Una reflexión de Dámaso Alonso en torno a la lengua que tanto estudió. Las glosas, nuestra primera oración en español… Un interesante documento para llevar al aula

Esta lengua que uso, por la que a cada instante vierto mi pensamiento y mi corazón, ¿cuándo sonó por primera vez en España? Hace mucho que la Lingüística contestó (y, en lo esencial, aún vale esta respuesta): «El español actual es el latín que se habla en España en el siglo XX.» O, de otro modo: que el latín llega a ser el español a lo largo de una evolución lentísima y constante, y nunca podemos cortar por un punto y decir: «Aquí está el español recién nacido.» Así contestó la Ciencia. Pero en el espectro hay un instante en el que ya estamos seguros de ver color amarillo, y no verde. Se trata, pues, de saber cuál es el primer testimonio conservado que caiga ya del lado del español, y no del latín.

La dificultad estriba en que hasta los aledaños del siglo XIII se escriben en latín más o menos correcto lo mismo los documentos que las historias. Ese muro artificial nos tapa lo que detrás ocurre. Sabemos que un siglo antes la lengua hablada había ya producido nada menos que el Poema del Cid (pero la copia que nos lo conserva es tardía). Desde época muy anterior, los documentos en latín dejan filtrar a veces la realidad de lo que se hablaba: algunas palabras del romance diario se escapan de la pluma que quiere escribir latín. Ni faltan tampoco quienes anoten sobre los documentos latinos la traducción al vulgar de algunas palabras que ya resultaban difíciles de entender. A tales anotaciones llamamos glosas. Estudiando esas glosas y esas faltas, ha podido Menéndez Pidal rastrear la lengua que vivía en España entre los siglos X y XI: genial reconstrucción que nos honra a los españoles, pues no tiene par en la ciencia moderna.

Pero el rastreo es siempre por palabras sueltas o muy cortas frases. Solo una vez, entre las glosas del monasterio de San Millán de la Cogolla, atribuidas al siglo X, hay un trozo que se puede decir que casi tiene ya estructura literaria. El monje estaba anotando un sermón de San Agustín. En las palabras finales le ha apretado la devoción dentro del pecho. La última frase latina (dos líneas y media) la ha traducido íntegra. Sin duda le ha parecido seca: la ha amplificado (hasta doce líneas cortas), añadiendo lo que le salía del alma. He aquí este venerable trozo (publicado por Gómez Moreno y por Menéndez Pidal), que es, por hoy, el primer texto, no podemos decir que de la lengua castellana, pues hay algún matiz dialectal, pero sí el primero de lengua española:

Cono ayutorio de nuestro dueño dueño Christo, dueño Salbatore, qual dueño yet ena honore e qual dueño tienet era mandacione cono Patre, cono Spiritu Sancto, enos siéculos de los siéculos. Fácanos Deus omnipotes tal serbicio fere que denante ela sua face gaudiosos seyamus. Amen.

O sea, en castellano de hoy: «Con la ayuda de nuestro Señor Don Cristo, Don Salvador, señor que está en el honor y señor que tiene el mando con el Padre, con el Espíritu Santo, en los siglos de los siglos. Háganos Dios omnipotente hacer tal servicio que delante de su faz gozosos seamos. Amén».

El primer vagido de la lengua española es, pues, una oración.[…]”

Dámaso Alonso, “El primer vagido de nuestra lengua”

ACTIVIDADES

1– ¿Cuál es el origen del español según Dámaso?

2– ¿Qué dificultades encuentran los lingüistas para determinar cuál es el primer testimonio de español? Puedes argüir razones que no estén en el texto.

3– Investiga sobre la figura de Menéndez Pidal y elabora un breve informe para exponerlo en clase.

4– Posiblemente el ambiente nacional-católico que se respira en los años 40 inspira la última frase del texto. Explica qué quiere decir en el contexto de la época.

5– Escribe un texto de opinión sobre la importancia de la protección y el cuidado de las lenguas. Indica qué medidas pueden tomarse para hacer efectivo ese cuidado.

6– Lee el artículo 3 de la Constitución española. Indica cuáles son las lenguas oficiales en el territorio nacional.

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