Feijoo. Duendes y espíritus familiares.

Este fragmento del Teatro crítico universal de Feijoo pertenece a una carta en la que combate la creencia en los duendes, algo increíble desde nuestra perspectiva pero habitual en el siglo XVIII español.

Nuestro famoso Abad Juan Tritemio en la Crónica del Monasterio Hirsaugiense, cuenta que hubo en el Obispado de Hildesheim, en Sajonia, un Duende celebérrimo, llamado Hudequin. Era conocido de toda la comarca, porque frecuentemente se aparecía, ya a unos, ya a otros en traje de paisano, y otras veces hablaba, y conversaba sin que le viesen; mas su residencia principal era en la cocina del Obispo de aquella Diócesis, donde hacía con muy buena gracia todos los servicios que le encargaban, y se mostraba siempre muy oficioso con los que le trataban con agrado; pero vengativo, cruel, implacable con los que le ofendían. Sucedió que un día un muchacho de los que servían en la cocina le dijo muchas injurias. Quejóse Hudequin del agravio al jefe de cocina para que le diese satisfacción. Viendo que no se hacía caso de su queja, mató al muchacho que le había injuriado, y dividiendo su cuerpo en trozos, los asó al fuego, y esparció por la cocina. Ni aun se satisfizo con esta crueldad su saña. Cuanto había servido antes a los oficiales de la cocina, tanto los molestaba después, y no sólo a estos, pero a otros muchos del palacio episcopal, y de la ciudad; de modo que parecía que aquella ofensa le había mudado enteramente la índole.
El chiste más gracioso que Tritemio refiere de este duende es que un Caballero, cuya consorte era sobradamente libre, estando para hacer una ausencia algo larga de su casa, le dijo a Hudequin, chanceando, que le guardase a su mujer entre tanto que volvía. No lo tomó de chanza Hudequin, antes seriamente respondió que sería fiel custodia suya; y así que fuese sin miedo de padecer, por la fragilidad de su mujer, la menor ofensa. Como lo ofreció lo ejecutó. Acudían algunos mozos libres a la casa de la señora; pero Hudequin, atravesado en la escalera, o en la puerta, a golpes los hacía retirar a todos; de modo que ninguno logró la entrada. Vuelto el caballero de su viaje, y encontrando a Hudequin, le aseguró éste de la puntualidad con que le había servido; pero quejándose del mucho trabajo que le había costado le añadió, que otra vez que emprendiese algún viaje no tenía que hacerle aquel encargo: porque (decía) antes guardaré cuantos puercos hay en Sajonia, que cargarme de guardar otra vez a tu mujer.
Tritemio, según el tiempo, al cual adscribe este suceso, fue posterior a él más de trescientos y cincuenta años, y así no hay razón para considerarle fiador de su verdad. Por otra parte sus circunstancias le hacen increíble. Un demonio, tan fiel servidor de sus amigos, aun cuando le mandan cosas, no solo lícitas, sino positivamente honestas, cual lo es impedir las desenvolturas de una mujer casada, estorbando el acceso a sus galanes, es una quimera. Bien puede ser que el demonio estorbe algún pecado externo, cuando lo mira como medio para lograr después la ejecución de otros mayores; pero no hubo efecto alguno que acreditase en Hudequin este designio.
Lo mismo digo de todos los demás duendes, los cuales, según las historias que se refieren de ellos, generalmente se nos pintan muy ajenos de aquella malignidad suma, y ardiente deseo de nuestra perdición, propio del demonio.

Teatro crítico universal, Feijoo, 1726-1740

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