Dictado 3º ESO 9

41.-
El amo llegó a tiempo para impedir que Ti Noel y doce esclavos más marcados por su hierro, fuesen amacheteados en el patio del cuartel, donde los negros, atados de dos en dos, lomo a lomo, esperaban la muerte por armas de filo, porque era más prudente economizar la pólvora.
Alejo Carpentier, El reino de este mundo
 
42.-
Repugnante albóndiga:
Desde que me fui de tu lado las cosas me han ido de mal en peor, pero ni un solo día he dejado de bendecir la hora en que te dejé. Mamarracho. El actorzuelo en cuyos brazos me arrojé desesperada era un canalla que me zurraba sin tregua y me abandonó en cuanto supo que me había quedado embarazada, a pesar de lo cual todavía venero su memoria, porque gracias a él te perdí de vista.
Eduardo Mendoza, El laberinto de las aceitunas
 
43.-
Se despertó cuando atardecía el uno de enero de mil novecientos ochenta y cuatro. Estaba desnudo, sobre la cama, destapado, tenía frío, pero sentía íntimo regocijo por no haber casi vivido aquel día. El primero de enero debería estar prohibido, y el dos de enero también. El año debería empezar el veintiuno de marzo.
Manuel Vázquez Montalbán, La Rosa de Alejandría
 
44.-
Lo peor ocurrió en los primeros años. Una anciana, a la que su hija había despreciado por pobre y desaseada, apareció con el rostro desfigurado en la hondonada del precipicio. Durante la caída había perdido una pierna y un brazo. Tal vez se los habían comido los lobos. Parecía un suicidio evidente más que una desgracia fortuita.
Antón Castro, El testamento de amor de Patricio Julve
 
45.-
Explorando con mi padre los fondos dormidos alrededor de la isla habíamos descubierto una ristra de torpedos amarillos, encallados desde la última guerra; habíamos rescatado un ánfora griega de casi un metro de altura, con guirnaldas petrificadas, en cuyo fondo yacían los rescoldos de un vino inmemorial y venenoso, y nos habíamos bañado en un remanso humeante, cuyas aguas eran tan densas que casi se podía caminar sobre ellas.
Gabriel García Márquez, Doce cuentos peregrinos
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46.-
A Esteban le gustaba la leche migada, la lumbre alta, las filas de hormigas y el peinarse de mañanita hacia atrás con el peine muy bien mojado en agua fría. También le encantaba ir con sus padres al pueblo las tardes de domingo y pasear por la plaza donde olía a escabeche en lata y a tela en piezas, a celofanes de caramelos de menta y a galletas de helado al corte, a cerveza, a raciones y a pólvora quemada.
Luis Landero, Caballeros de fortuna
 
47.-
Mi abuela era una viejecita de cara sonrosada y fresca y de pequeña estatura; tenía los ojos claros, el pelo gris y el aire sonriente. Vestía siempre de negro y solía llevar en la cabeza una toca, en invierno de terciopelo, y en verano de encaje. Tenía el cuerpo ágil y trabajaba mucho en la casa.
Pío Baroja, La sensualidad pervertida
 
48.-
Así que caminó lentamente por las calles empapadas y ventosas, por encima y en el interior de la perceptible furia de la primavera postergada, viendo golpear en el barro las últimas hojas de los árboles, sintiendo las volteretas, casi visibles, del viento que le tocaba la cara.
Juan Carlos Onetti, Juntacadáveres
 
49.-
Un camión se había parado en la puerta, y una cuadrilla de hombres desconocidos y temibles que olían a sudor andaban sin apuro por las habitaciones, levantando los muebles entre sus brazos desnudos, arrastrando hacia la calle el baúl que contenía los vestidos de su madre, desordenándolo todo, gritándose palabras que él no conocía y que le daban miedo.
Antonio Muñoz Molina, Beatus Ille
 
50.-
No vio a nadie en la sala y continuó caminando hasta el rincón del que surgía una luz rojiza. No tardó en darse cuenta de que la luz procedía de un pequeño cuarto cuya puerta estaba entreabierta. Miró hacia el interior y vio que la pared de la alcoba, cuya ventana daba al río putrefacto, estaba adornada con frescos de tres colores.
Jesús Ferrero, Opium
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51.-
Serafín mató a doña Perfecta; más por vergüenza que por cosa alguna. La mató a paraguazos, pegándole palos en la cabeza, pinchándole con el regatón en la barriga… Perdió los estribos y se ensañó: siempre le parecía que estaba viva todavía. La pobrecita no dijo ni esta boca es mía.
Camilo José Cela, Santa Balbina, 37, gas en cada piso y otro relato
 
 
52.-
Ocupábamos Julia y yo un espacioso cuarto al final de un anchuroso y largo pasillo. Para llegar a nuestro cuarto había que recorrer mucho espacio: cuando, por fin, llegábamos, teníamos la sensación de haber realizado a pie un interminable viaje. En la habitación, alfombrada, con chimenea de mármol blanco, teníamos un cuartito adjunto de baño.
"Azorín", Memorias inmemoriales
 
53.-
Las demás noches en que se anuncia el paso de un cometa por la Puerta del Sol, son noches de juerga desesperada, pues allí se reúnen todos los que tienen que animarse y quitarse el miedo a morir, ya que siempre va unida la aparición de un cometa con la idea del fin del mundo.
Ramón Gómez de la Serna, Historia de la Puerta del Sol
 
54.-
Padeció grandes trabajos recién casada, y aun después, porque malas lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros. Probósele que, a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba con agua, levantándoles la cara para el lavatorio, un mi hermanico de siete años les sacaba muy a su salvo los tuétanos de las faldriqueras.
Francisco de Quevedo, El Buscón
 
55.-
A los seis meses de casado, mi marido dejó el servicio activo y se retiró para cuidar de la tienda. Estirado no tenía espíritu militar; vendió los galones del uniforme, y su espada estaba en un rincón. Una vez la criada la cogió para desatrancar el retrete, y después de desatrancarlo, la dejó allá.
Pío Baroja, La feria de los discretos
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56.-
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos.
Gustavo Adolfo Bécquer, Leyendas
 
57.-
Los domingos de los años cuarenta eran unos domingos muy largos, muy tristes, con lluvia y cine malo. El domingo por la mañana nos quedábamos en la cama un ratito más, sin ir al colegio, o nos hacían madrugar para ir a la iglesia a confesar y comulgar.
Francisco Umbral, Memorias de un niño de derechas
 
58.-
La muchacha entró cinco minutos después, con la bandeja, la correspondencia y los periódicos. Abrió las cortinas y la luz húmeda, tristona y grisácea del setiembre limeño invadió la habitación. "Qué feo es el invierno", pensó doña Lucrecia. Y soñó con el sol del verano, las playas de arenas ardientes de Paracas y la caricia salada del mar sobre su piel.
Mario Vargas Llosa, Elogio de la madrastra
 
59.-
Ahora ya no se ve nada de nada, y todos estamos dentro de una humareda oscura y acre, disparando contra un muro de niebla del que brotan alaridos, lamentos, detonaciones. La pólvora negra quemada se mete por las narices y aturde los sentidos, y ya no sabes dónde diablos estás, y tu único contacto con la realidad son las voces que te llegan .
Arturo Pérez Reverte, La sombra del águila
 
60.-
Un camino en cuesta baja de la ciudadela, pasa por encima del cementerio y atraviesa el portal de Francia. Este camino, en la parte alta, tiene a los lados varias cruces de piedra, que terminan en una ermita, y por la parte baja, después de entrar a la ciudad, se convierte en calle.
Pío Baroja, Zalacaín el aventurero
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61.-
Estábamos en una explanada amplia y arenosa del Retiro, aislados por los grandes árboles, bajo un cielo neutro de junio, con el aire quieto, el sol ya muy seguro de sí mismo y un perfume de desayuno en la hierba que desdecía el dramatismo del conato. Vi cómo el alemán recibía en bandeja las dos pistolas románticas y sonrió ante la antigüedad de las armas .
Francisco Umbral, Las señoritas de Aviñón
 
62.-
A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que recorren la ciudad a esa hora parece que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se arrastran penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias.
Julio Ramón Ribeyro, Silvio en el rosedal
 
63.-
Las corcovas de la tierra, la sierra al fondo: tan distinto de las calles. El campo. Los árboles donde les viene en gana, torcidos si quieren. Las piedras, al buen tuntún. Sólo la carretera obligada. No advierte las cercas. Le encantan los animales, sueltos, quietos o huyendo. Todo sin más límites que el natural. Al salir de Madrid, todo es campo. El río dando vueltas, tropezando por todas partes, más ancho, más estrecho, según las márgenes.
Max Aub, La calle de Valverde
64.-
Un pequeño vestíbulo, un pasillo desnudo sobre el que colgaba el cable retorcido de una sucia bombilla, un estricto comedor con un sofá de patas metálicas y una mesa y cuatro sillas de material sintético que imitaba la madera. Sobre el televisor había un laborioso paño de ganchillo y una bola de cristal en cuyo interior se veía una basílica.
Antonio Muñoz Molina, Beltenebros
 
65.-
En casi ninguna casa de Madrid hay portero. Cada inquilino tiene, pues, que atender a la guarda de su propio hogar de la mejor manera posible. Antes de cenar se cierran rigurosamente las puertas de los pisos con doble llave y cerrojo. A lo que los pusilánimes añaden la tranca o barra de hierro, cruzando la puerta de quicio a quicio, .
Antonio Espina, Luis Candelas
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66.-
Días de llaga en la cabeza, días de sentirme el cráneo abierto, o todavía, ya de viejo, no bien cerrado, como dicen que tarda en cerrárseles por arriba a los niños pequeños. Me peino el pelo de manera que se me cubra la llaga, pero yo la siento, la sé, y, cuando salgo a la calle, el aire pasa por ella como un cuchillo.
Francisco Umbral, La belleza convulsa
 
67.-
Una taza dorada, de fino estilo, una taza de té… Aparece siempre una sola, una impar, de distintos juegos en distintos rincones… Las que más atraen son las que tienen los bordes y el asa de ese dorado antiguo, que resulta inverosímil, tan indeleble, en tazas tan usadas, y que es como el residuo de aquel sol mañanero que presidió los desayunos de su primer dueño…
Ramón Gómez de la Serna, El Rastro
 
68.-
Cuando avistamos el cementerio, Don Fortunato musitó que nos desviásemos hacia la parte trasera. Entramos en la oscura aspereza de las tierras, duras por la helada. Desde el río llegaba un aliento húmedo y hostil. Yo iluminaba el suelo con la linterna y los rastrojos, cubiertos por una gruesa capa de escarcha, llenaban la negrura de una extraña y brillante vegetación cristalina.
José María Merino, Cuentos del reino secreto
 
69.-
A lo largo de mi vida he estado, como tantos españoles y millones de europeos, varias veces en la cárcel y siempre que me han encerrado en el calabozo, el gesto antipático de oír (es un gesto que se oye) echar la llave del cerrojo al carcelero ha tenido en mí resonancias tiernas, me ha parecido siempre que era Amancio quien me encerraba pero se quedaba detrás de la puerta.
"Corpus Barga", Los pasos contados. 1
 
70.-
Un metrónomo, un astrolabio, un viejo compás de hierro, una flauta de madera, un farolillo chino, un juego de pistolas de chispa, una caja de música, unas espuelas, un catalejo, un arpa, una pitillera decó, un botón de anda, un barómetro, una bola de cristal en la que nieva dentro, una nasa, un mundinovi, una garlopa, una pluma de pavo real, unas tijeras, una licorera de viaje, un autómata, unas botas de montar, una maqueta de barco.
Andrés Trapiello, El gato encerrado.
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71.-
El techo se elevaba y se distanciaban las paredes. Aquella mezcla de rosa y oro se acentuaba y ponía en el alma una especie de beatitud. El suelo se había ido convirtiendo, sin que se notase la transición, en una superficie pulida, lustrosa, en la que las imágenes se reproducían invertidas y un poco confusas .
Wenceslao Fernández Flórez, El bosque animado.
 
72.-
Al cabo de unos minutos, cuando abandonaron la autopista, la noche se hizo irrevocable y ya no veían luces. Sobre ellos el cielo era tan bajo como la bóveda de un túnel y tenía pálidas fosforescencias en sus límites. Ya no veían en el espejo retrovisor las sombras iluminadas de la ciudad: un resplandor de incendio la suplantaba en el horizonte oscuro a medida que se alejaban de ella.
Antonio Muñoz Molina, La colina de los sacrificios.
 
73.-
Doña Lourditas, su hija solterona, era un tipo enternecedor, con aspecto de muñeca antigua, aquellas de porcelana de china y rizados pelos rubios de verdad. Pero lo cierto de doña Lourditas era que siempre llevaba puesta una peluca y era esto lo que más aspecto de muñeca le daba, una peluquita de bucles llenos de inocencia artificial, pero siempre muy bien peinada y que incluso cambia de color.
Francisco Nieva, Carne de murciélago.
 
74.-
Los panaderos también son muy madrugadores pero no tanto como los lecheros, la cesta de pan tierno parece una bañera o un ataúd y huele muy bien y tibio, huele como una mujer decente que salta a la comba en medio del campo. Entre el silencio de los muertos late el ruidoso trajinar de la vida .
Camilo José Cela, San Camilo, 1936.
 
75.-
Sobre la mesilla había libros religiosos y un rosario de plata con un cristo excesivamente torturado. Abrió el cajón de este pequeño mueble y descubrió un conjunto de cuadernos de pequeño grosor, cosidos con grapas. Abrió el primero y sentándose en el borde de la cama observó la caligrafía de su madre y después comenzó a leer la primera hoja.
Juan José Millás, La soledad era esto.
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76.-
Fuera, en la calle, la tarde casi vacía se quiebra por las esquinas donde regresa el invierno, erizado el aire de aristas de lluvia y de frío y varillas de paraguas. Fuera, muy lejos, en la ciudad agrisada, vuelve la niebla inhóspita de febrero, y los grandes autobuses azules huyen de su dominio como si desertaran despacio del prematuro atardecer.
Antonio Muñoz Molina, Diario del Nautilus.
 
77.-
Vi en el reloj de la pequeña estación que eran las once de la noche pasadas. Fui caminando hasta el hotel. Sentí, como otras veces, la resignación y el alivio que nos infunden los lugares muy conocidos. El ancho portón estaba abierto; la quinta, a oscuras. Entré en el vestíbulo, cuyos espejos pálidos repetían las plantas del salón.
Jorge Luis Borges, La memoria de Shakespeare.
 
78.-
Hasta aquel día en que las separaron, las siamesas habían considerado su estado físico como una desgracia, no porque les estorbase demasiado, ya que la costumbre había remediado la molestia, sino porque las gentes se lo hacían creer así continuamente con sus miradas compasivas y sus frases de conmiseración .
Edgar Neville, Don Clorato de Potasa.
 
79.-
Una mañana de marzo, ventosa y glacial, en que se helaban las palabras en la boca, y azotaba el rostro de los transeúntes un polvo que por lo frío parecía nieve molida, se replegó el ejército al interior del pasadizo, quedando sólo en la puerta de hierro de la calle de San Sebastián un ciego entrado en años, de nombre Pulido, que debía de tener cuerpo de bronce, y por sangre alcohol o mercurio .
Benito Pérez Galdós, Misericordia.
 
80.-
Hasta las cinco no abrían la catedral, y nosotros, como llegamos antes, tuvimos que dar una vuelta por el pueblo, abrasado por el sol de la siesta y sin un alma en las calles, todas paradas como hace cien años, con sus piedras y sus blasones ardiendo. De pronto empezaron a oírse dos campanas, una muy grave y colosal y otra triple.
Andrés Trapiello, Locuras sin fundamento.
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81.-
Fuimos a coger cangrejos y fue el día más aburrido de mi vida. Y no cogimos cangrejos. Mi padre me hacía barcos con los juncos. Mi tío cogía cangrejos y los volvía a tirar al agua porque no tenían la medida. Llevaba un calibre y los medía como un profesional. Pero los cangrejos no daban la medida.
Félix Romeo Pescador, Dibujos animados.
 
82.-
La cenicienta luz de la mañana enturbia, emborrona el paisaje. El tren de mercancías, con un último vagón de viajeros, recorre los campos lenta, ceremoniosamente. En una ventanilla el rostro de un hombre sufre los cambios, la perplejidad de lo desconocido… Tierra desconocida para sus ojos; aire no respirado jamás.
Ignacio Aldecoa, El corazón y otros frutos amargos.
 
83.-
La tranquila noche de Granada está llena de toses, de garraspeos, de gemidos lejanos y cercanos, de serenos que cantan las horas, de perros que ladran, de caballerías que pasan haciendo resonar los cascos. Aquí se cae una palangana, se le da una patada a una puerta, se afila un cuchillo, se canta a la luna, se rasguea un guitarro, se canta una nana, gime una parturienta, .
Francisco Ayala, Granada de las mil noches.
 
84.-
Pero nada más podrá decir porque la barra de hierro cae sobre su cabeza, divide su cráneo y la habitación en dos hemisferios, hendida como una fruta insuficientemente tenaz la cabeza, y tiene mal caer el científico, aunque le detiene el derrumbamiento total el brazo, que se le queda dentro de una urna llena de ratas asustadas de momento, .
Manuel Vázquez Montalbán, Quinteto de Buenos Aires.
 
85.-
Tibio y entibiado por la cercanía de esas formas amadas soldadas a la suya, don Rigoberto tenía la sensación de navegar, de deslizarse, movido por una afable inercia, en unas aguas tranquilas y delgadas, o, acaso, por el espacio astral, despoblado, rumbo a las gélidas estrellas.
Mario Vargas Llosa, Los cuadernos de don Rigoberto.
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86.-
El hombre más delgado cae en la cuenta de que aún tiene el revólver en la mano. Con un esfuerzo tremendo dirige la boca del cañón hacia su cuerpo y aprieta el gatillo. El tambor del arma gira un centímetro y se detiene. El hombre más delgado repite la operación, una y otra vez, despacio… Se imagina riendo de su vanidad.
Francisco Casavella, El triunfo.
 
87.-
Mondoñedo es villa desde la que el mundo se ve despacio, como hay que verlo. El vagabundo, que ama la calma por encima de todas las cosas de este mundo, se encuentra a gusto en Mondoñedo, paseando sus calles vagamente rumorosas, bebiendo vino en sus hospitalarias tabernas, y hablando de mitología celta y de los caballeros de la corte del rey Artús con don Álvaro .
Camilo José Cela, Del Miño al Bidasoa.
 
88.-
Urrutia sacó la botella de detrás de la mesa. Miré por la ventana, a su espalda: era una tarde igual que él, con una luz fría y el cielo blanco. Una de esas tardes que la gente que tiene un jardín aprovecha para quemar las hojas secas y la que no lo tiene, para sentarse en un sillón y dejarse arder a sí misma. Volví a observarle; su boca era una línea recta y sus ojos, amarillos y duros.
Benjamín Prado, Nunca le des la mano a un pistolero zurdo.
 
89.-
Quiero que veáis al Duende, enredador y travieso, que deshoja las rosas en mis jardines reales, que cuando pasa la Reina sacude sobre su cabeza las ramas mojadas de los árboles, que en las cámaras de mi palacio se esconde, para fingir un eco burlesco, y que en lo alto de la chimenea se mofa con una risa hueca, que parece del viento .
Ramón Mª Valle-Inclán, Tablado de marionetas.
 
 
90.-
Tu rostro fue labrado por la lluvia: sobre la ciega máscara aparecían surcos miserables y párpados y una boca amarilla, pero siguió lloviendo y, un instante, bajo las hebras transparentes, tu rostro fue posible y su belleza se confundía con la luz, pero siguió lloviendo y se perdió como la tierra desgastada por el llanto.
Antonio Gamoneda, Libro del frío.
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91.-
Matías pasó el fin de semana yendo y viniendo por la casa, sin saber qué hacer, con la mente cegada por los extraños sucesos que le habían ocurrido últimamente y que habían venido a alterar la lisura de sus hábitos y hasta de su carácter. Le parecía mentira que esas cosas le hubieran sucedido precisamente a él. Nunca había habido episodios excepcionales en su vida.
Luis Landero, El mágico aprendiz.
 
92.-
La furgoneta arranca por fin y el viajero continúa calle arriba en dirección al castillo, cuya torre viene viendo desde que empezó la cuesta. Está rodeada de iglesias y de imponentes palacios, pero, a su alrededor, las calles parecen estar desiertas. Ni siquiera hay un lugar donde aparcar ni un café donde sentarse a contemplar la ciudad, que desde aquí debe ofrecer su mejor imagen, con el río reflejándola al pasar y sus casas asomándose a los puentes.
Julio Llamazares, Trás-os-Montes.
 
93.-
Al ir hacia León, en esa repetición atroz que es toda Navidad, se nos rompió el coche en la carretera. Lo que desde luego no pasaba de ser un percance habitual y sin importancia, se convirtió sin embargo en algo laberíntico, sombrío y triste. Lanzarse andando carretera adelante en busca de auxilio; tener que explicarle a un mecánico indiferente que tu coche necesita repararse con mucha más urgencia que todos los demás;.
Andrés Trapiello, El tejado de vidrio.
 
94.-
Oye las campanadas que marcan las siete al abandonar el hotel. Se detiene y observa nuevamente el palacio en que horas antes se había ocultado la reina de la noche. Las ventanas del piso noble están del todo iluminadas. Situada, como horas atrás, en la acera de enfrente, trata de atisbar el interior y sólo logra ver la parte superior de unos candiles de cristal azulenco.
Sergio Pitol, Vals de Mefisto.
 
95.-
Todo el jardín estaba cubierto de hojas, y el viento las arrastraba delante de nosotros con un largo susurro. Las últimas rosas de otoño empezaban a marchitarse y esparcían ese aroma indeciso que tiene la melancolía de los recuerdos. Nos sentamos en un banco de piedra. Ante nosotros se abría la puerta del laberinto, y un sendero, un solo sendero, ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria y triste.
Ramón Mª Valle-Inclán, La marquesa Rosalinda. El marqués de Bradomín.
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96.-
Ahora que hablamos de eso me doy cuenta de que por mi parte estoy bastante invadido por las hormigas, y me las saco de encima sin esperar sus decisiones personales. No hemos terminado con el tema cuando vemos avanzar un ejército de enormes babosas que se desplazan en la zona más húmeda y sombría del suelo.
Julio Cortázar, Los autonautas de la cosmopista.
 
97.-
Además de estos contertulios, había otros que frecuentaban la casa de cuando en cuando; los que no iban nunca por la tertulia de don Venancio eran, el amo de la fundición, el juez y el cura recién llegado, Javier; los dos primeros se sabía que era por motivos políticos; lo que no se explicaba nadie era el por qué no iba a la reunión Javier.
Pío Baroja, Vidas sombrías.
 
98.-
El paisaje del recuerdo, el paisaje de ese país que es la infancia, está lleno de olores que lo identifican y que de paso nos ayudan a identificarnos con nosotros mismos, que lo hacen real y reconocible para uno mismo, y que han ido poco a poco desapareciendo: los aromas de ciertos ultramarinos y coloniales , el de los talleres de los ebanistas y el de las carpinterías, el de las leñerías o carbonerías .
Miguel Sánchez-Ostiz, Correo de otra parte.
99.-
Esta tarde, cuando llegó R. del colegio, vino a darme un beso y olía a goma de borrar y a peladuras de lápiz. En realidad olía a infancia. Hay un momento de la infancia en que los niños huelen a galletas María. Luego vienen esos cuatro o cinco años en que huelen a madera de cedro y goma perfumada.
Andrés Trapiello, Las nubes por dentro.
 
100.-
El tiempo transcurría sin que yo me moviera de sus pies, sin que ella hablara de sus intenciones inmediatas. En el café de abajo, la música había cesado. Debía ser ya muy tarde, muy tarde. Una sed devoradora secaba mi boca. Incorporándome penosamente, fui hacia la habitación del camarero para pedirle una botella de vino. En el hotel, todo era silencio y sombra.
Enrique Gómez Carrillo, En plena bohemia.
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101.-
Cañuto era un hombre de mediana edad, tirando a viejo. En los años 70 (de nuestra era) había robado varios bancos. No para sentarse, sino oficinas bancarias. Operaba solo, con una media en la cabeza y la otra en el bolsillo (por si acaso), una pistola de juguete y una bomba de verdad. Él decía que era una bomba atómica. A tanto no llegaba, pero de todas formas le daban el dinero sin rechistar.
Eduardo Mendoza, La aventura del tocador de señoras.
 
102.-
No le hizo falta ninguna estrategia. De regreso al hotel, nada más abrirse la puerta del ascensor en el piso decimoquinto, vio a la mujer parada justo enfrente, como si al oír que ascendía el lento mecanismo se hubiera puesto a esperar su llegada, igual que quien espera la llegada de un tren.
Antonio Muñoz Molina, Carlota Fainberg.
 
103.-
Francesillo ve que el adolescente llora, que uno de los labriegos se ha quitado la boina, no se sabe por qué respetos. Por sobre la tapia les cuelga un sauce de luna. Han caído blandamente, bruscamente, unánimes y sin concierto al mismo tiempo. Francesillo ha disparado una sola vez y lo ha visto todo, contra la tapia blanca, como en una pantalla de cine, preparados, apunten, disparen, fuego, viva la República, .
Francisco Umbral, Leyenda del César Visionario.
 
104.-
Abrió y agitó los brazos como un molino las aspas; pero, como yo no me moviera, los dejó caer, y se acercó con toda clase de cautelas. Pareció incluso achicarse ante su estatura; por lo menos, se le cayeron los hombros y se le metió el pecho. Al llegar junto a mí, tenía el aspecto de haberse desinflado, de que la carne le colgaba como las velas de un barco en calma chicha, y de que tenía miedo.
Gonzalo Torrente Ballester, Don Juan.
105.-
No tarda en oír los primeros ruidos de la casa que despierta. Una puerta que se cierra con estrépito, unas pisadas en la escalera, una puerta que se abre, alguien que tose jadeando, se abre un grifo, el agua suena en la cañería, y es como si las paredes de la habitación murmurasen. Quizá han abierto otro grifo, piensa Benito. Los grifos son siempre los primeros en despertarse del todo.
Enrique Vila-Matas, Hijos sin hijos.
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106.-
Las nubes desgarraban el cielo al despuntar el sol. El viento soplaba con fuerza, agitando violentamente las chaparras y las encinas, cuyo epiléptico vaivén tenía algo de monstruoso. A lo lejos, una hilera de automóviles, todavía con los faros encendidos, se acercaba con gran estruendo por el caminucho al viejo cortijo de La Moratilla.
Antonio Orejudo, Fabulosas narraciones por historias.
107.-
Las chimeneas negras, al anochecer, toman un aspecto de fantasmas, tristes y pensativos. Este humo azul que sale de las viviendas aldeanas tiene algo de oración y de incienso; habla de las vidas humildes de los campesinos, de la abuela que echa ramas al fuego y mece al mismo tiempo la cuna del niño canturreando, mientras el hombre de la casa lleva a beber los bueyes al arroyo y la dueña trae la comida para los animales del corral.
Pío Baroja, La leyenda de Jaun de Alzate.
108.-
David acaba por aceptar el reto porque sabe muy bien, sin necesidad de palpar, lo que su amigo lleva en los bolsillos: el canutillo de sidral Bragulat, el pañuelo con mocos y sangre reseca, un rodete de hilo de coser negro, la navaja que le regaló su padre, quizás el rabo cercenado de una lagartija, y briznas de pelusilla y de miedo. Paulino se deja resbalar en la butaca y cierra los ojos.
Juan Marsé, Rabos de lagartija.
109.-
Sentíamos piedad por los jóvenes, a causa de las amarguras que les aguardan en el arte como en el amor… Pero también excitaban en nosotros un vago sentimiento de envidia… Porque ellos tienen la audacia, el pulso firme y osado que ha de cincelar las nuevas imágenes de la belleza con el mármol de esa cantera que nosotros hemos agotado ya.
Rafael Cansinos-Asséns, El divino fracaso.
110.-
A mí me levantó alguien en brazos para que me despidiera, y me acercaron para que la besara. Yo quedé espantado con aquel primer contacto con la muerte, se me quedó en los labios un helor de piedra y cera fría, algo que imponía. Entonces, no sé si para compensarme, alguien me dijo si quería llevarme como recuerdo algo de lo que veía en aquel cuarto.
Andrés Trapiello, Los Caballeros del punto fijo.
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111.-
Franqueó la puerta interior que, como esperaba, encontró abierta. El vigilante nocturno debía de estar lejos, pues el silencio era absoluto. Cruzó una nave entre las inquietantes sombras de estatuas de mármol que la miraban pasar con ojos vacíos e inmóviles. Recorrió después la sala de los retablos medievales, de los que sólo acertó a distinguir, en las oscuras sombras que formaban sobre los muros, algún apagado reflejo sobre los dorados y fondos de pan de oro.
Arturo Pérez-Reverte, La tabla de Flandes.
112.-
Míchel Vedrano se permitió el lujo de dejar en la aduana de Barajas durante una semana el paquete confiando en que esta vez tampoco descubrirían el contrabando, como así sucedió. No trataba de desafiarse a sí mismo ni de correr ningún riesgo, pero sabía por experiencia que los aduaneros valoraban este aparente abandono como una prueba de confianza, de modo que esa relativa calma que se tomaba neutralizaba su curiosidad.
Manuel Vicent, La novia de Matisse.
113.-
Trastienda de botica de gigante, botellones para cincuenta litros de quién sabe qué inconfesables pócimas, matraces, alambiques, probetas, cristal turbado por polvos pajizos de virutas, estanterías de maderas blancas hervidas por la humedad y la penumbra, tapices, alfombras de serrines, gatos saltarines como de metal nervioso, bombillas desnudas,.
Manuel Vázquez Montalbán, Los mares del Sur.
114.-
Volví a mi cuarto. Me miré multiplicado en los diversos fragmentos de espejo que quedaban, con forma de cuchillos, dentro del marco. El resto, hecho añicos, aparecía esparcido por el suelo. Pensé: qué curioso, día tras día contemplándome en un espacio determinado y una vez que se rompe me doy cuenta de que estaba hecho de cuchillos. Los espejos están hechos de cuchillos, susurré.
Juan Bonilla, Nadie conoce a nadie.
 
115.-
El domingo 25 de diciembre, temprano por la mañana, Angelito subió hasta la azotea. Tenía unos sesenta años y vivía en el cuarto piso del edificio. Pidió permiso con mucha parsimonia y amabilidad para revisar los tanques del agua. Después comprendí que confundí la tristeza con la parsimonia. Dijo que hacía días que no entraba agua a su casa. Lo dejé subir hasta los tanques y, sin perder tiempo, se lanzó a la calle.
Pedro Juan Gutiérrez, Anclado en tierra de nadie
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116.-
Ha sucedido alguna vez que un cirujano de estética al cortarle la nariz a un paciente ha liberado al asesino que dormía debajo de ella. Después de tantos años de soportar las burlas de sus amigos en el pueblo y de no despertar sino la risa cruel en las mujeres a las que pedía un poco de amor, un tipo concibió que era el enorme garfio de su nariz la causa de su desgracia.
Manuel Vicent, Espectros.
 
117.-
Cuando quedó solo, y retomó la marcha, se preguntó por qué no podía usar la mano derecha, y en realidad toda la mitad superior derecha de su cuerpo. Trató de concentrarse, o de desconcentrarse… Ahí fue que se dio cuenta de que estaba realmente distraído. Porque lo que pasaba era que había conservado en la mano derecha, tomándolo con las puntas del pulgar y el índice, el cubito de dulce rojo.
César Aira, Varamo.
 
118.-
Íbamos como sardinas y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empujé demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima.
Max Aub, Crímenes ejemplares.
119.-
El olor a animales disecados persistía: era el olor del abandono, del aire olvidado. Todo lo que encontré aquí y allá fue algún mueble desvencijado en medio de una habitación vacía, o pequeños objetos no por corrientes menos inquietantes: un caniche de porcelana azul abandonado sobre un estante de formica, un calendario del año 83 con foto de paisaje suizo, restos de un póster de Bruce Springsteen en un dormitorio, un rollo de papel higiénico y un cepillo de dientes infantil en un lavabo tomado por las arañas.
Pablo Tusset, Lo mejor que le puede pasar a un cruasán.
120.-
Yo me interné unos metros por el bosque y de pronto me pareció que la yegua, a mis espaldas, se revolcaba. Lo que vi al volverme me heló la sangre en las venas: un enorme león estaba sentado sobre sus cuartos traseros, junto al cadáver ensangrentado de mi montura, que ni siquiera había tenido tiempo de relinchar. Recuerdo que la muerte de mi yegua, que era preciosa, me llenó de desesperación.
Javier Tomeo, El cazador de leones.
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121.-
Al amanecer del cuarto día, el viento que había estado soplando suave del oeste empezó a rolar al sur. Inquieto, Coy miró la oscilación del anemómetro y luego el cielo y el mar. Era un día anticiclónico convencional, de principios de verano. Todo estaba en apariencia tranquilo, el agua rizada y el cielo azul, con algunos cúmulos; pero podían distinguirse cirros medios y altos moviéndose en la distancia.
Arturo Pérez-Reverte, La carta esférica.
122.-
En la estación de las grandes lluvias el agua corría viva, verde, por entre los despeñaderos y torrenteras, de enormes piedras negras y gigantescas, obstruidas por troncos de árboles podridos y cubiertos de musgo; pasaba por hoces de rocas, confusas y caóticas; se remansaba, saltaba en chorros espumosos, se metía en los canales de las serrerías pequeñas, con sus tejados de pizarra gris o de teja roja.
Pío Baroja, El laberinto de las sirenas.
123.-
Pero antes de que el acné irrumpiera volcánicamente en su adolescencia, Basilio era considerado un niño horriblemente feo. Su nariz era en extremo picuda y un tabique nasal desviado le forzaba a producir un singular sonido al respirar. Tenía bolsas carnosas bajo los ojos y los fármacos contra el acné que él mismo se había administrado de forma caprichosa habían terminado por hincharle la cara y el estómago, hacerle perder pelo y desarrollar una indeterminada necrosis en la oreja izquierda.
David Trueba, Abierto toda la noche.
 
124.-
Te han visto en Lisboa y el reloj de tu vida avanza marchando hacia atrás. De alguna manera, has comenzado tu regreso a Barcelona. Qué lástima. Te habría gustado volver con los pulmones quemados por el aire marino y bronceado por los climas perdidos, volver a tu ciudad después de haber nadado mucho, después de haber segado la alta hierba y haber cazado leones .
Enrique Vila-Matas, El mal de Montano.
125.-
El susto me duró menos de lo que yo esperaba, pues el miércoles siguiente volví a quedarme dormido y cuando abrí los ojos me encontré con el rival vulnerado que me contemplaba en silencio desde los pies de la cama. Mi terror fue tan intenso que me costó trabajo seguir respirando. Ella, también desnuda, trató de interponerse, pero el marido la apartó con el cañón del revólver.
Gabriel García Márquez, Vivir para contarla.
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126.-
Los mellizos Raúl y Arturo Céspedes Salinas, hay que reconocerlo, actuaron con verdadero coraje y astucia, y también con entera solidaridad, cuando, de acuerdo a viejas prácticas estudiantiles, al empezar las clases de medicina en la escuela de San Fernando un grupo de alumnos de años superiores apareció, betún y tijeras en mano, para embadurnarlos a gusto y raparlos, a ellos dos y a Carlitos.
Alfredo Bryce Echenique, El huerto de mi amada.
127.-
Al parecer, el anticuario que se la vendió era un tipo medio nigromante, un pájaro de cuenta y riesgo que se había especializado en la compraventa de objetos raros, como consecuencia de lo cual podía tener en oferta una jaula de loros mecánicos que anunciaban los maremotos, un bastón que conducía certeramente a su dueño a través de la más cerrada oscuridad o una capa que otorgaba a quien la vistiese la invisibilidad durante el día y una misteriosa fosforescencia durante la noche.
Felipe Benítez Reyes, Tratándose de ustedes.
128.-
Mi padre hablaba a veces de las playas en agosto y de su bullicio de heladerías, motoristas y chicas semidesnudas tomando el sol. Yo eso ni lo había conocido ni quería conocerlo, y casi me ponía de mal humor que él suspirara por tener el dinero suficiente para alquilar uno de esos apartamentos en verano. Eso era lo que él quería, tener un piso en la ciudad para los inviernos y alquilar un apartamento en la playa los veranos.
Ignacio Martínez de Pisón, Carreteras secundarias.
129.-
En un pequeño café-teatro, también de Madrid, nos pasó algo curioso. En el local sólo había dos espectadores. Una pareja de enamorados que estuvieron durante toda la actuación besándose y acariciándose. Cuando acabamos, nos aplaudieron, cariñosos. Estupendo, nosotros os respetamos a vosotros y vosotros nos respetáis a nosotros.
Faemino y Cansado, Siempre perdiendo.
130.-
Supe, años atrás, que Bárbara y yo llegaríamos a algo cuando nuestras rodillas se rozaron bajo una mesa nada sospechosa y ninguno de los dos interrumpimos el contacto. Su brazo desnudo, su cabello, que en algún vaivén del coche abanicaba mi cara, nuestras rodillas, aquellas que mantuvieron su primera conversación de amor y ahora se preguntaban de nuevo por la boda, por la vida, por la felicidad.
David Trueba, Cuatro amigos.
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131.-
Se volvió y encontró la cara del coreano que se removía con furia aferrado en un tobillo. Había conseguido clavarle los dientes y pensaba morirse llevándose su pierna. Temblando, Carré se agachó y empezó a darle culatazos hasta que consiguió que lo soltara. Ciego de furia, lo levantó por los pelos y lo arrastró hasta el tenue rayo de luz que salía del vagón postal.
Osvaldo Soriano, El ojo de la patria.
132.-
Quizá mi poema debería haber versado sobre la playa cubierta de gente, los balones hinchables y esos encuentros pesados con conocidos de nuestros padres. Pero yo trataba de escribir sobre el mar, a lo clásico, en lugar de sobre las personas a las que no queríamos parecernos un día. Madrugaba para ver la salida del sol desde la terraza del bloque de apartamentos, donde más tarde, durante la sobremesa, se salía a jugar a la baraja con los parientes del pueblo.
Ismael Grasa, Fuera de casa.
133.-
No se ha inventado nada nuevo acerca del fumar desde su descubrimiento. Como en la naturaleza, con los puros todo es evolución. Los indios americanos fumaron puros, tiernos y torpes, en Cuba y en otras islas del Caribe. Más al sur inhalaban una forma primitiva de rapé, usando un tubo de madera para introducir polvo de tabaco por las fosas nasales. Los aztecas, los mayas y las tribus de América del Norte fumaban la pipa así en la paz como en la guerra.
Guillermo Cabrera Infante, Puro humo.
134.-
A esta altura, lo único que les quedaba, a los dos, para poder seguir adelante, era la violencia más desencadenada. No retrocedieron. Papá se lanzó por sobre el mostrador a abofetearle. El heladero se hizo fuerte detrás de la caja registradora. Los dos chicos salieron corriendo, pasaron a mi lado (yo estaba clavada en el umbral, fascinada, hilvanando de modo enfermizo las distintas lógicas que se sucedían en la controversia) y miraron desde fuera.
César Aira, Cómo me hice monja.
135.-
Cadáveres desnudos, con el cuerpo lacerado, el cráneo roto o la cabeza separada del tronco, aparecían luego, flotando en los canales, de los que emergían en el momento más inopinado, sembrando el pánico entre los recién casados o los matrimonios de más edad que habían acudido allí a pasar su luna de miel o a celebrar sus bodas de plata y que veían de pronto cómo una mano exangüe se aferraba rígidamente a la borda de la góndola que los paseaba .
Eduardo Mendoza, La isla inaudita.
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136.-
Madrid no se convirtió en capital de España, en Villa y Corte como se decía entonces, hasta que Felipe II decidió residir en ella en 1561 y hacerlo de una manera sedentaria. Cierto es que en la villa medieval, no fortificada por cierto, habían residido frecuentemente los reyes de Castilla, y en 1300 se habían reunido en ella las primeras Cortes del reino y veinte años más tarde las que había convocado Alfonso XI, que las presidió en persona.
Néstor Luján, Madrid de los últimos Austrias.
137.-
Olía a mendigo, a mendigo y a muerto, conocía muy bien esos olores. Entonces intentó abandonar el coche, pues le pareció que procedían de él, pero un dolor inmenso en el costado le paralizó. Comprendió que se trataba de un infarto, y se contempló fugazmente en el espejo retrovisor para comprobar que tenía cara de mendigo; un segundo después, tenía también cara de muerto.
Juan José Millás, Cuentos.
138.-
La única vez en la que yo estuve atento en el colegio fue cuando explicaron la reproducción humana. Aunque tampoco me sirvió de mucho: primero te hablaban de un guisante… después de unas abejas que salían de su colmena y llevaban el polen por ahí… Y luego te enseñaban unos dibujitos de una pareja en pelotas… Que yo pensaba: “¿Y aquí quién de los dos tiene el guisante…?”.
VV. AA., El Club de la Comedia contraataca.
139.-
En las largas tardes del verano, ya regadas las puertas, ya pasado el vendedor de jazmines, aparecían ellos, solos a veces, emparejados casi siempre. Iban vestidos con blanca chaqueta almidonada, ceñido pantalón negro de alpaca, zapatos rechinantes como el cantar de un grillo, y en la cabeza una gorrilla ladeada, que dejaba escapar algún riza negro o rubio.
Luis Cernuda, Ocnos.
140.-
Siempre fue enormemente excéntrica. Por si aún no está claro del todo: no podía soportar tres colillas en el mismo cenicero, gritaba si veía un botón suelto, no viajaba en un avión si en él iban dos monjas, no comenzaba ni terminaba nada los viernes. Y, por si fuera poco, era una mujer que no acababa de cerrar nunca del todo los grifos. Esto último, por cierto, era francamente desesperante.
Enrique Vila-Matas, París no se acaba nunca.
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141.-
Una de mis mitologías infantiles fue la de los contrabandistas. Ver, no vi muchos…, uno que apareció en mi casa de madrugada con un saco enorme al hombro, “Ha venido el paquetero”, dijeron; los que llevaban en conducción por la calle y alguna escena nocturna y fantasmal por carreteras de montaña con carabineros y gente con los brazos en alto y mucho lío de bultos, sacos y paquetes”.
Miguel Sánchez-Ostiz, El santo al cielo.
142.-
Llevaba una falda corta que le dejaba al aire dos muslos sólidos como cañones napoleónicos, que embutía en medias negras de encaje, aunque le debía parecer indecoroso el largo de la falda porque cada minuto se la estiraba con las manos uno o dos centímetros, cosa inútil, porque estiraba la falda y la falda se le volvía a subir.
Andrés Trapiello, Una caña que piensa.
143.-
Las postales y publicaciones expuestas en la entrada anuncian lo que se va a ver: cadáveres embalsamados, momificados. Hay que descender por las escaleras hasta los sótanos del convento. Ahí, en una galería larga de pasillos, se sostiene una multitud de hombres –se han llegado a contar ocho mil- mejor o peor conservados desde los últimos siglos. La mayor parte de las veces están puestos de pie; o tendidos, todos vestidos según su condición, igual que en un inmenso y moralizante lienzo barroco de la muerte.
Ismael Grasa, Sicilia
144.-
Se disponía el carro de combate a efectuar un segundo disparo sin duda definitivo, habiendo corregido en el ínterin el ángulo de tiro, cuando se vio una deflagración en la escotilla de la nave, se oyó un estruendo y una granada describió un arco impecable y dio de lleno en el carro de combate, reventando su blindaje, haciendo volar su santabárbara y produciendo entre sus ocupantes una mortal escabechina.
Eduardo Mendoza, El último trayecto de Horacio Dos.
145.-
Estaba ordenando mis papeles marchitos, el tintero, la pluma de ganso, cuando el sol estalló entre los almendros del parque y el buque fluvial del correo, retrasado una semana por la sequía, entró bramando en el canal del puerto. Era por fin la vida real, con mi corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día después de mis cien años.
Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes.
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146.-
La reacción de la pareja de actores fue histérica. Sin cesar de repetir que nada había cambiado en ese país de mierda, que todo, la casa, la policía y hasta el mismo aire estaba controlado por los militares, mal llenaron un par de maletas y se largaron sin molestarse en decir adiós al detective o cerrar la puerta.
Luis Sepúlveda, Hot line.
147.-
Cuando Charo se echó a llorar, Carvalho se dio cuenta de que habían pasado siete años y probablemente ella no era la misma persona. La Charo de antes hubiera llorado vencida por las lágrimas, la Charo de ahora las interpretaba, las sentía pero las interpretaba en el marco de una dramaturgia previamente imaginada.
Manuel Vázquez Montalbán, El hombre de mi vida.
148.-
La adolescente está desnuda sobre un podio. El vientre liso y la elipse oscura del ombligo quedan a la altura de nuestra mirada. Mantiene el rostro ladeado, los ojos bajos, una mano frente al pubis, la otra en la cadera, las rodillas juntas y algo flexionadas. Está pintada de siena y ocre.
José Carlos Somoza, Clara y la penumbra.
149.-
El colegio estaba en un antiguo caserón, hoy derruido para edificar una nueva casa sobre su solar, al concluir una vieja escalera, que daba a un patio pequeño, escalera de tramos desgastados y carcomidos y de anchas barandas lustrosas y renegridas por el roce de las manos y de las pernas. Porque era una delicia bajar la escalera, no a pie y escalón tras escalón, sino montado en la baranda, dejándose deslizar, sin pisar los escalones.
Miguel de Unamuno, Recuerdos de niñez y de mocedad.
150.-
Desde la ventana del hotel, con la primera luz de la mañana regando el caótico perfil de la ciudad en la que crecían al unísono los tejados dorados de los templos, los árboles exóticos, los canales entrevistos, los bloques de hormigón, los escombros y los quioscos y cocinillas que aún no humeaban sobre las aceras, el viajero tenía la sensación de que cuanto había visto el día anterior no había sido más que una pesadilla.
Rafael Chirbes, El viajero sedentario.

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