Carta a Don Manuel Serrano

¿Cómo se veía Quevedo a los cincuenta y dos años?. Aquí tienen la respuesta cargada de pesimismo y que desarrolla una terrible alegoría. Desde luego no se la den a ningún pesimista.

   Señor don Manuel, hoy cuento yo cincuenta y dos años y en ellos cuento otros tantos entierros míos. Mi infancia murió irrevocablemente; murió mi niñez, murió mi juventud, murió mi mocedad; ya también falleció mi edad varonil. Pues, ¿cómo llamo vida una vejez que es sepulcro, donde yo propio soy entierro de cinco difuntos que he vivido? ¿Por qué pues desearé vivir sepoltura de mi propia muerte, y no desearé acabar de ser entierro de mi misma vida? Hanme desamparado las fuerzas, confiésanlo vacilando los pies, temblando las manos; huyóse el cabello, y vistióse de ceniza la barba; los ojos, inhábiles para recebir la luz, miran noche; saqueada de los años la boca, ni puede disponer el alimento ni gobernar la voz; las venas para calentarse necesitan de la fiebre; las rugas han desamoldado las facciones; y el pellejo se ve disforme con el dibujo de la calavera, que por él se trasluce. Ninguna cosa me da más horror que el espejo en que me miro: cuanto más fielmente me representa, más fieramente me espanta. ¿Cómo, pues, amaré lo que temo? ¿Cómo desearé lo que huyo? ¿Cómo aborreceré la muerte, que me libra de los que aborrezco y me hace aborrecible?

 

Francisco de Quevedo y Villegas, Carta a D. Manuel Serrano del Castillo, 1635

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