El proceso. Kafka

Lo inverosímil en la vida cotidiana, lo siniestro como algo doméstico. Este es el mundo que Kafka presenta en esta novela, una obra que reúne lo simbólico —surrealista en varias ocasiones- con lo ambiguo

 El proceso

Der Process “. Novela escrita en 1915 y publicada en 1925.

Lo inverosímil en la vida cotidiana, lo siniestro como algo doméstico. Este es el mundo que Kafka presenta en esta novela, una obra que reúne lo simbólico —surrealista en varias ocasiones- con lo ambiguo, como una profecía de los nuevos y complejos tiempos del comienzo del siglo XX. Preguntas inquietantes, pesadillas, angustia e impotencia de un hombre que no logra comprender su existencia, que se hunde en el absurdo, la frustración y la asfixia.

Una novela oscura, escrita con una preciosa claridad expresiva; un mundo claustrofóbico narrado con enorme transparencia aunque, a su vez, presenta un laberinto, un desequilibro, que abre una puerta hacia un dónde que parece impenetrable. Kafka nos presenta la entrada a la duda, pero no la salida.

Joseph K., apoderado de un banco, es detenido una mañana en la casa de huéspedes donde se aloja. Se trata de un hombre soltero, de unos treinta años, tiene un buen puesto de trabajo (sólo de rango inferior al de su celoso director adjunto) para el que dedica casi todos su tiempo. Socialmente, apenas si tiene unas escasas relaciones esporádicas. En su vida cotidiana, desde luego, no parece haber motivo alguno para una detención. Quizás alguien le ha delatado, pero ¿quién?, ¿por qué?, ¿sobre qué?

Le informan de la detención dos hombres de negro, dos lacayos enviados por la ley y por los tribunales de justicia; dos sujetos siniestros que permanecen a su lado, se toman el desayuno de K., desordenan el cuarto de una compañera de hospedaje… Detención, además, que no le conduce a cárcel ninguna ni le deja citación ni acusación alguna. De hecho, aparentemente K. puede seguir su vida normal. Crece la sorpresa cuando llega un inspector que tampoco le aclara nada; incluso se encuentran en su vivienda – ¿quién los ha llevado?, ¿qué hacen allí?- a unos compañeros del banco, que le aguardan para seguirle hasta el habitual lugar de trabajo.

Cuando los representante de la ley abandonan la vivienda, K. intenta obtener información de dos mujeres de la casa: la señora Grubach y la señorita Bürstner, una joven vecina que suele llegar tarde por las noches; pero ninguna de la dos le anticipa indicio suficiente de lo que sucede.

Una llamada telefónica advierte a K. de que tiene próxima una cita con el tribunal que lleva su caso, pero no se le concreta la sede oficial. ¿Cómo, entonces, va a encontrar el lugar de citación? Sus pasos le llevan hasta un bloque de edificios, mísero y sombrío, habitado por decenas de familias hacinadas. K. sube cada piso buscando en cualquiera de las viviendas una sala de justicia, un lugar aparentemente imposible en semejante lugar. Llama de puerta en puerta excusando que busca a un carpintero hasta que una mujer le reclama y recibe. . En el interior de su vivienda hay una sorprendente sala llena de personas repartidas en dos bandos, junto con supuestos abogados y jueces. Es la casa de un ujier del tribunal. K ha encontrado el lugar de citación para declarar sobre “su caso”; se defiende con palabras airadas y luego se marcha.

Tiempo después volverá al mismo sitio y lo encontrará incomprensiblemente vacío. Sobre la mesa que le separaba del juez, hallará un libro que él creía era la Ley y no es otra cosa que vulgar pornografia. Además, la mujer que allí vive, esposa del ujier, que se encuentra acosada por un estudiante, se ofrecerá a K. (Por entonces, cualquiera que se topa con K. sabe o intuye que el apoderado ha sido “detenido”, como si fuera algo normal). El mismísimo ujier aconseja a K. sobre la realidad de los tribunales. El remate, casi onírico, es la existencia en la vivienda de un cuartucho que esconde a un “flagelador” que castiga a unos inculpados.

K. ya ha comprobado que no existe la inocencia en parte alguna, que sólo importa la expiación de la culpabilidad, sea uno consciente de ella o no. Teme la posibilidad, terrible, de que lo mejor que le puede pasar a un hombre es un proceso, por mucha arbitrariedad que haya comprobado hasta el momento.

Pasados unos días, visita a K. un tío suyo, que sabe de la detención y teme perjudique la reputación familiar. Este a su vez le lleva a un experto abogado (no uno de esos “picapleitos” descritos con desprecio) que se encuentra enfermo en su casa, atendido por una joven —también amante- llamada Leni, mujer que también se entregará a K. Este abogado, sin embargo, no parece servir a Ley alguna sino que se dedica a valerse de sus influencias, en mayor o menor medida según los casos, para cruzar como un superviviente entre las infinitas instancias y complejos niveles que encierra el laberinto de la justicia. Hace entender a K. -que desconfía pronto de él- que le ha caído todo el peso de la administración, con toda su fuerza y complejidad.

En su despacho se halla también un fabricante que lleva mucho tiempo pleiteando, quien a su vez le conduce a otro personaje pintoresco y misterioso, el pintor Titorelli: un hombre que pinta paisajes de Las Landas, casi todos iguales (K. acabará comprándole tres muy semejantes), aunque su oficio real es el de retratista de jueces, siguiendo una herencia familiar. Está visto que, en este mundo de Dédalo, cualquiera tiene que ver, de una manera o de otra, con la administración de justicia; de hecho parece que el mundo entero que rodea al “detenido” no es sino un inmenso proceso. El pintor aconseja a K. sobre su situación y sus opciones (hasta el momento, nunca nadie la ha dado razón sobre el origen de la denuncia y del proceso) apuntando tres posibles salidas a la confusa situación: la primera, una absolución auténtica —cosa prácticamente imposible y, además, inútil, pues luego puede producirse otra detención más, y otro proceso…-; la segunda, una absolución aparente, y la tercera un aplazamiento indefinido. El pintor, también con influencias, puede recomendar a K. para alguna de las tres, pero será el “procesado” quien deba elegir.

Poco después K. coincide con el comerciante Block, habitual del anterior abogado y quizás también amante de Leni, un hombre que tiene contratados a la vez a varios “picapleitos” para que sigan su caso en cualquier instancia necesaria. La cosa es ya desquiciante, y cada vez produce más inquietud. Si no había causa, ahora ya no se intuye la conclusión por ninguna parte. Todo parece tan absurdo y tan posible… K. decide despedir a quien iba a ser su abogado y romper con cuantos ha conocido que tengan que ver con los tribunales. Se defenderá él mismo (¿ante quién, de qué, por qué?).

Acude a una catedral, donde se ha citado con un cliente italiano aficionado al arte (dicen en el banco que K. sabe algo de esta disciplina). En el templo hay luz y sombras que esconden a un hombre extraño. De repente un sacerdote le grita desde el púlpito: “¡K.!”. ¿Acaso le conoce? Este hombre de Dios sabe de su detención y habla con él sobre el proceso, y muy especialmente sobre la culpa (citándole, ad hoc, una historia bíblica sobre un guardián de la Ley).

Acaba el relato cuando nuevamente aparecen en casa de K. dos hombres de negro, con barbas y sombreros de copa. Le sacan rápidamente del hogar, ya preso, y le conducen lejos, sin contemplaciones, sin palabras, sin motivos. Le dejan bajo una pared de piedra; uno de ellos saca un cuchillo y se lo clava a K. en el corazón, “como un perro”, “como si la vergüenza debiera sobrevivirlo”.

Textos

Alguien debía de haber calumniado a Joseph K.., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana. La cocinera de la señora Grubach, su patrona, que todos los días le llevaba el desayuno hacia las ocho, no vino aquella vez. Eso no había ocurrido nunca. K. aguardó todavía un rato, mirando desde la almohada a la anciana que vivía enfrente y que lo observaba con una curiosidad totalmente inusitada en ella, pero luego, extrañado y hambriento a un tiempo, tocó la campanilla. Inmediatamente llamaron a la puerta y entró un hombre que nunca había visto en aquella casa. Era delgado pero de complexión robusta, y llevaba un traje negro ajustado que, como las prendas de viaje, estaba provisto de diversos pliegues, bolsillos, hebillas y botones, y de un cinturón, y en consecuencia, sin que se supiera muy bien para qué servía, parecía muy práctico. “¿Quién es usted?”, preguntó K., incorporándose a medias en el lecho. El hombre, sin embargo, hizo caso omiso de la pregunta, como si fuera inevitable aceptar su presencia, y se limitó a preguntar a su vez: “¿Ha llamado?”, “Que Anna me traiga el desayuno”, dijo K., y trató se averiguar, en un principio en silencio, atenta y reflexivamente, quién era en realidad aquel hombre. El hombre, sin embargo, no permaneció mucho tiempo a su vista, sino que se volvió hacia la puerta, que entreabrió un poco para decir a alguien, que evidentemente estaba detrás: “Quiere que Anna le traiga el desayuno”. Siguió una breve carcajada en la habitación de al lado: no era seguro, a juzgar por el sonido, que no hubieran participado en ella varias personas. Aunque era imposible que el desconocido hubiera sabido de esa forma más de lo que ya sabía, dijo a K., como si estuviera notificándole algo: “Eso es imposible”. “Pues sería una novedad”, dijo K., saltando de la cama Y poniéndose aprisa los pantalones. “Quiero ver quién está en la habitación de al lado y cómo me responde la señora Grubach de estas molestias”. Se le ocurrió enseguida que no hubiera debido decir aquello en voz alta ya que, hasta cierto punto, reconocía así al desconocido un derecho a vigilarle, pero esto no le pareció importante entonces. En cualquier caso, así lo entendió el desconocido, porque dijo: “¿No prefiere quedarse aquí?”, “No quiero quedarme aquí ni que usted me dirija la palabra mientras no me haya sido presentado”. “Mi intención era buena”, dijo el desconocido, abriendo espontáneamente la puerta. En la habitación contigua, en la que K. entró más despacio de lo que hubiera querido, todo parecía a primera vista casi igual que la noche anterior. Era el cuarto de estar de la señora Grubach y, en aquella habitación repleta de muebles, tapetes, porcelanas y fotografías, tal vez había aquel día algo más de espacio que normalmente; no se notaba enseguida, y menos aún porque el cambio principal consistía en la presencia de un hombre sentado junto a la ventana abierta, con un libro del que, en aquel momento levantó la vista. “¡Hubiera debido quedarse en su cuarto! ¿No se lo ha dicho Franz?” “Si, pero ¿qué quiere usted?’, dijo K., apartando los ojos de su nuevo conocido para mirar al llamado Franz, que había permanecido de pie en la puerta… – Detención –

“No tenga miedo de pisar la cama”, dijo el pintor, “todo el que viene lo hace”. K., incluso sin esa invitación, no hubiera tenido ningún reparo; había puesto ya un pie en medio de la colcha cuando miró por la puerta abierta y retiró el pie. “¿Qué es esto?”, preguntó al pintor. “¿De qué se asombra?”, preguntó éste, asombrándose a su vez. “Son las oficinas del tribunal. ¿No sabía usted que había aquí? Hay oficinas del tribunal en casi todos los desvanes: ¿por qué habrían de faltar precisamente aquí? También mi taller pertenece en realidad a las oficinas del tribunal, pero el tribunal lo ha puesto a mi disposición”. K. no se había asustado tanto del hecho de que también allí hubiera oficinas del tribunal, como de sí mismo, de su desconocimiento de los asuntos judiciales. Le parecía que una norma fundamental para el comportamiento del acusado era estar siempre preparado, no dejarse sorprender, no mirar inconscientemente a la derecha cuando el juez estaba a su lado a la izquierda, y precisamente esa regla fundamental era la que contravenía siempre. Delante de él se extendía un largo corredor del que venía un aire comparado con el cual el del estudio resultaba refrescante. A ambos lados del corredor había bancos, exactamente como en la sala de espera del negociado competente en el asunto de K. Parecía haber también instrucciones exactas para la instalación de negociados. De momento, el tráfico de encausados no era muy grande. Un hombre estaba allí medio tumbado en el banco, con el rostro enterrado en los brazos, y parecía dormir; otro se mantenía en penumbra al final del pasillo. K. pasó por encima de la cama y el pintor le siguió con los cuadros. Encontraron pronto un ujier —K. reconocía ahora a todos los ujieres por el botón dorado que llevaban en su traje de paisano bajo los botones habituales- y el pintor le encargó que acompañara a K. con los cuadros. K. se tambaleaba más que andaba, con el pañuelo apretado contra la boca. Estaban ya cerca de la salida cuando se precipitaron hacia ellos las niñas, lo que tampoco K. pudo evitar. Evidentemente, habían visto abrir la segunda puerta del estudio y habían dado un rodeo para introducirse por ese lado. “No puedo acompañarlo ya”, exclamó el pintor riéndose ante la afluencia de niñas. “ ¡Y no se lo piense demasiado!”… – Pintor –

Barcelona, Debolsillo — Galaxia Guttenberg, 2003

Literatura universal

Juan Manuel Ojembarrena

jojem@irabia.org

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