Nicolás Fernández de Moratín. Fiesta de toros en Madrid.

La figura del Cid es una constante a lo largo de la literatura. En esta ocasión Moratín narra una supuesta hazaña del héroe. Podemos observar que no hay un desprecio total de la poesía barroca y de hecho en este poema en quintillas imita el estilo de Lope de Vega.

Madrid, castillo famoso
que al rey moro alivia el miedo,
arde en fiestas en su coso,
por ser el natal dichoso
de Alimenón de Toledo.

Su bravo alcaide Aliatar,
de la hermosa Zaida amante,
las ordena celebrar,
por si le puede ablandar
el corazón de diamante.

La plaza donde se va a celebrar la corrida se llena de gente y allí Zaida ocupa un lujoso mirador.

No las vegas de Jarama
pacieron la verde grama
nunca animales tan fieros,
junto al puente que se llama,
por sus peces, de Viveros,

como los que el vulgo vio
ser lidiados aquel día,
y en la fiesta que gozó,
la popular alegría
muchas heridas costó.

Uno de los toros es especialmente fiero y nadie, ni siquiera Aliatar, se atreve a salir para torearlo.
Nadie se atreve a salir;
la plebe grita indignada;
las damas se quieren ir,
porque la fiesta empezada
no puede ya proseguir.

De repente un apuesto caballero cristiano aparece y pide permiso para torear. Zaida se lo concede pero esto irrita a Aliatar.
Dio la vuelta alrededor;
los ojos que le veían
lleva prendados de amor.
«Alá te salve», decían,
«déte el Profeta favor».

Una esclava cristiana ha reconocido al Cid que ya está enfrentándose al toro que mientras tanto…
La cola inquieto menea,
la diestra oreja mosquea,
vase retirando atrás,
para que la fuerza sea
mayor, y el ímpetu más.

El Cid logra matar el toro y le arranca un lazo que llevaba al cuello para ofrecérselo a Zaida. Le dice…
– Si no os dignásedes ser
con él benigna, advertid
que a mí me basta saber
que no le debo ofrecer
a otra persona en Madrid».

Ella lo acepta pero Aliatar indignado…
Y en ronca voz, -“Castellano”,
le dice, “con más decoros
suelo yo dar de mi mano
si no penachos de toros,
las cabezas del cristiano.

Y si vinieras de guerra
cual vienes de fiesta y gala,
vieras que en toda la tierra,
al valor que dentro encierra
Madrid, ninguno se iguala”.

El Cid y Aliatar van a combatir pero aparecen las tropas de Rodrigo que acuden en su ayuda pensando que tiene dificultades.
Y si no vieran salir
por la puerta a su señor
y a Zaida a le despedir,
iban con fuerza a embestir,
tal era ya su furor.

El alcaide, recelando
que en Madrid tenga partido,
se templó disimulando,
y por el parque florido
salió con él razonando.

Y es fama que a la bajada
juró por la cruz el Cid
de su vencedora espada,
de no quitar la celada
hasta que gane a Madrid

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