Don Juan Manuel. El conde Lucanor. Cuento II

Este es uno de los cuentos más famosos de Don Juan Manuel. A menudo la opinión de los demás nos condiciona de tal forma que actuamos de forma contraria a nuestra inclinación inicial movidos solo por la opinión ajena.

Cuento II. Lo que le sucedió a un hombre bueno con su hijo

Otra vez, hablando el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo que estaba muy preocupado y disgustado por algo que quería hacer, ya que, en el caso de hacerlo, sabía que muchas personas encontrarían motivo para criticárselo; pero, si no lo hiciera, creía él mismo que también se lo podrían censurar con razón. Le contó a Patronio de qué se trataba y le rogó que le aconsejase en este asunto.

–Señor Conde Lucanor –dijo Patronio–, bien sé que encontraréis a muchos que podrían aconsejaros mejor que yo y, como Dios os hizo de buen entendimiento, mi consejo no os hace mucha falta; pero, como me lo habéis pedido, os diré lo que pienso sobre este asunto. Señor Conde Lucanor –continuó Patronio–, me gustaría mucho que pensarais en la historia de lo que le ocurrió a un hombre bueno con su hijo.

El conde le pidió que le contase la historia, y Patronio le dijo:

–Señor, sucedió que un buen hombre tenía un hijo que, aunque tenía pocos años, era de muy fino entendimiento. Y cada vez que el padre quería hacer alguna cosa, el hijo le señalaba todos los inconvenientes y riesgos. De esta manera, le impedía llevar a cabo algunos proyectos que eran buenos para su hacienda4. Tenéis que saber, señor conde, que cuanto más fino entendimiento tienen los jóvenes, más cerca están de equivocarse en sus negocios, pues saben bien cómo comenzarlos, pero no terminarlos, y por eso caen en grandes errores, si no tienen a alguien que les dé consejo. Pues bien, aquel mozo, debido a su entendimiento y, al mismo tiempo, a su poca experiencia, desilusionaba a su padre en muchos proyectos que éste quería hacer. Y cuando el padre ya había soportado largo tiempo este tipo de vida con su hijo, que le molestaba constantemente con sus observaciones, decidió actuar, para castigar a su hijo y darle una lección de cómo hacer las cosas en el futuro, del modo siguiente:

Este buen hombre y su hijo eran labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado dijo el padre que irían los dos allí para comprar algunas cosas que necesitaban, y acordaron llevar una bestia para traer la carga. Y camino del mercado, yendo los dos a pie y la bestia sin carga alguna, se encontraron con unos hombres que ya volvían del mercado. Cuando, después saludarse, se separaron unos de otros, los que volvían empezaron a decir entre ellos que ni el padre ni el hijo les parecían muy razonables, pues los dos iban a pie mientras que la bestia iba sin carga. El hombre bueno, al oírlo, preguntó a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos hombres. Y el hijo le respondió que tenían razón, porque, al ir el animal sin carga, no era muy sensato que ambos fueran a pie. Entonces el hombre mandó a su hijo que subiese sobre el animal.

Así seguían su camino hasta que se encontraron con otros hombres, los cuales, cuando se habían alejado un poco, empezaron a comentar el error del padre, que, siendo viejo, iba a pie, mientras el mozo, que podría caminar sin cansarse, iba montado en del animal. Le preguntó de nuevo el buen hombre a su hijo qué pensaba sobre lo que habían dicho, y este le contestó que le parecía que tenían razón. Entonces el padre mandó a su hijo bajar de la bestia y subió él sobre ella.

Al poco rato se encontraron con otros que criticaron la dureza del padre, pues él, que estaba más acostumbrado a las incomodidades, iba cabalgando, mientras que el joven, que aún no lo estaba, iba a pie. Entonces le preguntó aquel buen hombre a su hijo qué le parecía lo que decían estos otros, respondiéndole el hijo que, en su opinión, decían lo correcto. El padre mandó entonces a su hijo subir con él en el animal para que ninguno fuera a pie.

Y yendo así los dos, se encontraron con otros hombres, que comenzaron a decir que la bestia que montaban era tan flaca que casi no podía soportar su peso, y que hacían muy mal en ir los dos montados en ella. El buen hombre le preguntó otra vez a su hijo qué le parecía lo que habían dicho estos últimos, contestándole el joven que le parecía que decían la verdad. Entonces el padre se dirigió al hijo de este modo:

–Hijo mío, recordarás que cuando salimos de nuestra casa, íbamos los dos a pie y la bestia sin carga, y tú decías que te parecía bien hacer así el camino. Pero después nos encontramos con unos hombres que nos dijeron que aquello no estaba bien, y te mandé subir al animal, mientras que yo iba a pie. Y a ti eso te pareció bien. Después encontramos otro grupo de personas, que dijeron que esto último no estaba bien, y por ello te mandé bajar para subir, y tú también dijiste que eso era lo mejor. Como nos encontramos con otros que dijeron que aquello estaba mal, yo te mandé subir conmigo en la bestia, y a ti te pareció que era mejor ir los dos montados que ir tú de pie y yo en la bestia. Y ahora estos últimos comentan que no está bien que los dos vayamos montados en este animal, y a ti también te parece que tienen razón. Y como todo ha sucedido así, quiero que me digas cómo podemos hacerlo para no ser criticados por la gente: porque nos criticaron cuando íbamos los dos a pie; luego también nos criticaron, cuando tú ibas a caballo y yo a pie; volvieron a censurarnos por ir yo a caballo y tú a pie, y ahora que vamos los dos montados también dicen que hacemos mal. Pero no es posible evitar las críticas y hacer algo distinto de lo que ya hemos hecho. Todo esto lo hice para que aprendas cómo llevar en adelante tus asuntos. Por eso debes saber que nunca harás algo que todos aprueben, pues si haces alguna cosa buena, los malos y quienes no saquen provecho de ella te criticarán; y por el contrario, si la cosa que haces fuera mala, los buenos, que aman el bien, no podrán aprobar esa mala acción. Por ello, si quieres hacer lo más conveniente para ti, haz lo que creas que más te beneficia y no dejes de hacerlo, excepto que sea algo malo, por temor a las críticas de la gente, porque es cierto muchas veces que la gente habla de las cosas de modo muy ligero, sin ver lo que es más provechoso.

Y vos, Conde Lucanor, que me pedís consejo para eso que deseáis hacer, temiendo que os critiquen por ello y que igualmente os critiquen si no lo hacéis, yo os recomiendo que, antes de comenzarlo, miréis el daño o provecho que os puede causar, que pidáis una opinión ajena y que no os dejéis engañar por la fuerza del deseo, sino que busquéis consejo en quienes creáis que son inteligentes, leales y capaces de guardar un secreto. Pero, si no encontráis tal consejero, no debéis precipitaros nunca en lo que tengáis que hacer y dejad que pasen al menos un día y una noche, si el asunto lo permite. Si tras seguir estos consejos en vuestros asuntos, después los encontráis útiles para vos, os aconsejo que nunca dejéis de hacerlos por miedo a lo que la gente podría decir.

El consejo de Patronio le pareció bueno al conde, que lo llevó a la práctica y le fue muy provechoso.

Y, cuando don Juan conoció esta historia, la mandó poner en este libro e hizo estos versos que dicen así y que en los que se encuentra la moraleja:

Por dicho de las gentes, sol que non sea mal
al pro tenet las mientes, et non fagades ál

(Pensad en vuestro beneficio si no se trata de algo malo y no hagáis las cosas por miedo a lo que pueda decir la gente)

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