…

Mandaron al quinto, el obrero industrial con bata. Acababan de ponerle las manos encima cuando, horrorizado, dio un brinco hacia atrás y comenzó a dar gritos salvajes. Le asieron de las manos y se calló de repente. Fue como si de súbito hubiera comprendido algo; o bien que sus gritos eran en vano, o bien lo que le decía el miedo que se había apoderado de él: que era imposible que le mataran. Caminó como los otros, como una fiera abatida mirando en derredor con los ojos brillantes. Pierre ya no puedo volverse y cerrar los ojos. La curiosidad y agitación de Pierre y de toda la multitud llegó a su grado máximo ante este quinto asesinato. Como los otros, también este quinto reo parecía tranquilo, portando en su mano el gorro, arrebujándose la bata, y caminando a pasos iguales. Únicamente miraba, preguntando. Él mismo se ajustó el nudo en la nuca cuando empezaron a vendarle los ojos –por lo visto le molestaba- y después, cuando le arrimaron al ensangrentado poste, se desplomó…

-Séptima parte, capítulo XVIII

Barcelona, Mondadori, 2004

Para contactar con el autor escribir a jojem@irabia.org

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