Estilo indirecto libre y narrador omnisciente.

En este fragmento de La Regenta observamos tanto el concepto de narrador omnisciente como la técnica del estilo indirecto libre. En las primeras oraciones, que no he puesto en cursiva, vemos que el autor es capaz de saber los pensamientos del personaje y utiliza verbos de pensamiento. Es un autor omnisciente que sabe todo de su personaje.

En el fragmento que he puesto en cursiva, por el contrario, vemos la técnica del estilo indirecto libre: ya no se utilizan ni verbos de pensamiento ni de habla para introducir la voz del personaje; no suele haber marcas que diferencien la voz del narrador de la del personaje (en este caso figuran las comillas pero no son necesarias) y además las palabras del personaje tienen entonación propia y se presentan como oraciones independientes de las del narrador.

En ambos casos (narrador omnisciente y estilo indirecto libre) se utiliza la 3ª persona del singular.

La Regenta. Fragmento.

“El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprimía su frente parecía un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y pensaba además que su madre al meterle por la cabeza una sotana le había hecho tan desgraciado, tan miserable, que él era en el mundo lo único digno de lástima. La idea vulgar, falsa y grosera de comparar al clérigo con el eunuco se le fue metiendo también por el cerebro con la humedad del cristal helado. « Sí, él era como un eunuco enamorado, un objeto digno de risa, una cosa repugnante de puro ridícula… Su mujer, la Regenta, que era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro, ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su mujer, su esposa, su humilde esposa… le había engañado, le había deshonrado, como otra mujer cualquiera; y él, que tenía sed de sangre, ansias de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos, seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de reducirle a cachos, a polvo, a viento; él, atado por los pies con un trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado de anafrodita, él tenía que callar, morderse la lengua, las manos, el alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le escupía en la cara porque él tenía las manos atadas… ¿Quién le tenía sujeto? El mundo entero… Veinte siglos de religión, millones de espíritus ciegos, perezosos, que no veían el absurdo porque no les dolía a ellos, que llamaban grandeza, abnegación, virtud a lo que era suplicio injusto, bárbaro, necio, y sobre todo cruel… cruel… Cientos de papas, docenas de concilios, miles de pueblos, millones de piedras de catedrales y cruces y conventos… toda la historia, toda la civilización, un mundo de plomo, yacían sobre él, sobre sus brazos, sobre sus piernas, eran sus grilletes… Ana, que le había consagrado el alma, una fidelidad de un amor sobrehumano, le engañaba como a un marido idiota, carnal y grosero… ¡Le dejaba para entregarse a un miserable lechuguino, a un fatuo, a un elegante de similor, a un hombre de yeso… a una estatua hueca…! Y ni siquiera lástima le podía tener el mundo, ni su madre que creía adorarle, podía darle consuelo, el consuelo de sus brazos y sus lágrimas… Si él se estuviera muriendo, su madre estaría a sus pies mesándose el cabello, llorando desesperada; y para aquello, que era mucho peor que morirse, mucho peor que condenarse… su madre no tenía llanto, abrazos, desesperación, ni miradas siquiera… Él no podía hablar, ella no podía adivinar, no debía… No había más que un deber supremo, el disimulo; silencio… ¡ni una queja, ni un movimiento! Quería correr, buscar a los traidores, matarlos… ¿sí?, pues silencio… ni una mano había que mover, ni un pie fuera de casa… Dentro de un rato sí, ¡a coro, a coro! ¡Tal vez a decir misa… a recibir a Dios! » El Provisor sintió una carcajada de Lucifer dentro del cuerpo; sí, el diablo se le había reído en las entrañas… ¡y aquella risa profunda, que tenía raíces en el vientre, en el pecho, le sofocaba… y le asfixiaba…!

Opina

*

Optimization WordPress Plugins & Solutions by W3 EDGE