Delibes. Cinco horas con Mario. Capítulo XVIII

En esta obra conoceremos a Mario a través de Carmen, su esposa, que pasa la noche velando el cadáver del “protagonista” muerto. Pero no solo aparece Mario, un hombre bueno e inquieto, sino también las actitudes mucho más tradicionales y conservadoras de Carmen, la esposa. Ambos representan dos visiones de la vida distintas, pero obligadas a convivir.

En este fragmento, que comienza con una cita bíblica, entre comillas, Carmen establece un monólogo imaginario con el marido muerto. Se trata, no obstante, de un monólogo interior que no sigue un orden lógico porque intenta reflejar el discurrir de un pensamiento no dirigido por la lógica sino por las sugerencias.

Destacaremos en el texto el uso de coloquialismos tanto léxicos como sintácticos y recomendaremos su lectura en voz alta.

Cinco horas con Mario. Capítulo XVIII

“Hijo de hombre, voy a quitarte de repente lo que hace tus delicias, pero no te lamentes ni llores, no derrames una lágrima. Suspira en silencio, sin llevar luto por el muerto; ponte el turbante en la cabeza y calza tus pies, no te cubras el rostro ni comas el pan del duelo”, y no es por dármelas de adivina, Mario, pero cuando murió tu madre y te vi tan campante, como si nada, me di cuenta del orgullo que te recome. Y la pánfila de Esther todavía: «tu marido tiene una gran dignidad en el dolor», ya ves, puntos de vista, que me dan a elegir entre Esther y Encarna, Encarna y Esther y me quedo con la del medio, fíjate, que cada una en su estilo, en su vida han hecho otra cosa que malmeterse. Dignidad en el dolor, ¿qué te parece? También son ganas de trabucarlo todo. Y cuando llorabas por leer el periódico ¿qué? Entonces estabas enfermo, qué bonito, que me apuesto lo que quieras que si tú te pones a cantar el día que se murió tu madre a Esther la hubiera parecido muy bien, a escape hubiera encontrado una razón para justificarte, me apuesto lo que quieras. Es como Luis: «Exceso de control emotivo. Depresión nerviosa», me río yo, que los médicos, cuando no saben qué decir, todo lo achacan a los nervios, que es muy cómodo eso. Es lo mismo que cuando te quitaste el luto a los dos días porque te entristecían tus pantorrillas, habrase visto, y, encima, Esther que te comprendía, que el luto es una rutina estúpida que hay que desterrar. Anda que estaría bueno que no te entristecieran tus pantorrillas, ¡pues para eso es el luto, zascandil!, ¿qué te habías creído? El luto es para recordarte que tienes que estar triste y si vas a cantar, callarte, y si vas a aplaudir, quedarte quieto y aguantarte las ganas, que yo recuerdo el tío Eduardo, cuando lo de mamá, en el fútbol, como una piedra, igual, ni en los goles, fíjate, que llamaba la atención, y si alguno le decía, «pero ¿tú no aplaudes, Eduardo?», él enseñaba la corbata negra y sus amigos lo comprendían muy bien, ¿qué te crees? «Eduardo no puede aplaudir porque está de luto», decían, y todos conformes, a ver, para eso es el luto, botarate, para eso y para que lo vean los demás, que los demás sepan, con sólo mirarte, que has tenido una desgracia muy grande en la familia, ¿comprendes?, que yo ahora, inclusive gasa, que no es que me vaya, entiéndeme, que negro sobre negro cae fatal, pero hay que guardar las apariencias.

Miguel Delibes, Cinco horas con Mario, 1966

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