Cervantes, hidalgo y español

CERVANTES, HIDALGO Y ESPAÑOL

Victoriano Santana Sanjurjo I

A Inma (M.C.) M.T., con amor

Hablemos de Cervantes, de las soledades de sus pasos y de las tristezas de sus caminos; hablemos de su pantanosa personalidad y de los atemperados credos de su cosmovisión, cortados con las tijeras del desengaño y vestidos con los ropajes de la corrosión; hablemos, sobre todo, de sus frustaciones, de esos vasos de amargo veneno onírico que tantas veces tuvo que beber y que se transformaban en su caída de trizas en esquirlas doradas de una realidad que nunca fue como sus sueños se atrevían a insinuarle, sino como su ingenio lograba dictar al brazo que firmó y selló, como tantos otros, en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros.

Cumplamos nuestro propósito alejando al vate de los pedestales y de las hagiografías literarias que han terminado por ubicarlo, como las reliquias catedralicias, donde todos lo vean y nadie lo pueda tocar, porque, al fin y al cabo, Cervantes, el gran Cervantes, el padre o padrastro de don Quijote, es tan nuestro o más, vaya uno a saber, que de las lumbreras cervantistas, tan responsables de dar luz sobre las oscuridades de nuestro personaje como de los deslumbramientos que el mismo nos ocasiona con sus luces. Nosotros, los cervantófilos, con nuestra humilde condición a cuestas, admiramos serenamente a este pariente tan cercano al hidalgo manchego y dejamos que sean las musas literarias, habidas en los antecedentes del creador y multiplicadas tras la gestación y las altas pretensiones de su hijo o hijastro, las que lo coronen entre nosotros con el placer de cada lectura cervantina y con la insolencia de cada escritura cervántica.

Hablemos, pues, de este mesías extraño e inesperado que prácticamente fuera de tiempo y sazón presentó sus credenciales de genio inmortal en la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno y con ella, por su condición de punto de inflexión en las trayectorias escritoras posteriores, nació una nueva era literaria que ha presidido, en su edificación y perpetuación, los mejores años de todo lector reflexivo que se precie, aquellos que se gestan en el barullo de una pregunta (¿Por qué El Quijote?) con mil respuestas, una respuesta (El Quijote) para mil preguntas, millones de preguntas y respuestas en los entresijos de cada Quijote y millones de quijotes que se preguntan y casi nunca logran responderse.

En el camino, en esta trashumancia de lecturas y pensamientos, cuatro siglos, miles de ediciones, centenares de países e idiomas, millones de cervantistas y billones de cervantófilos que han testimoniado su adhesión inquebrantable a este fundamental libro de valores donde todo es posible e interpretable, y donde se hace realidad el sueño de unas páginas interminables en las que muchos finales no son más que los umbrales de algunos inicios y muchas relecturas los preludios de infinitos principios.

Y en el fondo, confesémoslo porque ya es hora, en el fondo de todo se halla la íntima satisfacción de saber que siempre habrá para nosotros una respuesta, ese pequeño tributo que exigimos a un libro y que El Quijote paga con la solvencia de cuatrocientos años de cabalgada. Porque siempre que, anhelantes, preguntamos a nuestro texto por el placer de su lectura, éste nos responde haciéndonos concluir que tanta perfección no es posible; y cuando nos entregamos al apasionante ejercicio de la arqueología cervantina, con el fin de hallar, entre vericuetos, los prados de las castálidas, éste nos contesta, en los interlineados de las frases y las entrañas ideológicas de las expresiones, con un sinfín de atajos que siempre terminaremos recorriendo en las caravanas de la admiración después de haberlos localizado en los suspiros de cada satisfacción.

Así, pues, mi querido caminante, detente en esta encrucijada y lee, porque aquí, en este mausoleo de nuestras veneraciones, yace el recuerdo de quien hizo de sus desgracias flor de nuestros agrados y de sus fatalidades frutos para nuestros placeres. Complutense fueron las aguas que lo cristianaron y el ingenio lego que in absentia Cisneros apadrinó. Quieren decir que tenía en Córdoba por abuelo a un abogado de la Inquisición y familiar del Santo Oficio, que así endilgaba hidalguía como daba cristiandad al linaje.

Es, pues, de saber que este sobredicho…, los ratos que estaba ocioso, se daba a leer y componer con tanta afición y gusto, que frisaba su edad en poco más de veinte años cuando era dueño de muchas lecturas y de composiciones condenadas a desaparecer, perdidas en cajones o cambiadas en las futuras enmiendas. Algo alumbró en esos tiempos y decíase él por entonces: Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún ilustre caballero que dice venir en nombre del Rey para solicitar mis versos, como de ordinario les acontece a los más fecundos hijos de las Musas, ¿no será bien a tener qué enviarle presentado, y que cuando vea los muchos y donosos versos que tengo diga el demandador: Yo, señor, afortunado en el oro pero seco, avellanado y antojadizo en el noble arte de la composición, voto a Dios que nunca he leído ni oído nada tan hermoso como lo que habedes fecho con vuestro entendimiento y os pido que al Rey, nuestro señor, deis parte para que le colmen de maravilla y de contento?

A la par que su ingenio crecía, lo hacía su peregrinar, pues anduvo desde muy temprana edad por diversas ciudades hasta que se asentó en Roma, adonde llegó para unos por pendencia, para otros por amor, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben: aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que fueron ciertas heridas hechas a un cortesano en una reyerta las que firmaron la pérdida de su mano derecha y el destierro por diez años. Como evitando su presencia evitaba el castigo, huyó, con veintidós año
s, a la Ciudad Eterna.

Allí, lector sensible y de reconocido talento, fue camarero de un cardenal un año mayor que él; pero, cuando más seguros tenía los dulces frutos del mecenazgo, optó por la irregular vida soldadesca en la primavera de 1570. Roma era Italia; Italia era Arte y Arte fue lo que vio y leyó, hasta el punto que vendió muchas hanegas de tiempo para comprar libros… en que leer, y así, llevó a su casa todos cuanto pudo haber…; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Sannazaro o León Hebreo; porque la claridad de su prosa y aquellas dulces razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos diálogos de amor en torno a mil arcádicos jardines y cuando las honestas damas agraviadas sentíanse por una lasciva mirada de un tosco y a todas luces irreverente pastor.

Las armas lo llamaron y a ellas acudió. Héroe fue en Lepanto, donde una mano dejó; la misma que otros usaron para ensalzar su pundonor en la contienda contra el Gran Turco. Si Lepanto fue buscado, encontrado fue Argel, donde lo hicieron esclavo; mas, si cuando libre fue héroe, qué no sería cuando las cadenas aprisionaban su libertad. Cuatro intentos hubo y en ninguno escapó; no obstante, la suerte vino a liberarle. Culpable o no a los veintidós, con treinta y tres y manco a España regresó.

Aquí buscaba lo que buscan quienes a esa edad tienen que rehacer su vida y empezar de nuevo. Buscó, pidió y no le dieron; quiso ir a América y no le dejaron. No entendía cómo sus lepantinos y argelinos méritos no eran reconocidos en la corte del gran imperio español. Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.

Mientras tanto, tejía el suave velo con el que cubriría a la pastoril Galatea y a los gallardos pastores que alababan su sin par belleza. Tan hermosa la vio y en tantas estrecheces vivía, que con ella probó suerte publicándola y esperando las alabanzas del gremio apólico de las musas; no las tuvo y al silencio se entregó durante veinte años, en los que otros menesteres ocuparon su pluma.

Pero la tristeza de una inspiración que rondaba sueños y pensamientos en voz alta le hizo enfrascarse tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio: le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su imperio, el Parnaso, hacerse caballero andante. Así, en un lugar de la Mancha, el que de antaño había sido alabado en Lepanto y admirado en Argel, limpió unas armas que había sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Buscó un nombre y en este pensamiento duró… ocho días, y al cabo se vino a llamar Don Quijote, o sea, Miguel de Cervantes.

El hidalgo fue un sueño de Cervantes y don Quijote un sueño del hidalgo. El doble sueño los confunde y algo está pasando que pasó mucho antes. Quijano duerme y sueña. Una batalla: Los mares de Lepanto y la metralla.

Jorge Luis Borges.

Aquí yace el recuerdo de quien hizo de sus desgracias flor de nuestros agrados y de sus fatalidades frutos para nuestros placeres.

Ahora, ve y prosigue tu camino.

NOTAS

Extraemos una serie de interesantísimos fragmentos, insertos en la extraordinaria introducción que el profesor don Martín de Riquer realizó para su edición del Quijote, que, sin duda, iluminarán a nuestros lectores hasta el punto de disipar en ellos las espesas tinieblas antiquijotescas que muchos encierran aún en su espíritu:

Es evidente que el ‘Quijote’ resulta ser mucho más que una invectiva contra los libros de caballerías, y la prueba está en que la novela de Cervantes es leída, admirada, vivida y enjuiciada por millares y millares de lectores de todos los países y que desde hace tres siglos no han leído un solo libro de caballerías o tienen muy vaga idea de lo que fueron .

Lo extraordinario del ‘Quijote’ es que es una parodia que interesa al que desconoce lo parodiado, un libro con una circunstancia muy concreta que llega a los más alejados en el tiempo y el espacio, una diatriba para acabar con algo que hace mucho que se acabó, y que cada día nos abre mayores perspectivas y posibilidades de reflexión y de auténtico regocijo, pues el que no se da cuenta de que el ‘Quijote’ es un libro divertido lo ha entendido tan poco como el que no ha reparado en su tristeza .

El ‘Quijote’ es una novela clarísima, sin trampa de ninguna clase; abre de par en par sus páginas para todo aquel que se acerque a ellas y jamás lo defrauda. Y si nos quedáramos aquí, ante este libro divertido y prodigiosamente escrito, sin indagar más ni pretender buscar otra cosa, ya habríamos ganado mucho e incluso reconoceríamos su mérito universal. Pero difícilmente encontraríamos un lector del ‘Quijote’ que no quisiera ir más allá, que no pretendiera explicarse aquellas páginas tan claras o que no intentara indagar qué más persiguió Cervantes con esta novela .

En cuanto aparece la aventura desaparece don Quijote, por la sencilla razón que don Quijote es una falsedad; que no es ni caballero ni fuerte, e incluso su Dulcinea es una moza que se llama Aldonza Lorenzo. Ante el Mediterráneo, el mar latino, se dicen las verdades, y en las arenas de la playa de Barcelona don Quijote será vencido por un bachiller manchego también disfrazado de caballero. Todo ello es triste, muy triste, porque el lector ha cobrado un afecto extraordinario por este don Quijote, bueno, inteligente, simpático, honrado, pero a quien su chifladura ha convertido en un arcaísmo viviente, que sólo tiene validez ante lo imaginado o lo fingido y que se desmorona ante la realidad. El lector ya juzgará si hay en ello o no una ejemplaridad y una lección para los quiméricos y fantasiosos, es decir, para los quijotes .

Lo auténtico y lo ficticio, lo real y lo imaginado, se funden perfectamente gracias al supremo arte de Cervantes, que, sobre todo en el segundo tomo del ‘Quijote’, ha alcanzado su más profunda madurez y un dominio insuperable en el oficio de hacer novelas, hasta el punto, que nos llega a dar la impresión de que, como un hábil malabarista, juega con su propia obra, la domina y la lleva por donde quiere, hasta ironizar con ella y consigo mismo .

Las dos partes del ‘Quijote’ están escritas en actitud irónica y sin que el humorismo decaiga. Cuando el escritor acaba su novela tiene ya sesenta y ocho años, ha sufrido toda suerte de penalidades, de estrecheces y de humillaciones, de las que no se ha escapado su propio hogar, y aunque en el ‘Quijote’ existe un fondo evidente de amargura y de tristeza, la forma es alegre y risueña, chistosa y divertida, como si con estas manifestaciones humorísticas quisiera ahogar un dolor profundo .

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De todos es sabido que Cervantes es alcalaíno; así al menos parece demostrarlo la fe bautismal incluida en el folio 192 vuelto del Libro primero de Bautismos de la iglesia parroquial de Santa María la Mayor, de Alcalá de Henares. Esta partida salió a la luz por primera vez en la página diez del primer volumen del Discurso sobre las tragedias españolas que Agustín de Montiano publicó en Madrid en 1753, aunque no fue transcrita con meridiano rigor paleográfico hasta 1901, según nos cuenta Astrana Marín , gracias a Ramón Santa María, quien luego la cedería para que fuese publicada en el libro de Ramón León Máinez Cervantes y su época (Jerez de la Frontera, 1901). En la referida fe bautismal podemos leer lo siguiente:

Miguel domjngo nueve dias del mes de otubre Año del señor de mill

e qnjs. e quarenta e siete años fue baptizado miguel

hijo de Rodrigo de çervantes e su muger doña leonor fue

ron sus conpadres Ju.º pardo baptizole El R.do señor br.e

seRano Cura de nra señora ts.º baltasar vazqz. Sacrista

e yo q. Le baptize e firme de mj nobre

El bachillr.

SeRano

El 9 de octubre de 1547 tuvo lugar el hecho religioso. ¿Cuándo nació? Se cree que el 29 de septiembre. La base de esta suposición está en el nombre, ya que en este día el santoral católico celebra el día de San Miguel Arcángel. La proximidad con la fecha del bautismo y la arraigada tradición española de bautizar al recién nacido con el nombre del santo del día de su nacimiento parecen apuntar a que, efectivamente, tal día como el señala
do tuvo lugar el natalicio. A esta justificación se ha añadido otra nada desdeñable: el hecho de que ningún familiar cercano, o persona más allegada a la familia, se llamase Miguel.

Ahora bien, resulta poco congruente apelar a una tradición española como la citada y no tener presente otra muy enraizada en nuestra cultura hispánica: poner al primogénito el nombre del padre. Ese primer hijo varón de don Rodrigo y doña Leonor se llamó Andrés. De él sólo sabemos que murió a temprana edad. Más tarde nacieron dos mujeres: Andrea (1544) -cuyo nombre posiblemente tuvo su origen en el del hermano fallecido- y Luisa (1546). Cuando Miguel nació se convirtió, por tanto, en el único varón de la familia. Podría argumentarse que no es obligatorio bautizar al recién nacido con el nombre del santo del día de su nacimiento o con el de su padre en el caso de ser primogénito; es cierto, pero entonces, ¿por qué a su hermano, nacido tres años más tarde que Miguel, sí se le puso el nombre de su padre? Evidentemente, de lo que no cabe la menor duda duda es de que entre las pretensiones paternas debía estar la de bautizar a uno de sus hijos varones con su nombre. ¿Por qué no al autor del Quijote?

En la búsqueda de una respuesta a esta pregunta nos hemos tropezado con dos hechos muy significativos: por un lado, un precepto eclesiástico, vigente en su momento, en el que se condena con culpa venial al que, sin necesidad ni peligro, tarda más de ocho días en llevar al recién nacido a las fuentes bautismales; por el otro, la inveterada costumbre de la época de no demorar el bautizo más allá de tres días después del nacimiento, salvo –y aquí viene el matiz- que el pequeño corriera algún tipo de peligro. El bautizo de nuestro personaje excedió ambos plazos. ¿Pudo, nada más nacer, estar en riesgo su vida? ¿Fue esta situación la que motivó el retraso del sacramento?

El temor por la vida del pequeño Miguel pudo incitar a la familia a formular una promesa al santo que lo vio nacer, una costumbre, por cierto, también muy arraigada en nuestra tradición. Salvado éste de cualquier contingencia, en agradecimiento, lo cristianaron con el nombre de Miguel. Esta teoría, a diferencia de las anteriores, nos permitiría demostrar por qué su bautizo se retrasó y por qué siendo el primogénito no llegó a llamarse Rodrigo, como su padre.

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Su abuelo, Juan de Cervantes, nacido en 1470, se estableció en Córdoba, donde fue abogado de la Inquisición y familiar del Santo Oficio. Esta circunstancia permitió que las posibles dudas de ascendencia conversa que pesaban sobre la familia fuesen desterradas, pues, en principio, nadie que no fuese cristiano viejo podía acceder a dicho tribunal. Al volver a su casa, en 1502, aceptó el cargo de abogado del Real Fisco de la Inquisición de Córdoba. A pesar de su hostilidad hacia el Santo Oficio, le permitía este cargo ahuyentar a metementodo y hurgaorígenes .

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Cervantes siempre dió muestras de tener un particular gusto por todo lo concerniente a la literaturaII o, por ajustarnos más a la verdad, por lo que podríamos denominar como letra impresaIII.

Si tenemos en cuenta que una afición por la lectura trae consigo, generalmente, una afición por la escrituraIV, no debe extrañarnos el hecho de que desde un principio nuestro autor viese con buenos ojos dedicarse a los menesteres de escritor. Creemos que así fue y que parecía estar destinado para ello cuando con veinte años, en octubre de 1567,  aparecieron sus primeros versos en uno de los medallones de los arcos triunfales que Alonso Getino de Guzmán dispuso para la celebración del nacimiento de la infanta Catalina MicaelaV. Es probable que la relación de asociados existente entre Alonso Getino y el padre de nuestro autor hubiese bastado para que el primero no pusiese objeciones puntillosas sobre la calidad del poema de Cervantes: debió encontrarlo más o menos aceptable y tuvo hueco donde alojarlo. Independientemente del valor literario de esta composición el interés de la misma radica en el hecho de que ya por entonces Cervantes debía poseer un bagaje mínimo de lecturas (donde, sin duda, primaba Garcilaso y una serie de gruesas novelas que en aquella fecha contaban con ediciones que le eran accesibles el ciclo de los Amadises los Palmerines diversos libros de caballerías sueltos y la novela caballeresca ‘Tirante el Blanco’ ) y, al mismo tiempo, un número indeterminado de papeles rellenos de composiciones condenadas a desaparecer, perdidas por los cajones o cambiadas tras las futuras enmiendasVI.

Al año siguiente, esta inquietud literaria se verá reafirmada con la publicación de una serie de poemas de nuestro autor en el homenaje a la reina Isabel de Valois que el cardenal Diego de Espinosa encargó al maestro López de HoyosVII. En el volumen, el referido maestro se dirige a Cervantes como caro y amado discípulo, lo que ha generado no poca controversia entre los cervantistas: hay quienes han entendido este discípulo como una prueba evidente de que en ese momento Cervantes estudiaba con López de Hoyos; otros han querido ver el matiz de afectividad y estima que el término encierraVIII: Es poco lógico –nos dirá Riquer- que Miguel de Cervantes, a sus veintiún años asistiera como escolar a sus clases; y es de suponer que antes ya había recibido enseñanzas de él .

Así pues, en 1569 tenemos a un Cervantes con unos supuestos estudios primarios (posiblemente realizados entre Valladolid, Córdoba y Sevilla) y con el suficiente bagaje de curiosidad como para ir cimentando el conocido apodo de ingenio lego que un buen día le atribuyera Tomás Tamayo de Vargas; ha crecido, además, en un entorno familiar donde sus padres saben leer y escribir (hecho éste que, en lo tocante a la madre, es muy excepcionalIX
); y, por si fuera poco, se siente tentado por la literatura en la medida que ya ha realizado sus primeras incursiones en la misma.

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Es posible que ciertos lances de honor con violencia hubiesen obligado a nuestro personaje a salir precipitadamente de España y arribar a ItaliaX. Sea lo que fuere, lo cierto es que la escasa diferencia de edad de ambos (el cardenal era un año mayor) y el servicio que Cervantes realizaba para él (era su camareroXI) debió traducirse en una ocasión idónea para adquirir un prestigio social que la inestable vida familiar en España parecía incapaz de concederle. En Italia era nuestro autor un hombre versado en lecturas, con cierta sensibilidad y reconocido ingenio; si hubiese querido sacar buen provecho de su situación, sin duda que lo hubiese conseguido. ¿Qué mejor mecenas que un cardenal? ¿Dónde se iba a encontrar mejor que bajo la protección de Acquaviva, en el todopoderoso Vaticano del siglo XVI? De creer las palabras del paje que encuentra Don Quijote, tal vez esperó que su paso por la mansión de Acquaviva fuera para él el mejor de los trampolines, «que paso tiene el servir a los buenos: que del tinelo suelen salir a ser aférez o capitanes» . Es interesante constatar cómo teniendo la posibilidad de asentarse en el influyente Vaticano opta por la irregular vida soldadesca.

En este sentido, es posible que Arrabal no esté muy desacertado cuando afirma que durante la primavera de 1570 pudo tomar nuestro autor la decisión de abandonar a su apasionado pero insoportable amigo y señor. Sin dinero ni ocupación, extranjero, chapurreando italiano, prefirió la libertad a la rutina .

Independientemente de lo que hiciese nuestro autor, lo importante para el caso que nos ocupa es señalar cómo la Italia del siglo XVI contribuyó a que el patrimonio literario que nuestro autor se trajo consigo de España se viese incrementado con la lectura de autores como León Hebrero o Sannazaro, como referentes más inmediatos: Indudablemente, Cervantes conocía la ‘Arcadia’ (Venecia, 1502) de Sannazaro, que de seguro leyó en italiano, pero que estaba traducida al castellano desde 1547 (Toledo) por el canónigo Diego López, el capitán Diego de Salazar y el racionero Blasco de Garay . López Estrada y López García-Berdoy nos apunta sobre la estancia italiana de Cervantes lo siguiente:  durante su estancia en Italia, Cervantes pudo conocer (si es que no tenía ya noticias antes) la fama de la ‘Arcadia’ y leer la obra que representa el triunfo de la primera formulación europea de la tradición pastoril No es de extrañar, pues, que en ‘La Galatea’ aparezcan algunas relaciones con esta obra de Sannazaro .

Cabe suponer, pues, que las líneas primitivas de su Galatea se comenzasen a trazar en este momento. El fin no era otro que dar un lógico paso cualitativo en su trayectoria creativa aprovechando el entorno cultural que le rodeaba, propicio para este tipo de proyectos. No obstante, como sus ocupaciones eran otras, la literatura no fue una prioridad, sino un pasatiempo. No tenemos al Cervantes creador en sentido estricto, pero sí, al menos, observador y, lo que es más importante, lector. Estamos en una etapa de folios rellenos de versos y estrofas condenadas a desaparecer en el olvido o a invernar, esperando la llegada de la primavera literaria.

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Las puertas de la Fortuna, tan pródigas a veces en abrirse como en no hacerlo, se habían congraciado con nuestro autor y si cerró las que habría de proporcionarle la gloria de las letras, dejando atrás al cardenal, la de las armas se abría ahora con más fuerza que nunca: enfermo e inexperto, combatió de forma memorable en la batalla de Lepanto (5 de octubre de 1571).

En Messina sanó de las heridas del pecho y de su mano izquierda y poco después de reanudar su actividad militar optó por regresar a España junto a su hermano Rodrigo. El 26 de septiembre de 1575 fue apresada la galera en la que volvían a España y se les condujo hasta Argel, donde quedaron confinados como esclavos. Nuestro personaje llevaba ciertas cartas de recomendación -justo premio por la heroicidad mostrada en su breve trayectoria militar- que fueron interpretadas por los captores como pruebas irrefutables de que habían apresado a una alta personalidad que bien justificaba la petición de un rescate más elevado.

Cervantes, privado de libertad, no dudó en buscarla de la mano de cuatro heroicos intentos de fuga que, si bien no dieron sus frutos más apetecidos, al menos no le costaron la vida por encabezarlosXII. No nos interesa incidir mucho sobre las causas de este continuado perdón, pues aún hoy sólo pueden hacerse conjeturas al respecto. Lo que está claro es que tuvo que haber motivos muy sólidos para que se le perdonase la vida cuatro veces por delitos tan graves como el de participar en estos cuatro intentos de evasión. Con el tiempo se han diluido las afirmaciones de quienes justificaban este perdón por ser Cervantes, a los ojos de sus carceleros, alguien importante -tal como las cartas de recomendación les hicieron suponer-, pues de haberlo sido no hubiese tardado tanto su familia ni la maquinaria cortesana en rescatarlo. Sí cabe esta suposición para la primera vez o, a lo sumo, para la segunda, pero no se sostiene para las restantes. Tampoco tiene mucho fundamento la teoría, defendida con fervor por sus hagiógrafos, según la cual el heroísmo de Cervantes encandiló a Hasán Bajá, bey de Argel, hasta el punto de hacerle aflojar donde era implacable.

Desconocemos el alcance de las afirmaciones formuladas por algunos investigadores sobre la posible pertenencia de nuestro autor al grupo de esclavos particulares de Bajá y que por ello hubiese sido obligado a mantener, quizá contra su voluntad, relaciones homosexuales. En caso de ser ciertas las aserciones expresadas sobr
e esta cuestión, sí estaríamos ante un hecho trascendental para este paladín, cuyas experiencias sodomitas, en caso de que las hubiera, pudieron difundirse en los corrillos cortesanos y de ahí a las altas instancias en las que procuraba mostrar el esplendor de su trayectoria militar. Es posible que la situación llegase a extremos de suma incomodidad para nuestro autor y que, con el fin de disipar las encubiertas y molestas acusaciones de pecado nefando, buscase remedio, a la avanzada edad de 37 años, en el matrimonio con Catalina de Salazar.

Sea como fuere, en Lepanto y Argel surgió para la Historia el héroe. En las numerosas relaciones del momento, con la de fray Diego Haedo al frente, Topografía e Historia general de Argel , se hizo mención expresa de la intrepidez de nuestro autor. El recuerdo de este heroísmo le marcaría hasta el punto de ser determinante para buena parte de sus inquietudes literarias posteriores a 1585, porque, como nos apunta Canavaggio, fue en estas experiencias donde se forjó su destino personal .

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El 27 de octubre de 1580 pisó tierra española, después de no hacerlo desde diciembre de 1569. Tenía 33 años, y era mediano de cuerpo, bien barbado, estropeado del brazo y mano izquierda, tal como reflejaba su partida de rescate fechada el 9 de septiembre de 1580. Sus padres son mayores y arrastran el peso de la deuda contraída para liberarle; su hermano, rescatado unos años antes, está lejos del hogar familiar sirviendo al Rey; Luisa, una de sus tres hermanas, es monja; y de Andrea y Magdalena muy poco se puede esperar a juzgar por sus escandalosas relaciones amorosas.

Estamos, pues, en un punto crucial en la vida del Cervantes escritor. Es lógico pensar que su nuevo papel de cabeza de familia determinase una estrategia de actuación diferente a la deseable. Como se ha dicho, había deudas que pagar, una familia que sostener y una nueva vida que reiniciar. Cervantes cree que sus méritos han de ser recompensados adecuadamente, no de cualquier forma; acepta de la Corte el encargo de ir a Orán para atender ciertos asuntos porque su situación es precaria, pero no deja de solicitar lo que entiende que le corresponde.

Se hace muy difícil creer que la Corte de un imperio como el español del momento no tuviese un hueco para alguien cuyos méritos estaban más que contrastados en las numerosas relaciones sobre Lepanto y Argel. Hueco, sin duda que lo había, otra cosa es que gustase o no al destinatario. Y fluye con esta actitud la condición indispensable de su estado social: su hidalguía.

Si en España no podía obtener cargo alguno que fuese acorde con sus méritos, ¿qué mejor lugar que América para conseguirlo? Al fin y al cabo, el continente americano apenas tenía un siglo de vida en los ojos europeos, era demasiado grande y aún había mucho que hacer. La determinación de Filipo de Carrizales en El celoso extremeño recordará a la que años antes debió asumir su autor: Viéndose pues tan falto de dineros, y aún no con muchos amigos, se acogió al remedio, a que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores (a quien llaman ciertos los peritos en el arte) añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos  .

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El 17 de febrero de 1582, en Madrid, envía nuestro protagonista una carta a don Antonio de Eraso, miembro del Consejo de Indias y secretario de Felipe IIXIII. El interés de la misma no radica únicamente en el deseo de nuestro autor de ir a América, sino que, además, en dicho documento se constata cómo de alguna forma Cervantes no se desligó nunca de la literatura ni como lector ni, por fortuna, como escritor. En un fragmento de la carta afirma: En este ínterin me entretengoXIV en criar a ‘Galatea’, que es el libro que dije a vuestra merced estaba componiendo. En estando algo crecida irá a besar a vuestra merced las manos y a recibir la corrección y enmienda que yo no le habré sabido dar.

¿Podía Cervantes centrar su atención en otras cosas que no fuesen la búsqueda de una estabilidad económica que librase a los suyos y a él mismo de los apuros y estrecheces que estaban padeciendo desde que regresó del cautiverio? ¿Es lógico suponerle entregado sin condición a la composición literaria cuando las circunstancias demandaban otras incursiones? El tiempo empleado en La Galatea tuvo que provenir necesariamente de las numerosas horas de inactividad de nuestro hidalgo personaje, quien, desocupado, se entregaba al pasatiempo de la literatura. No en vano afirmara en el prólogo de su novela pastoril lo siguiente: no he publicado antes de ahora este libro, ni tampoco quise tenerlo para mí solo más tiempo guardado, pues para más que para mi gusto sólo lo compuso mi entendimiento.

Conviene destacar, además, el hecho de que le recuerde Cervantes a Eraso el libro que dije a vuestra merced que estaba componiendo puesto que ello implica suponer que La Galatea se estaba componiendo desde hacía un tiempo -como mínimo desde el último encuentro de ambos en el que, posiblemente, nuestro autor comentó al del Consejo esta circunstancia-. La carta a Eraso es del 17 de febrero de 1582 y el Privilegio Real de La Galatea está fechado el día 22 de ese mismo mes pero de 1584, ello nos mueve a considerar que, con toda seguridad, durante el último trimestre de 1583 el libro estuvo imprimiéndose, lo que ciñe el proceso compositivo de nuestra novela a los períodos comprendidos entre la primera mitad de 1583 hasta, quizás, 1581, una etapa, creemos, bastante amplia y propia de quien no se ha marcado un plan de trabajo riguroso: No poco sin duda de estas que llama “primicias de mi corto ingenio” (se re
fiere a la actitud que manifiesta nuestro autor en el Prólogo de la novela) escribiéronse en Italia y en Argel; pero bastante reformaría y acoplaría después. La novela encierra más de 5.000 versos  en toda clase de metros, que requieren largo tiempo, y algunos libros de ella, sin contar el sexto, por sus alusiones, fueron positivamente trazados íntegros luego de su llegada de Argel y, en consecuencia, de su regreso de Portugal .

En un primer momento, nada más arribar a España, Cervantes busca los medios que habrán de solventar la difícil situación por la que está pasando. Pide aquí, busca allí y en todas partes reclama un puesto acorde a sus méritos. Mientras tanto, en sus ratos de ocio se entrega a la composición de su novela pastoril. ¿Cuándo, cómo y por qué se decide a publicarla? En última instancia, creemos que tuvo que ser la necesidad la que le obligó a sacar a la luz esta obra: Pretendió probar suerte con una obra que poco a poco había ido adquiriendo cuerpo.

La Galatea pasa así de ser un montón de folios manuscritos que todos los días eran repasados y enmendados sin un objetivo medianamente claro a corto o medio plazo, a ser un proyecto de envergadura que conviene cuidar y atender porque en él se ha depositado buena parte de la solución a los problemas que padecían tanto su familia como él:  Para salir a la palestra literaria, Cervantes elige un género de mucho éxito por esas fechas, utilizado con frecuencia por los escritores noveles en su debut: la novela pastoril. Nuestro escritor elige un género bien conocido por los lectores de finales del siglo XVI que le puede proporcionar éxito no sólo en lo literario, sino también un medio con el que pueda salir de la precaria situación económica en que se encuentra .

En 1585 vio la luz, en la imprenta de Juan Gracián, en Alcalá de Henares, la Primera parte de la Galatea. El título indicaba que había en Cervantes una voluntad, a priori manifiesta, de que esta primera obra tuviese su continuación. Al final mismo del libro, en el último folio, nos muestra que deseaba hacerla y qué condición era fundamental que se cumpliese para llevarla a cabo: El fin de este amoroso cuento e historia, con los sucesos de Galercio, Lenio y Gelasia, Arsindo y Maurisa, Grisaldo, Artandro y Rosaura, Marsilio y Belisa, con otras cosas sucedidas a los pastores hasta aquí nombrados, en la segunda parte de esta historia se prometen, la cual, si con apacibles voluntades esta primera viere recibida, tendrá atrevimiento de salir con brevedad a ser vista y juzgada de los ojos y entendimiento de las gentes.

Cabe, en este sentido, preguntarse si fue La Galatea recibida con las apacibles voluntades que esperaba recibir su autor: Los defectos patentes de la ‘Galatea’, aquellos amores pastoriles, especulativos los más, fríos y exentos de humanidad; la confusión de unos episodios con otros, que tan embarullada y difícil hace su lectura; su tendencia melodramática; la falta de verdadera emoción e interés; las excesivas disquisiciones estéticas sobre el Amor, que ni siquiera tienen el calor de lo creado y vivido; el exceso de desmayos, lágrimas y suspiros; la ausencia de un sentido íntimo, cordial de la Naturaleza, artificionsamente concebida y descrita, no auguraban ciertamente, a pesar de las virtudes y méritos de la novela -dignidad y nobleza de los caracteres, buenos versos, de los mejores que en su vida compuso Cervantes, aciertos de estilo, que anuncian ya al príncipe de los prosistas castellanos-, no auguraban, digo, un gran éxito a la ‘Galatea’, y las dos únicas ediciones que alcanzó en el siglo XVI fueron prueba inequívoca y concluyente de su fracaso literario .

El profesor don Martín de Riquer, por su parte, se refiere extensa y magistralmente sobre esta cuestión apuntándonos que el ‘Quijote’ y algunas de las novelas breves de Cervantes están tan cerca de nosotros, se acomodan tan perfectamente a la mentalidad de un lector de cultura europea de todos los tiempos, que cuando nos aproximamos al primer libro de Cervantes, ‘La Galatea’ (publicado en 1585), todo nos suena a falso, a arbitrario y, lo que es peor, a trasnochado. Con ‘La Galatea’ Cervantes rindió culto a una moda literaria de su tiempo, y el residuo válido y permanente de este libro se reduce a unas páginas de buena prosa y a algún que otro verso acertado perdido entre centenares de versos mediocres. Siempre prometió publicar su anunciada segunda parte y se murió sin haberlo hecho. Él mismo dijo de ‘La Galatea’ que «tiene algo de buena invención, propone algo y no concluye nada» El género se impuso, agradó y se convirtió en la lectura predilecta del público culto, en el que abundaban los jóvenes, que hallaban en tales novelas un desahogo para un sentimentalismo platonizante y enfermizo, múltiples lucubraciones sobre el amor y una huida hacia paisajes idealizados y arbitrarios. Fue una moda que tuvo gran arraigo, paralela al bucolismo poético que hallamos en Garcilaso y otros poetas renacentistas; pero así como Garcilaso se impuso a los cánones de la boga más o menos pasajera y mantiene íntegramente su emoción y su eficacia, las novelas pastoriles, muy importantes y decisivas para conocer la mentalidad y los gustos de una época, hoy son ilegibles para un público no especializado, al que no le dicen absolutamente nada y le aburren y hastían; y no olvidemos algo fundamental y que los técnicos en literatura suelen callar o disimular: toda obra literaria que aburra o hastíe a un lector moderno culto es una obra que ha fracasado, aunque tenga un gran valor como documento de ideología o de lenguaje y estilo. De ahí que conceptuemos ‘La Galatea’ de Cervantes un fracaso. Al autor del ‘Quijote’ tenemos el derecho de exigirle que siempre nos diga algo que llegue a nosotros, que esté a nuestro lado y, sobre todo, que no pase de moda. Para calar hondo en la cultura y en las opiniones literarias de Cervantes, ‘La Galatea’ es, sin duda alguna, un elemento precioso: nos revela sus ideas sobre el amor, la naturaleza, el tiempo, el hado, la literatura, etc., pero constantemente, por más esfuerzos que hagamos, recordamos con nostalgia los profundos y humanísimos episodios del ‘Quijote’. Quede bien claro que no menospreciamos ‘La Galatea’, pero siempre que la hemos leído u hojeado ha sido por obligación, porque somos profesores de Literatura, y evidentemente, si no la hubiera escrito Cervantes nos parecería mejor .

Nuestro autor pudo darse por satisfecho por el esfuerzo realizado y los resultados obtenidos (la obra en sí) . Ahora bien, la respuesta del público no fue lo suficientemente alentadora como para iniciar la continuación a esta primera parte; la obra no fue
recibida con las apacibles voluntades que esperaba su autor, el objetivo trazado no se logró y el deber familiar le demanda su incursión en otros terrenos. La literatura, como lector y escritor, vuelve a un segundo plano porque, sin reconocerlo explícitamente, su libro, la obra a la que con tanto esmero se aplicó con el fin de forjarse con ella una imperecedera fama, le había fallado cuando más la necesitaba.

La frustración literaria presidió los años siguientes a su novela pastoril y el apremio por entregarse a otros menesteres le condujeron, a partir de 1587, a desempeñar la labor de comisario de abastos para la Armada Invencible; volver a solicitar infructuosamente un puesto en América (21 de mayo de 1590); dedicarse al cobro de los atrasos de ciertas deudas del desaparecido reino de Granada (1594); sufrir cárcel en Sevilla, en 1597, por no poder restaurar una considerable suma recaudada y que un banco en quiebra no pudo devolverle; y un sin fin más de contrariedades que confluyeron en una inquietante inseguridad para afrontar cualquier asunto, ya que todo lo que iniciaba tenía un fin desagradable o deshonroso. La decepción de verse sin oficio ni beneficio, olvidados sus méritos, manco y con una gran responsabilidad familiar sobre sus hombros debió hacerle pensar que el fiel de la balanza, tanto de la justicia humana como de la divina, estaba claramente desnivelado en contra de él. Sin duda alguna, Cervantes se enorgullece de los méritos contraídos en su periplo militar, así lo manifestará en numerosas ocasiones, pero se desengaña de los halagos recibidos y de los premios merecidos. Depresivo, pesimista y profundamente irónico, comienza así a perfilar la sombra de Don Quijote.

*

Durante la década que va de 1590 a 1600, la figura del hidalgo manchego se va paulatinamente moldeando. La Galatea, como si de un faro se tratase, había señalado a Cervantes los arrecifes contra los que chocó el barco de su idealismo neoplatónico y le muestra, con la luz de las decepciones, cuál era la nueva ruta literaria que deberá recorrer el alcalaíno. En ese tránsito se configura una percepción distinta de los numerosos motivos que inspirarán a nuestro autor en su proceso creativo. Por eso, en La Galatea se constata la imitación como eje relacional con el resto de la producción libresca del género pastoril; en El Quijote, en cambio, no ocurre esto, aquí el paso cualitativo lo ofrece el hecho de que la novela sea una parodia de los libros de caballería. Así, pues, a la superflua artificialidad de la pastoril le corresponderá una leyenda de la que su autor dirá que es seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina.

Nada más entrar en la lectura de su obra maestra comprobamos cómo existe una presencia muy acusada de referencias que nos remiten a la vida de nuestro autor. No suelen estar de forma explícita, al contrario; son pequeñas huellas, inapreciables, diríamos, que Cervantes va dejando en su camino textual y que, apenas vislumbradas, nos mueve a preguntarnos por su razón de ser. La genialidad de nuestro autor, como la de cualquier otro artista que se precie, radica en la intencionalidad de sus actuaciones y en esa conciencia plena y universal que imprimen en cada trazo de creación que perpetúan; el azar o los caprichos de una inspiración pasajera cuentan aquí muy poco y eso nos obliga a que sospechemos sobre la edad de Don Quijote cuando frisaba la de nuestro autor la cincuentena; el origen de la historia, en un lugar de la Mancha y no en Sevilla, Madrid o Valladolid; la posible influencia de Esquivias, de donde era su mujer, en este origen; la condición de nuestro hidalgo (¿soltero?, ¿viudo?…); el trasfondo del ama (¿su mujer, quizás?) y de la sobrina (¿su hija Isabel de Saavedra?); cada embestida quijotesca (los molinos de viento, los galeotes…) como trasunto de un pasado militar glorioso y cada fracaso (la caída, el motín…) como representación trágica de su profunda decepción por verse sin reconocimiento oficial; y así, indefinidamente. Cabe sospechar sobre tantos posibles y seguros dobles sentidos que al día de hoy la crítica aún no los ha descifrado del todo y ojalá que no lo haga nunca, pues jamás unas páginas dieron que hablar tanto y de forma tan variada.

Es posible que el Quijote se idease, al principio de todo, como una autobiografía que luego se encargaría Cervantes de enmascarar con otros propósitos, algunos de más enjundiaXV; ahora bien, lo que sí es seguro es que la composición de la obra sirvió como terapia para su autor. Cervantes, a pesar del marcado autodidactismo de su formación, aparece ante sus contemporáneos como un individuo con un bagaje cultural más que aceptable. Este hecho choca de lleno con una realidad a su juicio injusta: Hay en su deambular diario un número ingente de sabios de un libro que presumen de Imperio, de hidalguía y, por supuesto, de vieja cristiandad y que, para colmo, ostentan altas responsabilidades por las que reciben el aplauso, la admiración y el respeto de sus representados. A estos quijotes desocupados se dirije Cervantes. ¿Lo hace por despecho? Es posible. Al fin y al cabo, el alcalaíno, con toda su genialidad a cuestas, aspiraba a ser uno más de ellos.

En 1613 publicó las Novelas ejemplares y a partir de aquí el resto de su producción; así las cosas, el setenta y cinco por ciento de sus obras vieron la luz durante los tres años siguientes, hasta 1616, año de su óbito. ¿De qué forma confluyeron los acontecimientos para que se diese tal concentración? Creemos que la clave está en 1610, cuando, cerradas las puertas de América, después de dos fallidos intentos, Cervantes se traslada a Barcelona con el fin de lograr que su protector, el conde de Lemos, le conceda el honor de formar parte del séquito de escritores  que, junto al aristócrata, tenía previsto embarcar rumbo a Nápoles; mas el secretario de éste, Lupercio Leonardo de Argensola, echó por tierra esta pretensión y tuvo que regresar nuestro autor de donde se forjaron muchas expectativas, a pesar de su edad, de un futuro feliz en Italia. Cervantes encarcelado; así debió sentirse cuando no pudo ir a América ni a Nápoles. España se transforma, en los ojos del frustrado alcalaíno, en una cárcel en cuyo espacio se había gestado la historia del hidalgo manchego y en cuyos límites estaba condenado a finiquitarla.

No sabemos si por rabia, por despecho, por excesivo tiempo libre o por todo a la vez, el período comprendido entre el no de Argensola y la publicación de las Novelas debió ser
muy intenso: Se vaciaron los cajones y se dio fin al sueño eterno de viejos esbozos literarios que, gestados y refundidos, ahora renacían con inopinada fuerza en esta primavera creativa de nuestro autor. Consciente de que la sombra de su muerte ya se había aposentado en derredor suyo, inicia una carrera frenética contra el tiempo que siempre estará presidida por la firme convicción de que se había ganado un hueco en aquel viaje a Nápoles. En Barcelona fracasa estrepitosamente el Cervantes idealista, el quijotesco, el mismo que hasta el último momento esperaba rescatar los años de gloria adeudados por una Administración estatal más ocupada en ver cómo el edificio imperial se iba desmoronando a pasos agigantados que en saldar viejas deudas que creían curadas con el olvido. Fue allí, frente al Mar Mediterráneo, donde fracasó Don Quijote y, en última instancia, el alcalaíno. En cierta medida, quien regresa cabizbajo a la aldea es Miguel de Cervantes y no Don Quijote porque, parafraseando el juicio orteguiano, la figura que se encorva como un signo de interrogación lejos, sola en la abierta llanada manchega, es la de quien hizo de sus desgracias flor de nuestros agrados y de sus fatalidades frutos para nuestros placeres.

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I Para contactar con el autor: vsantanasanjurjo@yahoo.es  /  vsansanc@gobiernodecanarias.org.

II. Desde mis tiernos años amé el arte dulce de la agradable poesía nos dirá en el Viaje del Parnaso (capítulo IV, terceto 111, folio 28 anverso). Citamos por la edición príncipe: Madrid, viuda de Alonso Martín, 1614.

III. Como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles apunta en el Quijote (I, 9, folio 32 anverso). Citamos por la edición príncipe: Madrid, Juan de la Cuesta, 1605.

IV. Basta recordar cómo al célebre hidalgo manchego enloquecido
tras un sin fin de lecturas, le vino deseo de tomar la pluma, y dalle fin al pie de la letra a la historia de Don Belianís de Grecia (Quijote: I, 1, folio 2 anverso).

V. Serenísima reina, en quien se halla/ lo que Dios pudo dar a un ser humano; / amparo universal del ser cristiano, / de quien la santa fama nunca calla; …

VI. Las primeras composiciones que un autor saca a la luz suelen ser, por lo general, el resultado de un proceso más o menos largo -en el tiempo y/o en la intensidad- de búsqueda de un estilo al que adherirse, de una poética en la que reconocerse.

VII. LÓPEZ DE HOYOS, Juan: Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y suntuosas exequias fúnebres de la Serenísima Reina de España Doña Isabel de Valois. Madrid, 1569.

VIII. El maestro que reconoce en su alumno alguien en quien confiar su ciencia y, consecuentemente, vela por su formación con esmero y atención; y el alumno que se ampara bajo la maestría de quien ha de guiarle en su preparación. No tiene porqué haber previamente una relación administrativa; basta con que ambos admitan la existencia de esta situación.

IX. ¿Qué papel jugó la madre en la educación de Miguel y sus hermanos? Si tenemos en cuenta que la sociedad de la época asignaba a la mujer la responsabilidad de los hijos, cabe suponer que Leonor de Cortinas pudo tener algo que ver en las primeras lecturas de nuestro autor. No hablamos en términos de considerar a la madre como aficionada a la literatura, que pudo serlo, sino como alguien que sabía más o menos de qué iban los pocos libros que tenían en la casa: Su padre, sordo, incapaz y desdichado, poco brillo inicial podía darle para andar por el mundo. Su madre, de quien sabemos casi nada, debió de ser el alma de aquella familia, que en un período de diez a doce años tuvo siete hijos en vida errante, venteando la fortuna, que les dio rastros engañosos. Doña Leonor, nacida en Barajas (Madrid), fue más entera, más dispuesta y más señora . El joven Miguel –nos dirá Babelon – tiene ocasión de oír recriminaciones de una madre inteligente e instruida –sabe leer y escribir, lo que no está tan mal para su época- que ve cómo se funde su patrimonio entre las manos de un imbécil, sordo por añadidura, más hábil para gastar que para ganar escudos.

X. Se ha señalado la posibilidad de que saliera de España a causa de un duelo cuyo castigo habría deseado evadir. La tesis se  basa en una orden de 15 de septiembre de 1569 cursada por las autoridades de Madrid ordenando el arresto de un estudiante llamado Miguel de Cervantes, sentenciado a la amputación de la mano derecha y a diez años de destierro por haber herido en la capital a un tal Antonio Segura o Sigura. Que el joven en cuestión fuera Miguel de Cervantes no resulta imposible –así lo sostuvo, por ejemplo, Astrana Marín- pero tampoco es indiscutible. Existió, por ejemplo, un Rodrigo Cervantes que nada tuvo que ver con el padre de Miguel y que fue recaudador de la Goleta, de modo que también pudo existir otro Miguel de Cervantes. Por otro lado, a Miguel se le había pasado la edad de ser estudiante, como el condenado de su mismo nombre era, y además años después regresó a la capital sin ningún temor de que se le acusara por delito alguno. Se trata, por tanto, de una cuestión no del todo zanjada .

XI. El criado que asiste a vestir y acompañar a su amo, y anda siempre cerca de su persona (…) manda a todos los criados de la cámara y está a su cargo lo que se gasta en la cámara de su amo. (Diccionario de Autoridades. 1726-1739. 3 vols. Edición facsímil. Madrid: Gredos, 1990. Reimpresión).

XII. En boca del Cautivo, Cervantes hará alusión a su apresamiento de la siguiente forma: Yo, pues, era uno de los de rescate; que, como se supo que era capitán, puesto que dije mi poca posibilidad y falta de hacienda, no aprovechó nada para que no me pusiesen en el número de los caballeros y gente de rescate. Pusiéronme una cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella; y así, pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gente principal, señalados y tenidos por de rescate. Y, aunque la hambre y desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos fatigaba tanto como oír y ver, a cada paso, las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba aquél; y esto, por tan poca ocasión, y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo, y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano. Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas que hizo, temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia

XIII. Dicha carta fue descubierta en el archivo de Simancas por la archivera doña Concepción Álvarez Terán en 1954, según nos indica Alberto Sánchez,  pág. 15.

XIV. Según el Tesoro de Covarrubias, ‘entretener’ es diferir, dilatar, sustentar una cosa en el modo que ser pueda. Entretenido, el que está esperando ocasión de que se le haga alguna merced de oficio o cargo, y en el entretanto le dan alguna cosa con que sustentarse. Entretenimiento, la tal ayuda de cosa. Entretenimiento, qualquier cosa que divierta y entretenga al hombre, como el juego o la conversación o la lección.

XV. Todos nos reconocemos en las palabras de don Martín de Riquer cuando afirma que ante una obra literaria de la hondura del ‘Quijote’ no es justo ni acertado dejar de prestar atención al propósito explícito del autor –acabar con los libros de caballerías-, y no vale escabullirse convirtiendo este propósito en un mero pretexto ; pero conviene tener muy presente lo que este mismo profesor nos señala cuando apunta que si el ‘Quijote’ fuera solo esto, en cuanto los libros de caballerías dejaron de escribirse, de imprimirse y de leerse, toda su validez hubiera caducado y hoy no sería más que una novela de circunstancias que logró el propósito que perseguía su autor . El Quijote, pues, es algo más que una simple diatriba contra las novelas de caballerías, posee un fondo y un trasfondo que l
o aleja de esta única finalidad. A poco que nos fijemos, basta para ello con una lectura superficial y unos mínimos conocimientos biográficos sobre nuestro autor, nos daremos cuenta de que la sombra de Cervantes está siempre presente, de forma más o menos explícita, en toda la obra: se diluye tenuemente cuando las majaderías del hidalgo dan inicio a una aventura y se corporiza con vigor en las pláticas de amo y escudero, en los razonamientos filosóficos de Alonso Quijano y en Cide Hamete, su alter ego.

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