Francisco Casavella. El día del Watusi. El idioma imposible. Fragmento

El libro del que se extrae este fragmento forma parte de la trilogía “El día del Watusi” y constituye la cima de la narrativa del autor. La novela se ambienta en los últimos años del franquismo, 1971, y llega hasta 1995. Se construye a partir de un informe que Francisco Atienza ha de elaborar sobre la ciudad donde vive. A partir de este hecho recorreremos todos los ambientes de la ciudad paradójica y se nos ofrecerá una visión demoledora de esta época tan sobrevalorada.

El día del watusi. El idioma imposible. Fragmento.

Porque todo el mundo vivía pendiente de ese día mágico, el de la proclamación olímpica. Ni Toni Tortosa, ni mi madre, ni el comercio, ni los arquitectos, ni los constructores, ni los antiguos rebeldes, ni los nuevos sátrapas, ni los miserables, nadie iba a quedar al margen de la nueva prosperidad. Y ese día llegó en el otoño del 86, el antiguo falangista gritó «¡Barsalona!» y los periódicos salieron a la calle en edición especial con una euforia informativa inédita desde la guerra de Cuba. Entre bocinazos y cohetes, una sinfonía concreta de júbilo civil, me acerqué con Toni Tortosa y dos amigas suyas a la montaña de mi infancia para ver si nos colábamos en una fiesta donde mi jefe podría demostrar por fin la influencia de la que había alardeado al anunciarse como pionero de la publicidad moderna, del diseño moderno, de la fotografía moderna, del cine moderno, de la música moderna y, cómo no, de la moda moderna. Sin embargo, una vez allí, ese prestigio se desvaneció en miradas de superioridad y vaga tolerancia dirigidas a su persona, cuando no en muecas que traían sedimento de resaca y antigua flaqueza. No nos dejaron entrar en la dichosa fiesta, claro. Sin embargo, estupefacto ante la parranda pública, las voces y los saltos de la misma multitud que hacía nada eran retórica de motín ante el referéndum de la OTAN, y ahora, y quizá siempre, sólo lealtad a la muchedumbre, a no ser nadie, aquel viernes de octubre, bajo bóvedas de pirotecnia, frente a los aros olímpicos encendidos, todos mis años irrumpieron como oleadas de calor entre aquellos benditos y recordé que hubo un tiempo en que me poseía la sensación de que la Historia caminaba conmigo, de que la ciudad, o el país, o el Estado, tenían mi edad. Ahora ese sentimiento me abandonaba, y la separación se hizo molesta cuando entendí que esa quiebra se había llevado a cabo en la plaza Real. Había vuelto por fin del otro lado del espejo, pero todo me seguía pareciendo absurdo. Y áspero, además. A partir de esa jarana quise recomponer mi espíritu para la defensa o el ataque, instruirme sobre lo que de verdad había pasado con el mundo mientras me dedicaba a cantar con muertos en el idioma imposible. La gente, ante el dilema que ofrecía la propaganda de contar votos manipulados, o de cortar cabezas o, como mínimo, libretas de ahorro, elegía sin duda lo primero; que lo posible se hiciera probable y acabase en lo inevitable. Era nítida la preferencia de ser ciudadano ciego en un país imbécil en lugar de posible mártir o mendigo en un país dramático. De ahí deducía que la defensa y el ataque, los márgenes de la supervivencia, pasaban por olvidarme con sencillez de la existencia de un espíritu.

Estaba preparado para hacer lo mismo que los demás. Por lo tanto, no hay superioridad moral cuando uno ve en una pantalla gigante bajo fuentes monumentales un vídeo filisteo de una ciudad ideal entre la suelta de globos y palomas, y ejecutivos de medio pelo y pelo entero agitan catálogos y presupuestos como si fueran también la bandera estrellada de la patria invisible, y otros negociantes se agachan a coger los tickets de consumición de un frankfurt para engrosar las futuras cuentas de gastos abiertas ya como agujeros de carcoma en las empresas asociadas a la Empresa Superior, las olimpiadas, un destino colectivo entre saltos nada gimnásticos de la masa para una ciudad que ni siquiera acaba de redondear sobre su pasado una mentira coherente.

Y en otras fiestas, para las que no hacía falta invitación rigurosa, descubro a antiguos pobladores de la plaza Real con el pelo más corto, con traje, camisas y corbatas de marca que muy pronto van a formar parte de mi vocabulario sin el ingenuo aire de leyenda, ni ese aislamiento de la Idea, de lo Bello, de lo Inefable, con que Elsa las pronunciaba. Aquellos progres, de haberme visto sólo un año antes, hubieran negado cualquier conocimiento de mi persona; pero ahora, después de alzar una ceja inmediata al descubrirme, la otra no duda en acompañarle hasta la calva incipiente con un ascenso más lento de reconocimiento. ¿Picassín está vivo? Y no sólo eso. ¿Picassín ya no pasa anfetas? ¿Picassín se lo ha montado? ¡Hola, Picassín! Toma mi mano saludadora. Pero no te acerques mucho si tienes aún la manía de la verborrea y de la falta de sobriedad con que acompañabas el elogio de lo que no habías hecho del modo más absurdo que pueda imaginar mi decente y racional educación. Alardes de tu Nada. Si esa Nada es aún tu industria y estás aquí, entre los escogidos, por mera casualidad o un descuido del portero, aléjate.

Francisco Casavella. El día del Watusi. El idioma imposible, 2003

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