El corazón de las tinieblas. Joseph Conrad

Joseph Conrad. El corazón de las tinieblas

Heart of Darkness”. Novela publicada en 1902

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Joseph Conrad

Poco más de cien páginas fueron suficientes para que el marino Conrad (él mismo hizo un viaje al Congo dos años antes de redactar esta obra), aventurero, hombre con una patria perdida y otra encontrada, nos transmitiera a través de la voz de un capitán, su visión del mundo y sus ambigüedades ante la vida, la fuerza sobrecogedora de la naturaleza salvaje que aborda, trastorna y anula al ser humano, abandonándole en la soledad más espantosa frente a un mundo de exploraciones occidentales fundamentadas en el hambre de riquezas y tierras. En definitiva, la aventura del espíritu humano hacia lo más oscuro y recóndito de su condición, inmerso en un entorno salvaje con el que se identifica y confunde.

El relato, tan difícil como tantos otros del autor de origen ucraniano, se abre con la voz de un narrador presentando a un grupo de amigos que charlan en una taberna de Londres. Uno de ellos es el capitán Marlowe, descrito como “un Buda predicando”, quien cuenta su viaje a las tierras de África.

Gracias a unas recomendaciones familiares Marlowe consigue hacerse con el mando de un vapor al servicio de una compañía con intereses comerciales en el Congo, iniciando un largo viaje hasta la desembocadura del gran río del mismo nombre. Su llegada proporciona las primeras impresiones del lugar, violentas y desbordantes como el inmenso continente. Navega después hacia las “estaciones” de la compañía donde se reúne con varios de los agentes de la empresa, e inicia una travesía que le lleva progresivamente, como al lector, al borde del abismo.

En la primera estación encuentra miseria y desolación, hombres desahuciados bajo los árboles, esperando la muerte mientras un barco francés cañonea la selva desde el mar. Poco a poco le van llegando noticias sobre uno de los agentes comerciales más brillantes, eficaces y atrevidos: Kurtz, personaje de dotes y carácter extraordinarios cuyo oficio es conseguir marfil; alguien que ha llegado más allá que ningún otro.

El vapor de Marlowe se hunde y se ve obligado a esperar piezas de recambio. En la espera le acompañan el director de la empresa y los “peregrinos”, agentes y miembros de una sociedad filantrópica que pretenden la conversión de los salvajes a la civilización. Mientras, en la estación de parada el narrador describe las envidias y rivalidades de todos los que desean medrar y aprovecharse del expolio colonial.

El barco consigue ser reparado y remonta de nuevo el río entre árboles sombríos, una naturaleza impenetrable, misteriosa y un ambiente opresivo, larga y detalladamente descrito, rodeado a su vez de alaridos inhumanos aterradores (“la tierra parecía algo no terrenal”). Los expedicionarios hallan una cabaña abandonada que guarda un manual de náutica con anotaciones y un aviso de precaución. Repentinamente los indígenas atacan el vapor con flechas desde las orillas matando al piloto del vapor; los europeos responden a tiros.

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Ya en el interior del territorio, siguiendo las huellas del desaparecido Kurtz -apenas un nombre enigmático, pero también una sombra con leyenda propia y sin rostro-, encuentran a un ruso que ha tratado con él, que le ha escuchado y ha quedado completamente fascinado y sin juicio. Tiene el vestido destrozado, semeja un arlequín, adora, idolatra a Kurtz, quien sigue enviando marfil desde los lugares más remotos, incontroladamente, protegido por cientos de indígenas. Cuenta que Kurtz no está loco sino que es único, genial, pura clarividencia. Incluso ha escrito unas páginas para la “Sociedad Internacional para la Supresión de las Costumbres Salvajes” en las que propone “exterminar a todos los indígenas”. Kurtz, un europeo al fin y al cabo, se ha integrado en la selva hasta conocer el secreto primigenio de la tierra, toda su verdad, todo su “horror”. Es ya un rey.

En la última estación que ocupó, se encuentran cientos de calaveras, huellas de terribles rituales sangrientos. Marlowe pretende llevarse de regreso a Kurtz para salvarle el honor, pero el agente perdido y enloquecido muere; y sus últimas palabras hablarán de justicia.

Ya en Europa son muchos los que pretenden los documentos que guardan la memoria de Kurtz: gentes de la agencia, un periodista…; pero finalmente acaban en las manos de una mujer que le amó, le esperó y, quizás, le comprendió.

Textos

“Remontar aquel río era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes. Un arroyo seco, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era cálido, espeso, pesado, perezoso. No había júbilo alguno en la brillantez del sol. Los largos tramos del canal fluían desiertos hacia las distancias en penumbra. En los plateados bancos de arena, los hipopótamos y los caimanes tomaban juntos el sol. Las aguas al ensancharse fluían entre una multitud de islas arboladas; se podía uno perder en aquel río tan fácilmente como en un desierto y tropezarse durante todo el día con bancos de arena, tratando de dar con el canal, hasta que se creía uno hechizado y aislado para siempre de todo lo que se había conocido antes, en algún lugar, muy lejos, en otra existencia tal vez. Había momentos en que tu pasado volvía a ti, como ocurre a veces, cuando no tienes ni un momento para ti mismo; pero se presentaba en la forma de un sueño intranquilo y ruidoso, recordado con asombro entre las sobrecogedoras realidades de este extraño mundo de plantas, agua y silencio. Y esta quietud de vida no se parecía en lo más mínimo a la paz. Era la quietud de una fuerza implacable que medita melancólicamente sobre una intención inescrutable. Miraba con aspecto vengativo. Más tarde me acostumbré a ella; ya no la veía, no tenía tiempo” —Capítulo 2-.

“Oh, sí, yo le oí: “mi prometida, mi marfil, mi estación, mi río, mi….“ Todo le pertenecía. Me hizo contener la respiración esperando que la selva estallara en estruendosas carcajadas, capaces de hacer temblar a las estrellas fijas. Todo le pertenecía, pero eso era una insignificancia. La cuestión era saber a qué pertenecía él, cuántos poderes de las tinieblas le reclamaban como suyo. Esa era la reflexión que le hacía a uno estremecerse de arriba abajo. Era imposible, y tampoco era bueno, tratar de imaginárselo. El se había colocado, literalmente, en un alto sitial entre los demonios de la tierra. No lo podéis entender, ¿cómo podríais entenderlo vosotros, que tenéis los pies sobre el sólido pavimento, que estáis rodeados de amables vecinos dispuestos siempre a prestaros ayuda o a caer sobre vosotros, que camináis delicadamente entre el carnicero y el policía, bajo el sagrado techo del escándalo, la horca y los manicomios? ¿Cómo podéis vosotros imaginaros a qué precisa región de los primeros tiempos pueden conducir a un hombre sus pies sin trabas, impulsados por la soledad (soledad absoluta, sin un solo policía), por el silencio (silencio absoluto, donde no se oye la voz consejera de amables vecinos susurrando acerca de la opinión pública)? Estas pequeñas cosas son las decisivas. En el momento en que desaparece, uno tiene que recurrir a su propia fuerza innata, a su capacidad de lealtad” —Capítulo 2-.

Madrid, Alianza Editorial, 2000

Madrid, Valdemar, El Club Diógenes, 2002

Versión cinematográfica: Apocalypse Now de Francis Ford Coppola (1979)

 

Juan Manuel Ojembarrena

jojem@irabia.org

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